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Cultura

Especial de narrativa: Cómo Kohnstamm consiguió la casa en la playa

David Mamet escribió los guiones de American Buffalo, Glengarry Glen Ross, The Untouchables, the Postman Always Rings Twice y Wag the Dog. Aquí un relato de una casa en la playa.
24.7.14

Fotos por Whitney Hubbs.

a era casi de mañana. Margaret y Mel estaban sentados, solos, en el sofá.

—El fin de semana en el que se fue la luz en el Bel Air bien puede haber sido el día más relajado de mi vida —dijo Mel. —Cuando uno envejece, muchas cosas se pierden, el apetito, en mi opinión, crece; pero creo que esto me pone en uno de los dos campos.

—¿Cuál es el otro? —dijo Margaret.

—Al envejecer, uno adelgaza —dijo Mel—, pero yo creo que a todos les pasa que su sexualidad se apaga. Quizás, para los delgados, no tanto. Yo no sé. Tú deberías saber, cómo podrías saberlo tú, te doblo la edad.

—No exactamente —dijo Margaret—, bueno… soy diez meses más joven que tú.

—Ese invierno —dijo él—, estaba lloviendo. Como suele llover en el sur de California. De esta manera tan malditamente persistente con la que todo sucede aquí. Estaba en el Bel Air. Tenía este plan. Para empezar, esa noche a la hora de la cena estaba holgazaneando, viendo la tele. En eso avisaron de la inundación repentina; y no se veía el canal 405, al igual que el canal 10, y ya habían apagado el canal Sunset, y luego se fue la luz. En todo el hotel. En toda la ciudad. Todo se quedó quieto y oscuro. Levanté el teléfono. Los teléfonos estaban muertos. Había una extraña calma. Así como así, me invadió, tanto que, en retrospectiva, nunca imaginé pensar Voy a extrañarla…

—Me senté en la cama. Me fumé un cigarro. Estaba emocionado, si me permites, y espero que me disculpes, por el silencio. Y supongo que la palabra apropiada es "inmerso", si es que así se dice, en un sentimiento que luego llamé "paz".

—Déjame adivinar —dijo Margaret—, a quién ibas a ver ahí.

—No, no creo que puedas —dijo Mel.

—Ibas a ver a Molly Brammell.

—Sí, así es —dijo Mel.

—Porque ella (luego te voy a decir cómo es que sé)…

porque Sammy y Kay Stern estaban ampliando, ¿qué era…?

—Tigertail —dijo Mel.

—Y la casa se vino abajo. Los, los… —asintió ella.

—Cimientos —dijo Mel.

—…y estaban en juicio con el constructor. Y déjame decirte cómo lo sé: porque Slick Kelley, quien…

Él asintió.

—¿Te acuerdas? —dijo ella.

—Claro que me acuerdo —dijo Mel.

—…quien lo defendió, o lo que sea que hagan cuando demandan al constructor… Slick Kelley, lo que le pasó fue que murió de cáncer… —Sí, ya sé —dijo Mel.

—La muerte más horrible que jamás le puedo desear a un ser humano.

—Cuando yo me muera, Moogey —dijo ella.

—¿Qué? —dijo Mel.

—"Cuando yo me muera", ¿te acordarás de que empecé esa lúgubre oración…?

—Sí te escuché —dijo Mel.

—No es cierto —dijo ella— estabas lejos en algún lugar del pasado. Pensando en alguna fulana que tuviste, una fulana a la que dañaste, una fulana agradable que no supiste apreciar: "Ya toda una vieja bruja, ¿y de qué te sirve?" tanto que, como cualquier viejo, estabas extrañando un momento breve y patético pero real de lo poco que se te dio.

Él permaneció sentado por un rato.

—El punto es—dijo él —que, que, que en verdad no es el recuerdo, si me permites, sino que la búsqueda del recuerdo lo que mata.

Ella lo escuchaba con atención.

—Porque… —ella se acercó a él, en el sofá, y con sus manos tomó la cara de él, giró su cabeza y le dio un pequeño beso en la mejilla.

—Bueno, entonces —pensó él. —¿Cuál es la diferencia entre esto y aquello? Tal vez cuatro momentos en una vida. ¿O tal vez sólo se presentan como un alivio, cuando el deseo se debilita?

—Ganar, matar, procrear y luego —pensó él.

—Pero tú sabes —dijo él —es lo que hace que las películas funcionen.

—Y siempre está —dijo ella —el joven esperanzado de Arkansas para llamarla, y lamerte por completo, y meter la lengua de ella en tu trasero…

—Sí pero ella no sabría —dijo él —a qué carajos me refiero, sin importar qué tanto arregle mi tono para sonar moderno.

