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literatura

I am iron man

Anthony Pappalardo contribuyó a escribir Radio Silence, una de las pocas retrospectivas del hardcore americano de los 80.
8.11.11

DESDE ARRIBA A LA IZQUIERDA EN EL SENTIDO DEL RELOJ: Brian Ryder, Andy Jenkins, Michael Galinky, Michael Galinsky, Chris Kelly, Casey Chaos, Brett Barto Anthony Pappalardo contribuyó a escribir Radio Silence, una de las pocas retrospectivas del hardcore americano de los 80 que no hay nadie que deteste. También tocó en Ten Yard Fight, el grupo responsable, prácticamente en solitario, de la divulgación del straightedge a mediados de los 90. Live… Suburbia! es el título de un nuevo libro que Anthony ha creado junto al autor Max G. Morton y que aparecerá este mes a través de powerHouse Books. Se trata de un libro ilustrado y personal sobre todo lo que los chavales de Boston han estado haciendo durante los últimos 30 años. En él se narran los primeros y tentativos años, los movimientos de los colectivos jóvenes, las desviaciones al rollo skinhead, más tarde al posi-core, y de ahí en adelante, presentando siempre al mismo grupo de personas imaginando nuevas posibilidades para su futuro. Es algo así como la versión BHC de la serie de películas Up, y es probable que estas navidades esté en la mesita de noche de más de un amigo tuyo. Lo que sigue es un extracto de la parte dedicada a los años de la BMX. Y nos recuerda mucho a las aventuras del Club de los Cinco. Por cierto; ya os lo habréis figurado, pero no estamos hablando de Anthony Pappalardo, el skater. James Regan era un chico por edad, pero no por estatura. De ojos azul pálido y anchos hombros, medía más un metro ochenta. Cuando juntaba sus sanguíneos dedos, sus puños parecían bolas de demolición capaces de derribar fácilmente una pared o, como mínimo, de achatar las narices de los demás muchachos con una sola pasada. El vecindario le tenía pavor. Llevaba desde los 13 años conduciendo su moto todoterreno amarilla sin casco, sin permiso y sin precaución. Sin importar lo que dijeran los termómetros, vestía siempre una chaqueta tejana con forro en la que albergaba un arsenal: cuchillos mariposa, estrellas chinas, encendedores de butano, porros ya liados y un peine automático. Normalmente, los jóvenes descarriados decoraban sus chaquetas con parches y pins de grupos metal, pero la suya estaba desnuda. James no tenía tiempo para hacer de costurera, él tenía la mente puesta en el caos y la destrucción. No tardé en darme cuenta de que cuantos más parches llevaba un chico, menos suponía éste una amenaza. Pude comprobar la certeza de esta teoría tiempo más tarde, viendo a los crusties cubiertos de mugre, con perras embarazadas, pidiendo monedas en Harvard Square. No había nada atemorizador en unos yonquis con aspecto de muñeca de trapo manchada de mierda pidiendo limosna para cerveza. James era un solitario que no necesitaba apoyos, un ejército de un sólo hombre… o al menos alguien capaz de tener a raya a un grupo de preadolescentes. Ninguno de los chavales de mi edificio teníamos hermanos mayores que quisieran retarle a una pelea, así que cuando él rugía, estábamos todos a su merced. Por lo general era fácil evitar a James, ya que estaba siempre ocupado arreglando algo, construyendo algo, fumando algo o jodiendo algo, pero las cosas cambiaron cuando encontró una pista de esquí abandonada cerca de nuestro vecindario, llena de caminos idóneos para hacer carreras de BMX. No había una “rampa” perfecta, sólo unas cuantas pendientes para aficionados que sólo requerían un poco de desbroce para convertirse en nuestra pista de carreras particular. Nos contaron que por allí, en los bosques, vivió un sin techo que se ahorcó, pero eso sólo aumentó nuestra sensación de excitación y peligro. Pasamos el invierno deslizándonos en trineo, un amigo hasta se rompió un brazo, pero le persuadimos de que dijera a sus padres que había sido jugando a fútbol, para que no se nos prohibiera ir a la montaña. Nuestro plan era sencillo: tras el deshielo invernal, cogeríamos palas y construiríamos vallas y obstáculos junto a las pendientes, y dispondríamos de la única auténtica pista de carreras en 30 kilómetros a la redonda. Llegó la primavera, cambiamos nuestras botas de trabajo por zapatillas deportivas