Coger con viejitos no está chido

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Coger con viejitos no está chido

La primera vez que me miró, yo no había cumplido ni 18 años. Él tenía 56 años: diez más que mi padre y veinte más que mi madre.
6.11.15

Autorretrato por la autora.

La primera vez que me miró, yo no había cumplido ni 18 años. Era tan joven que ni siquiera era capaz de adivinar su edad. Para mí podía tener 40, 50 o 60, daba igual. Mi percepción se limitaba simplemente a encasillarlo como un "hombre mayor". En realidad, tenía 56 años; diez más que mi padre y veinte más que mi madre.

No sé bien en qué momento de la vida de un hombre, una mujer menor —mucho menor— comienza a ser objeto de pasión. Mi historia la protagoniza un lobo feroz que arde en perversiones. Un lobo experto que disfruta secuestrando adolescentes curiosas y perdidas, guiándolas hacia el rincón más oscuro del bosque para después devorarlas. Ese lobo experto intentó secuestrarme, sin saber que detrás de mi capa roja, se escondía una ávida cazadora.

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Aquella ocasión en la que me vi obligada a voltear por el estímulo que provocaba su mirada sobre mí, él vestía una camisa de seda y mangas cortas. Tenía un bigote espeso y llevaba el cabello peinado hacia atrás, esponjado y sin rastro de gel, de un color castaño claro muy uniforme que no revelaba ni una sola cana. Se balanceaba en el borde de un escalón mientras fumaba un puro. Cuando mi mirada encontró la suya, no la alejó tímidamente como lo hubiera hecho la mayoría de los chicos de mi edad, pero tampoco alzó la mano para saludarme o extenderme invitación alguna. Esperó paciente y muy diestro a que yo fuera la primera en sonreír para después corresponderme educadamente y darse la media vuelta.

Ese primer intercambio visual se dio en un teiboldance de lujo en la Ciudad de México, de esos sin tubo, en los que trabajan muchas extranjeras y de tres a siete de la noche se usa vestido de cóctel. Yo tenía poco de haber ingresado junto a una amiga del colegio católico, un año mayor que yo. Un miércoles, día en que "los jefes" solían visitar la sede de San Ángel, los encontré observando atentamente todos mis movimientos.


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Los dueños del club eran cuatro judíos —Pepe, Abraham, Isaac y David (no son sus nombres reales)— que se dividían ecuánimemente en dos tipos: los que amaban a las mujeres y los que amaban a las niñas. Los que pertenecían a esta última ya sabían que yo era la más joven, la que no tomaba alcohol y que escapaba a las diez de la noche. Incentivo para sus fantasías. Solicitaron al gerente —otro judío de 130 kilos— que me pusiera a bailar en la pista principal mientras ellos cenaban. Cuando me lo dijo, mi vanidad adolescente se hinchó creyendo cualquier cosa excepto lo que realmente estaba por suceder: desnudaría mi cuerpo de 45 kilos al ritmo de una canción de pop noventero especialmente para un par de hombres maduros que me observarían sin parpadear, imaginándome como la protagonista imbatible de sus sueños más guajiros. Uno de ellos era Isaac, el hombre de camisa de seda y cigarros exuberantes; el otro era David, el más joven y atractivo de los cuatro, que no dudó en solicitar mi presencia apenas hubiera terminado mi exhibición.

"Frida, acompáñame", me pidió el capitán de meseros atrás de la pista acercándome su brazo para que lo tomara. "No puedo, capi. Estoy con un cliente", respondí terminando de ponerme el top copa A. "Lo siento, Fridita, pero a este no le podemos decir que no".

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Extrañada y curiosa, me terminé de vestir y caminé obediente bajo su brazo.

Cuando llegué a su mesa, Pepe y Abraham, —de la fracción con inclinaciones adultas— me saludaron casi con ternura. El primero bebía vodka tonic a solas mientras el otro compartía un narguilé con una cubana que se decía ex-conductora de Tv Azteca. A su lado se encontraba Isaac, quien me saludó de manera paternal. Recargada sobre su hombro se encontraba una rubia de poco menos de 30 años que me sonrió con una mezcla de cortesía y precaución. David empujó el sillón hacia atrás y dando unas palmadas en su pierna me invitó a sentarme.

"Así que tú eres Frida. ¿Qué tomas?", preguntó apenas me senté sobre su pierna. Noté que teníamos todo tipo de miradas encima: indignadas, envidiosas, morbosas, divertidas. "Jugo de uva", contesté.

