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Un río de indias rosas

La banda de las Gulabi odian a los hombres, y con razón.

por Sanjit Das
01 Febrero 2008, 12:00am

Bundelkhand es una de las zonas más empobrecidas de Uttar Pradesh, una superpoblada región norteña del que ya es, de por sí, uno de los países más poblados del mundo, India. Los habitantes de Bundelkhand luchan diariamente por sobrevivir enfrentándose a las dificultades que suponen vivir en un terreno poco fértil, estar regidos por un sistema judicial corrupto y sujetos a una anti-cuada, opresiva jerarquía de castas. Divertidísimo, vamos. Puede que no sea una sorpresa para nadie, pero no obstante hay que decirlo alto y claro: India no es lo que se dice un ejemplo en lo que se refiere a la igualdad de derechos para las mujeres. La violencia en el seno del hogar y la consideración de la mujer como ciudadano de segunda clase es aquí moneda de uso común.

Es en medio de esta tensa, difícil situación que un grupo de vigilantes conocido como las Gulabi (palabra cuya traducción sería “color rosa”) lucha, a menudo literalmente, por la igualdad. Integran la banda cerca de 10.000 mujeres, todas vestidas con un sari de color rosa como uniforme. Se especializan en el uso del lathi, una vara de combate tradicional en India. ¿Que suena demasiado bien para ser cierto? Así lo pensábamos hasta que fuimos allí y las conocimos en persona. Estas mujeres asombrosas existen, y podrían rompernos las rodillas con un sólo movimiento de sus bastones.

Fundado hace dos años, el grupo ya se enfrenta a numerosos cargos por asociación ilegal, disturbios, ataque a un agente del Gobierno y obstrucción a la justicia. Sin embargo, Sampat Pal Devi, la líder de las Gulabi, es una mujer animosa de 47 años que no se deja arredrar por las acusaciones contra ella y su ejército. Sin apenas bienes ni educación, Sampat Devi, madre de cinco hijos, se ha convertido en una figura mesiánica en la región.

“La palabra ‘banda’ no tiene porqué definir a un grupo de criminales”, nos explica. “También se puede aplicar a un equipo, un conjunto de personas, y nosotras somos una banda que lucha por la justicia. En mítines y manifestaciones nuestras miembros solían perderse de vista unas a otras entre la multitud, así que decidimos vestir de un solo color fácil de identificar. Puesto que no queríamos que se nos asociara con otros colores que ya están asociados con grupos políticos y religiosos, escogimos el rosa, el color de la vida. Es un buen color. Hace que la administración nos mire con cautela”.

La sombra del sistema de castas se proyecta sobre India como una nube oscura. La mayoría de las mujeres que componen el grupo no son sólo de extracción social baja, sino pertenecientes a una casta que se considera inferior, la de los intocables (“dalit”). Hace unos meses, una mujer dalit fue violada en Uttar Pradesh por un hombre de una casta superior, y la policía ni siquiera registró el caso. Bien al contrario, arrestaron y encarcelaron a quienes se atrevieron a protestar. Las Gulabi, con Sampat Devi al frente, irrumpieron en la comisaría para reclamar la puesta en libertad de los arrestados y un proceso contra el violador, y atacaron físicamente a un policía que se negó a cumplir sus demandas. Actualmente se está llevando a cabo una investigación sobre el incidente.

En junio del año pasado, las Gulabis consiguieron su mayor triunfo hasta la fecha. Tras saber que un establecimiento benéfico del gobierno en Attara estaba cometiendo irregularidades en el reparto de grano y comida, Sampat Devi y las suyas, tras vigilar en secreto al encargado, interceptaron dos camiones cargados de grano destinado a las familias pobres que se dirigían a vender los sacos en el mercado. La banda utilizó esta prueba como herramienta de presión a la administración local para que decomisaran la carga y entregaran a la policía al encargado de la tienda. El caso, de nuevo, no fue tomado en consideración, y las Gulabi, furiosas, agredieron a un agente, dejándolo lesionado. Aunque no se ha hecho ninguna acusación formal contra ellas, el episodio contribuyó enormemente a aumentar la credibilidad del grupo en la región.

Algunos miembros de la comunidad local comparan a Sampat Devi con Laxmibai, la legendaria Reina de Jhansi, y le muestran su gratitud apoyando al grupo. Babloo Mishra les permite usar su local como oficina. “Lo mejor es que estas mujeres harán suya cualquier causa, aunque no tenga que ver con una de sus miembros, siempre que esa causa sea justa”, dice. Aunque las personas como Mishra brindan su ayuda, el grupo necesita una fuente de financiación real si desean ver cumplido su objetivo de crear una modesta industria que dé empleo a los lugareños. Sampat Devi sueña con poner en marcha una pequeña fábrica que las mujeres de la región dirigirían, pero la escasez de fondos supone un gran obstáculo.

