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Cultură

Tres historias de mafiosos

Tres cuentos sobre caos criminal.
9.7.12

comedia riesgosa

El comediante de un club está teniendo una mala noche. Bajo la luz difusa del proyector alcanza a ver a un hombre viejo y gordo que lo observa con estúpida indiferencia. Se acerca al límite del escenario y hace una broma a expensas de éste imbécil, algo sobre su circunferencia, como: “¿Podría al menos uno de ustedes dos en esa silla, reírse?” Se escuchan unas cuantas risas disimuladas. El hombre gordo parpadea. Se sonroja. Comienza a hacer el esfuerzo por levantarse. El comediante sigue con su espectáculo y le dice que no se preocupe, que ya fueron a buscar un montacargas para  ayudarlo. Se escuchan otras risas suprimidas. El hombre gordo se vuelve a sentar, una mirada impávida en su rostro.

—Dios, maldita bola de cadáveres, debí haber hecho un servicio funerario —, murmura el comediante, bajando finalmente del escenario. El dueño del club lo sujeta por el brazo. Se ve pálido. “¿Tienes idea de quién te acabas de burlar?” le pregunta con la voz quebrada. Para su sorpresa, el comediante descubre que había insultado a un jefe del crimen organizado.

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Hay una junta en la oficina del dueño del club, donde el gordo mafioso los espera. El comediante, transpirando efusivamente, se disculpa pusilánimemente, tras su abyecta presentación por parte del dueño del club. Hace algunos chistes brutales sobre sí mismo (es bueno para eso). Para sorpresa del dueño, comienza incluso a desvestirse, en una más de sus descarriadas inspiraciones cómicas; preparándose para los azotes que, sin duda, se merece. El hombre gordo interrumpe su actuación con seriedad. “Basta”, le dice. “Puedes compensar tu error. Daré una fiesta mañana por la noche. Necesitamos más entretenimiento. Pero esta vez quiero buen material, no esta basura”, agrega. “Por supuesto, por supuesto”, asiente el comediante, poniéndose su camisa apresuradamente.

La fiesta resulta ser un asunto monótono y ruidoso en la ostentosa y nefasta casa del mafioso. El comediante se para en la tarima y cuenta algunos chistes durante 20 minutos, mientras la banda se toma un descanso. La mayoría de los invitados lo ignoran. Más tarde, lo llevan con el anfitrión para recibir las gracias. “Ahora estamos a mano”, le dice el hombre gordo, y le da un golpe al comediante en el brazo, mitad juego, mitad no. El comediante se ríe como loco. “Ahora ve a divertirte”, murmura el hombre gordo, mientras se aleja.

El comediante camina entre la anticuada multitud, asintiendo antes algunas señas de aprobación que recibe. Después simplemente se para en una esquina, una sonrisa arisca en su rostro, bebiendo. Recorre sutilmente la escena con su mirada en busca de alguna presencia atractiva, pero no encuentra ninguna. El alcohol y sus nervios conspiran dentro de él para encender otra flama de perversa inspiración. De repente, comienza a gritar frases con doble sentido, y cuando suficiente cabezas se han volteado para verlo, comienza a saltar por el lugar, arrancándose la ropa y gritando: “¡¡El último en meterse a la alberca es un huevo podrido!!” (Por supuesto, hay una alberca, una grande, pero su reto es pura retórica). En su cabeza, una versión más pequeña y consciente de su ser, lo mira y piensa: “¿Qué estoy haciendo, acaso estoy loco?” Un par de figuras corpulentas se abren paso entre los invitados estupefactos, y rápidamente ponen fin al acto.

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El comediante está de nuevo frente al mafioso, en una habitación privada. “¡Estoy looooco, nena!” grita el comediante con un sonrisa burlona y enferma, intentando desesperadamente que el jiujitsu de la comedia invierta los ánimos y mejore sus expectativas. Tiene que detenerse los pantalones con las manos; se deshizo de su cinturón durante su arranque de locura. “Esta es mi casa, estos son mis invitados”, le dice el hombre gordo, respirando profusamente, con un párpado temblando. “Los insultaste a ellos; me insultaste a mí”.

Esta no es una palabra que alguien quiera escuchar de un mafioso experimentado vestido con un elegante y costoso, pero anticuado, vestido: “insultaste”. Y definitivamente no en plural. “Por favor, puedo arreglarlo…” trastabillea el comediante. “Tienes que estar bromeando”, le responde el mafioso, sin ironía en su voz. Agita su mano con desprecio. “Encárguense de él”, ordena a los presentes en la habitación, mientras se aleja.

