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Ésta es nuestra opinión sobre “Julieta”, de Pedro Almodóvar

Es un drama rotundo y que deja con la lengua fuera a base de mostrar sufrimiento. Pero también nos ha reconciliado con el Almodóvar que más nos gusta. Y, ahora, que le lluevan los palos.
6.4.16

Todas las imágenes cortesía de El Deseo

No es nada nuevo lo de que por aquí, por estas tierras, nos encanta zumbarle a nuestros mitos. A los vivos y a los muertos. A los que están en activo y a los que ya se han jubilado. Solo hay una condición previa, un planteamiento de base: al que triunfa, y mucho más si es fuera, hay que darle abajo, donde duele. El tackle, como en el fútbol de antes de barro y tribunas con gente de pie, está permitido en nuestra sociedad. A nadie le sacan tarjeta roja por entrar por detrás y a la altura de los tobillos. Todos somos un poco como aquel mítico Vinnie Jones. Nos dedicamos a repartir.

Y uno que ha recibido varias entradas a lo largo de su vida es Pedro Almodóvar. Obviemos el tema de los papeles de Panamá —ya hay un comunicado oficial de su hermano y en cualquier caso para estas cosas ya están los tribunales y nuestra justicia—, centrémonos en la película que estrena este viernes. En Julieta, que parece que se ha quedado un poco en segundo plano tras las filtraciones del pasado fin de semana. Injustamente en segundo plano, porque el cine no tiene mucho que ver con paraísos fiscales, ni sociedades raras. Y Almodóvar, aunque se les olvide a los reyes de tackle, hace cine, además de ser un ciudadano que se expresa políticamente, que se caga en las guerras locas y que sale a manifestarse cuando el cuerpo se lo pide. Como cualquier hijo de vecino, sea manchego o no. Tenga dos Oscar o no. Sea un ídolo en Francia o no…

Bien, Julieta. La película número veinte en casi cuatro décadas de carrera del director. ¿Qué tiene que contar a estas alturas? ¿Qué necesidad tiene de asumir riesgos, de saltar al vacío? ¿Por qué no repetir fórmulas de éxito, que ya saben que van como un tiro en taquilla y que gustan a la crítica mucho? Pues a todas estas preguntas va respondiendo a lo largo de su metraje este dramón (no es un adjetivo despectivo, ni mucho menos) seco y sin concesiones -como bien dice el tópico- que deja con la lengua fuera de tanto sufrimiento, pero que también supone encontrarse con un Almodóvar renovado, dentro de las mil caras que ya nos ha mostrado el manchengo.

¿Qué tiene que contar nuevo ahora? Pues en realidad no mucho, pero es que su cine se alimenta de si mismo, se busca continuamente para encontrar esos puntos de anclaje y nexos entre temas, personajes, referencias y paisajes. Es autorreferencial, siempre lo ha sido, y ahora no va a cambiar. Ni tiene por qué hacerlo. ¿Le pedimos que cambie a Woody Allen? ¿Queremos ver a Jason Statham como Macbeth? ¿A Michael Bay adaptando a Chejov? Pues, no. Rotundamente, no. En este caso son una madre y una hija separadas por una muerte, muerte por un accidente o por varios, que pasan sin verse más de una década. El sufrimiento de la madre (Emma Suárez en versión adulta, y Adriana Ugarte, en versión juvenil) y la desaparición misteriosa de la hija. Sobre este planteamiento de drama clásico, Almodóvar articula su narración y va retirando con mimo capas de una cebolla, que en este caso más que manchega es gallega y eso se nota. No hay viento de la Solana, hay temporales de lluvia y frío y un Atlántico que engulle marineros y recuerdos con la voracidad de las olas.

Sobre los riesgos y saltar al vacío, otra las cuestiones que se plantean tras acabar de ver Julieta, y trasescuchar a la inevitable Chavela, sobre los rótulos finales. Es cierto, Los amantes pasajeros no supuso, precisamente, el momento más brillantes de su filmografía, su vuelta a la comedia loca -al estilo Mujeres…- no funcionaba, por los motivos que fueran, pero no conseguía arrancar. Así que tocaba dar una vuelta de tuerca. En este caso, la apuesta ha sido por abrazar el drama, pulir cualquier elemento de humor, y dejar las frases en su esencia, secas como un tomate puesto al sol, que cuando lo muerdes saca todo ese sabor que parecía que había perdido. Esto no quiere decir truculencia, ni excesos -resultaban más impactantes los giros quirúrgicos de la genial La piel que habito-, significa drama al estilo clásico, como el que aplaudimos tanto cuando lo hace Todd Haynes, pero con el sello de Pedro. Con sus propias citas, porque ha tomado como punto de partida relatos de su adorada Alice Munro, se habla de Ángela Molina y se ve un disco de Ryuichi Sakamoto o una obra de Lucien Freud. Además, él mismo reconoce que el fantasma de Bergman pasa por varias secuencias y no precisamente de puntillas.

Y terminamos con lo de no repetirse. Bueno, en el fondo, el director lleva dando vueltas, circulando alrededor de familia-soledad-muerte-reencuentros-proceso creativo, durante toda su carrera. Así que no hay grandes novedades, tampoco importa mucho. En este caso, quizá la labor de montaje (de su habitual José Salcedo) que hila muy fino una historia que arranca en los ochenta y que termina casi en nuestros días, y que permite a Almodóvar convencernos de que Adriana Ugarte y Emma Suárez son su misma y dolorida Julieta. No sabemos si estará en Cannes -todo apunta a que sí, y si llega, huele a premio-, tampoco tenemos una bolita mágica para decir cómo va a funcionar en taquilla. Otros sí la tienen. Pero sí tenemos claro que Julieta es puro Almodóvar. Que empiecen ya los tackles. Arranca el partido.