Cultura

Lo que realmente significa ser deportado

Daniel se marchó de Venezuela huyendo de la homofobia de la administración pública, para la que él mismo trabajaba, y de los problemas y la inseguridad del país, pero su situación irregular hizo que le deportasen.

por Víctor F. Clares
19 Mayo 2016, 3:00am

Ilustración por Luis Armand Villalba

Ésta que os voy a contar es la historia de Daniel*, pero podría ser la historia de cualquier inmigrante. Daniel fue deportado a Venezuela en el año 2011, y regresó a Barcelona en el año 2013, aunque volvió siendo una persona diferente.

Me reúno con él en el bar donde trabaja, en una zona de mucho ambiente de Barcelona. Antes de empezar a grabar le agradezco que haya accedido a explicar, seguramente, el que es el episodio más duro de su vida, y el que hasta hace poco tiempo era incapaz de contar. Daniel no se llama Daniel. Usaré ese nombre para explicar su historia y para protegerle. Al final del artículo entenderéis el porqué.

Daniel es de Venezuela. Estudió la carrera de antropología y trabajó en la Universidad de Caracas como investigador. Es gay. Ayudó a fundar el primer grupo de estudio de género y diversidad sexual en la universidad. También fue funcionario público: ocupó diferentes cargos en varios ministerios del gobierno.

Su jefa le llegó a prohibir que militase en grupos activistas LGTB

Dentro de las instituciones empezó a vivir la homofobia de cerca: miradas, cuchicheos, y hasta insultos. Llegó a escuchar a Maduro llamar maricón al líder de la oposición. Su jefa le llegó a prohibir que militase en grupos activistas LGTB. Y todo eso, sumado a que le robaron hasta en cinco ocasiones en las calles de Caracas, le hicieron tomar una decisión: cambiaría la inseguridad y la homofobia de Venezuela por una nueva vida en Barcelona.

Llegó a Barcelona en marzo de 2008 dejando un puesto de trabajo importante y sabiendo que difícilmente conseguiría uno igual en España. Él y su novio vinieron con el visado de estudiante e hicieron un máster.

Dani rápidamente se vinculó con grupos de investigación y comenzó un doctorado. Como investigador trabajaba por 300 euros al mes, y a tiempo completo. No podía vivir con ese dinero. Dejó el doctorado y empezó a trabajar como camarero, sin permiso de trabajo. El dueño del restaurante finalmente le consiguió un permiso de trabajo para estudiantes.

Pasaron los meses y decidió buscar asesoría legal para conseguir el permiso de trabajador por cuenta ajena. Y así es como fue a parar a un bufete de abogados. Le timaron. Le aseguraron que podía conseguir el permiso como trabajador, pero realmente no cumplía los requisitos, porque todavía no hacía tres años que vivía en España. Eso lo supo años más tarde. Perdió unos 300 euros.

Con la tarjeta de estudiante caducada, y con un resguardo del trámite para conseguir el permiso de trabajo, Daniel decidió hacer un viaje con su novio. "Una decisión un poco estúpida", dice. Aún así, era la primera semana de vacaciones que tenía en mucho tiempo, y era el primer viaje por Europa que iba a hacer con su pareja. Se arriesgaron y decidieron irse siete días a Marsella, París y Berlín. Pero el viaje acabó antes de lo previsto.

De estar de vacaciones, a estar detenido

Le pararon en el aeropuerto de Berlín. Los policías del control migratorio, de lo más desagradables, llamaron a España y Daniel recibió la peor noticia que podía esperar: el trámite para conseguir el permiso de trabajo había sido denegado.

No lo podía creer, ya que en el bufete de abogados le aseguraron que todo estaba en orden. Daniel era ya en ese momento una persona en situación irregular.

¿Qué haces en España?, ¿Por qué estás allí?, ¿Quién es la otra persona?, ¿Qué vienes a hacer aquí?