Es mucho lo que hay que hacer en esta parte del mundo, y son personas como Sampat Devi las que lo están haciendo. Aunque los procesos contra el grupo tienen su raíz en aquellas ocasiones en que sus demostraciones de fuerza han derivado en un acto ilegal, para Sampat Devi y las suyas no se trata de romper las reglas, sino de levantarse y luchar por sus derechos.





Sampat Pal Devi, 47 años

Soy la comandante de las Gulabi. Fundé esta asociación en 1990, pero no empecé a llamarla Banda de las Gulabi hasta hace dos años. Nuestras metas son dar poder y motivación a las mujeres, promover la educación infantil, en especial a las niñas, y detener la corrupción y la violencia en el hogar. Visito numerosos pueblos cada día y me reúno con miembros de la asociación. Hacemos reuniones en las que decidimos el plan de acción si llegan a nuestros oidos noticias acerca de algo a lo que nos debemos oponer. Primero acudimos a la policía para pedir que actúen, pero debido a que la administración de nuestro país está en contra de la gente pobre, a menudo tenemos que hacer las cosas por nuestra cuenta. Si se trata de un marido que golpea a su esposa, hablamos con él. Si no se aviene a razones, le golpeamos con nuestros lathis y le decimos a su esposa que se una a nuestra asociación. Nuestras misiones tienen éxito un ciento por ciento de veces. Solucionando problemas domésticos, nunca hemos fracasado. No siempre nos podemos tomar la ley por nuestras manos, y por tanto tenemos que tratar con la administración. Esto es lo más complicado, ya que nuestros legisladores están todos corruptos. Hemos apaleado a algunos oficiales corruptos, pero en última instancia estamos indefensas. Los matones a sueldo de policías y políticos corruptos me amenazan constantemente. Una vez vinieron unos cuantos y amenazaron con acribillarme, pero las mujeres acudieron en mi ayuda. Les ahuyentaron tirándoles ladrillos, y desde entonces no han vuelto a venir. Aunque casi siempre viajo sola, no le tengo miedo a nadie. Mis mujeres están conmigo, y ellas me dan fuerzas. Mi familia no siempre aprobó que diera un paso adelante e hiciera lo que hago, pero una vez me afirmé en mi postura y hablé en profundidad con mi marido, se puso de mi parte, y desde entonces no ha dejado de apoyarme. Hacer esto no es fácil. No tengo dinero. Me desplazo a todas partes en una bicicleta vieja. Algunos de nuestros simpatizantes contribuyen con pequeñas donaciones. Deseo que este movimiento siga adelante, y me gustaría tener el apoyo de organismos internacionales y locales. Me muevo a una escala muy modesta, pero me gustaría crear las bases de una pequeña industria para los lugareños pobres. Tenemos hombres y mujeres jóvenes y con talento que pueden fabricar abonos naturales, velas, encurtidos y medicinas ayurvédicas. Con eso podrían ganarse la vida con dignidad. De conseguir fondos, crearía también un taller de costura para que las mujeres pudieran ayudar a sus familias. El futuro para las Gulabi es brillante. Es un movimiento para el pueblo que crecerá y crecerá aunque no obtengamos el apoyo de la administración local.


  Banhari Devi, 42 años

Estoy desempleada. No tengo dinero, y dependo de que mi hijo traiga algo a casa cada tarde para que podamos tener una comida al día. Sampat Devi vino en mi ayuda. Es como un mesías, siempre velando por los pobres. Luchó por mí y me consiguió la tarjeta roja, que me acredita como acreedora a ayuda benéfica. Mi familia está por debajo del umbral de la pobreza, y la tarjeta me permite conseguir arroz y harina a bajo precio en el centro público de distribución. Me uní al grupo hace seis meses y me he sentido desde entonces más fuerte y segura de mí misma. En ocasiones las Gulabi hemos ido a llevar a cabo una misión y las autoridades nos han amenazado, pero formar parte de un grupo nos da la confianza necesaria para luchar contra las injusticias. Sampat Devi nos explicó las motivaciones del grupo y empezamos a entrenarnos en la lucha con lathi. El concepto básico de esta forma de lucha tiene más que ver con la defensa que con el ataque. No somos personas violentas, pero podemos ser feroces si te nos enfrentas. En primer lugar utilizamos métodos pacíficos, pero si las cosas no funcionan, recurrimos a los lathi. Formar parte de un grupo ha cambiado mi vida. Mi intención es quedarme aquí hasta el día de mi muerte.
        Kamat Devi, 48 años

