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Hablamos con la mamá de Dilson Díaz para celebrar los 30 años de La Pestilencia

Doña Gloria fue quien le cambió los pañales, le enseñó a bailar y le sonó los mocos a este rastoso gritón que hoy es un símbolo del rock colombiano. Hoy nos cuenta su versión de la historia.

Dilson cuando era chiquito.

Doña Gloria tiene una gripa terrible. Con su voz ronca y su marcado acento paisa me dice por teléfono: “me enfermé porque sabía que usted me iba a llamar”. La verdad le creo, porque encontrar a este señora de 67 años no fue fácil. Después de llamarla durante días al fin me contestó, justo cuando Colombia estaba jugando contra Venezuela. Entre la tos y los gritos de mis compañeros emocionados por el partido, Doña Gloria me cuenta que toda la vida se ha dedicado a la costura y que Dilson Díaz, el mismo que desde hace 30 años le ha gritado al sistema, que es un ícono de la música pesada de este país y que liderada a La Pestilencia, uno de los grupos más influyentes de Colombia, siempre fue un tipo normal y muy tranquilo.

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Me quedé perplejo. Siempre imaginé a Dilson como un niño inquieto, al que todos los profesores odiaban y que se la pasaba en las calles de su barrio tocando timbres y corriendo, jugando fútbol, rayando paredes y molestado a la gente recatada. Pero no, todo lo contrario, según su madre era juicioso y estudioso. “Una persona normal” insiste cada tanto Doña Gloria que no para de toser. En un principio se presentó tímida y con pocas ganas de hablar, pero después se soltó y se la pasó riendo toda la conversación. Me cuenta que es hincha de Nairo Quintana y de la selección de Alemania. Que cuando hay Mundial o Juegos Olímpicos ella es la que pone el licor, la música y la rumba. Le encanta bailar y su trago favorito es el que le sirvan.

“Siempre me divierto”, dice esta madre trabajadora que, a punta de hilo y aguja, sacó a su familia adelante. Una madre trabajadora que además tuvo la paciencia y el aguante para apoyar a uno de los personajes más mitológicos del punk y el metal nacional.

Se podría decir que Doña Gloria estuvo con La Pestilencia desde el día uno y ahora nos cuenta en primera persona, cómo es ser la mamá de Dilson Díaz.

La Pestilencia cuando eran pollitos.

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Dilson era un niño juicioso y estudioso. No era ni grosero, ni hiperactivo, ni peleaba, ni nada. En verdad tuvo una niñez muy normal. Por eso cuando me dijo que estaba en una banda de rock me quedé aterrada. Le dije que no le creía y cuando le pregunté que qué hacía respondió dizque que cantaba. ¡No! ahí sí me quedé más aterrada. Y no es porque el rock sea tan horrible, pero por su temperamento no lo ubicaba cantando esa música.

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En las fiestas de la casa se bailaba y se cantaba pura salsa y música tropical. Él se crió con siete primitos y se parrandeaba mucho. Venimos de una familia muy alegre. Él era normal, cuando había que bailar, pues bailaba, pero no recuerdo que se mantuviera cantando. Aunque cuando tenía como tres o cuatro años le llamaba mucho la atención Sandro Jajaja. Nos impactaba ver cómo lo arremedaba, se movía igualito.

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Cuando Dilson empezó a estudiar era muy juicioso y no daba problemas en los colegios. Eso sí, no era bobo ni nada, pero nunca me llegaron quejas raras. Por eso cuando llegó todo vestido de negro fue horrible. Ya tenía como 12 años y no se volvió a poner lo que yo le decía ¡Hay Dios mío! Empezó a dejarse crecer el cabello, se lo dejó larguísimo. Y todo crespo… ¡Ayyy que martirio! Todas las señoras que llegaban a la modistería decían: “¿Quién es ese peludo?” Y yo: “es el hijo mío”. Incluso yo les decía "llegó Dilson", para que no fueran a decir nada. En esa época apenas estaba empezando lo del pelo largo. Ya me fui acostumbrando. Después de que se fue a Los Ángeles llegó con las rastas y yo le dije: “¡Ay cómo te dañaste el pelo, ¿que pasó?!”. Ahora me parece que le hace mucha falta para su música, para que bolee greña.

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Yo he sido muy abierta y muy extrovertida. Eso sí, siempre estaba muy pendiente, callada, pero muy pendiente. Él me decía medio llorando: “Mamá no me vayas a botar los pantalones rotos, mira que me gustan mucho”. Lo mismo era con los tenis, le preguntaba si quería que se los lavara y me respondía que ya no se usaban limpios.

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Nunca le gustó mucho que le pusiera Dilson. Yo le busqué mucho pero mucho un nombre. Uno que fuera poco común y que estuviera de acuerdo con su apellido. O sea que quedara D.D., algo así como Marilyn Monroe. Mucha gente me dice ¿por qué no le pusiste Diomedes? Qué tal… El me dice que el nombre es muy feo, pero no se cuál será la realidad. A mí me parece muy bonito y estuvo muy acorde con lo de ser cantante y figura publica. Mejor así con su nombre rarito.

Dilson chiquito y cabezón.