Después de pasar una hora hablando con los policías para que les dejaran pasar, uno de ellos, en un medio inglés, le insinuó que la cosa podía solucionarse si entregaban 300 euros en ese momento. "No sabíamos si era una trampa, y decidimos no pagarlo". Fue entonces cuando le hicieron despedirse de su chico, y entregarse a la policía.

"Yo pensaba: no puede ser. Me están metiendo preso". A Daniel le encerraron en una sala de la Policía del aeropuerto de Berlín. Tuvo que responder decenas de preguntas en presencia de una traductora: ¿Qué haces en España?, ¿Por qué estás allí?, ¿Quién es la otra persona?, ¿Qué vienes a hacer aquí?... Tras el interrogatorio, llegó el momento de la revisión física: "Dos policías me hicieron desnudarme por completo. Es el momento de más humillación que yo he sentido en toda mi vida". Le hicieron quitarse toda la ropa y le pusieron en posiciones inimaginables: "Es como una violación a tu integridad física".

Me habían quitado mis objetos personales, mi maleta, y no tuve acceso a nada

Después de palparle e inspeccionarle todo el cuerpo, le comunicaron que al día siguiente tendría un juicio rápido. Le hicieron entregar el cinturón y los cordones de sus zapatos para que no pudiese atentar contra su vida. Y le encerraron toda una noche en una celda con barrotes, donde pasó la noche tumbado en una camilla, sin apenas poder dormir.

"Fue muy heavy. Yo estaba allí, privado de libertad, sin poderme comunicar con mi pareja. Antes de eso me habían quitado mis objetos personales, mi maleta, y no tuve acceso a nada".

No pudo hablar con su chico en ningún momento, que hizo todo lo posible por verle y llevarle el desayuno. Finalmente le vio dos minutos, y después ya no pudo volver a hablar con él. Por la mañana le llevaron fuera de Berlín, a un juzgado dónde todo estaba preparado.

Le quitaron la chaqueta y le entregaron una colchoneta, unas sábanas, una almohada y unas toallas y le dirigieron a su celda

Y, de nuevo, preguntas, y un veredicto: tenía un mes para solucionar su situación, si no el Estado alemán organizaría su regreso a Venezuela. Tras la noticia, le llevaron a un CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros), o como él dice: "La puta prisión esta. Porque es una puta prisión, no te lo imaginas"

"La puta prisión esta"

¿Cómo es un CIE, como si fuera una cárcel?, le pregunto. "Es una cárcel", dice Dani. Es un lugar de alta seguridad, con murallas altas, puertas gigantes y "arquitectura bastante nazi".

Al llegar le encerraron media hora en una habitación minúscula, sin ventanas, y sin decirle por qué estaba allí. Después le sacaron y le pusieron en fila. Le quitaron la chaqueta y le entregaron una colchoneta, unas sábanas, una almohada y unas toallas y le dirigieron a su celda, en la que había ya dos chicos turcos.

Dani no tenía muda de ropa, ni pertenencias de ningún tipo. No había podido hablar todavía con su pareja: "Él lo pasó muy mal". Su chico se quedó en Berlín y contrató a una abogada que era la encargada de contactar con el CIE.

Te tratan como un animal, como un pedazo de carne

Dani quería comprarse un pasaje para irse a Venezuela al día siguiente, pero no era posible porque el policía encargado de su caso estaba extrañamente desaparecido. Es decir: se quería ir por su propio pie, y no le dejaban.

Las horas en el CIE pasaban muy lentas. Nevaba todo el día y no sabía qué pasaba fuera, ni cuánto tiempo iba a estar allí. "Yo al menos me podía comunicar", dice Dani, que habla inglés y francés. Recuerda a un chico con el que hablaba en francés que llevaba cuatro meses allí, y que no quería identificarse. No decía cómo se llamaba, ni de dónde era: "Decía que si le mandaban de vuelta a su país moriría, porque había guerra".

Hubo un día que le despertaron muy temprano. Le metieron junto a otros chicos en una furgoneta. Les sentaron a todos juntos atrás. Todo eso a -15º, sin calefacción. Cuarenta minutos de viaje sin decirles dónde iban.