Soltó una carcajada. Miré al capitán, que estaba aún a mi lado, para que confirmara mis preferencias.

"Sí, jefe", confirmó con una ligera carga de temor, "ella sólo toma jugo".

Hablamos poco menos de una hora. No fue difícil compartir mi tiempo con él, ya que era un hombre fascinante que me trataba como adulta, cosa que en ese entonces era muy importante para mí. Tenía una voz profunda y varonil, ojos claros y el cabello mixto entre el gris y el rubio. Definitivamente era un ejemplar por el que muchas mujeres, incluyendo algunas de mis compañeras pero sobretodo mi madre, hubieran dado años de su vida. Sin embargo, no me sentía atraída en lo más mínimo. A pesar de una figura paterna ausente, nunca nutrí intereses en hombres mayores. Tal vez las múltiples parejas de mi madre me ayudaron a neutralizar su encanto.

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"Acompáñame un segundo a la oficina", dijo al cabo de poco tiempo. "No te voy a quitar mucho tiempo y voy a pagarte 25 bailes por él".

Miré el reloj rápidamente, eran las nueve. Sólo tenía una hora a disposición.

"Está bien, pero no me puedo entretener mucho tiempo", dije levantándome de la mesa.

"No, no", interrumpió tomándome del brazo para que regresara a mi lugar. "Vamos por separado. Tú por los camerinos y yo por el otro lado. Dejaré la puerta abierta y nos vemos en la oficina del gerente".


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Por un segundo temí que no estuviera entendiendo bien la dinámica de lo que estábamos haciendo y que me estuviera metiendo en la boca del lobo, pero la necesidad de quedar bien esclavizó enseguida mi verdadera voluntad.

Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Antes de entrar, miré hacia atrás para ver si alguien me estaba viendo. Noté que estaba actuando de manera sospechosa sin entender bien por qué. Tal vez él me había contagiado de su paranoia o tal vez en el fondo, sabía que estaba por cometer algo digno de esconder. Cuando entré en la oficina, él estaba arrastrando una silla hacia el centro de la habitación. Lo miré en silencio y él me observó sonriente por detrás del hombro antes de continuar con el traslado. Enseguida se desabotonó la camisa hasta la mitad y se sentó con las piernas abiertas y relajadas.

"Acércate, no tengas miedo", dijo con un tono que extrañamente me recordó a Ursula, la de La Sirenita.

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Apreté entre mis manos la bolsita de tela en la que recolectaba mis boletos como si estuviera exprimiendo un trapo mojado.

"Tengo algo para ti, muñeca", dijo acariciando y evidenciando la forma de su pene erecto a través del pantalón.

Mi pulso comenzó a acelerarse y con cada paso tímido y diminuto que daba, sentía que las piernas me desfallecían como cuando se corre en una pesadilla. Tenía ganas de escapar, pero las palabras del capitán resonaban en mi cabeza: "A este no le podemos decir que no, Fridita". Tampoco podía darme el lujo de perder ese trabajo, era el boleto para irme de mi casa. Además, hasta el momento todas mis parejas sentimentales me habían dejado por alguien más y en los círculos en los que me desenvolvía era famosa por ser una santurrona. ¿Estaba dispuesta a afrontar otra perdida o a cambiar el curso de las cosas? Después de todo, si mi mamá llevaba su sexualidad escandalosamente sin el más mínimo pudor en la recámara de al lado, no podía ser tan malo.

Él me lanzó una mirada interrogante ante la evidente nube de pensamientos que me abrumaba para después disiparla desabrochándose el pantalón. Proseguí mi camino hacia él y cuando lo tuve exactamente en frente, saco su pene del pantalón.

"Agáchate", dijo.

Ok, era oficial: me había metido en la boca del lobo. No, corrijo: estaba oficialmente por meterme el lobo a la boca.

No pude evitar aterrorizarme por la idea y empecé a temblar. Me puse de rodillas mecánicamente, sin consciencia de lo que estaba pasando o haciendo, en compañía exclusiva de unas ganas inmensas de llorar. El labio inferior me empezó a temblar y me quedé inmóvil apretando los ojos. De pronto, salté al sentir sus manos tomando mis brazos y me sorprendí al notar que me estaba levantando.

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"Por favor vete", dijo. Lo dudé. "¡Que te vayas!", gritó impaciente y enfurecido, dándome la espalda.

