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Kanye West - Yeezus

Kanye nos quiere convencer a todos, y a sí mismo, de que es un Mesías musical. Como el escuincle aquel de cuarto semestre que se jura genial.
21.6.13

Todos los estudiantes de Comunicación del mundo saben dos o tres cosas de fotografía, como saben dos o tres cosas de dos o tres cosas. En el mundo de la imagen, por ejemplo, han visto y leído lo suficiente como para saber qué imagen puede parecer "peligrosa" para las señoras de una cuadra y en algún momento del cuarto semestre tuvieron una etapa tierna en donde seguro se fueron por lo "experimental", porque descubrieron que podían ser "artistas" y sientieron por primera vez algo de introspección en su vida. Entonces llegó Instagram y les enseñó que podían parecer grandes estetas aunque estuvieran tomando un delicioso puerco con frijoles; si cualquiera puede ser creativo, cualquier se acerca, se quiera o no, con los territorios de la "vanguardia" y la transgresión.

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Yeezus es el nuevo disco de Kanye West. Lo ha vendido como un parteaguas para el mundo del rap. Lo ha vendido como si la gente que lleva treinta años haciendo música en su medio no supiera nada de lo que es el arte, ni de otras tendencias, ni de nada más en la vida. Como si él, Kanye, fuera el único en su juego que ha explorado fronteras inexploradas. Un genio entre genios; en sus propias palabras, "un Dios".

El problema es que, para ser mamón (y conste que hay GRANDES mamones en esta viña del señor, en cuanto geniales) uno tiene que saber muy bien cómo hacerlo. Si no, termina como el muchacho estudiante de Comunicación antes descrito: un jock medio retrasado mental que trae los jeans rotos y enloquece con las películas de Christopher Nolan, los discos de Pink Floyd o, ya en la cima de su sofisticación, tiene un Tumblr en donde aparecen de vez en cuando pinturas de Cy Twombly (que le parecen bonitas, sin saber a bien quién es). Es decir, el primer paso de un hipster, un hipster en pañales, o lo que quiera decir esa imagen. Y eso, exactamente, es lo que le pasa a Kanye West.

Porque parece que el ídolo auto-proclamado de nuestra generación refleja, en su nuevo apellido Kardashan y sus patéticos intentos de síntesis reflexiva en Twitter, más de sus decisiones estéticas que todos los kilos de verga que se están repartiendo sin piedad por el lanzamiento de su nuevo disco. Aquí un ejemplo:

Es una mamada, sin duda, pero una que hasta enternece por su cualidad juvenil; ¿qué nos quieres decir, amigo Kanye, más allá del name-dropping más inconsecuente de la historia? ¿Entiendes lo que estás diciendo, al menos?

En Yeezus esa suerte de "no mames, estoy descubriendo algo que está bien profundo adentro de mí y que nadie ha visto ni en un museo y soy un genio por eso y ahí les va toda, gente bonita, para que vean lo que es bueno" es el tema constante, deambulando entre los simplemente mal hecho y dos o tres momentos en donde hay aaaaaaaaaalguito interesante. Pero no mucho.

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Porque pareciera que West está tratando de impresionar a las Miley Cyrus del mundo (cuyo último video es el equivalente cinematográfico a la música de Kanye, en esta generación del Instagram) y no a quien debiera de tratar de impresionar: es decir, para ser un Dios (y vuelvo a insistir: tratar de ser Dios no es el problema) uno tiene que aventarse a los madrazos con gente barrigona y colmilluda y con viejos lobos de mar, no los niños bonitos de la cuadra.

¿Qué dirán los Dälek, los Dilla, los Madlibs, los Soul-Junk o los Terminator X del evento Yeezus? ¿Qué tiene que hacer todo Yeezus frente al trabajo que hizo Timbaland, por ejemplo, en el Volta de Björk? ¿Quién es este tipo y por qué me lo están vendiendo con tanta seriedad?

Encabrona porque no es siquiera simpático. Sus pinches griterías (porque no está rapeando: eso no es rapear) desesperan a los diez minutos de empezado este horror de treinta en total, sin que los súbitos y "SUPER ARRIESGADOS" sampleos abruptos y de cambios violentos nos lleven a ningún lado. Kanye, amigo: ese viejo truco lleva al menos quince años haciéndose. No se trate de pasar de listo.

Pero se trata de pasar de listo, todo el tiempo. Es como si hubiera escuchado lo último de Scott Walker, hubiera leído en algún lado que aquello era propio de la transgresión y hubiera dicho: "perfecto, hay que hacerle así como este cuate - tú le cambias un chingo aquí y tú te encargas de los ruiditos". Sin más; y "sin más" al grado en que la crítica no puede llegar más allá. Le tienes que pagar con la misma moneda.

Después está el empleo de texturas "distorsionadas" y "minimalistas" como las ha vendido hasta el cansancio (no entiendo de dónde sacó este pendejo que esto era "minimalista"… cualquier cosa que eso pueda significar), que no acentúan ni sampleos interesantes ni conjeturas rítmicas novedosas ni nada más que a lo que Kanye le pareció, alguna vez que estuvo en un Barnes & Nobles viendo (que no leyendo) libros de arquitectura, algo "súper impresionante".

Es muy extraño cómo figuras como la de Pharrell Wiliams, sin proponérselo, cambiaron sí la composición de lo que era la música pop en un par de discos (basta escuchar el Hell Hath No Fury de Clipse para darse una idea). Kanye, en el otro lado de la cancha, habla mal, habla mucho y ni siquiera divierte como un bufón. Aburre.

Para ser el rey de la música pop, el verdadero mesías, se necesitan algunas de las siguientes tres cosas: la increíble capacidad de negocios de Madonna y Jay-Z, la impresionante capacidad melódica y cultura musical de un Thom Yorke y Damon Albarn o un talento innato del tamaño de Michael Jackson o Elvis Presley. Kanye nos quiere convencer a todos, y a sí mismo, que goza de las tres. Como el escuincle aquel de cuarto semestre que se jura genial.