y pusimos rumbo a la montaña para iniciar la construcción. Apenas nos hubimos plantado allí oímos el amenazador rugido de la moto de James. Estábamos jodidos. James tenía un método para su tortura: elegía a un sólo chico y obligaba a los demás a tomar decisiones. Por ejemplo, podía decirte que escogieras entre darle un puñetazo a tu amigo o encajar uno suyo. Hacía que saltaras desde cosas, que comieras cosas, y en una ocasión llegó enterrar al pobre Joey Belisle en una especie de funeral de pega sólo para poder mearse en su tumba. James no era agradable. Irrumpió en nuestra zona de construcción haciendo un derrape que nos cubrió de tierra y piedras y luego desmontó de su corcel amarillo. “¿Mariconeando en el bosque, bujarras?”, preguntó retóricamente. A pesar de la lluvia dorada de la que había sido víctima, Joey no había aprendido nada y le respondió: “No, tío, estamos construyendo unas pistas…” Percatándose de su error, se interrumpió y enfáticamente tragó saliva. “¡Nos… nos figuramos que te gustaría utilizar las pistas, así que vamos a hacer los obstáculos muy altos!” “¿Por qué cojones querría saltar un montículo de tierra mientras me miráis, maricas? ¿Os creéis que yo también soy un sarasa?”, respondió James. Esto no estaba yendo bien. La montaña estaba encajonada entre dos áreas residenciales en crecimiento, y la pista en la que estábamos daba directamente a una zona de obras. El proceso de edificación se había ralentizado y el lugar era simplemente un mar de bloques de cemento, maderas, clavos y mortero. James se paseó por unos instantes entre las pilas de materiales antes de detenerse a levantar una lámina de contrachapado de casi un metro cuadrado. “Vale, Joey, ponte allí y escóndete detrás de esta placa de madera”, ordenó James. Joey agarró la madera y se alejó unos 6 metros hasta un claro de hierba. “¡Los demás, venid aquí!”, exigió entre caladas de Marlboro Red. James nos dirigió hasta un montón de rocas y ladrillos medio rotos. “Vale, Joey se va a esconder 10 minutos detrás de esa madera mientras vosotros le tiráis cosas. No dejéis de hacerlo ni una puta vez o os uniréis a él, y ahí detrás no hay mucho sitio. Venga, empezad, ¡AHORA!”, dijo James clavándonos sus ojos sin alma. Era un pequeño consuelo no estar detrás del escudo de madera. Apedreamos a Joey durante lo que nos pareció una hora; Joey tuvo en cierto momento que recolocar la madera, y James le lanzó una piedra directamente a los dedos. Ése fue el único momento en que participó. A una orden de James, Joey salió de su parapeto, los oídos zumbándole y los dedos magullados. “Eh, tengo hambre”, dijo James. “¿Quién vive más cerca de aquí”. Por lo visto, presenciar la lapidación le había abierto el apetito. Una vez más, fue Joey la víctima, ya que su casa estaba a sólo cinco minutos atravesando el bosque. Seguimos a James en fila como un grupo de prisioneros encadenados adolescentes hasta llegar a la casa de Joey, que había sido instruido para entrar, coger patatas fritas y un refresco en cinco minutos o menos y regresar, o de lo contrario volvería detrás de la lámina de contrachapado o sería arrojado desde la caseta que tenía en la copa de un árbol. Tan pronto se abrió la puerta, alcanzamos a oír un sonido familiar: la campana de llamada a la mesa de Buddy Mailloux. Cada noche, a la hora de cenar, la madre de Buddy hacía sonar una campana, que era la señal de que tenía que corretear hasta su casa como un cachorro para comer algo recocido y engordante. “Buddy… ¡Buddy, hora de cenar!”, cantó su madre, con su quebradizo pelo teñido de rubio. DESDE ARRIBA A LA IZQUIERDA EN EL SENTIDO DEL RELOJ: Nick Zinner, Kim Baskinger, Ryan Murphy, Eva Talmadge, Kevin Hodapp, Angela Boatwright, Nathalie Shein Buddy pensó que estaba a salvo de problemas, pero James le detuvo rápidamente en cuanto dio un paso hacia su casa, tirándolo e inmovilizándolo en el suelo con un sólo movimiento. La voz de James se elevó de repente dos octavas por encima de lo normal, gritando, “¡Jódete, mamá! No pienso volver a comer tu pastel de carne. ¡QUE TE JODAN, PUTA!”