Ahora con una timidez, se ajustaba la vestimenta. Me alejé rápidamente a paso veloz y recuerdo que en el camino hacia mi locker choqué con el encargado de la caja. Nunca me preguntó que pasó, pero me miró con mucha ternura y preocupación.

Él visitó el club sólo en otra ocasión en la cual me ignoró deliberadamente como si fuera un fantasma que lo aterrorizaba. Tal vez lo era. Después de esa ocasión, nunca más se hizo presente, volviéndose el socio más ausente de todos.


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Cada miércoles, Isaac siguió observándome desde aquel escalón antes de continuar hacia su mesa. Naturalmente, al inicio lo miré con cierto temor, pero él correspondió sin inmutarse con la misma sonrisa de la primera vez. Con el tiempo, empecé a acercarme para saludarlo y él siguió mostrando la misma actitud paternal, ganándose cada vez mi confianza. Incluso me senté a su lado para escuchar consejos de cómo manejar el dinero que ganaba ahí hasta que un día, me dijo secamente que ya no podía sentarme con él por que su novia estaba muy celosa y le estaba armando muchos panchos. Desde entonces, cada miércoles nos saludábamos fugazmente en ese escalón antes de que su novia entrara por la puerta principal.

Como la fatalista sin remedio que soy, me divierto al recordar el fascinante curso del destino. Aquella rubia terminó abandonándolo porque él no estaba dispuesto a abandonar a su esposa, una mujer cincuentona muy atractiva que nunca lo acompañaba. Por algunas bromas crueles y de muy mal gusto que la vida me jugó, aquella adolescente que temblaba temerosa ante el pene erecto de un hombre mayor, terminó convirtiéndose en lo que Don David tanto temía: un fantasma y nada más que eso. Dejé de confiar en todos. Llegué a la conclusión de que mi sobriedad y mis valores me hacían ver como un ser débil y patético. Tenía que dejarme crecer el colmillo y hacer de aquella niña sólo una leyenda. Esta conclusión se tradujo en abuso de alcohol y drogas, pero sobretodo de sexo. Esto no tardó en volverse una verdadera dependencia que no sólo me esclavizaba a mis instintos si no además me incitaba a exigir aventuras cada vez más particulares. A veces, tenía la impresión de estar coleccionando las estampitas de un álbum Panini y estaba llegando al punto de buscar sólo los hologramas.

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Una de esas noches de miércoles, Abraham me mandó llamar a aquella mesa redonda en el centro del club.

"Consuélalo, por favor", me dijo señalando a Isaac que observaba la pista con la mirada ausente. "Está muy triste".

Me senté a su lado. "¿Estás triste?", pregunté.

"Mas bien estoy aburrido, cuéntame algo", contestó. "Se dice por ahí que tienes un novio que tiene un pene de veintitrés centímetros. ¿Es verdad?"

Sonreí al recordar el día que llevé una foto de mi ex novio desnudo provocando que todo el camerino, incluyendo maquillistas y mamis, armaran una oda al órgano sexual femenino.

"¿Por qué? ¿Bateas para los dos lados?", pregunté.

"Claro que no. Más bien pensé que se lo podíamos presentar a mi esposa".

"Pues ya no es posible", corregí. "Se escapó con todos mis ahorros hace tiempo".

"Qué cabrón. ¿Y quién tomó su lugar?"

"Nadie".

"Un día de estos deberías acompañarme al téibol que tenemos en Puebla. Creo que nos divertiríamos mucho".

Aquel episodio en la oficina del club había permanecido enterrado hasta que mis perversiones ninfómanas decidieron resucitarlo. Al parecer, era una memoria que había sido enterrada por error en un cementerio maldito porque al volver, los matices que la adornaban eran totalmente retorcidos. Definitivamente tenía que aceptar, el holograma del sesentón me faltaba. Iría a Puebla con él y le pondría saliva en cada esquina para pegarlo en mi álbum impecablemente.


