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Arabia Saudí desvela cómo pretende acabar con su 'adicción' al petróleo en 2020

El príncipe, encargado de la economía del reino, explicó sus planes para la inminente reforma que pretende recaudar fondos que se destinarán a la inversión pública. El plan consiste en privatizar parcialmente la empresa pública que gestiona el...
Le vice-Prince Mohammed bin Salman. (Photo par Charles Platiau/Reuters)
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La nueva era de petróleo barato ha subrayado la insostenible dependencia que Arabia Saudí tiene del crudo. Los beneficios que depara el antaño líquido prohibitivo son hoy tan insustanciales que han obligado a concebir una urgente reforma económica. Un plan que se ha trazado en Riad, la capital del todavía indiscutible imperio del oro negro.

Ayer lunes, el príncipe responsable de la economía del reino desveló los detalles del plan, que pretende recaudar capital para la inversión pública a través de la semiprivatización de la gigantesca compañía estatal que gestiona el petróleo: Saudi Aramco.

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El príncipe heredero Mohammad bin Salmam, hijo del rey Salman, relató al canal de televisión pública estatal Al Arabiya, que planea poner a la venta una cantidad de acciones, una cifra equivalente al 5 por ciento del valor de Saudi Aramco, que pretende venderse a los inversores después de que la firma se convierta en un holding empresarial. El precio de salida valorará la empresa en más de dos billones de dólares, lo que la convertirá en la empresa pública más valiosa de todo el planeta. El príncipe advirtió que una venta del 1 por ciento de la empresa, equivaldría a la oferta pública más grande jamás propuesta.

"No permitiremos que nuestro país esté nunca a merced de la volatilidad de los precios de las mercancías o de los mercados externos", sentenció.

Saudi Aramco tiene, compulsados, al menos, 260.000 millones de barriles en reservas de crudo, 10 veces más de la reserva que acumula otro monstruoso gigante del mismo rubro, Exxon Mobil, considerada actualmente como la compañía petrolífera pública más grande del mundo. Incluso después de que los precios del petróleo hayan caído en más de un 50 por ciento en los dos últimos años, el régimen de Riad ha seguido tirando de sus reservas como si no existiera el mañana.

A fin de cuentas siguen produciendo y comercializando 1 de cada diez barriles que se producen a diario en todo el planeta. Pese a todo, el año pasado el gobierno saudí alcanzó un déficit insospechado: 98 mil millones de dólares en pérdidas, un absoluto récord negativo que el príncipe heredero va a convertir en una anécdota a corta plazo.

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El príncipe Mohammad bin Salman copó las páginas de la prensa financiera el año pasado, deslumbrada por su vocación emprendedora y por su inteligencia. La última en dedicarle una doble página ha sido Bloomberg Businessweek. El príncipe se ha convertido, a sus 31 años, en el supervisor de la colosal economía de su país y en uno de los personajes más influyentes del Golfo Pérsico.

En el artículo aparecido en Businessweek Mohammad bin Salman ya adelantó en qué consistiría su plan de rescate. Este residiría, entre otras cosas, según relató, en que la economía saudí deje de depender de los ingresos del petróleo y en que empiece a sacar partido de sus inversiones, que deberían de proceder de la mareante riqueza que acumula su reino.

"El reino puede vivir hasta el año 2020 sin depender lo más mínimo en el petróleo", asegura el príncipe. "La adicción al petróleo de Arabia ha perturbado el desarrollo de varios sectores de nuestra economía en los últimos años".

El lunes pasado, la televisión saudí emitió el anuncio del rey Salman de que el flamante plan del príncipe, al que se ha bautizado como "Saudi Vision 2030", dispone del apoyo del ministerio real. El plan se ha propuesto triplicar los ingresos por las inversiones no relacionadas con el petróleo, de manera que alcancen los 160 mil millones de dólares en 2020 y los 267.000 millones que se esperan recaudar en 2030, un futuro plagado de superávit y de abundancia, que es a lo que está acostumbrado el draconiano reino y lo que ha seducido proverbialmente a sus aliados menos sentimentales, como Gran Bretaña y Estados Unidos.

