Navidad

Las peores Nocheviejas de tu vida

Varias personas nos cuentan cuáles han sido sus peores, más tristes y deprimentes despedidas de año.

por Pol Rodellar
29 Diciembre 2016, 5:00am

Todos intentamos que Nochevieja sea una noche ideal, inolvidable. La conclusión final a un año de vida, su resumen, su verificación, su coronación. Es a la vez la noche en la que se estrena una nueva era, 365 nuevos días repletos de esperanza e ilusión. Es, por lo tanto, un momento especial. 

La gente se reúne y cena animales muertos para celebrarlo, bebe hasta vomitar e introduce tres preservativos en su bolsillo en un alarde inaudito de autoconfianza. Al final, la noche tampoco resulta ser espectacular —al fin y al cabo pocas cosas lo son, ni tan siquiera el nacimiento de un niño o un ser humano pisando Marte hará que nuestros cerebros estallen de incredulidad— pero esto ya está bien. La idea principal es que esta especial velada no se convierta en un infierno de soledad o muerte. Que no sea, especialmente, una noche de horror. Fallar ese día es como fallar en la vida.

Pero en este mundo existe gente. Gente que sí que ha vivido Nocheviejas deprimentes, fallidas, repletas de errores y tristeza. Son estas personas las que queremos escuchar ahora. No tanto como para aprender de sus errores si no para disfrutar del siempre entrañable sufrimiento ajeno. Escuchemos, pues, estas tristes historias y deseemos estar siempre bien lejos de ellas, pese a que siempre es interesante sucumbir al error y bailar, aunque sea por una noche, con el diablo.

"EL ASUNTO ALGECIRAS", Carlitos, 27

Era 31 por la mañana, estaba en un after, y conocí a un grupo de gente que iba a ir a Marruecos, a Chaouen (no sé si se escribe así) [Chauen, o en su defecto  Chefchauen] a pasar la Nochevieja. Eran majísimos, estábamos todos hasta arriba, y me invitaron a ir con ellos. Dije que sí. Lo siguiente que recuerdo es ir en un bus rumbo a Algeciras. Al llegar, así, de pronto, me di cuenta de que, con las prisas, ni me había acordado de llevar pasaporte. Ni me había percatado de que se necesitaba eso para entrar en Marruecos. Intenté de todo con la seguridad, pero no hubo manera. Como esta peña no eran amigos, solo colegas nocturnos (no recuerdo ni cómo se llamaban), no tuvieron ningún reparo en dejarme tirado. "Amigos" a los que jamás volví a ver en la vida y que igual murieron en Marruecos.

Pasé la Nochevieja solo en Algeciras. Cené en un Gino's, leyendo el único libro que me había llevado: una Lonely Planet de Marruecos. No me acuerdo si compré alguna chuchería para hacer el ritual de las uvas pero sí recuerdo que me pilló por fuera de un bar, medio desubicado, y el rugido de la ciudad, cuando se entra en el siguiente año, es súper desubicante si no estás dentro de ese furor fiestero. No me acuerdo muy bien de la noche. Fue hace mucho. 10 años o más. Recuerdo que a toda la gente con la que hablé esa noche (camareros, marroquíes que andaban por allí) les contaba que al día siguiente partía hacia Chaouen [sic]. Pero no: al día siguiente partía hacia Madrid.

Durante mucho tiempo, oculté esta historia a mis amigos y conocidos, haciéndoles creer que realmente había estado en Marruecos. De hecho aún mucha gente piensa que pasé una Nochevieja en Chaouen y me da pena de mí misma que descubran que no. El tema es que tenía un fiestón interesante en Madrid, con mis amigos de verdad —lo tenían medio planeado—, pero la idea de irme a Marruecos con unos desconocidos tomó fuerza en el after —era un after muy raro.

"EL PERRO PERDIDO", Laia, 31

A pesar de haber celebrado una cena para 30 personas y una fiesta en la que acabamos contando unas 90 personas en mi casa, todo aconteció sin incidentes hasta el último minuto. Esa Nochevieja yo estaba de canguro de los perros de una amiga (dos perros de unos 40 kg, para que os hagáis una idea). Cuando a las 11 de la noche del día 1 por fin nos dábamos por vencidos de la fiesta y empezábamos a recoger la casa los últimos rezagados que estábamos allí (quedábamos unos 10 y en un estado bastante reprobable), abrimos la puerta para tirar las basuras y se desató la locura.

