Una mañana entre la comida exótica del Mercado de los Mostenses de Madrid
Comida

Una mañana entre la comida exótica del Mercado de los Mostenses de Madrid

Extraños vegetales, comida preparada con imágenes de osos pandas, ofertas y salsa de soja en bidones de cinco litros. El paraíso del gourmet curioso y sin miedo.
16.5.16

Todas las fotografías por el autor

En VICE comemos mal. A veces, muy mal. Intentamos hacerlo bien, tenemos arreones en los que la hora de la comida se convierte en un desfile de tuppers con alimentos sanos. Pero duran semanas, mejor dicho días, y volvemos pronto al menú del día, al fast-food o a las ensaladas felizmente selladas con un plástico pringoso. Lo intentamos, pero es imposible. No nos parecemos a esta gente.

Tampoco queremos tirar la toalla y, a veces, visitamos (un poco como turistas) los pocos mercados que en la ciudad no se han convertido en gigantescos centros de ocio-pijo, donde tomar un caña y una tapa sale por 5 euros y donde corren las ostras junto a las copas de cava como si fueran cucarachas.

Ya sabéis a cuáles nos referimos. En esos mercados en los que huele a ambientador de centro comercial, el suelo está reluciente, no hay gente sudorosa y encabronada descargando camiones, los puestos son como de cartón-piedra y te pegan el palo como si fueras un guiri en la Puerta del Sol. De esos pasamos. Nos interesan los mercados de barrio que han aguantado el paso del tiempo pero, que a la vez, se han sabido adaptar a las costumbres de los nuevos habitantes.

En Madrid hay varios de esos, una excursión a Usera es como poner un pie en Chinatown, o por ejemplo el Maravillas, en Cuatro Caminos, te puede trasladar directamente al Caribe. Pero la gran joya —lo lleva siendo ya algunos años— es el de los Mostenses, entre la Gran Vía y Malasaña.

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Zona de influencia, sin duda. Pero los Mostenses han aguantado el azote de la gentrificación, vamos, que no hay bicicletas colgadas en las paredes, ni tiendas de cookies y, salvo un puesto de zumos sanos y exóticos, no hay ni rastro de modernidad entre estos cuatro muros.

Por partes, empecemos por la planta inferior: pescados y carnes. Nada nuevo. Es como siempre, puestos típicos, alguna excentricidad (huevos de avestruz) y mucho casticismo de manual: casquería abundante, ofertas en marisco (para eso el topicazo de que se come en Madrid el mejor de España), grandes piezas de carne, gente con mandiles blancos, saludos a los compradores habituales, chistes, un puesto de lotería, comentarios sobre la próxima final de la Champions… Como en cualquier mercado de provincia.

Pero la inmersión, el viaje a otros continentes, comienza cuando se suben los pasos de esas escaleras decoradas con obras de arte de dudoso gusto y donde tiene su puesto, desde hace 65 años, el pintor Valeriano. Como es pronto, no le pillamos en acción, el afilador del puesto de al lado nos avisa de que llega todos los días a las once. Ya en el piso de arriba, el panorama cambia. Es la parte de frutas y verduras, además de los aburridos y clásicos tomates, lechugas y judías verdes, el espacio está colonizado por productos de China y de América Latina. Es el nuevo descubrimiento, sin duda.

No es un tema para dummies, eso nos ha quedado claro, aquí, si no tienes ni puta idea de lo que vienes a comprar, no eres un profesional de esto, no eres un foodie o has pasado una temporada en China, tampoco te van a ayudar mucho a elegir. No te van a aconsejar. Esto es para "pros". No es gente muy comunicativa, si uno va a echar un ojo, a pasar la mañana como un jubilado, paseando por los puestos, como el que mira obras y preguntando de vez en cuando, lo lleva bastante crudo.

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Si tienes suerte, e insistes mucho, te explican que el pak choy es parecido a nuestras acelgas, se comen cocidas y tienen mucho éxito. Que el enoki, del que se vende un paquetito por un 1 euro, es un tipo de seta que se cuece y luego se usa para ensalada. O que el loto es la estrella en sopas, cosas dulces y ensaladas.

Toda esta información nos la proporciona una dependienta china, tras recibir el "no" del resto de sus compañeros de frutería. La dejamos entre melones amargos, flores amarillas y cañas de azúcar, tras recibir la información sobre esos vegetales con nombres totalmente extraños y nos dirigimos hasta la parte de alimentos envasados.

El mundo de los alimentos listos para cocinar (tras un paso breve por una fuente de calor tipo microondas) nos ha parecido sencillamente maravilloso.

Por ahí aparecen bolsitas plateadas con unos misteriosos osos pandas en el envoltorio que podrían parecer un producto alucinógeno, pero que se tratan en realidad de raciones de repollo salado que parecen la típica comida de los astronautas. Por no hablar de los paquetes en los que aparece algo así como un druida cocinando la pócima mágica de Astérix, con un color rojo como de Ferrari de fondo, y que esconden una ración suculenta de pasta de judías. O esas tres jugadoras de algún deporte inventado (tipo kin-ball) que solo practican en lugares remotos y que sirven como imagen de una marca de algas o de sopa de algas, no nos queda muy claro.

Latas industriales de salsa de soja, que parecen de aceite de coche, y botes de algo que se llama mostaza, pero que en realidad flota entre brotes en remojo, que conviven en los estantes con cartones de vino de aquí. De los especiales para sangría. De vuelta a la realidad, un par de pastelerías con productos de Ecuador, con nombres poco sugerentes (Cara Sucia, por ejemplo), pero aspecto cojonudo. Un bar de tapas latinas, con la gente comiendo fideos con ternera y bebiendo un café con leche, a lo loco. Y el mercado que sigue su ritmo. Quizá no es para hacer la compra todos los días, pero pasar una mañana por aquí es una forma cojonuda de abrir la mente y llevarse alguna buena sorpresa para el estómago. Mientras, seguimos comiendo mal.