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Días después, paso a recogerme en un Audi que él mismo definió como color "Champagne". Sólo alguien con el alma decrépita podría comprarse un coche de color arena para después llamarlo "Champagne". Primer strike. Me subí al coche conducido por un chófer de unos 45 años, muy educado y agradable. De camino a Puebla, platicamos de varios argumentos a los cuales él participaba con frases como: "A tu edad" y "Yo también era así hasta que…". Parecía que conocía la solución para todo y que gozaba de una paciencia, comprensión y sabiduría única que, agárrate, Gandalf. Segundo strike. Después de un rato, el apetito por contar experiencias personales se había disipado y a media hora de llegar, nos paramos en un puesto en medio de la carretera donde tuvo un encuentro de negocios con alguien aparentemente muy pesado. Se me prohibió bajar, así que permanecí en el auto hablando con el chofer. Este suceso con el tiempo se volvería una dinámica de viaje entre su chofer y yo, donde intercambiaríamos opiniones no muy gratas de una cierta profundidad acerca de Isaac y otras experiencias que lo rodeaban. Entre ellas, la vez que secuestraron a su hijo y él chofer fue quien tuvo que ir a entregarle el maletín con el rescate a los secuestradores sin recibir después ningún tipo de recompensa por parte de la familia.

Al llegar, nos hospedamos en un hotel central y por la noche acudimos al téibol de Puebla. Una de las sensaciones más relevantes de aquella experiencia fue la de entrar por la puerta principal y no por el estacionamiento. Las bailarinas residentes y visitantes me miraron con la boca abierta, pero yo mantuve una actitud alivianada que les permitió bajar la guardia. Armamos una pedota en la mesa y los dueños no me dijeron nada para no quedar mal conmigo. Brindé en mi interior una y otra vez por la inversión de papeles.

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"Frida, ¿eres la novia de Isaac?", me preguntaron en el baño.

"¡No, qué va!", respondí.

"¡Sácale todo, chama!", gritó una venezolana.

"¡Sácanos de trabajar!", gritó otra provocando que todas riéramos al unísono.

Cuando llegamos al hotel, se metió a bañar y yo encendí la tele. Siempre he sido fan de la televisión local de lugares foráneos. Después de un rato, salió con una toalla amarrada en la cintura y un cigarro en la boca. Tenía un físico muy bien conservado para su edad, pero tenía una panza que a pesar de ser chiquita, tenía un aspecto muy duro y redondo, parecía embarazado. Lo bauticé como tercer strike. Se acostó a mi lado y como si estuviéramos en un romance de película dominguera, me tomó de la barbilla para besarme. Yo no pude evitar reírme mientras me besaba, tal vez también por los nervios. Me ayudó a desnudarme y yo le retiré la toalla. El resto fue precedido por un preámbulo larguísimo, el cual también terminó volviéndose una costumbre que sorprendentemente nunca me aburrió. Había escuchado mil veces del encanto de un hombre veterano, pero fue una de esas cosas que uno no realiza del todo hasta que no las vive. Cada movimiento parecía fríamente —o cálidamente, depende del ángulo— calculado. Aquellos momentos en los que torcí los ojos dándole strikes, se evaporaron ante su talento en las artes del amor. Justo cuando me encontraba en un trance de placer, se separó de repente y se bajó de la cama. Después me hizo una seña de que lo siguiera y se dirigió a la puerta.

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"¿Qué estás haciendo?", pregunté una vez ahí.

"Cojamos en el pasillo".

El pasillo, como lo llamó él con toda nonchalance, en realidad era un balcón que daba a la fuente del lobby. Era uno de esos hoteles de estructura cuadrada que tienen un hoyo en el centro, donde usualmente se encuentra una fuente y alrededor de éste se encuentran las habitaciones resguardadas por un barandal.

"¿Es en serio?", pregunté.

Asintió sudando, con las mejillas rojas y respirando con dificultad. Eso me dio tanta risa que me ayudó a asimilar la idea. Lo que pensé que podía ser un holograma, ahora se perfilaba como calcomanía de colección. "A la verga" —valga la redundancia—, pensé. Cogimos sobre el barandal por algunos minutos discretamente hasta que él se vino y yo fingí un orgasmo. Estaba demasiado borracha y traumada como para lograr uno.

La aventura siguió porque se mostraba como una experiencia muy vasta y excitante. No acepté ningún tipo de ayuda económica porque creía que eso disminuiría la autenticidad de ésta. Comencé a llevarme bastante bien con Abraham y Pepe y a veces, algunas de mis compañeras me pedían ciertos favores para que "mi padrino", como le decían, los aprobara. Comenzamos a frecuentar Acapulco. Él tenía una casa en Las Brisas y como hobby se dedicaba a construir condominios de lujo que él mismo diseñaba, con mucho talento, en la zona. Irónicamente, fue en ese paraíso donde se dieron los strikes más grandes.

