Pepos: la película de culto sobre drogas y juventud en la Bogotá de los 80

Hablamos su director Jorge Aldana y su acercamiento al consumo deliberado de medicinas de prescripción psiquiátrica en la capital.
20.10.16

Los aficionados y estudiosos del cine marginal pueden hablar de las películas de Víctor Gaviria y de los muertos o problemas que han dejado. O pueden referirse a series de televisión como Pandillas, guerra y paz con lo que ella representó para la pantalla chica. Si esto se amplía al continente, se pueden hacer referencias a historias como las de Pixote (Héctor Babenco, 1983), los pirañitas de Lima, el cine piquetero argentino o hasta el legendario paso de Buñuel por México y sus Olvidados. Y una parte de ese catálogo de seres particulares tiene también un aporte bogotano. Su nombre es Pepos.

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Supe de ella hace muchos años y la busqué hasta donde más pude.

Escuché decir que el protagonista era un drogadicto que estaba internado en un hospital psiquiátrico y que tenía que pedir permiso para salir a rodar. También escuché decir que las drogas que aparecían en las imágenes, habían sido reales y que este era un compendio de trabas. Otros me decían que era una película de anécdotas de seres perdidos. Y el mito se hizo más grande cuando alguien me dijo que solo se podía ver con el director presente, puesto que la crítica la había destrozado y marginado.

Cuando me acerqué a Simón Hernández del festival In-Edit le dije que había que buscar este documento audiovisual. Me dijo "hagámoslo" y así lo hicimos en noviembre de 2015, cuando pude verla luego de recibir la llamada de un amigo que me dijo que la iban a presentar en el Cineclub de la Universidad Central.

Fue ese mi acercamiento, pero también el comienzo de una relación entre la distancia y la imposibilidad que si bien no me hizo desistir, me hizo contactar a su director Jorge Aldana.

Aldana es un personaje que se ha curtido con el cine. Sabe que las cosas llevan tiempo y así como en 1983 rodó Pepos en una ciudad como la Bogotá que no se acoplaba a nada, ahora completa ocho años rodando un documental sobre la violencia de los años 50 en los llanos colombianos y que espera terminar algún día.

Mientras se prepara para presentarla dentro del marco del festival de cine documental In-Edit el jueves 20 de octubre a las 8 de la noche en el Cine Tonalá, Aldana conversó conmigo para contarme las incidencias de una película que puede generar incomodidad, pero que es capaz de mostrar esas historias que sucedían en las entrañas de la ciudad y en las que drogas y música se unen, sin ser juzgadas, solo siendo parte del entorno.

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Y así fue, el viernes 14 de octubre sacó unos minutos para mi. Nos encontramos en el café Juan Valdez de la carrera 13 con calle 46, cerca de la Universidad Piloto.

¿Cómo nace la idea de hacer Pepos?

Nace de esa idea de tratar de entender el mundo de esas personas que consumían medicinas de prescripción psiquiátrica. En esos tiempos, las pastillas se podían conseguir en las farmacias y los pepos eran esos personajes que consumían esto. Pero también me recuerda a una amiga que en esa época consumió pastillas y se quedó en eso. Ahora solo vive en su casa y no sale de ella.

¿De qué va?

Son historias, cuenticos de esos personajes que estaban en Bogotá en esa época.

¿Y cómo se produjo?

Se produjo con el dinero de Erwin Göggel. Con él hicimos todo.

En la película se distinguen lugares de Bogotá en un momento en el que la ciudad tenía otros colores. ¿Quién le sugirió las locaciones?

Nosotros mismos buscamos lugares de La Perseverancia o el centro. También está la Caracas y hay unas escenas en una finca en la Sabana de Bogotá.

Se encuentran canciones de The Clash, The Police, Nina Hagen y hasta The B-52´s. ¿Cómo llegó a esos artistas?

