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Me puse una peda con Tony Wilson meses antes de su muerte

"A todos nos gustaba mucho Ian, luego tuvo que ir y hacerse eso, pero bueno, creo que está bien que New Order continúe con el legado”
21.10.14

En agosto se cumplieron siete años de la muerte de Tony Wilson. La fecha —10 de agosto— pasó sin pena ni gloria. No hubo galería de fotos, ni necrologías del estilo “Wilson en su propias palabras”, ni artículos escritos en primera persona por periodistas que todavía alardean de las 24 horas que pasaron con Wilson en Chateau Marmont.

Como soy de las que no deja pasar una oportunidad para las confesiones, creo que ha llegado la hora de que yo alardee de mi encuentro con él. ¿Por qué? Porque durante los ocho años que he pasado mintiendo al decir que era periodista para conocer a Tony Wilson, esta historia ha sido fundamental para afianzar trabajos, amistades e incluso relaciones, tanto duraderos como efímeros. En muchos aspectos, le debo mi vida a un hombre interpretado por Steve Coogan.

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Me di cuenta del potencial de la historia cuando estaba saliendo con un chico el año pasado. Todo iba bien, pero empezaba a cansarme y ninguna de mis referencias de cine ruso postsoviético estaba llegando a buen puerto. Mientras él estaba en el baño, le mandé a un amigo un mensaje desde mi Blackberry para que me soltara un discurso motivador: “Cuéntale lo de Tony Wilson y se acabó”. Hice lo que me dijo y, ¡tachán!: cambio sexual radical.

Tiene todo lo que debe tener una buena historia de este estilo: drogas, robos, vómito y un poco de sangre. Pero supongo que la razón por la que ha tenido tanta repercusión no solo es que Wilson esté muerto, sino que hubiera muerto poco después de habernos conocido. Tiempo después de nuestro encuentro hizo pública su enfermedad en una especie de carta de amor al Servicio Nacional de Salud en el Manchester Evening News, en la que explicaba que su riñón derecho estaba “completamente consumido” por el cáncer. Si a eso le añadimos nuestra fascinación colectiva por ese hombre y toda la mitología que envolvía aquella época, el resultado es un éxito asegurado.

Claro que también es cierto que no hay nada como darle demasiado bombo a una historia para acabar estropeando su posible impacto, así que, sin más preámbulos, aquí va una aproximación a lo sucedido en algún momento de 2006.

Para los que no están familiarizados con su pasado, empezaré por explicar de qué persona estamos hablando: Tony Wilson, uno de los cofundadores de Factory Records, el sello discográfico de Joy Division y Orchestral Manoeuvres in the Dark, era básicamente una especie de hombre-álbum conceptual viviente y parlante; un brillante muchacho católico de Salford que se fue a Cambridge, trabajó en el mundo de la televisión y la música, tomó varias decisiones discutibles respecto a su carrera profesional y su vida y dejó tras de sí un legado un tanto ambiguo. Hubo una época en la que el 90 por ciento de los periodistas musicales había tenido algún encuentro con él. Por supuesto, ahora todo el mundo habla maravillas de él. Sin embargo, creo que la carta de rechazo que recibí de Big Issue resume bastante bien la opinión general en aquel momento:

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“Gracias por tu artículo, Morwenna, pero para serte sincero, estoy hasta la coronilla del puto Tony Wilson, así que mi respuesta —y creo que la de la mayoría— es no.”

Wilson tenía un talento innato para manipular a la prensa y el dinero, alejar a la gente y vestir como un hortera ostentoso, pero también demostró tener muy buen oído para el talento. Sin Wilson probablemente no existirían la mayoría de las bandas de indie rock británicas. No he entrevistado a nadie que no haya atribuido todo su éxito a una combinación de casetes escuchados en viajes en coche y a Joy Division.

Nuestro encuentro se produjo cuando yo estaba en Turín con unos amigos, tomándome un descanso de mi trabajo rellenando testamentos en el sótano que tenía por oficina. Habíamos ido a un festival gratuito en un parque, con New Order como cabezas de cartel, y estábamos bebiendo tequila y comiendo hongos en una época en la que todavía eran legales.

Después del festival nos dirigimos a un almacén junto al río, en el que habíamos oído que pinchaban Wilson y Shaun Ryder. El evento parecía bastante secreto porque el sitio estaba medio vacío, pero la movida de Manchester se hacía notar: Durutti Column, 808 State, A Guy Called Gerald.