. Buddy lagrimeaba, la enorme mano de James tapándole la boca. Su madre siguió llamando y James respondiendo con más insultos, hasta que en un momento todo quedó en silencio; después, oímos una puerta cerrándose de golpe. Con un giro y un derrape, la moto de James rugió: se había marchado. La madre de Buddy corrió hacia donde estábamos y vio a su hijo escupiendo tierra, y posarse el polvo que había levantado James a su fuga. Comprendió que no habia sido Buddy quien la había estado insultando y, en silencio, le escoltó hasta la casa para cenar. El segundo chico más mayor del vecindario, Kenny LeFevere, estaba por ahí fumando los Winston que robaba a su padre y bebiendo en una petaca algo que también había robado. A pesar de ser mayor que nosotros, Kenny era relativamente guay. Podía pasar de ti si estaba con alguien más molón y cercano a su edad, pero por lo general no le importaba una mierda. Nos ofrecía tragos y cigarrillos y de vez en cuando nos regalaba piezas viejas de bicicleta y revistas metal que ya había leído. Le contamos lo del juego del escudo de madera y se rió. “Si tan hartos estáis de que James os joda, ¿por qué no lucháis contra él? Os está zurrando todos los días. Probablemente perderíais, pero sois cinco. Puede que podáis con él, y si no, lo más probable es que se busque otra gente con la que meterse”, razonó Kenny. Nos lo quedamos mirando inexpresivamente. Creo que lo que todos queríamos era que se peleara con James por nosotros, pero sabíamos que eso nunca iba a suceder. Cinco contra uno empezaba a tener sentido. Le consultamos a Kenny unas cuantas cosas sobre peleas antes de que se marchara pedaleando. James no tenía amigos que nos atormentaran en la escuela como represalia si le sacudíamos, y él no podía hacer nada peor que volvernos a zurrar. En el peor de los casos, tendríamos que recluirnos en la seguridad de nuestras casas durante un tiempo y evitar ir a sitios apartados, y en el mejor nos quitaríamos por fin de encima a esa bestia peluda de James Regan. De repente nos dimos cuenta que nos estábamos metiendo en un asunto peliagudo. Mi variopinto grupo y yo nos sentamos en nuestro lugar de reuniones habitual para planear el ataque. “Deberíamos formar oficialmente una pandilla”, dije. Me entusiasmaba la idea de escribir su nombre en las paredes, o quizá con calcomanías en la matrícula de la bici. Todos estuvieron de acuerdo, y ahora tocaba votar por un nombre. The Lions, Demons, Black Snakes y Titans se descartaron enseguida. Se sugirieron varios más, entre los que estaban Salem Swords y Salem Samurais, pero la aliteración no sonaba lo suficientemente fiera. “Los escorpiones tienen esos grandes aguijones”, dijo Rick Hannigan. “Son pequeños, pero te pueden joder bien. ¿Qué os parece Scorpions?”. Los grupos rock de alemanes calvos y las mujeres enjauladas quedaban lejos de nuestras mentes, y nos olvidamos completamente de Scorpions, el grupo, que a ninguno de nosotros nos gustaba un carajo. Scorpions era ahora nuestra pandilla y empezamos a entrenarnos de inmediato, aunque sin Buddy, que de todas maneras era un cagao. El primer orden del día era recopilar nuestra armería colectiva. Teníamos nunchakus fabricados con palos de escoba serrados y cuerdas de tender la ropa, paletas de metal, y Rick hasta tenía una nudillera de latón que le había robado a su tío. Bueno… en realidad no eran de latón sino de alguna aleación más ligera, pero daban muy bien el pego. Una vez completamos nuestro arsenal, nos encaminamos al sótano de Rick, nuestro club social, para mejorar nuestras habilidades de combate antes de irnos cada uno a su casa a cenar. El suelo del sótano estaba tapizado con una especie de tatami que hizo las funciones de cuadrilátero. A los pocos minutos ya estábamos convencidos de que los Scorpions podíamos encargarnos de James o de cualquier otro matón—joder, probablemente podríamos hacerlo mejor contra los rusos que esos mariquitas de Amanecer rojo. Recrear en el sótano de Rick los movimientos que durante años habíamos visto en los combates de la WWF, NWA y AWA espoleó aún más nuestra autoconfianza. Yo soñaba con mi llave definitiva—una variante de la Pezuña de Camello del Iron Sheik—cuando llamaron a Rick a cenar. Todos necesitábamos comer y descansar. El día siguiente era el día que marcaba el inicio de una guerra. Esbozamos nuestra estrategia en el autobús, camino de la escuela. La trampa sería hacernos los tontos, irnos a los bosques con nuestras paletas (que nos serían útiles en caso de tener que enterrar el