—Las chicas de antes —dijo Margaret —en ese tiempo, no sabían ni un carajo. Todo lo que hacían era asentir con cordura, en intervalos determinados y vestirse bien. Cualquier hombre con un buen traje podía tenerlas.

La sirvienta entró y llenó de nuevo la pipa de mariguana de Margaret.

—Y cogían como conejos —dijo ella. —Oh, qué vergüenza todo eso. Que ellas mismas no solamente se permitieran perder ese abdomen plano y esas lindas tetas firmes, sino decaer y morir, así como el abono carísimo que mi jardinero, como chingados se llame, deja caer sobre el suelo. Y las que no, desearían haberlo hecho. La verdad.

—Menos las heroínas excepcionales, estoicas y filosóficas, y uso ese término deliberadamente, y sí me incluyo a mí misma, que miraron fijamente en lo profundo de esa piscina para conocer…

—¿…su propia cara? —sugirió Mel. Margaret negó con la cabeza.

—Su propia cara —dijo ella y aparte de eso, el cielo. Y aparte de eso, nada. Buaa y más pinche buaa.

Terminó de apretar la mariguana en la pipa y le asintió a la sirvienta. La sirvienta encendió la pipa. Margaret le dio una fumada, luego otra y con la mano indicó a la muchacha que se fuera.

—Te voy a decir quién compró la nueva casa en Tigertail…

—Los Stern —dijo Mel.

—Sip —dio otra fumada a la pipa. —¿Cuándo la reconstruyeron? ¿Diez, quince años después? ¿Cuando él se fue a México? ¿O cuando ella se mudó a la playa? Lo cual fue un gravísimo pinche error. Venderla. Porque recibió una paliza, y cuando regresó… ¿trató de vender la casa de playa…? —agitó su mano a la altura de la muñeca para indicar que Mel conocía la historia.

—Pero quien compró la casa en Tigertail, y esto es algo que tú no sabes, fue Charlie Kohnstamm.

Se acomodaron en el sofá, al tiempo que la sirvienta traía una bandeja de café fresco.

—Todos los peces gordos en ese tiempo —dijo ella—, en los tiempos del Real Studio, en los tiempos de las mamadas Tenían, como tú bien sabes, esas casitas de campo para coger, en Rustic Canyon. Y las fiestas que daban…

—Estuve en algunas de ellas —dijo Mel.

Ella negó con el dedo.

—Allá en los años 30 —dijo ella. —Y antes, digo, antes de la ley y las buenas costumbres, y antes de la guerra.

Y Kohnstamm, en este punto —dijo ella —era un mensajero. Dijo, o dio a entender que era una clase de pandillero o, no sé, un contrabandista de hierba…

—…y lo era —dijo Mel.

Ella se deshizo de ese pensamiento.

—Él se iba, o lo enviaban de vez en cuando al sur de la frontera, a sus Hogares de allá; donde el que hace la limpieza podía dar una "lata de café especial" al Sr. M. —… siempre muy listo… —dijo Mel.

—Por favor —dijo Margaret. —Tanto que, una vez. Una madrugada. En Rustic Canyon. Una madrugada. Estaba, creo yo, tomando aire en una habitación de huéspedes. Cerca de una fiesta. Intentaba reducir el peso de las carteras que las celebridades (en su flojera) dejaron en sus pantalones antes de irse a pasear a la casita de la alberca. He ahí el joven Kohnstamm. En la oscuridad. Se tropieza con su jefe.

—…con un niño pequeño —dijo Mel.

—No.

—Con una chica menor de edad —dijo Mel.

—No. Con su hija.

Margaret contempló por un momento el asombro de Mel y vio cómo se empezaba a dibujar una pequeña sonrisa en la orilla de su boca.

—¿Y ella nunca dijo nada? —preguntó Mel.

—Pues, no —respondió Margaret. —Al parecer estaba cuidadosamente drogada. Un acto de consideración poco característico por parte de su padre.

—Pero Kohnstamm, fíjate, vio algo más que simple decencia parental.

Mel miró hacia abajo a la mesita de café.

Él vio un mundo nuevo —dijo ella, y le dio otra gran fumada a la pipa de mariguana.

Ella empezó a toser y Mel se le acercó. Ella lo alejó con un movimiento de manos. Él miró hacia abajo, hasta que ella dejó de toser. Había unas pequeñas lagrimitas en el borde de un ojo. Ella tomó una servilleta de coctel de la bandeja y las limpió. Ya tranquila, volvió a comenzar su historia.

—Todos los peces gordos de esos tiempos —dijo ella —tenían sus casas de campo para coger. Algunos en Rustic Canyon, otros estaban en Malibú.