La primera parte de la película tiene canciones de Rolling Stones o Jethro Tull, esos sonidos de fines de los sesenta y comienzos de los setenta. Pero estos otros artistas eran el reflejo sonoro de los que nos pasaba. Era la música que conseguíamos cuando alguien salía de viaje y traía  los discos o nos tocaba esperar a que llegaran y los pudiéramos comprar en las casetas de la calle 19.

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Cada disco podía ser una revelación y había que aprovecharlo.  Era la música que me sonaba en ese momento.

Tuve una discusión con el productor. Fue la única. Él quería que hubiera una música compuesta. Se compuso una música, pero a mí el resultado no me convenció. Le quitaba el ritmo a la película.

Fue un trabajo bastante dispendioso, pero preferí que fueran esas canciones de los discos que escuchaba.

Alrededor de la película hay muchos mitos, ¿cuáles conoce usted?

No los conozco en sí, pero si reconozco que no se pudo ver en circuitos comerciales porque no se tuvieron los derechos de autor de las canciones. Eso hubiera sido lo primero.

¿Cómo hizo Pepos para sobrevivir en todo estos años?

Pasó el tiempo y el negativo se perdió. Solo queda una copia y tocó hacer un transfer a DVD. Volverla a pasar a cinta es algo costoso y complicado, por eso solo se puede ver así.

¿Cómo era una jornada de grabación?

Eran difíciles. Había gente "corrida" que ayudaba y que tenía unos horarios distintos. Teníamos que ajustar los horarios y sí, hay anécdotas como la de un personaje que estaba saliendo de una estadía en un hospital psiquiátrico. Nosotros convocábamos a grabar a las 2 de la tarde en casa de una amiga. Y este personaje llegaba a las 10 de la mañana y se sentaba en una silla y se quedaba cuatro horas sentado esperando el momento. Estaba tomando medicinas psiquiátricas y se olvidaba del mundo; parecía estar en una burbuja.

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¿Siente que Pepos ha logrado dejar una huella entre ese cine marginal latinoamericano a través de sus personajes?

Tal vez no lo sé. Pero esas personas que salen allí, son personajes entre los que había amigos, gente de teatro y más. Ahora tal vez se ven personajes o historias marginales más por moda que por realidad. Hay una amalgama de mucha gente.

¿Cómo siente a Bogotá, lugar de la película ahora?

Esta sido siempre una ciudad difícil y agreste. Uno mira esas imágenes de los ochenta con esos ríos de buses y busetas por las calles y no ha cambiado. Siempre ha sido difícil y violenta. Uno la ve y la siente y no hay que meterse a ollas para saberlo.

¿Cuál fue la reacción de la prensa?

Fue poca. Tal vez recuerdo un suplemento del periódico El Espectador en el que le dieron dos páginas a Pepos. La película aparecía en avisos de programación. Pero no mucho.

¿Y cómo se daba a conocer?

La película no tuvo esas estrategias de ahora de mercadeo. Mucho se hizo con el voz a voz. Se vio en Cartagena en aquel festival y luego ayudó el que la gente la referenciara. Se llamaba por teléfono.

Mientras la charla transcurre, Aldana sonríe y recuerda más momentos de aquella anomalía audiovisual. Para él, Pepos es aquel hijo esquizofrénico que hay que sacar a pasear tomando de la mano. Pero como hijo que es, ningún padre lo deja de reconocer.

Es algo que tiene y que muestra de vez en cuando. La tarde va cayendo y hay que hacer otras actividades. Pero la promesa está hecha. Pepos está en In-Edit 2016.

¿Documental, ficción, puesta en escena, surrealismo, desafío?

Más que hablar de esta película, hay que verla. No hay que hacerlo usando los recursos manidos de promoción de "nunca antes visto" o "imperdible". Esta producción escapa juicios y consideraciones. Y ella aparece de vez en cuando para que cada quien diga lo que quiere o pueda decir de ella.