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La primera noche que pasamos ahí, tuvimos un maratón de sexo en la habitación. Fue la primera vez que lo vi tener un orgasmo en todo su esplendor. Pegó un gritó tan escandaloso, muy a la He-Man, que me dejó totalmente fría y al borde de un ataque de risa. No obstante nuestros encuentros fueran fenomenales, ese grito lo echaba todo a perder. Cada vez que lo veía venir, anotaba en mayúsculas ese strike. Otro suceso que trascendió negativamente, fue la vez que me puse un bikini que en lugar de ser triangular, era cuadrado. Por lo tanto, a los lados, dejaba entrever una parte de mis senos y una pincelada de pezón. Nadábamos en la alberca el chofer, él y yo. Sin más ni más se salió con un "Cúbrete, mija". O sea, ¿de verdad me había llamado "mija"? Pobrecillo, era más fuerte que él, al final su hija era más grande que yo. Lo hubiera ignorado como cuando a uno se le escapa el nombre de su ex durante una pelea, pero me llamo así tantas veces que tuve que anotarlo en mi libreta de strikes. Sin embargo, los strikes más grandes aún estaban por llegar. Como él fumaba únicamente cigarros Raleigh, no había poder humano que le hiciera fumar uno de otra marca. Una noche sobre la mesa del comedor, tomé el paquete y me puse a jugar con él. "¿Le has contado la historia del Jefe de Jefes y los Raleigh?", preguntó su chofer.

Isaac tomó un cigarro de la caja y sonrió sin decir nada por un rato.

"¿Has escuchado del Señor de los Cielos?", me preguntó.

"Sí", respondí.

"Solía armar unas fiestas en una lanchita", dijo sarcásticamente, "en medio del mar" y continuó. "En una de esas me acabé mis Raleigh y como ningún invitado fumaba de esos, me empecé a amargar. 'No te quiero ver así, mi Isaac', me dijo, y entonces mandó una lancha para que se fuera al puerto y me los consiguiera. Su empleado regresó con doce cajas".

Me mostré auténticamente asombrada pero evité con gran habilidad que mi temor por sus relaciones sociales saliera a flote. Temí que un día mientras lo esperaba en su coche en medio de la carretera viniera alguien a pegarle un tiro o algo por el estilo.

Una de nuestras últimas noches, a medio palo, se levantó de la cama como solía hacer antes de proponer una locura.

"Llamemos a mi chofer", dijo retomando aliento.

La idea me prendió enseguida, no había participado nunca en un trío. Sin embargo, su chofer era el único amigo que tenía en esa aventura. ¿De qué hablaríamos de regreso en el coche? Decidí no hacerlo.

Entre más grande es un hombre o una mujer, más experiencias ha vivido y por ende, más interesado y propenso es a probar nuevas emociones y experiencias. Ya no le importan las consecuencias que sufren sus conejillos en sus experimentos, lo que importa es seguir viviendo, combatir el aburrimiento a cualquier costo. Seguido me acordaba mucho de ese amante cuarentón sadomasoquista que me contaba que tenía dos esposas, una en el DF y otra en Quéretaro. "Es como hacer trampa en la vida, es como volver a empezar", decía. Este mundo esta lleno de tramposos que intentan verle la cara a la vida y esos son los más peligrosos. Tenía que alejarme, estaba en las manos de alguien que era víctima de sus instintos y eso no iba más que a empeorar mi situación, la cual él conocía y había explotado hasta el momento.

Empecé a alejarme y me prometí nunca más volver a jugar con lobos. Eran seres instintivos y salvajes que estaban dispuestos a ignorar todas las lecciones que les había dado la vida por un pedazo de carne fresca. Con el tiempo aprendí que entre más precoces y curiosas sean la caperucitas, menos conocimientos tienen del bosque y menos probabilidades hay de que tengan un mapa. Sin embargo, el lobo conoce muy bien el bosque y en lugar de mostrarles hacia donde ir, prefiere acecharlas aún sabiendo que al hacerlo podría desorientarlas para siempre. Paradójicamente fueron mis propias perversiones las que me salvaron de sus garras, pero a veces me pregunto qué hubiera sido de mí si yo hubiera sido aquella adolescente temblorosa. Con los años inevitablemente dejé de ser una caperucita y encontré mi sendero y a veces sonrío al pensar que aquel lobo morirá hambriento y cansado combatiendo contra las sombras de las que nunca salió.