—Ahora bien, ¿Kuhnstamm? Para Kuhnstamm esto era el epítome del lujo. La "casucha en la playa", como decían ellos, o, en nuestros días faltos de ironía, "la casa en la playa". Y él deseaba, como si fuera carne adolescente, una casucha en la playa como ésa.

—Su presencia ahí, entre los grandes, lo retaba. Pues tenía susceptibilidades.

—Que él tenía —dijo Mel.

—Por decirlo sutilmente —dijo Margaret. —¿Y la mansión Hancock Park, el Hogar Bel Air, Rustic Canyon, Palm Springs? No eran nada para él, sino lo que es el ring para el boxeador: una arena.

—Acompañaba a Marcus, el Sr., la Sra. Marcus, los niños, una joven actriz… También organizaba una fiesta de cumpleaños, traía el regalo olvidado, escoltaba las drogas o las prostitutas.

—Mientras estaba ahí —dijo Mel.

—Por supuesto —dijo Margaret. —Y mucho es el reloj de platino o baratija, los extraños 50 dólares, los culitos o lo que brillara en esas casas señoriales. Además se rumora, aunque no estoy segura, que tal vez ayudó en esto y aquello, menos en el saqueo amateur. Pues odiaba a los hijos de puta. Con ese odio hacia los blancos que encontramos tan rara vez, y que es tan sorprendente entre nuestra gente que perdona por naturaleza.

—Los envidiaba —dijo Mel.

—Eso creo. Aunque, independientemente de eso él, como sabemos, tenía el poder de odiar, odiar en serio Es por eso que yo lo admiraba. Pues nunca disminuyó su maravillosa lucidez.

Ella apenas giró su cabeza, y la sirvienta apareció para volver a llenar la tacita de café.

—¿Quieres tomar? —dijo ella.

—Claro —dijo Mel.

—Pero Malibú —dijo Margaret —siempre le llamó la atención. Ya que se dio cuenta de que era el "último buen lugar". Recuerda. No había nada ahí. ¿Treinta y ocho? ¿Cuarenta? ¿Justo antes de la guerra? Nada. Dunas. ¿Una casa? Bien podían haber sido quince mil acres. Dunas. La playa. El mar.

—¿Era para el judío, Moogey? Para el judío, que es lo que nació siendo, era la perfección. Olvidamos. Conocí a su madre. ¿Al final? Él me hizo regresar. Cuando ella estaba muriendo. Y me llevó a la calle Rivington. Nunca viste aquella mirada fría en sus ojos, lo digo en serio. Cuando habló acerca del edificio. ¿Y sobre el amor por esa anciana? Fuimos allá. Le habló a ella en yiddish. Ella no sabía en dónde estaba y creyó que había vuelto a Polonia. Hospital Roosvelt. Estaba muriendo. Él la abrazó.

Ella carraspeó.

—Y fue a mí a la que le pidió que volara de vuelta con él. Me sentía honrada. Era, por supuesto, una confesión. Que quería mostrársela a alguien A quien la entendiera. Antes de que todo terminara.

—Pero tú siempre lo entendiste —dijo Mel.

—Por supuesto que lo hice —dijo Margaret. —Es por eso que él me lo pidió a mí. No es por presumir; pero él me deseaba Aún…— Ella paseaba sus manos por su cuerpo —…siendo yo un desastre hoy en día; yo era, como ustedes recuerdan…

—Él asentía con la cabeza.

—…la más cabrona —dijo ella.

La mucama trajo una botella de brandy, y un vaso pequeño.

—Sólo déjala ahí, Mercedes —dijo ella. —Eso es todo. Mel se llenó su vaso, se lo tomó de un solo sorbo y lo llenó de nuevo. Margaret lo observaba.

—Qué escándalo —dijo ella. —Las cosas que hacemos. ¿Charlie? Él siempre ha conocido su destino: sólo ser un ladrón. Porque, los no judíos no le iban a dar un trabajo porque él lo quisiera; ¿y los judíos? ¿Cómo iba a abrirse paso, si no tenía nada?

Sus ambiciones eran: 300 dólares en su billetera, un traje nuevo y un buen culo.

—Todo era pura fachada —dijo Mel.

—Precisamente —dijo Margaret. —Es lo que piensa un bueno para nada. Justo lo que era él. Y luego, en dos movimientos. El primero, avaricia, y el segundo, el segundo, un acto de genialidad, Moogey, donde en un instante, dio a luz algo nuevo.

—Se encuentra a Marcus. El director del estudio. Cogiéndose a su hija drogada. ¿Sí? Marcus. Lo ve. No trae un arma. Marcus no puede matarlo; Kohnstamm puede salir de la habitación. Con lo que ha visto. Marcus lo voltea a ver. Dominado. Rogando. "¿Qué es lo que deseas?"

