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Cultura

Aquila non capit muscas - ¿Quién extermina al exterminador?

El vandalismo ilustrado, o cuando nos devoramos en nombre de la revolución, de la historia o del derecho al placer de aniquilar al prójimo.

por Jaime Gonzalo
05 Noviembre 2012, 9:00am

“Mientras no diga las palabras solo es un sueño. Diciéndolo lo convierto en realidad. Me asusta el querer matar a un ser humano”. Comprensible aprensión, la que el protagonista de De la vida de las marionetas de Bergman confiesa a su psicoanalista. Todos llevamos un asesino potencial realquilado en el subconsciente. Ese “asesino dentro de mí” del que hablaba Jim Thompson, taponado para que no escape. El homicida mental. Mi imaginación, sin ir más lejos, cada día deja un saldo de al menos cinco o seis cadáveres cuando se pone a ello. ¡Hay tanto indeseable del que dar cuenta! También tengo la teoría del Genocidio Zombie. ¿No responde el éxito de las películas de muertos andantes a su metafórica amplificación de lo gustosamente que el espectador aniquilaría a buena parte de la población al grito de “más sitio para aparcar”? De lo que ocurre cuando traducido en un hecho, acto o gesto, ese instinto profiláctico que lleva siglos intentando ser reprimido adquiere a través de la masa o del individuo dimensión artística y/o política; esto es cuando nos devoramos en nombre de la revolución, de la historia o del derecho al placer de aniquilar al prójimo, versa La facción canibal (La Felguera), el nuevo ensayo de Servando Rocha.

Vaya por delante, Rocha es también un antropófago. Le devora a uno, y con él al lado las horas no transcurren sino que vuelan por el espacio exterior, engullidas en un vórtice de hiperactividad. La última vez que nos vimos me sometió a un programa que ni un guía turístico con gastroenteritis. Visitamos una exposición de futurismo soviético en la Casa Encendida, me mostró la casona en la que Edgar Neville rodara La torre de los siete jorobados, atravesamos el Rastro como si nada y acabamos no sé dónde dando cuenta de unos boquerones y unas rabas en compañía del que fuera guitarra de la banda punk que mi anfitrión tuviera en tiempos. Todo en apenas unas horas, un centelleante derroche ciceroniano que Rocha sazonó con su contagiosa simpatía y sin par locuacidad, inagotable manantial de anécdotas, erudición e iluminaciones. Qué empatía con la vida, la suya. Qué energía, cuando se es joven. Abogado de profesión, de causas libertarias añado, este canario de perenne sonrisa y ávido intelecto se ha labrado en una década una sólida reputación entre la joven crítica cultural española. Cuatro libros y una novela forman un corpus hasta ahora vertebrado sobre el espinazo de subculturas, vanguardias y contraculturas, inmersiones en el lado umbrío de la historia o historias no contadas o no suficientemente contadas.

Una obra orgánica, por lo tanto, en la que ya encontramos un antecedente preparatorio de La facción caníbal en Historia de un incendio. Arte y revolución en los tiempos salvajes: de la Comuna de París al advenimiento del punk, 2006. Si allí sembraba pistas Rocha de su pericia para tejer la historia transversalmente, del provecho que había sabido extraerle no ya a la lectura de Rastros de carmín sino a la lectura de la mecánica narrativa y deductiva empleada por Greil Marcus al interconectar las modernidades arcanas con las recientes, en La facción caníbal el autor esgrime un depurado método, una voz propia y autorizada, desplegando un sugestivo fresco sobre la fascinación por el terror y el crimen en las vanguardias a partir del S.XVIII.

Una narración histórica, pues, pero también una aventura que puede leerse como una novela coral. Un Por Favor Mátame del otro proto-punk, el que se inicia en la primera gran insurrección proletaria de la era industrial, los llamados disturbios de Gordon en la Inglaterra de 1780; adquiere ya plena y pavorosa forma en la revolución francesa; y se propaga por el tiempo en un sanguinario arco que Rocha documenta y razona, sin escatimar audacia a la hora de atar cabos. Así, como en El manuscrito hallado en Zaragoza, el lector se verá arrojado a un dédalo de túneles y pasadizos que le transportarán de William Blake a Stockhausen, de Swederborg a Andreas Baader, de Jack el Destripador a The Clash. “Dadaistas, surrealistas y situacionistas, revolucionarios jacobinos, punks, asesinos en serie, sociedades secretas, sectas apocalípticas”, como reza en las notas de contraportada de este apasionante libro. Dispares pero emparentados protagonistas del mayor espectáculo de la vida, la muerte, cuya belleza no es solo aterradora sino también misteriosa, como decía Dostoyevsky.

Coincide con la publicación de La facción caníbal la de Bello como una prisión en llamas (Pepitas de Calabaza), libro en el que el francés Julius Van Daal profundiza de manera somera pero reveladora en uno de los puntales de partida del tratado de Rocha, los ya mencionados Gordon Riots. A grandes rasgos, revuelta de la plebe en principio prendida por una ley que enfrentaba a católicos y protestantes. Espoleada por la demagógica oratoria de un excéntrico lord llamado George Gordon, y el consumo indiscriminado de ginebra, derivaría en un motín urbano sin precedentes que asoló Londres, la ciudad más grande que entonces había en Europa. Orgía de pillaje, muerte y destrucción, la revuelta sería un híbrido de sedición contra el orden dominante y gran jolgorio popular pre-revolucionario durante el que se quemaron residencias de políticos y destilerias renuentes a abastecer gratuitamente a la turba, se destruyeron estatuas y otros símbolos, y se incendiaron prisiones, después de liberar a sus principales moradores, los pobres. Interesante y ameno, como el de Rocha, el trabajo de Van Daal arroja luz sobre un hecho, como tantos otros, convenientemente ocultado o deformado por las crónicas oficiales. Un temprano ejemplo del sublime ejercicio de violencia que ante las desigualdades sociales puede desatarse, cuando, sin previo aviso ni plan alguno en mente, las masas, el pueblo, clavan la psique colectiva en el corazón de lo civilizado.

Quién sabe si a la vuelta de la esquina, ahora que el desequilibrio en el reparto de la riqueza vuelve a manifestarse tan polarizado como entonces, el odio a los ricos, el desprecio a la ley, la insumisión fiscal, vuelvan a ser la ginebra de una ebriedad colectiva también sedienta de sangre, “una manada cuya domesticación no era sino un barniz superficial y que amenazaba con regresar a la primera ocasión a la independencia soñadora del estado salvaje... corderos dispuestos a comerse a sus pastores”. A ver.