Al llegar les dejaron esperando en el coche. Les bajaron uno a uno. Cuando regresó el primero supieron que les iban a hacer un chequeo médico. Curioso: les iban a examinar para comprobar que tenían buena salud, mientras les dejaban casi morir de hipotermia: "Son cosas que no se le hace a la gente, ¿sabes? Te tratan como un animal, como un pedazo de carne". Trato de absoluta hostilidad a unas personas que ni siquiera son delincuentes.

Al tercer día de estar en el CIE le dejaron pasar un móvil para poder hablar con su novio. Al cuarto día ya estaban desesperados porque el policía seguía sin aparecer. El chico de Dani contactó con una amiga suya en Venezuela, que en aquel momento era ministra del despacho de la presidencia. Ella llamó a la cancillería, y al día siguiente la cónsul de Venezuela en Berlín fue al CIE. Así fue como se agilizó todo el proceso. Compraron el pasaje para irse al día siguiente.

Deportado: de vuelta a Venezuela

"Cuando supe que me iba pensé: menos mal. Y al mismo tiempo se me rompía totalmente el corazón. Me iba y le dejaba a él... y toda mi vida aquí, ¿sabes?" Dani rompe a llorar al recordarlo. Le invito a dejarlo aquí, pero quiere acabar la historia.

A Daniel le llevaron al aeropuerto escoltado. En el embarque del vuelo se encontró con toda la fila de pasajeros. Les miraba mientras él iba acompañado de los policías. A él le hicieron pasar el primero, y le entregaron al piloto. Como si fuese un paquete. "El piloto es la autoridad en el paso aéreo", dice. De Berlín, a Frankfurt. Y de Frankfurt, a Caracas.

Debía pagar una multa de 1500 euros, y debía pagar por su estancia en aquel maravilloso hotel de cinco estrellas, llamado CIE

Llegó a Caracas con una maleta de haber hecho un viaje de una semana. Allí hacía una temperatura de 30º, y Dani iba con un chaquetón de invierno. Su madre no sabía nada de lo ocurrido. "Cuando toqué la puerta casi le da un ataque. Pensó que iba por sorpresa a verla". Daniel se fue de casa de su madre a los quince años, y nunca había vuelto a quedarse allí. Entonces tenía más de treinta.

De nuevo en Venezuela, el país del que salió huyendo. De nuevo en casa de su madre. A miles de kilómetros de allí, en Barcelona, su vida, que le habían obligado a abandonar. Al lunes siguiente debía volver al trabajo y a la universidad, pero no regresaría ni a un lugar, ni al otro. Pasó noches sin poder dormir, y días enteros llorando. Tenía el corazón roto.

Ser deportado cuesta dinero

Al año de estar en Caracas, a Dani le llegaron unos documentos. Todos en alemán. Contrató a un abogado para averiguar de qué se trataba. Le enviaban toda la información sobre la multa que debía pagar, y sobre su situación legal: tenía prohibida la entrada durante un año y medio, debía pagar una multa de 1500 euros, y debía pagar por su estancia en aquel maravilloso hotel de cinco estrellas, llamado CIE. Todo ascendió a más de 3000€, sin contar el vuelo, que sí, también lo tuvo que pagar él.

Los papeles que le llegaron desde Alemania en los que, entre otras cosas, se indica lo que debe pagar

Daniel decidió recomponerse y pensar en la estrategia para volver. Tenía una relación y no pensaba dejarla. Siguió adelante con la tesis que inició en Barcelona. Siguió con su investigación en Venezuela. Sus compañeros de la universidad en Barcelona le ayudaron a pagar la multa. Y gracias a un contacto, le ofrecieron un cargo importante en Venezuela: presidir un centro de investigación. Al principio dudó en aceptar, porque quería regresar pronto, pero finalmente accedió. Chávez le nombró presidente de ese centro.