—¿Kohnstamm? ¿Por su parte? No titubea. "Quiero la casa en Malibú". Marcus asiente con la cabeza. Titubea. "Pero", dice él, "¿cómo lo explicaría?"

—Y aquí lo tienes. Esto es lo que Kohnstamm dice: "Di que viene con el nuevo trabajo". "¿Qué trabajo?" pregunta Marcus. "Me pones como…", dice Kohnstamm "el nuevo director del estudio".

La mucama cierra la puerta detrás de Mel. Él baja tres escalones de piedra y se detiene en la carretera.

—¿A dónde iré ahora? —pensó.

—Con alguna chica, por su supuesto, o quizás no. Hubiera traído una a casa de Margaret.

Ella se habría quedado dormida en el sillón. En el estudio.

—Para empezar, ella me habría esperado, por supuesto, en lo que nosotros hablábamos. Y después se habría ido y quedado dormida. Todas las viejas buenas ahí. Y, ¿habría sido posesiva? ¿Ansiosa o celosa? No, no una jovencita, quien no tiene nada que temer— y luego él la habría despertado para llevársela a su casa. O se habría ido con alguien que hubiera conocido en la fiesta.

Caminó hasta su auto.

—Un pedazo de metal especialmente refinado, pulido y consentido, valorado en 200 mil dólares. Y, ¿cuál es la diferencia? —pensó.

—Si bien podría no ser ese viejo convertible, un Porsche 356, un auto de chica.

Se quedó hasta antes del amanecer. Sintió cómo el decline de la noche se acercaba más y más, y cómo se comenzaba a sentir el calor del día, que, en un desierto, en el que él estaba, es la hora de la muerte. Buscó la causa de su fuerte nostalgia, y se dio cuenta de que era Molly Brammel, una noche específica, hace cuarenta años en casa de Margaret.

Ella era una jovencita dormida en el sofá de piel, en lo que el esposo de ese tiempo de Margaret llamaba, biblioteca. Su primer recuerdo de ella era la curva de su cadera, mientras ella dormía recostada de lado, su boca un poco abierta. Él estaba parado en la puerta de la biblioteca, mirando a la niña, mirando su cadera y su boca entreabierta, y se quedó para ver qué tan dulce era su aliento.

Ella se despertó por su mirada, y se sentó erguida en el sofá, viéndolo. Él no sabía quién era ella, y dudó que ella supiese quién era él. Él no sabía con quién había venido ella, o quién habría sido tan tonto como para dejar sola a una niña, ya que la fiesta ya había terminado y, usualmente, él era el último en irse.

El esposo de Margaret se había ido temprano en la mañana, a hacer lo que sea que se había ido a hacer y dejó a Margaret con sus amigos. Además, ¿Kohnstamm había estado ahí? No estaba ahí, no, él estaba en Europa; había estado en el yate de alguien, había estado en Roma, grabando una épica; tenía una aventura con la estrella, con una condesa, con la señora de alguien, en París, en el Ritz, en un bar de mala muerte en Marais, con la chica que había conocido en la guerra; estaba en Israel, quizás, Margaret sugirió, con una ceja alzada, que significaba que nada más se diría del tema; y así fue como dejaron de hablar del barón, y comenzaron con el verdadero negocio de su colonia, el cual era, como siempre, chismes sexuales y financieros.

Éstas eran sus épocas favoritas. Noches blancas, en efecto, alrededor de la fogata, donde, como Margaret decía, "todo el conocimiento escaso de la tribu se volvía a decir, sus tótems se daban a conocer y se cantaban todas las canciones típicas". Lo que había dicho esa noche, hace cuarenta años. Y hace cuarenta años, recordaba, él había visto a la chica en el sofá, ella se había despertado y lo había mirado. El momento más largo. Donde él había dejado de pensar.

Y luego, sin querer, él se había escuchado a sí mismo diciendo: "Ve por tu abrigo".

—Hace tanto tiempo —pensó él.

—Las mismas canciones eran entonadas —había dicho Margaret, aventurándose, como siempre, tan cerca del sentimiento. Él había hecho que Tiffany's lo pusiera en una cajetilla de cigarros.

—Tengo una idea —pensó. —Fue robada. Una cajetilla de cigarros. Los años pasan. El donador se topa con ella en otro país. En una casa de empeños. ¿Cómo llego ahí? —Abre la puerta de un auto negro y se sienta con sus pies en la carretera.

—Tengo una idea —pensó —que es: ¿Y eso qué importa?

David Mamet escribió los guiones de American Buffalo, Glengarry Glen Ross, The Untouchables, the Postman Always Rings Twice y Wag the Dog, entre muchas otros.