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Cultură

Dreamers. La lucha de una generación por su sueño americano

"Estar en la UCLA ha sido una de las experiencias más difíciles. No recibo ayuda financiera y ningún tipo de beca porque no cuento con número de seguro social".
19.7.13

Aquí traemos un extracto del primer capítulo del libro Dreamers. La lucha de una generación por su sueño americano, de Eileen Truax, publicado por Océano.

  • Un chico necesita ayuda

Give me your tired, your poor,
Your huddled masses yearning to breathe free,
The wretched refuse of your teeming shore.
Send these, the homeless, tempest-tossed to me,
I lift my lamp beside the golden door!1

Emma Lazarus, “The New Colossus”, fragmento del poema
inscrito en la base de la Estatua de la Libertad

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La noche del 29 de diciembre de 2011 el Royce Hall de UCLA, la Universidad de California en Los Ángeles, se encontraba en ebullición. Las luces iluminaban el interior del magnífico edificio estilo neorromano de ladrillo rojo importado de Italia, que emula al templo de San Ambrosio en Milán y que es uno de los cuatro edificios originales construidos en este campus en 1929. Por los arcos de los corredores externos y las altas puertas de madera en el interior, cruzaban decenas de personas portando bien cuidados atuendos y sus mejores sonrisas. En la terraza exterior del recinto, integrantes de la elite académica, del mundo de la cultura y de la comunidad judía bebían una copa antes de entrar al auditorio, uno de los más hermosos del sur de California, que alberga un antiguo órgano de tubos y por cuyo escenario han cruzado Albert Einstein, John F. Kennedy, Frank Sinatra y Ella Fitzgerald, por mencionar algunos de los nombres estelares.

Esa noche, un nombre más se sumaba a la lista: el cineasta y clarinetista Woody Allen haría una presentación con su banda, The New Orleans Jazz Band. Después de dos horas de música, aplausos, un par de bromas de Allen y dos encores, los asistentes se retiraron recorriendo los pasillos y jardines de UCLA, los mismos que durante el día son escenario de la vida estudiantil en una de las instituciones académicas con mayor tradición en la costa Oeste de Estados Unidos.

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La presencia de personalidades del arte, la política y la ciencia es el sello de UCLA. El campus, el más pequeño de los diez que conforman el sistema de la Universidad de California, está construido sobre 1.7 kilómetros cuadrados de terreno, mismos que si estuvieran en Nueva York ocuparían solo la mitad del Central Park. Pero UCLA no está cerca de la Quinta Avenida neoyorquina, sino al pie del legendario y muy angelino Sunset Boulevard, en el distrito de Westwood, rodeada por los suntuosos vecindarios de Brentwood, Bel-Air y Beverly Hills.

A pesar de no contar con una gran extensión, UCLA es la institución más codiciada por los estudiantes de todas las clases sociales que aspiran a un título profesional o a estudios de posgrado. De sus aulas han egresado veinte ganadores del premio Oscar, tres premios Pulitzer, un premio Pritzker y doce premios Nobel, incluido el afroamericano Ralph Bunche que, en 1950, se convirtió en la primera persona de origen no europeo en recibir este reconocimiento por su labor de mediación entre judíos y árabes en Israel. El edificio más alto del campus lleva su nombre.

La primera vez que caminé por los patios de UCLA me sorprendió darme cuenta de que por un momento olvidé el mundo allá afuera, incluida la autopista 405, la más congestionada de Estados Unidos, a unas cuadras del campus. Algo tiene esta atmósfera que parece atemporal. A pesar de que algunos espacios me recuerdan a “las islas” de la UNAM o al “corredor verde” de la Universidad Iberoamericana en la ciudad de México, los prados recortados y parejitos, los edificios que mezclan líneas clásicas con el minimalismo de los años sesenta y setenta, y la diversidad étnica de los chicos tendidos en el césped, andando en bicicleta o yendo de un lado a otro para llegar a una clase, hacen que, en general, la sensación del visitante sea de un relajado bienestar que no es frecuente encontrar en otro lugar.

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Un día de 2008, una chica de origen filipino abrió una de las enormes puertas del edificio que alberga al Centro de Actividades Estudiantiles. Subió una escalera lateral, caminó por los pasillos inmaculados y entró en la oficina de Antonio Sandoval, director de la Oficina de Programas Comunitarios. De pie frente a Antonio, la chica no pudo más y dijo las palabras que antes muchos otros alumnos no se atrevían a decir, y que en los últimos cuatro años han cambiado la forma en la que la comunidad de UCLA se ve a sí misma.

–No tengo dinero para comer. No sé qué voy a hacer.

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La puerta de un cuartito casi imperceptible a la mitad de un corredor se abre y se cierra varias veces al día. Algunos de quienes entran ahí lo hacen lo más rápido posible y sin cruzar la mirada con nadie. Otros intercambian sonrisas de simpatía con quienes pasan, alumnos, maestros o personal administrativo. Todos son miembros de la comunidad UCLA y todos saben que al pasar por ahí no se juzga: los tiempos son difíciles y la solidaridad es un búmeran que regresa cuando más se le necesita. Quienes salen, lo hacen con un poco de comida en las manos, o tal vez en la mochila, corriendo a la siguiente clase: una fruta, una sopa para preparar en el horno de microondas, un sándwich que permitirá aguantar por el resto de la tarde. Un letrero junto a la puerta describe la función del lugar. Se trata del Clóset de la Comida.