El comediante voltea estupefacto de un lado a otro mientras unas manos sujetan sus brazos. Se agita desesperadamente, de alguna forma logra zafarse, y huye hacia la puerta mientras los otros se tropiezan sobre los muebles. Sale corriendo por el pasillo.

Sujetando sus pantalones, continúa corriendo mientras voltea a ver sobre su hombro, como un criminal desquiciado en una farsa. Se desliza hasta una esquina, se tropieza con un carrito de comida y sale volando. Se pone de pie y huye torpemente mientras el mesero lo maldice desde el caos.

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Los pasos se acercan tras de él. Voltea a ver con desesperación. Sus perseguidores aparecen en la esquina. Y más adelante lo espera otro grupo. Se detiene, voltea de un lado al otro. Ambos grupos se ciernen sobre él pero se detienen. El comediante los observa con la boca abierta y una expresión de terror. Muy lentamente, los matones se comienzan a reír. Sus risas comienzan a salirse de control. Comienzan a saltar y a quitarse la ropa, arrojando sus prendas al aire mientras bailan por el lugar. El hombre gordo está entre ellos, su esmoquin apilado sobre su cabeza como un turbante. El comediante se hunde hasta el piso, tartamudeando, el eco de su risa es un ligero cacareo.

Se despierta de golpe. Se levanta agitadamente. Está en su propia cama, en su departamento descuidado. Se acuesta nuevamente sobre su almohada, jadeante, en shock. “Vaya sueño… vaya sueño…” se dice, a punto de llorar, un brazo sobre su rostro.

Un dolor agudo en las muñecas dificulta sus movimientos. Suelta un grito. Sus ojos se abren.

Y su breve y ficticio momento de redención llega a su fin.

No está en su cama. Está en una lúgubre choza. Desnudo. Sus muñecas están atadas a las patas de una mesa, también los tobillos. Le duele la cabeza.

—Realmente te gusta quitarte la ropa —dice el hombre gordo, parado sobre él, vestido con su insípido esmoquin. —Te parece gracioso.

—¿Qué… pasó? —pregunta desorientado, y tragando saliva. —En la sala… ellos no… y tú… —Su voz se desvanece.

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—¿Eh? —se mofa el hombre gordo. —Oh, estás sintiendo ese golpe en la cabeza.

Una hora más tarde lo suben a una camioneta, atado y desnudo, y lo llevan al desierto; lo llevan hasta esta abrasante y maloliente cueva pérdida en la nada. Cuando se comienzan a ir pega un chillido. Uno de los hombres siente que así está bien. Pero el otro señala la casi nula posibilidad de que el ruido llame la atención de alguien. Así que regresan a la cueva y le sellan la boca con cinta.

sueño rosa

Un joven carterista hace un robo fácil. En un camión atascado, sus furtivos dedos levantan una cartera rosa de niña de un bolso de piel rosa de niña que se asoma como un pedazo de chicle descartado entre una multitud de cuerpos sin rostro. En la banca de un parque inspecciona su botín. Además de unos cuantos billetes hay una licencia de manejo provisional, sólo letras, sin foto, y una fotografía tomada en una de esas cabinas de fotos instantáneas. La fotografía muestra a una chica riendo. Es delgada y oscura, asiática. El carterista la mira un rato. Una punzada hace temblar su joven y duro corazón de ladrón. Amor a primera vista, así se llama esa punzada. El carterista se maldice a sí mismo. Repentinamente levanta la mirada y voltea de un lado a otro. Está solo. Vuelve a mirar la foto. Lee el nombre en la licencia, pero le resulta completamente desconocido. Lo pronuncia despacio y torpemente. Se sonroja y vuelve a maldecir. Después salta. Su impaciente y joven corazón se comienza a agitar.

Una hora más tarde está parado en la calle del otro lado de la dirección que aparece en la licencia de conducir: una pequeña casa horrible en una calle horrible en un vecindario de inmigrantes. Se queda observando. Pasa una hora. Nadie entra ni sale. Entonces, una figura delgada pasa rápidamente tras la cortina de una ventana: ¿la figura de una mujer?