Vivo en un bajo y uno de los perros, con tendencia a escaparse, salió corriendo calle abajo cual loco. Yo, que ya iba en manga corta y zapatillas —dispuesta a meterme en la cama— salí rápidamente tras él. A mitad de la calle se detuvo a pelearse con otro perro enorme, así que, por suerte, conseguí cogerle. Sin aliento, lo senté en el suelo y lo agarré por el collar mientras el dueño del otro perro me insultaba en italiano y me decía que iba a denunciarme. Allí estaba yo, el día 1 de enero tumbada encima de un perro enorme que no quería volver a casa y que solamente pensaba en escapar. Por suerte, uno de los chicos de la fiesta pasó por donde yo estaba y me ayudó a retenerlo durante unos minutos para que yo pudiera ir a casa a por la correa y así poder controlar al animal y regresar todos a casa, felizmente.

Al llegar a mi portal, todo el mundo estaba fuera riendo. El problema es que habían cerrado la puerta de casa y no podía volver a entrar. Perfecto, tenía a un perro fuera sin correa; a otro dentro con las luces y la música encendida y yo en la calle en manga corta y zapatillas en pleno día 1.

Viendo que no podía entrar a casa bajé de nuevo a por el perro y cuando lo agarré para subirlo, se zafó del collar y volvió a escaparse de nuevo calle abajo. Santa mierda. Mi colega y yo salimos corriendo tras él como locos. Yo perdí las zapatillas y la voz (la dignidad hacía horas que la había perdido) y bajamos unas seis manzanas gritando desesperados pero no encontramos ni rastro del perro. Entonces se me ocurrió llamar a la propietaria del perro, que estaba fuera del país, para informarle que había perdido a su perro. Bien por mí. Luego, cómo no, llamé a la policía para dar parte del incidente y que me buscasen al escapista.

Entre llantos y con la adrenalina a tope, volvimos a casa. Llamé a casa de la vecina del segundo, la única que conocía, para que me dejase mirar si por su ventana podía llegar a mi patio. Imposible. Luego se nos ocurrió que podíamos ir al edificio de atrás, ver qué balcón coincidía con mi casa, y saltar desde ahí al patio interior. Por supuesto, cuando llamamos a estos pobres vecinos desconocidos en plena noche del día 1, descalzos, con mi cara desencajada del llanto y la fiesta y la histeria de quien acaba de cagarla infinitamente, no nos dejaron proceder con el plan. Al menos fueron lo suficientemente amables como para dejarnos sopesar la estrategia pero no dejaron de repetirnos que no iban a permitir que nos matásemos. Nada, solo nos quedaba la opción de llamar a un cerrajero 24 h. Y eso es lo que hicimos, esperando con el móvil en mano por si había noticias del perro.

Recuerdo que casi me da un síncope del maldito frío pero estaba tan en shock que no pensé ni en refugiarme en casa de nadie. El maldito cerrajero tardó unas dos horas en llegar y, para rematar, con los nervios, acabé por bloquear mi móvil. El cerrajero consiguió abrir la puerta y luego fuimos a sacar dinero para pagar al MacGiver; después de esto, finalmente, nos metimos directos en la cama. Dos horas después, y aún no sé ni cómo, mi amiga consiguió localizarme para decirme que una encantadora pareja había encontrado al perro. Que lo habían llevado a un veterinario de urgencias para leerle el chip y que la habían llamado. Me dijo que había dado mi dirección a esa pareja para devolvérmelo, pero por lo que parece llegaron justo cuando yo estaba en el cajero sacando dinero para el cerrajero. Así que nada, el perro acabó en casa del ex de mi amiga. Al día siguiente, y habiendo dormido unas dos horas, me levanté para recogerlo e ir directa al trabajo: sin voz y sin neuronas, pero con perro. Por favor, llevad siempre a vuestros perros identificados.

Imagen vía

"LA MEJOR MÚSICA DEL AÑO", Pedro, 30

Bueno, pues hace unos años (tres o así, no me acuerdo) a mi exnovia, a nuestros compañeras de piso y a mí se nos ocurrió la idea de celebrar la Nochevieja en casa. En mi cabeza era como una manera de devolverles el favor a todos esos héroes anónimos que, en los últimos treinta y un días, habían sacrificado sus propios hogares en pro de la diversión de esa jauría humana —irremediable e ignorante de toda repercusión real— que éramos ese grupo de gente llamado "amigos". Pero en realidad sería el Karma el que se encargaría de equilibrar las cosas.