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El edificio que alberga al Clóset de la Comida es el sitio en donde los jóvenes encuentran apoyo para realizar actividades recreativas y de tipo social, no necesariamente vinculadas con la currícula de UCLA. Hay desde las asesorías para ser parte de un equipo de entrenamiento deportivo, hasta una oficina para quienes deseen sumarse a los grupos activistas mexicoamericanos, e incluso un amplio espacio destinado a quienes están interesados en obtener más información sobre las fuerzas armadas. En este lugar también hay un área que sirve como comedor, con hornos de microondas, mesas y sillas, en donde los estudiantes que traen algo para comer desde casa pueden hacerlo.

Justo enfrente se encuentra el Clóset de la Comida, un espacio del tamaño de lo que en Estados Unidos se conoce como un walk-in closet —y probablemente muchas chicas en esta universidad tienen un walk-in closet en su habitación más grande que éste. En su interior un gran refrigerador y una alacena de tamaño promedio guardan las donaciones que recibe el programa para los jóvenes que no tienen qué comer durante el día. La mayoría son alimentos empacados y enlatados, fáciles de abrir y preparar, aunque en ocasiones también termina ahí la comida que sobra de los eventos del día en la universidad: bandejas con sándwiches que si no se comen pronto se echan a perder; alguna charola con ensalada, canastas con fruta, frituras y refrescos enlatados. En la alacena hay los aditamentos necesarios, cubiertos y platos de plástico, servilletas o condimentos en sobrecitos, y también algunos artículos básicos de higiene personal: desodorante, cepillo de dientes, jabón o banditas para cubrir heridas. En una de las paredes un collage de fotografías con estudiantes reuniendo comida sirve de fondo a una mesa con un frutero y un libro de visitas.

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El Clóset de la Comida fue creado en 2008 y formalizado en 2009 por estudiantes y para estudiantes. Para quienes viven en Estados Unidos, y particularmente en el sur de California, ha resultado difícil creer que en una universidad del prestigio mundial de UCLA exista el hambre. En un país que se jacta de cubrir las necesidades básicas de sus habitantes —y el alimento es una de ellas, si no la principal— ha sido una sorpresa descubrir que a unos pasos del lujo y el glamour de Beverly Hills hay jóvenes estudiantes cuyo dinero, reunido con incontables contratiempos, es destinado a pagar la colegiatura, los materiales, el transporte y en ocasiones el sustento familiar, de manera que su alimentación pasa a un segundo plano.

Aunque quienes recurren a la ayuda que ofrece este programa tienen orígenes muy variados y las razones por las cuales se encuentran en una situación desesperada son diversas —desde una familia enfrentando la pérdida de la vivienda por no poder pagar la hipoteca, hasta un chico que debe ayudar en casa por tener padres desempleados—, una nota anónima en el libro de visitas ilustra los motivos específicos de un grupo de alumnos que en ésta, como en otras universidades del país, son los más vulnerables de la población estudiantil. "Soy un estudiante indocumentado transferido a UCLA. Esta universidad ha sido mi sueño siempre, pero estar aquí ha sido una de las experiencias más duras y difíciles. No recibo ayuda financiera y no lleno ninguno de los requisitos para recibir ningún tipo de beca porque no cuento con un número de seguro social".

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A estos chicos que viven sin documentos, que van a la escuela con desventajas económicas, que en ocasiones deben trabajar para pagar sus estudios y que tienen un futuro incierto después de graduarse, se les conoce como “Dreamers”.

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El primero de agosto de 2001 el senador demócrata Richard “Dick” Durbin y su colega republicano Orrin Hatch presentaron la primera versión de una iniciativa de ley que, en los años posteriores, sería ampliamente conocida como dream Act. La palabra dream, sueño, es la sigla de su nombre completo, Development, Relief and Education for Alien Minors (dream) Act (ley de desarrollo, asistencia y educación para menores inmigrantes). Esta propuesta legislativa busca solucionar la situación de los jóvenes que fueron traídos a Estados Unidos de manera indocumentada siendo menores de edad y que cumplen ciertos requisitos, como haber llegado antes de los quince años, haber permanecido al menos cinco años en el país, y completar dos años de educación superior o de servicio en las fuerzas armadas.* La iniciativa ha sido presentada una y otra vez a lo largo de los años sin lograr el consenso necesario para su aprobación. En 2010, la ocasión en que ha estado más cerca de convertirse en ley, se quedó corta por cinco votos en el Senado.

Actualmente todos los niños que viven en Estados Unidos, sin importar su estatus migratorio, reciben los primeros doce años de educación de manera gratuita gracias a la resolución de la Suprema Corte de este país en el icónico caso Plyler v. Doe, en 1982. El juicio, iniciado por un padre de familia en Texas, demandaba la derogación de una ley que pretendía negar el acceso a la educación básica a los menores indocumentados. El fallo fue en contra de la ley, y el veredicto establece que los menores no pueden ser considerados responsables de su situación migratoria debido a que su ingreso ilegal al país se debió a una decisión tomada por alguien más.

A pesar de que esta legislación garantiza la educación de cualquier joven en Estados Unidos hasta el doceavo año, no ofrece una opción para que los estudiantes puedan acceder a la regularización de su situación migratoria o al apoyo financiero para continuar estudiando después de la preparatoria. Esta laguna legislativa afecta a más de 700 mil jóvenes inmigrantes indocumentados mayores de 18 años, y a otros 900 mil menores que se encontrarán en un limbo legal una vez que lleguen a la mayoría de edad. Ésa es la situación que busca solucionar el dream Act, y la que ha convertido a este ejército de chicos en Dreamers, una generación de soñadores.