Lo primero en que me fijé de Wilson era que estaba empapado en sudor. Estaba preparando el equipo en un balcón, vestido con una camisa de color lavanda que se había oscurecido por el sudor. Hay que reconocer que era agosto y que el calor de Turín es infernal. En la parte trasera del club encontré unas escaleras que conducían a la cabina. Al final de la escalera había dos tipos enormes de Manchester ataviados con chalecos negros. Vi a Wilson sentarse y mirar su teléfono, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz. Llevaba unos chinos y sandalias, y las uñas de los pies pintadas de negro. Le saludé con la mano. Me devolvió el saludo. Los dos grandulones me empujaron, haciéndome retroceder un escalón y logrando que me pillara una uña del pie y me saltara un trozo. Me dijeron que me largara, pero en ese momento Wilson se asomó al balcón y los apartó. Logré ignorar la sangre que me brotaba en profusión del dedo y balbucí que era periodista y que había venido a cubrir el festival para una revista. Ya estaba mintiendo otra vez. Wilson me dijo que de acuerdo, que esperara afuera a que él saliera, a la 1:30 de la madrugada. Así lo hice, y ahí estaba a la hora acordada.

Nos sentamos en el embarcadero que hay junto al paseo plagado de discotecas que discurre por la ribera, frente a las colinas, con los pies colgando sobre el río Po. A nuestra izquierda estaba el sitio en el que habían grabado The Italian Job; frente a nosotros, la villa de Ibrahimovic.

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Mi celular era un Nokia asqueroso pero con función de grabación, así que la activé. Lo primero que le pregunté fue por qué prácticamente todos los temas que había tocado New Order eran de Joy Division. Fue un mal comienzo. “Carajo, pues porque les encanta Ian. ¿Y por qué no? Carajo [hubo muchos “carajo”], si por mí hubiera sido, sólo habrían tocado canciones de Joy Division”. Estaba muy enfadado, por lo que me disculpé. Wilson se encogió de hombros, sacó una gigantesca bolsa de hierba y empezó a hacerse un porro. “Esto es lo que necesitamos. Mira, a todos nos gustaba mucho Ian, luego tuvo que irse y hacer eso y, bueno, creo que está bien que continúen con el legado. ¿Fumas?”.

En ese momento, sí. Por aquel entonces, el sello discográfico de Ian, Factory Records, había vuelto a transfigurarse en su última y definitiva encarnación: F4.

Su último fichaje era un grupo llamado RAW-T (Recognise and Witness Talent), formado por varios adolescentes de Moss Side, en Manchester, no muy lejos del club Russel, en el que Wilson había organizado innumerables conciertos de Joy Division en la década de los 70.

Había descubierto a los RAW-T una noche que se presentó en un club social en el que estaban tocando. Volvió más tarde con algo de equipo y les vio “escupir rimas”. “Sabía que había algo en ellos y que tenía que hacerlo ya”, dijo.

En su afán por monopolizar el espíritu de la época, en aquel momento Wilson le había echado el ojo al hip-hop. “Siempre hemos tenido fe en los artistas negros de Manchester y siempre hemos intentado trabajar con ellos”, dijo. En la década de 1980, él y el manager de Joy Division, Rob Gretton, se enteraron de que Marcel King había intentado robar un coche. “Ese güey había salido en Top of the Pops cuando tenía 13 años, como parte del grupo Sweet Sensation, la primera banda británica negra que salía en Top of the Pops… y diez años después estaba robando coches”. Haciendo alarde de su sempiterna benevolencia, lo acogieron y grabaron un tema en la década de los 80 llamado "Reach For Love," con Bernard Summer, de New Order, al frente de la producción. “Fue una bomba, uno de esos momentos geniales de los que nadie se entera”.

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Wilson era famoso por confiar demasiado en los artistas, no aprender nunca y (sin ánimo de ofender) repetir una y otra vez los mismos errores. El ejemplo lo tenemos con los Happy Mondays: a principios de los 90, Wilson los mandó a casa de Eddy Grant, en Barbados, para grabar su cuarto álbum, Yes, Please!. Ryder y compañía se pasaron tres pueblos. Sin que Wilson lo supiera, parece ser que a Ryder se le había roto el estuche en el que guardaba la metadona cuando estaban en el aeropuerto. “La isla entera se había movilizado por un puto problema con la cocaína en crack. No teníamos ni idea. Esperábamos que pasara algo, cualquier cosa. Pero Shaun no se pronunciaba”. El álbum acabó arruinando a Factory. “Ahí estábamos, en un almacén con 9,000 copias de un disco que acabábamos de editar, viendo cómo se pudrían en un palé”.

Avanzamos a cámara rápida hasta 2006 y aquí lo tenemos nuevamente, luchando por la promoción de otro álbum perdido. “Editamos 10,000 copias del primer álbum de Raw-T y hemos vendido unos cuantos cientos. Lo llevé a Estados Unidos y es como si les hubiera llevado una caca de perro. Pero no me voy a rendir”.

Empezaba a sentirme bastante perjudicada. Mi amigo Peeter, que le hacía fotos a Wilson con mi SLR, no paraba de caerse. “¿Está bien?”, preguntó Wilson. “Sí, está bien. Es su forma de trabajar”, respondí. Continuamos hablando mientras Wilson le daba lentas caladas al porro, muy íntegro.