Soy miembro activo del grupo desde hace dos años. He tomado parte en casi todas las campañas que el grupo ha realizado en los últimos tiempos. Aunque no tengo un rol concreto dentro del grupo, invariablemente me corresponde a mí solucionar conflictos domésticos o mediando en las dispuestas de los vecinos del pueblo. Cuando tenemos noticia de alguna desavenencia, nos reunimos con Sampat Devi y tratamos de llegar a una solución amistosa. No siempre es fácil, pero la gente respeta a las Gulabi porque somos neutrales. No me gusta en absoluto usar la fuerza. Decidí aprender a luchar con el lathi como un método de defensa, no de ataque. Mis puntos de vista difieren un poco de los de mis compañeras, pero eso no entorpece mi trabajo como miembro de la banda. Las demás componentes respetan mis opiniones, y mientras la misión a mi cargo se cumpla me permiten trabajar como yo quiera. Mi marido posee un pequeño terreno y yo le ayudo en el campo. La tierra no produce lo suficiente y a veces él tiene que buscar trabajo como jornalero en la ciudad. No siempre lo consigue. Me las arreglé para conseguir la tarjeta roja y ahora, al menos, tengo derecho a un subsidio de arroz y harina. A menudo me pregunto qué habría sido de nosotros si no fuese miembro de las Gulabi.



Bhagwati Devi, 45 años

Lo que Sampat Devi estaba haciendo por nosotros me sirvió de inspiración. Visitaba nuestra aldea con regularidad y se interesaba por nuestro bienestar. Me uní a la banda para apoyarla en su causa de mejorar nuestras vidas. En el grupo no hay jerarquías. Todas nos tratamos como iguales, trabajando para alcanzar nuestra meta de cortar de raíz la corrupción en la sociedad y conseguir que a las mujeres se nos trate con justicia. Si oimos que se ha cometido algún acto atroz contra una mujer, nos reunimos a deliberar acerca de la línea de acción más adecuada y después actuamos en consecuencia. En ciertos casos intentamos primero dar con una solución pacífica, pero si eso no funciona usamos la fuerza. La gente encuentra humillante que les azotemos.

Mi marido me abandonó para tener una vida feliz con otra mujer, pero no me importa. Yo tengo mi propia vida y soy feliz con ella. El concepto de banda es nuevo en esta región. De hecho, las Gulabi somos el único existente. La gente debe entender que una banda no tiene por qué estar definido por los elementos antisociales que marcan a otros grupos, por llamarlos de algún modo. Lo nuestro es un equipo—un equipo de mujeres de rosa. Crecemos día a día, y los esfuerzos de Sampat Devi están generando aquí una ola de cambios. Las mujeres llegan desde sitios lejanos, cargadas de problemas, con la intención de unirse a las Gulabi.



 



  Chandania Devi, 55 años

Soy mayor y no siempre puedo tomar parte en las misiones. Me ocupo principalmente de concienciar a la gente de mi aldea sobre los derechos de la mujer, sobre la educación infantil para las niñas y sobre las ayudas a las familias.

La nuestra es una aldea de intocables, de manera que la gente de una casta superior no viene aquí. Está claro que nadie le importa el sistema educativo. Todo lo que teníamos era una escuela primaria en estado ruinoso, y sin maestro. Conseguimos uno a raíz de una iniciativa de Sampat Devi, y al menos ahora los niños pueden asistir a clase.

Durante el día voy de casa en casa hablando de la necesidad de que las niñas tengan una educación. Puesto que soy una mujer mayor y, además, miembro de las Gulabi, la gente escucha lo que tengo que decirles. Mi familia se enorgullece de mí. Mis nietos me acompañan a veces, y me siento orgullosa de que sean testigos del cambio que estoy intentando promover en mi aldea.
        Bijrania, 50 años

Me uní al grupo porque las mujeres a las que conocía lo hacían. Es decir, que influyó en mi decisión el instinto gregario. No obstante, en apenas unas semanas me había dado cuenta de una diferencia: no era tan sólo una miembro más, tomaba parte activa en las manifestaciones que lideraba Sampat Levi. Fui una de las participantes en la misión que supuso el mayor triunfo de las Gulabi hasta ahora: interceptamos dos camiones de alimentos cuyo destino eran las familias por debajo del umbral de la pobreza cuando estaban de camino a vender la mercancía. La policía y la administración local trataron de intimidarnos, pero permanecimos firmes como una roca. Somos un equipo, ésa es nuestra fuerza. Al principio estaba asustada, pero ya no. Vivo con mi familia en un chamizo. Mi marido y mi hijo, ambos obreros, ganan muy poco dinero. Hay días en que no consiguen trabajo y tenemos que irnos a dormir con el estómago vacío. Si las Gulabi consiguen ayuda de la administración o de alguna organización, podremos crear un centro de producción y yo contribuiré a los ingresos de mi familia.
      Punia Devi, 38 años

Soy una dalit, perteneciente a la casta de los intocables, y en esta vida eso ha sido para mí una maldición. Espero no serlo en mi próxima reencarnación. Me dedico a faenar el campo, pero sólo cuando me dan trabajo. La casta superior nos explota y paga lo que les da la gana. Lo consideraba mi destino hasta que llegó Sampat Devi y nos informó de nuestros derechos.