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El carterista sonríe. Escupe el chicle que había estado masticando. El rosa contrasta con la suciedad de la banqueta donde aterriza. Se pasa un cepillo por el pelo grasoso. Lo que está a punto de hacer es una locura: Uno, es una violación de la regla más importante de su oficio, nunca permitir ningún tipo de asociación pública entre tu persona y el artículo robado. Dos, ¿quién sabe cuál es la situación de esta chica, suponiendo que esté en casa? Quizá tiene un novio agresivo y celoso. O un esposo mayor y violento. Hermanos hostiles. Un padre cuyos deseos ocultos se expresan a través de arranques de furia. Pero el carterista es joven, y está obsesionado con este amor a primera vista, es decir, obsesionado con esta fantasía; y aunque es astuto, también es muy estúpido. Con sus furtivos dedos vuelve a sacar la fotografía de la cartera (la cual devolverá cual ciudadano bien intencionado) para echar un último vistazo. Después, con el corazón latiendo fuerte, sonríe. Comienza a cruzar la calle. A la mitad del camino se sobresalta; maldiciendo con un graznido retrocede a tropezones.

Un auto sale de la nada; y frena con un chillido. Dos objetos salen volando del auto hacia la casa y se estrellan con un estruendo contra la fachada. El auto se aleja patinando. El frente de la casa explota. El estallido saca volando al carterista. La cartera rosa resplandece tirada desde el lugar hasta el que voló.

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Esforzándose por recobrar la postura, el carterista mira con asombro las flamas que salen de la puerta principal, de la ventana rota. Escucha gritos. De repente comienzan a salir figuras de la casa; una horda de personas envueltas en llamas. Hombres, mujeres y niños oscuros salen gritando a la calle, en llamas, como si se tratara del juicio final en el infierno. El carterista se tambalea entre ellos, buscando frenéticamente a la mujer de la foto. La encuentra; se aleja de él hacia un costado de la casa, sus brazos se agitan caóticamente desde la hoguera en la que se ha convertido. El carterista la mira aterrado, entonces sale corriendo tras ella, gritando. Se arroja sobre ella, derribándola al suelo, rodando con ella en el piso para apagar las llamas, mientras ella se retuerce, ennegrecida, bajo el. Él comienza a gritar, sus preciadas manos punzan con dolor entre las llamas.

Los camiones de bombero llegan con sus sirenas a la escena de la devastación. Unos guantes rígidos arrancan al carterista de los restos carbonizados que intentó rescatar, lo envuelven con una cobija y lo golpean mientras el humo se eleva. (La cartera yace destrozada bajo la llanta de un camión).

Él sobrevive. De las cuarenta y tantas personas desesperadas que habían sido amontonadas ilegalmente en esa pequeña casa, sobreviven unas cuantas. La mayoría, incluyendo la mujer, mueren. Los culpables de este terrible crimen, una pandilla de traficantes rivales, nunca son llevados ante la justicia.

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El carterista se recupera, más o menos; pero no realmente. Sus manos calcinadas están demasiado dañadas para hacer su antiguo trabajo, y su rostro quemado es demasiado reconocible. Comienza a hacer pequeños trabajos por unos centavos; la caridad del submundo, administrada con un toque de desprecio. Sufre con la actitud de una persona desahuciada. Toma el camión, una y otra vez, sin motivación alguna. Cuando está lleno, simplemente mira al vacío, perdido en un viejo sueño, aplastado entre los innumerables cuerpos que lo rodean, su mandíbula atrofiada ejercitándose lentamente con un pedazo de chicle rosa sin vida.

encubierto

Un reportero encubierto se infiltra sin pensarlo en una pandilla de narcotraficantes en las profundidades de un violento país de volcanes. Su cabello teñido y su bronceado pasan desapercibidos al principio. Pero después, las sospechas comienzan a brotar debido a su limitado conocimiento de la juerga local. Logra excusarse, al menos temporalmente, confesando a una vergonzosa ignorancia cultural de su parte, por los años que vivió en el norte. Una deslealtad que desea corregir con ansias, le asegura a sus nuevos compañeros.

Su confesión es recibida con gruñidos de advertencia, y después con silencio. Le asignan una tarea para demostrar sus deseos de redimirse. Hay alguien que ha comenzado a causar problemas en una zona controlada por la pandilla, en un cierto pueblo. Este problema debe terminar. “Se acostumbra traer la cabeza como prueba”, le dicen al impostor. “Pero los ojos, o las orejas serán suficiente”.

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Con esta misión sangrienta en mente, el reportero encubierto se encamina por la desolada y húmeda ribera hacia el pueblo, punto de entrada de gran parte de los cargamentos de la pandilla; y la avenida en la que el alborotador ha estado operando.

El reportero está ahora metido hasta la cabeza, pero no se atreve a huir. Seguro lo están monitoreando. Pero teme que le estén poniendo una trampa. Como sea, deberá tomarse su tiempo y esperar a que una puerta de salida se le presente, por más brevemente que sea. Espera que el camino hasta esa salida no esté lleno de tragedia y sangre.

