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Sexo

Si hubiera existido el pin parental hace años, no habría hablado de masturbación con mis amigas

Fue en tercero de la ESO. Cuando la sexóloga preguntó que quién se masturbaba, fui la única chica que levantó la mano.

por Ana Iris Simón
20 Enero 2020, 4:00am

Foto por Malvestida Magazine en Unsplash 

Desde los tres y hasta los dieciocho años fui a colegios e institutos públicos y, como en todos los colegios e institutos públicos, en los míos había actividades complementarias. En primero de la ESO, con 12 años, nos vinieron a dar una charla sobre drogas y nos dieron un libro en cuya portada se leía: DROGAS: + INFORMACIÓN -RIESGOS, publicado en el marco del Plan Nacional Sobre Drogas. Lo sé porque también lo ponía en la portada, que recuerdo perfectamente aunque hace años que no vea porque leí muchas veces ese libro.

Ni aquel libro ni aquella charla impidieron que, años después, probara algunas de las drogas de las que hablaba. Pero fue gracias a él y gracias en parte a aquella charla que, cuando las probé, lo hice sabiendo a lo que me exponía, qué precauciones debía tomar y cuáles eran las estrategias para minimizar riesgos, que supongo que era su objetivo.



En tercero de la ESO, con 14 años, vinieron a darnos el que todo el mundo consideraba entonces EL TALLER con mayúsculas: el de educación sexual. En cuanto la sexóloga entró en clase (que debía oler un montón a sudor y a andrógenos, estrógenos y progesterona, que es a lo que huelen todas las clases de tercero de la ESO de todos los institutos, en especial si son públicos y en sus aulas se hacinan más de 30 alumnos), empezaron los codazos, las miradas cómplices y las risas nerviosas.

En cuanto aquella señora empezó a hablar recuperamos un poco la compostura y escuchamos sobre ETS e ITS y sobre los distintos métodos anticonceptivos, también aprendimos a poner un preservativo. Yo ya me había enfrentado a esas conversaciones en casa, con la vergüenza y la condescendencia del que cree que lo sabe todo que tiene siempre uno a sus 14 años, pero seguramente muchos de mis 30 compañeros no.

En un momento de la charla, la experta en sexualidad nos hizo una pregunta: "¿quién de vosotros se masturba?". Fui la única chica que levantó la mano. Solo algunos se rieron pero todos me miraron y, cuando acabó la clase, Norbert, que tenía una Yamaha Areox y solía liarla bastante pero con quien me llevaba muy bien se me acercó y me dijo que "menuda guarrilla". Le respondí, sin haber oído hablar jamás sobre la igualdad de género ni sobre empoderamiento femenino ni sobre nada que se le pareciera, que se fuera a la mierda. Que cómo que menuda guarrilla, que él no era ningún guarrillo por hablar del juego de la galleta y de pajas colectivas con bastante asiduidad. Me dio la razón y me dijo "lo siento, enana, es verdad" y le dije que no se preocupara, que estaba todo bien, porque era verdad: estaba todo bien.

Ni me había importado que todos me miraran ni me había importado que algunos se rieran y, de hecho, me había sentido hasta útil mandando primero al Norbert a la mierda y explicándole después que sí, que claro, que las tías nos hacíamos pajas —porque así lo llamaba y lo llamo, siempre me dio mucha rabia el término "hacerse un dedo" y el eufemismo "tocarse" más aún—, que también sentíamos deseo y teníamos pulsiones sexuales. Que si no, cuando le tocara follar, "que al paso que vas y como le digas estas cosas a las tías no va a ser pronto" se iba a follar a estrellas de mar "y no quieres eso, ¿a que no?".

Seguramente ahora matizaría mi argumentario y le diría otras cosas a Norbert, aunque probablemente ahora haya menos Norberts porque seguramente también haya más tías que se atrevan a levantar la mano cuando, en las charlas de educación sexual, preguntan quién se masturba. Y eso es, en buena parte, gracias a esos talleres.

También fue gracias a ese taller que aquella tarde, cuando nos reunimos en el Polideportivo porque era viernes, hablé por primera vez con mis amigas sobre la masturbación. Habíamos hablado sobre sexo y sobre experiencias sexuales e incluso sobre porno, porque aunque no todas teníamos internet o precisamente por eso de vez en cuando alguien rulaba algún vídeo de muy mala calidad y muy pixelado por Bluethooth, pero nunca habíamos abierto ese melón. Parecía como si las tías no tuviéramos sexualidad a no ser que fuera en relación con (en nuestro caso, porque éramos todas heteroxexuales) tíos. Como si ellos tuvieran derecho al placer en solitario y sin pudor y nosotras no. De todo eso hablamos aquella tarde en el poli.

Hubo quien confesó que sí que lo hacía, pero que le había dado vergüenza levantar la mano y quien dijo haberlo intentado pero no llegar al orgasmo, a lo que le siguió una serie de consejos y trucos que, más tarde, serían aplicados con éxito. Y no sé si algunos de sus padres hubieran hecho uso del pin parental de haber existido entonces, pero sí que aquella conversación, que recuerdo con cariño y que hizo, creo, más bien que mal, nunca se habría dado sin esa charla. Y Norbert seguiría pensando, quizá, que las tías no nos masturbamos.

Sigue a Ana Iris en @anairissimon.

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