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La idea de que Saudi Aramco salga a bolsa tiene salivando como hienas a muchos inversores, que se frotan las manos y cavilan sobre cuál será sus precios de salida — de momento suspiran por saber qué acceso tendrán los millonarios compradores sobre los detalles financieros de la empresa. Claro que, hasta la fecha, los valores siguen sin desvelarse.

También se desconoce si los inversores comprarán aquello que provenga de los beneficios de las mismas reservas, u otras partes de las operaciones financieras de la empresa. Si bien el príncipe Salman subrayó que cumplirá con el requisito de la transparencia que exigen las cuentas públicas, lo cierto es que tal será otro misterio que habrá que resolver; a fin de cuentas Saudi Aramco es proverbialmente conocida por ser una de las grandes compañías más opacas y secretas del mundo.

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El rey Salman, que ascendió al trono en enero de 2015, le ha dado carta blanca a su hijo para que supervise la economía del régimen, una tarea que el vástago cumple con la misma eficacia con la que su padre sigue persiguiendo sin escrúpulos y con mano de hierro a la disidencia de su país, un reino donde los derechos humanos se sirven en forma de ejecuciones.

Salman, de hecho, se ha convertido en uno de los dictadores del país más sanguinarios en su primer año de trono, una depravación de la que ha alardeado decapitando y lapidando a cuantos se han atrevido a cuestionar su mandato. En este sentido, el retrógrado reino oligarca ha retrocedido los pasos a favor de los derechos humanos que había dado el antecesor de Salman, su hermano Abdullah.

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Este lunes el príncipe Salman ha proclamado que su intención es incrementar el rol de la mujer en la mano de obra saudí, algo que nadie sabe muy bien cómo va a hacer. Él insiste en decir cosas como "sabes que en el Islam las mujeres no han obtenido todavía algunos derechos". Las mujeres saudíes solo pueden votar en las elecciones municipales, algo que consiguieron hace dos años, gracias a Abdullah, les está prohibido conducir, no pueden mostrarse, ni remotamente, a favor del feminismo, una ideología ilegal, y no se las permite aparecer en público si no van acompañadas de su marido, ni fumar, ni beber y mucho menos sonreír, especialmente si no tienen a su consorte al lado.

Solo dos meses después de ser coronado, Salman dio luz verde a la devastadora intervención militar que Arabia Saudí ha liderado en Yemen, país que ha invadido con bombardeos y ejecuciones, presuntamente, para combatir a los rebeldes huzíes. Los rebeldes hozíes son leales al expresidente del país, Ali Adullah Saleh, y entraron en guerra con su sucesor, Abd Rabbuh Mansur al-Hadi, proverbial aliado de los saudíes, que abandonó el país al estallar la guerra civil.

La coalición liderada por Arabia Saudí pretende restituir al presidente exiliado, una misión que está abordando con ataques indiscriminados y con execrables carnicerías de civiles. Los bombardeos saudíes, cuya desaforada inversión en munición y armamento procede de Gran Bretaña y de Estados Unidos, han sido calificados por varias organizaciones humanitarias como constitutivos de crímenes de guerra. Naciones Unidas, de hecho, asegura que Salman ha masacrado ya a más de 3.200 vecinos inocentes del Yemen.

Se estima que Arabia Saudí ha comprado más de 100 mil millones de dólares en armas estadounidenses desde 2010. Washington, a cambio, está brindando toda serie de apoyos logísticos, de cargamento de combustible y de inteligencia a sus aliados. Por su parte, la Unión Europea ha denunciado también al ejecutivo del primer ministro británico David Cameron, cuya última transacción con los saudíes, a quienes vendió cazabombarderos, artillería y toda suerte de complementos militares, habría sobrepasado los 6.000 millones de euros, tal y como ha informado el periódico británico The Guardian, que también ha denunciado hasta qué punto el mercado saudí está considerado como un "mercado prioritario", para los inversores más acaudalados de su país.

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