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A esa altura de la entrevista, Wilson había empezado a hacer sus típicas generalizaciones de abuelo: “Las drogas son todas peligrosas y fantásticas”, dijo mientras hacía rodar el porro entre sus dedos. “En la Hacienda había drogas por todas partes, todo el mundo estaba colgado”. Tampoco desperdiciaba la oportunidad de cabrear a la gente siempre que podía: “Los italianos no entienden de música rock”, dijo a voz en grito, justo delante de un club de rock italiano. La gente nos miraba. “Mira, antes venía la gente a decirme que era un idiota. No me importa. Quizá lo fuera, pero sabía lo que me gustaba y produje muy buena música”.

Le pregunté por ese cambio tan repentino. “La gente se aburrirá pronto de todas esas bandas cutres. Los Somethings, los Whatsits. Ya lo he intentado. Acabará aburriendo y creo que va a dar un giro. Trece años, ese suele ser el ciclo. Antes el hip-hop británico era muy débil, pero ahora es muy real. Quizá lo que quieren es algo un poco más real”. Le mencioné a Lewis Parker, se encogió de hombros y se apuntó el nombre.

“Mira, no se puede tener todo. Los negros americanos saben hacer música negra porque tienen un don con el lenguaje y saben explotar los estribillos de los blancos”, afirmó. “Fíjate lo que te digo: Kanye West hará lo mismo muy pronto”. En aquel momento no sabía mucho de Kanye West, pero nuestra conversación ocurrió poco antes de que se publicara “Diamonds”. Ese hombre era Jesús, básicamente. Le pregunté qué opinaba de Steve Coogan.

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“Sí, he visto la película, obviamente. He formado parte de ella. ¿Que si me gustó? Es entretenida, pero carajo ¿Coogan?”

Intenté calmarlo argumentando que su carácter y éxito habían sido suficientes para inspirar a Michael Winterbottom a convertir su vida en una película. El casting de Coogan no fue cosa fácil: “¿Sabes esa parte del final, cuando estoy hablando al cielo? Carajo, coño. Mira, yo quería que la película fuera sobre Ian, no sobre mí. Creo que en parte es responsable de lo que la gente piensa sobre mí. Aparezco como un auténtico idiota. Un imbécil. Me hubiera gustado que mi personaje lo interpretara Paddy Considine y no Steve. Paddy es el mejor actor del mundo en estos momentos”.

Empezaba a tener dificultades para concentrarme, pero Wilson ya es estaba armando otro porro. Entonces le sonó el teléfono y en ese momento nos dimos cuenta de que había un chico sentado a nuestro lado. El niño cogió la bolsa de Wilson. Era una mierda de bolsa de discos negra, pero dentro estaban su teléfono móvil y la bolsa gigante de maría. Forcejearon y finalmente el chico se marchó con algunas cosas. Tendría unos nueve años y llevaba un jersey de fútbol mugriento. Todo pasó muy rápido y, para ser sincera, no lo recuerdo muy bien porque había fumado demasiado y habían empezado a entrarme sudores. Peeter, que hasta ese momento seguía haciendo fotos y cayéndose, intentó correr detrás del chamaco, pero este era muy ágil. Mientras me caía al suelo, recuerdo su olor a menta fresca.

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Volví en mí y vi a Wilson mirándome, sonriendo. Me incorporé. “¿Estás bien, cariño?” Sacudí la cabeza. “No estás acostumbrada a esto, ¿verdad? Te pondrás bien”. Me dio un poco de agua de su botella y me quedé ahí, mirando cómo se acababa el porro. El pie seguía sangrándome y acabé vomitando sobre su bolsa y la correa de mi cámara. Luego se me acabó la batería.

El adorable niño de 9 años que robó a Tony Wilson

Volví a casa y me puse a transcribir la entrevista. Nadie la quiso, así que la dejé en un USB, abandonada en un cajón. Eso fue antes de decidir que quería ser periodista musical. Creo que esa fue una de las últimas entrevistas que concedió, porque murió al año siguiente. No sé cuándo le diagnosticaron su enfermedad, pero a menudo me pregunto si cuando lo conocí ya sabía que estaba enfermo y si la bolsa de maría no tendría otra función. Probablemente Wilson supiera que iba a morir porque, como diría a la prensa tiempo después, estaba intentando conseguir el fármaco Sutent, que podría haberlo salvado, pero que le costaba al Servicio Nacional de Salud 3.000 libras cada seis semanas.

Aguanté dos años escribiendo sobre música antes de dejarlo para dedicarme a otra cosa. Sin embargo, cuando alguien me pregunta por qué decidí dedicarme a ello en alguna entrevista de trabajo, siempre saco esta historia. Quizá se deba a cierta perseverancia latente o a que resultaba impresionante que supiera quién era Tony Wilson cuando era joven, pero siempre me ha sido de gran utilidad.

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