Una vez en el pueblo ribereño no tiene problema para establecer una reunión con el alborotador, adoptando una segunda identidad encubierta como un tercero, interesado, según explica, en unir fuerzas contra la pandilla. Su objetivo, el intruso, lo recibe en el lobby de un andrajoso hotel, alejado de la plaza central. Resulta ser un estudiante de posgrado del norte (al menos eso asegura), ingenuo y honesto (aparentemente), trabajando en un proyecto de investigación etnográfica. Al parecer, sus cuestionamientos utilizando su lenguaje limitado, puramente académico, han sido malinterpretados por la pandilla. El reportero toma el riesgo, y le advierte sobre el peligro que corre. Al ver cómo la mirada del estudiante se llena de angustia detrás de sus anteojos, le confía el resto de la historia.

“Dios mío”, dice el estudiante, tragando saliva. Pero maneja la información erróneamente, es decir, insiste que vayan directo a la policía o a la embajada. El reportero lo sujeta por el brazo y lo obliga a sentarse de nuevo. Con una voz grave y agitada, hace al estudiante entrar en razón sobre la realidad de la corrupción y la violencia en la que se encuentran metidos.

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La única solución, anuncia el reportero, calculando sus opciones fríamente, es ésta: enviar el juego de orejas ensangrentadas, el requerimiento mínimo, y durante la breve ventana de oportunidad, mientras la pandilla se concentra en verificar el paquete (exactamente como se llevará a cabo esta verificación es imposible saber), huirán río arriba hacia la costa en una lancha robada. (Contratar o sobornar a alguien es demasiado riesgoso).

—¿Mis oídos? —trastabillea el estudiante. —¿Por qué las mías? ¿Por qué no las de alguien más, por qué no las tuyas?

El diálogo entre estos dos extranjeros sin conocimiento de la juerga local se convierte en una riña intensa. Finalmente, el reportero, refunfuñante, saca una moneda. El estudiante de posgrado susurra su elección: “Cara”. Observa. El reportero atrapa la moneda, la azota contra su muñeca y, susurrando una oración, la destapa. Suelta un rugido. “Vaya, lo siento”, le dice el estudiante. Ni siquiera se molesta en disimular la sonrisa de alivio en su rostro.

Deciden posponer el terrible asunto hasta esa noche, en la habitación del estudiante en una posada a la vuelta de la esquina. El reportero se va a conseguir un cuchillo adecuado y suministros. Esta tarea ayudará a mantener las apariencias ante los ojos de cualquiera que lo esté observando. El reportero, estupefacto, siente que se encuentra atrapado en una perversa pesadilla, una distorsión del miedo, la paranoia y de los actos más atroces.

La hora del encuentro se aproxima. El resentimiento del reportero por ese volado que selló su destino se vuelve cada vez más intenso. ¿Acaso el estudiante no debe ser quien sufra, como se propuso inicialmente, cuando es el reportero quien le está salvando el pellejo? ¿A quién le importa si el estudiante no tiene la culpa de este predicamento?; aunque su ingenuidad y sus carencias lingüísticas definitivamente cargan con cierta responsabilidad.

El reportero le anuncia esto a su aterrado anfitrión, quien espera en su habitación con una pila de toallas, y una botella de aguardiente. El estudiante protesta desesperadamente, insistiendo que un trato es un trato. Eventualmente, acuerdan que cada uno pondrá una oreja. La piel ensangrentada estará demasiado ensangrentada para distinguir las diferencias. Toman de la botella. El estudiante, quien tiembla con angustia, insiste en ser el primero en cortar. El cuchillo (para deshuesar pescado) se agita tanto en su mano que el reportero lo tiene que sostener para evitar que se le clave en los ojos.

Así de simple, los supuestos fugitivos terminan en un forcejeo mortal. A lo lejos, cerca del río, se escucha el pitido de una máquina de vapor. El estudiante pierde el control del cuchillo y cae torpemente de rodillas. El reportero ruge y comienza a cortar. El otro grita y cae al suelo, perdiendo sus anteojos en el proceso. El reportero jadeante salta salvajemente hacia adelante y continúa cortando de un lado  otro, la cabeza del estudiante, sobre un flujo constante de gritos y sangre. Recoge los trofeos ensangrentados y se tambalea hacia atrás. El estudiante aúlla y se revuelca como un animal torturado. El reportero tira el cuchillo y corre hacia la puerta, la abre de golpe y sale corriendo.

Lo atrapan junto al río, aturdido y enloquecido, intentando envolver las orejas en un pedazo empapado de periódico. Dejan el paquete junto a su cuerpo, burlándose en un idioma que él nunca habría podido entender, mientras caminan de regreso hacia la cálida luz del pueblo.