Me uní a las Gulabi al instante y me prometí que hablaría al resto de la comunidad de sus derechos. Ser una dalit es una maldición, pero aún es más duro si eres mujer.

En lo que se refiere a ser explotadas, las mujeres siempre estamos en el lado de los que sufren. Se nos desposa a temprana edad y se nos dice que estar con un hombre al que nunca antes habíamos visto es nuestro destino. Los maridos nos explotan contínuamente y hacen de nosotras sus esclavas.

Las cosas han de cambiar, y las Gulabi han hecho mucho para que esto suceda. Visitamos a las familias del lugar y orientamos a los padres sobre la educación de sus hijas. Uno de los factores que más me atraen de estar con las Gulabi es que puedo contribuir con mi esfuerzo a poner fin a la explotación. Después de unirme pasé mucho tiempo acompañando a Sampat Devi en sus visitas a las aldeas para concienciar a los lugareños sobre la educación. Las intervenciones a pie de calle son para nosotras una forma habitual de hacer llegar el mensaje a un mayor número de gente.

Promover la educación es un servicio gratuito. Para hacerlo bien, necesitamos que se nos brinden apoyos. Yo no tengo medio de transporte, ni siquiera me puedo pagar un billete de autobús, así que siempre termino por ir andando. Los días que dedico a las Gulabi no gano dinero, dependiendo entonces del salario de mi marido, si es que ha conseguido trabajo.


Savitri Devi, 23 años

Conocí a Sampat Devi cuando vino a nuestra aldea, hace casi un año. Había oido hablar del grupo a otras aldeanas. Estábamos orgullosas de lo que estaba haciendo por la comunidad. Llegó a la aldea y le habló al público reunido sobre los derechos de la gente pobre. Yo estaba asombrada de ver a una mujer hablar con tal convicción. Todos la escuchaban. Se podía oír el sonido de un alfiler al caer al suelo. Supe al instante que quería ser parte de la banda. Me había casado poco antes, y a mi familia le pareció una idea ridícula. Estaban totalmente en contra de que saliera de casa. Mi marido no me apoyó nada, pero yo estaba segura de querer unirme. Y lo hice. Tuve que perseverar durante varios meses, pero al final mi marido accedió. Tomo parte activa en todas las manifestaciones, charlas callejeras y campañas que organizan las Gulabi. La convicción que muestra Sampat Devi luchando por nosotras es para mí una inspiración. Debe pasar por dificultades increíbles para reclamar nuestros derechos. Aspiro a ser como ella y tener el valor de alzarme y defenderlos. La acompaño en sus visitas a mi aldea y las de los alrededores, y les hablo a las ancianas de sus derechos. Estoy muy interesada en la construcción de la fábrica para la que estamos recaudando fondos. También tenemos el proyecto de un centro de rehabilitación para alcohólicos. Tengo una educación y puedo ayudar a conseguirlo. Soy de origen dalit, no tengo mucho dinero. Trabajo en el campo, y con lo que ahorro compro billetes de autobús para ir a las aldeas vecinas a concienciar a la gente. Visto siempre mi sari rosa y llevo conmigo mi lathi.




Aarti Devi, 22 años

Mi padre, Chnadra Bhan, es un hombre culto. A pesar de ser un dalit, tiene dos másters universitarios. Siempre ha luchado por sus derechos y por la dignidad de los aldeanos. Hace alrededor de seis meses, un hombre de una casta superior violó a una mujer dalit. La policía se negó a registrar el caso. Cuando mi padre protestó, él y otras dos personas fueron encarceladas. Fui a pedirle ayuda a Sampat Devi. Ese mismo día me uní a la banda y, guiadas por ella, irrumpimos en el cuartel exigiendo la puesta en libertad de mi padre y los demás. La policía siguió negándose a actuar contra el violador. Le dejamos a un agente el cuerpo morado con nuestros lathis. No aguanto las injusticias. Mi padre es una figura inspiradora para mí, se sintió muy orgulloso cuando me vio manifestarme vestida con un sari rosa, gritando eslóganes hombro con hombro con las demás Gulabi. Sampat Devi me ha entrenado en el uso del lathi. Insistió en que debíamos aprender a defendernos antes que a atacar a nadie. Los matones del gobierno y la administración me han amenazado muchas veces, en una ocasión a punta de pistola, pero no me dan ningún miedo.