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En este punto tengo que ser muy sincera. No es que yo me desbaratara por la música rock, pero a raíz de que mi hijo estaba en esas pues claro que empecé a entusiasmarme. Fui aprendiéndome los discos y comencé a ir a los conciertos. Al principio a él no le gustaba que fuera. Yo le preguntaba que por qué no me llevaba, y él me respondía que no, que porque "allá pogueaban". Entonces le decía: “¿qué es eso?”, y él me explicaba: “Que se dan puños y patadas”. Yo le contestaba “pues entonces yo también les tiro puños”. Con el tiempo me empezó a llevar. Me quedaba a un ladito viendo cómo se pegaban las patadas, para mirar bien y aprender a poguear. Hay que aprender de todo.

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Cuando me contó el nombre de la banda le pregunté que por qué La Pestilencia. Además en otro tiempo dizque tocó en Masacre. Así empecé a ver esos nombres raros. Ellos son rebeldes y de pronto demuestran su rebeldía poniendo esos nombres tan feos. En sus discos me parecía muy raro que las letras fueran tan rebeldes, yo le decía:
“¿vos de dónde tienes esas letras si nunca te he visto esa mentalidad de ir contra el mundo?”, Dilson simplemente me respondía: "eso es lo que a mí me gusta y ya". Él es muy así, muy claro, porque yo le enseñé a que siempre fuera así. Creo que me heredó eso.

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En verdad no compartimos mucho el pensamiento político. Yo no me meto en eso porque somos muy diferentes. Se podría decir que soy más capitalista, jajajaja. Yo digo: "el que es pobre es pobre y se lo llevó el chucho, y el que tenga plata que la disfrute ¡hijuemadre!". Siempre le digo que mejor ni hablemos porque nos terminamos peleando.

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Cuando nos fuimos a vivir a Bogotá fue horrible. Yo decidí llevarme a mí mamá, a mí papá y a Dilson porque conseguí trabajo en una fábrica de costura, y Bogotá me gustaba debido a que me atraen las ciudades grandes. No me agradan los pueblos, ni las montañas, ni las gallinitas, ni las vaquitas. Pero ellos estaban más aburridos, eso se la pasaban llorando. Dilson ni sonría. Me decían que no estaban amañados, que nos devolviéramos.

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Yo no sabía que la ciudad tenía tan marcado el norte y el sur. Una señora me alquiló un departamento nuevo en el barrio Candelaria La Nueva, que en esa época era más lejos que ahora. Entonces a raíz de eso se aburrieron más, porque Medellín no es tan grande ni vivíamos tan lejos. Pero Dilson se fue adaptando y comenzó a hacer los conciertos. Pasaron ocho años, mi mamá estaba enfermándose y me hizo prometerle que nos devolviéramos. Dilson se puso feliz y todo el día era "que Medellín y que Medellín". Cuando llegamos se organizó más con La Pestilencia y después se la pasaba en Bogotá. Como es la vida de charra, cuando me los llevé lloraron y se sintieron horribles y yo bien contenta que estaba en Bogotá, y cuando nos devolvimos Dilson se la mantenía viajando para allá.

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La Pestilencia rockeando en el Restrepo.

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En Medellín vivíamos en un barrio que tampoco era el mejor, aunque la violencia casi no nos tocó. Obvio que la vivimos, pero como él no era de pararse en las esquinas sino que se quedaba en la casa escuchando música… En serio que era muy juicioso. Somos una familia pobre pero sana. Cuando salía yo le pedía que me dijera más o menos dónde iba a estar o si iba a volver para yo quedarme tranquila. Nunca estuve como encima de él viendo dónde se metía. Le tenía confianza. Casi siempre llegaba a la casa. Pues si tenía una vaquita amarrada por ahí le tocaba llegar a otro lado, no iba a llegar con la vaquita a mi casa. El traía muchas amigas, no era tan picaflor pero siempre andaba con una mujer al lado. Eso me parecía bien, lo normal era que saliera con bastantes chicas, eso es muy importante y muy rico.

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La primera novia que tuvo era muy bonita. Siempre fue muy de buenas para las mujeres bonitas. Él la quiso mucho y duraron bastante tiempo. Cuando terminaron estuvo muy entusadito, lloró y se revolcó un poquito. Ya tenía veinte y pico y siempre le dio durito. Ahora está casado y como vive en Los Ángeles no nos vemos mucho con la nuera, pero nos llevamos muy bien. Quién sabe estando juntas. Las suegras somos como las yucas, debajo de la tierra, siempre de lejos. Y las nueras también. La nieta sí es muy linda. Es una niña muy normalita, muy parecida a Dilson físicamente y también en la forma de ser.

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Debo confesar que cuando empezó con la música no me gustó. Le dije que aquí nadie prospera con eso. Él cursó dos semestres de psicología en la Universidad San Buenaventura, pero a medida que se fue metiendo en la música ya no siguió con la carrera. Y ahí le fue bien. Yo cada que puedo voy a los conciertos y allá brinco y grito: “¡Ese es mi hijo, ese es mi hijo! Uno se entusiasma mucho viendo a su hijo cantando. Toda madre se tiene emocionar. Yo estoy muy orgullosa de Dilson, no solo por la música, sino porque él es una gran persona.

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Si quieren poguear con Doña Gloria recuerden que La Pestilencia estará celebrando sus 30 años este viernes nueve de septiembre en el Festival Rock & Shout. Compra tu boleta ya mismo haciendo click aquí.