Tenía la cabeza ocupada durante todo el día, cosa que le ayudó a seguir adelante. Ganó dinero porque tenía un puesto de responsabilidad, y le sirvió para ayudar a su chico, que tenía un trabajo precario en Barcelona y debía pagar el alquiler del piso él solo.

En este trabajo Dani estaba muy controlado. Sabían que no era simpatizante de Chávez. Cuando por fin pudo volver, decidió comunicar que abandonaba el puesto. Desde entonces le consideran un desertor, un traidor. En ese tiempo en Venezuela descubrió varias tramas de corrupción de gente que incluso había estudiado con él en la universidad. Lo denunció en las redes sociales, y ha recibido incluso amenazas por ello. Es por este tema que Daniel prefiere no decir su nombre real. Bien, por este, y por otro que ahora os contaré.

El regreso a Barcelona

Dani llegó destrozado. Regresó con un visado de turista, lo que quiere decir que solo podía estar tres meses en Barcelona. A partir de entonces volvió a estar en situación irregular: no podía trabajar porque no tenía papeles, y no podía regularizarse porque no tenía trabajo.

Como no podía trabajar, su novio trabajaba por los dos para mantenerse. Psicológicamente lo pasó muy mal: "Veía a un policía por la calle y me daban ataques de pánico, salía corriendo". No podía pisar los espacios públicos porque se ponía muy nervioso.

Los amigos de Daniel le tendieron una mano y le ofrecieron trabajos en negro: cuidó perros, dio clases de castellano a extranjeros, limpió pisos, hizo de canguro... "Lo pasé muy mal. La situación de estar de ilegal hace que te sientas infrahumano. Es muy fuerte, no sé si puedes entenderme".

Dani estuvo en terapia psicológica durante un año para poderse recuperar. Lo logró, pero le costó mucho. Hacía deporte para ocupar su tiempo. Pasó un año un año así. Sus amigos se cansaron de verle tan decaído. Un día, una amiga se sentó a hablar con él, porque no quería que siguiera así."Y decidimos casarnos". Y por este otro motivo es por el que Daniel no quiere que se sepa su nombre, porque su situación no está del todo resuelta: "Un trámite tan absurdo como adquirir una tarjeta te cambia toda la vida".

La cara más dura de las deportaciones: tortura y sedaciones

"Dentro de lo mal que lo pasé me considero un afortunado al lado de otra gente, e igualmente mira todo lo que me ha afectado en mi vida. Imagínate toda esa gente que viene de un país en guerra, maltratada, y que las mandan de nuevo a sus países...", dice Daniel.

Entre 2010 y 2015 España expulsó a más de 9.400 personas en 257 vuelos de deportación, fletados en solitario o en colaboración con la Agencia Europea para el Control de la Frontera Exterior (FRONTEX).

En España se producen diferentes tipos de expulsiones de personas migrantes. Existen las deportaciones ordinarias, como el caso de Daniel, pero también las deportaciones desde los CIE, o las deportaciones exprés.

Estas últimas se realizan en menos de 72 horas: la Policía inicia una persecución discriminatoria para llenar los vuelos, y arresta a las personas migrantes por sorpresa, las privan de libertad, negándole el derecho a un abogado, y sin la posibilidad de despedirse de sus familias, ni de recoger siquiera sus pertenencias. En los macro vuelos de deportación, llamados "vuelos de la vergüenza", se han conocido casos insultos, agresiones y tortura por parte de las fuerzas de seguridad.

En estos vuelos está permitida incluso la sedación de personas si muestran resistencia. Diferentes ONG y asociaciones como Tanquem els CIE han denunciado estas prácticas por vulnerar derechos fundamentales del ser humano, como el de tutela judicial efectiva, el de libertad, el de intimidad y el de trato digno.

El Ministerio del Interior de España gastó 26 millones de euros en fletar vuelos para expulsar extranjeros desde 2011. Air Europa y Swift Air volverán a hacerse cargo de los vuelos de deportación de inmigrantes, después de firmar un contrato valorado en casi 12 millones de euros.