cuerpo de James) y nuestras armas, y esperar. Como poco, haríamos algún progreso en nuestros saltos de obstáculos y ejercitaríamos los músculos. El día transcurrió lentamente pero, por fin, a las tres de la tarde sonó la campana. Éramos libres para luchar. En mi walkman atronaba “Shout at the Devil”. James estaba jodido. Fui el primero en llegar al club, con mis armas y una mentalidad de perro de presa. Uno tras otro fueron llegando los Scorpions, aportando cada uno su particular habilidad. Era uno de esos momentos a lo Doce del patíbulo en los que se reúne al equipo. Rick era el tipo atractivo y tranquilo; yo, el que tenía más armas; Joey y Buddy los que se habían llevado más hostias y estaban ansiosos por cobrarse venganza, y el comodín de nuestra baraja era Greg Derosa, o Rosie, como le llamábamos. A diferencia del resto de nosotros, Rosie no había dejado las lecciones de karate. Incluso tenía una chaquetilla de satén con un dragón en la espalda, su nombre en la manga y el nombre de su dojo en letras de hilo dorado. Había aprendido hacía poco a atravesar con un golpe delgadas planchas de madera y era lo bastante flexible para golpear con el pie a una altura mayor que la de su cabeza. Las habilidades de Rosie eran nuestra arma secreta: si las cosas se ponían feas, podría plantarle a James la suela de sus zapatillas Spot-Bilt en la mandíbula, permitiéndonos reagruparnos. Creíamos en el aguijón del escorpión. Nos pusimos en camino, para cavar y esperar. Marchábamos como el equipo de excavación que Indiana Jones reunía para encontrar el arca perdida. Instalamos nuestro campamento y esperamos, anticipando el momento en que oiríamos el rugido de la moto de cross de James. Estábamos preparados. El olor a gasolina quemada y el familiar rugido del motor se manifestaron a los 30 minutos; el cabrón era muy predecible. Con semblante serio, los Scorpions asentimos entre nosotros, cada uno haciendo sonar en su cabeza su propia banda sonora de la victoria. Teníamos la mente puesta en hacer que Iván Drago besara la lona, en volar por los aires la Estrella de la Muerte, en arrojar esa cosa extraña con pinchos al malo de Krull. De nuevo James derrapó en nuestra cara, levantando una nube de polvo, para después bajar con la bota el caballete de la moto. La bota de color marrón claro resbaló de su pie y supimos que nuestro momento había llegado. Alguien gritó “¡SCORPIONSSSSSSSSSS!”, mientras le rodeábamos y descubríamos nuestras armas. Sin inmutarse, James se sentó en su moto y, echando la cabeza hacia atrás, soltó una carcajada directamente al cielo. “¡Joder, tíos, os voy a hacer mierda!”, gritó. Un relámpago le alcanzó y creció hasta alcanzar una estatura de 10 metros y su moto se transformó en un caballo Clydesdale que respiraba fuego. Me quedé helado, temeroso de acobardarme, pero el resto de los Scorpions estaban ya a medio campo de fútbol de distancia. James saltó sobre sus pies, sin quitarme la vista de encima. Mis nunchakus colgaban flojos de mi mano; no eran más que trozos de palo de escoba, y probablemente se harían astillas sobre su duro cráneo… si tuviera la oportunidad de hacerlos girar. Estaba jodido. A mi izquierda alcancé a ver una tabla de madera de 2 por 4. Arrojé mi arma casera al bosque y cogí la tabla. DESDE ARRIBA A LA IZQUIERDA EN EL SENTIDO DEL RELOJ: Michael Galinsky, Casey Chaos, sin identificar, Davo Scheich, Casey Chaos, sin identificar “¿Qué vas a hacer con eso, Jim Duggan?”, vociferó James. No sólo me iba a matar, también estaba siendo ingenioso por primera vez en su vida. Retrocedí y, como Roger Clemens lanzando una pelota, arrojé la madera hacia él con la esperanza de que le golpeara en la cara y le cegara, o tal vez le dejara sin aliento. La pequeña pieza de pino trazó en el aire una espiral y, lejos de darle en la cara o el esternón, cayó justo encima de su pie desnudo. Antes de poder yo sentir la más leve decepción, James se puso a berrear como un cerdo atrapado, agarrándose el pie. “¡Te voy a mataaaaaaar!”, gritó. Eso ya no importaba, tenía tiempo de sobra para escapar de allí cagando leches. Mis pies no llegaban a tocar el suelo corriendo a casa. Me bastó medio segundo para entrar en mi dormitorio, poner a Diamond Dave a todo volumen y ponerme a tocar la guitarra de aire al son de “Unchained”. Cuando la