No recuerdo lo que pasó entre el momento germen de esa idea hasta el momento en el que me vi sentado en mi casa, en la mesa de mi salón, rodeado de medio amigos y medio desconocidos, apretados unos contra otros, rechinando la madera de las patas de mis sillas, hablando de temas que no me interesaban para nada, preguntando si podían fumar ahí mismo, riéndose de cosas que no me hacían gracia y preguntándome por qué no comía carne y si había pensado esto o aquello. Me sentía sucio, desnudo, desplazado a la par que acorralado, desprovisto del statu quo que hasta el momento había mantenido con mis muebles, mis puertas y mis paredes.

Cenamos en medio de una guerra fría de la que seguramente sólo yo era consciente. Tal vez mi ex también fuera consciente de las miradas —entre acusadoras y de socorro— que salían despedidas de mis pupilas. Yo sólo quería irme a dormir, que todo aquello pasase rápido. El sueño era la distancia más corta entre la angustia y el final, en el que ya no habría nadie en casa. Pero sabía que la escapatoria era imposible, al menos hasta que Ramonchu me lo permitiera y las doce uvas bajaran por mi garganta y todos gritasen de emoción. Ese instante llegó y di besos y abrazos a gente que no me importaba una mierda. La televisión se puso en MUTE y la imagen siguió haciendo sus cosas mientras la música se apoderaba de la habitación y el alcohol de aquellos conocidos que me rodeaban.

Finalmente la horrible pregunta llegó. Salió de la boca de un INVITADO. "Hay unos amigos aquí cerca que me preguntan si pueden venir". Mi cara de espanto. "Son muy majos". Mi cara de horror. Obviamente no conocía de nada a esa gente que llamó a mi portal y subió en mi ascensor hasta la entrada de mi casa.

Entonces una INVITADA o tal vez una INVITADA DE UN INVITADO se apropió del timón de ese barco a la deriva y lo giró brutalmente contra ese iceberg llamado Spotify. ¿Qué había hecho? Había convertido mi casa en uno de esos sitios que están en las calles y a los que hay que entrar y a los que nunca entraría ni loco. Sitios en los que hay música demasiado alta y a los que sólo se va a desear que el tiempo acabe y llegue ese momento en el que por fin estás totalmente engullido por tu edredón en la oscuridad de tu dormitorio. Entonces me di cuenta de que en este caso ya estaba en mi casa y medité sobre si había alguna manera de que el anfitrión se fuera a dormir sin provocar el numerito en el que a cada uno de los asistentes le toca decir "nooo, hombre nooo" o "¿tan pronto?" o "¿pero cómo te vas a ir ahora?" o "venga, bébete una más". Apreté los puños, las palabras salieron tímidamente de mi boca y aguanté el chaparrón de entrecomillados hasta cerrar la puerta del salón, recorrer el pasillo, ponerme el pijama y meterme en la cama, sólo para entonces darme cuenta del gran fallo de mi plan: era imposible dormir con el escándalo de aquella jaula digna del peor zoológico del mundo contemporáneo.

El mismo misterio que hizo que lograra dormirme hizo que me despertara. Igual de caprichoso. Me levanté justo en el mismo momento en el que la gente estaba dejando mi casa, el mismo momento en el que la noche estaba dejando el cielo. Me levanté y me choqué con mi exnovia, dos amigos y un conocido, que iban recogiendo sus abrigos y sus zapatos, acercándose a la puerta que alguien había dejado abierta en la entrada. Me intentaron convencer de que me volviera a la cama mientras me acercaba al umbral del salón entre olores de tabaco, sudor, alcohol y desolación. Los primeros rayos del alba entraron por las ventanas para mostrarme ese espacio bajo una luz que nunca había conocido. Era un estercolero de restos de comida, charcos de alcohol, colillas pegadas en las paredes, cenizas sobre libros, costras de serpentina en el suelo y los ecos que aún rebotaban después de toda una noche de gritos y "la mejor música del año".

Me giré como un zombie sordo sin mirar a ninguno de ellos, directo a la cocina y volví con la escoba, la fregona, el cubo, agua y lejía. Intentaron frenarme pero yo ya era un rompehielos decidido a quebrar de una vez y para siempre aquel iceberg. "No lo limpies tú todo, nos vamos a sentir mal mañana". Solo dije "iros" con tal mirada que en unos segundos ya estaba solo. Unas horas después volví a la cama sabiendo que al despertar todo parecería haber sido una pesadilla y al mediodía pude saborear el mejor plato navideño de mi vida: la culpabilidad de mis compañeras de piso y mi ex por no haber podido limpiar nada.