adrenalina llegó a su nivel normal, me debatí entre escribir mis últimas voluntades en una hoja suelta de papel o preguntarle a mis padres si nunca se habían planteado mudarse a otra ciudad, a poder ser mañana. Mi madre llamó a la puerta y me dijo que tenía una llamada telefónica. Lo más probable es que fuese Rick para asegurarse de que yo seguía vivo. Le dije a mi madre que ya le llamaría más tarde, ella me preguntó si acaso era mi secretaria pero accedió. Le conté una trola acerca de una redacción que tenía que escribir y cerré la puerta. Al día siguiente, en la escuela, estaría seguro, pero imaginaba que James estaría esperándome de camino a casa. Para convertirme en pulpa. Terminé rápidamente de cenar y pedí permiso para excusarme. No había nada en la tele, así que me dediqué a revolver en mi armario. Encontré un juego de bolsillo electrónico de fútbol con el que no había jugado en años. Le cambié las pilas por las de mi walkman y las parpadeantes luces rojas de la pantalla no tardaron en distraerme. Mi equipo eran los New England Patriots, jugando la revancha contra los Chicago Bears, y esta vez no iban a perder. Rick había grabado unos cuantos discos de su hermano y me había prestado el cassette para que lo pudiera copiar. Hoy yo era Tom Sawyer, y por un rato olvidé que estaría muerto en menos de 24 horas. Llamaron a la puerta. Me levanté de un salto y respondí. Mi padre estaba ahí parado, con aspecto entre confuso y enojado. “Está aquí uno de tus amigos, Anthony”, dijo. “¿Por qué no os quedáis aquí mientras tu madre y yo hablamos con la señora Regan?” Me quedé paralizado. ¿Por qué coño mi padre me había vendido? Ahora sólo había un tramo de escaleras entre la muerte y yo…. y yo no podía mover ni un músculo. Una silueta enorme avanzó escaleras arriba cojeando visiblemente. El familiar aroma a “chico apestoso” impregnó el aire. Sin duda era James, pero no se estaba dando prisa para matarme. Puede que estuviera creando suspense. Su pie estaba momificado con vendas blancas y se agarraba el estómago. Entró en mi habitación y al momento se sentó en mi cama, mirándome fijamente, solo que esta vez sin veneno en la mirada. “Han tenido que ponerme la puta inyección del tétanos y varios puntos, gilipollas”, dijo. “A mí me traía sin cuidado, pero mi madre se puso como loca porque dejé un rastro de sangre en la casa y me obligó a ir al hospital”. Al parecer, del trozo de madera que arrojé contra James sobresalía un clavo oxidado que le hirió en el pie, cubierto sólo con un delgado calcetín. Nadie había visto nunca a los padres de James: habíamos asumido que vivía solo, como uno de los Outsiders, pero por lo visto sí tenía madre; una que, según dijo luego mi padre, olía a cigarrillos y cartón de vino. Antes de que yo pudiera siquiera empezar a pensar una respuesta, James se puso a cantar “Iron Man” de Black Sabbath, que estaba sonando en mi estéreo. Levanté la mirada y ahí estaban mis padres, junto a una mujer delgada como un palo, con permanente y chaqueta de cuero granate. “Ahora, chicos, ya sois amigos, ¿verdad?”, preguntó con un marcado acento de Nueva Inglaterra. Era obvio que había estado llorando, y su rostro estaba tan fruncido y ajado que daba la impresión de estar dando una larga calada a un Virginia Slim. Tres… dos… uno… Manaron a chorros las lágrimas y mis padres parecieron entrar en shock. Mi madre se mordió los labios para contener una sonrisita. “Sé que James es muy grande y que puede ser rudo, pero no es un mal chico y vosotros le gustáis”, dijo la mujer entre sollozos. “Ya no os molestará más. Mi nene se ha hecho mucho daño hoy”. James le lanzó una mirada como un puñal, presumiblemente por haberle llamado nene y por haber dejado claro que era humano. Mi padre se dio cuenta de que era el momento de hacerse el macho alfa y concluir esto para poder volver a sus cintas VHS de Sherlock Holmes y Los tres chiflados. “A ver, chicos, quiero ver cómo os dais la mano, y Anthony, pide a James perdón por golpearle. Sólo los mariquitas utilizan armas en una pelea y lo sabes”, dijo mientras me guiñaba de forma subrepticia un ojo. Por su tono y sus gestos supe que no estaba cabreado conmigo, y, hostia, James era más alto que él, así que creo que mi padre sabía perfectamente por qué le había arrojado una tabla. ¡Casi me mata!