"NOCHEVIEJA EN PARÍS"; Pol, 35

No podía irme sin aportar mi propia historia, me parecía una especie de deber moral con el resto de testimonios. Ahí va.

Por aquel entonces tenía pareja, cosa que ahora me parece algo increíble e inaudito. Llevábamos saliendo como dos años y pico y siempre habíamos pasado la Nochevieja en Barcelona, entre cenas y borracheras con amigos. Esta vez teníamos la idea de hacer algo más íntimo, vivir la entrada del año a través de la egoísta soledad de los amantes, así que se nos ocurrió el plan romántico por excelencia: pasar unos días de vacaciones en París y despedir el año en la ciudad del amor.

Nos instalamos en un pequeño apartamento de un colega de mi, por aquel entonces, parienta, muy cercano al Pompidou. Allí pasamos varios días muy tranquilos, como si fuera nuestra casa. Fuimos a una exposición de Larry Clark, vimos esa catedral, hacíamos la compra en un Bon Prix e íbamos a comprar discos. A estas alturas debo decir que uno de los puntos complicados de esa relación era el hecho de, digamos, hacerla crecer. De algún modo yo siempre había querido escapar de esa idea de ir a vivir juntos y todos estos tópicos estúpidos de los tíos de treinta años pero, sinceramente, esos días en ese pequeño y sencillo piso fueron —al menos ahora, desde la distancia— una experiencia gratificante.

Una de las cosas importantes de viajar y conocer una ciudad son las tienda de discos. Allí no solo puedes aliviar la adicción que tienes como coleccionista sino que son también un centro de operaciones de lo que está sucediendo en una ciudad. Fue allí donde me enteré de que el día de Nochevieja tocaban los Fatals en una pequeña sala parisina. Los Fatals eran una banda francesa de garaje que hacía años que habían dejado de tocar y me apetecía mucho verlos en directo. A mí me pareció un muy buen plan de Nochevieja: cenar, beber, concierto, beber, campanadas, beber y todo eso. Mi pareja no pensaba lo mismo, pero decidimos dejar por más adelante el tema de gestionar el fin de año.

Pasaron los días y la fecha clave se acercaba. Esa fecha que en el fondo marcaba nuestras diferencias dentro de esa entidad social llamada "relación de pareja". Ella quería ir a la Torre Eiffel y celebrarlo como un francés de verdad pero eso me parecía mediocre, demasiado fácil. "Los franceses de verdad no van ahí", decía yo, medio indignado y como si supiera qué coño hacían los "franceses de verdad" por Nochevieja. Menudo cretino era por aquel entonces —y espero seguir siendo—. 

El caso es que la mujer era diplomática —y sigue siéndolo, quiero decir, sigue viva—y cedió a mi plan de noche de conciertos. Aun así, a medida que nos acercábamos a la sala, su humor fue cambiando. Cada vez estaba más indignada por el hecho de estar en París por Nochevieja y tener que limitarse a ir a un concierto de mierda, sin uvas ni champán ni campanadas ni Torre Eiffel. Yo apoyaba el discurso de que el amor de verdad, el auténtico, no requería de estos fáciles e hipócritas trucos estéticos como la Torre Eiffel, la ciudad del amor, una cena romántica en un sitio caro con buen vino y todo esto. No, todos estos tópicos no describían el amor. Lo auténtico y verdadero era salirse por la tangente, desviarse y abrazar la aventura. Confiar en el amor por sí mismo, sin decorados ni disfraces y encontrarlo en los sitios más recónditos.

Compramos la entrada pero la cosa aún tenía para rato —los conciertos siempre empiezan tarde en todas partes— así que decidimos ir a cenar. A estas alturas ya estaba claro que no iríamos a un sitio "especial" y yo decidí soltar la broma de que sería brillante, ejemplar, y "auténtico" ir a cenar a un Kentucky Fried Chicken por Nochevieja, en París. Era perfecto. Os garantizo que a ella no le hizo ni puta gracia y estalló. Ella quería todo eso, la cena romántica, la Torre Eiffel, comportarse como gente que se ama no como lo que hacía yo que era yo-qué-sé-qué. Después de la discusión llegó el silencio del desencanto y me dio a entender que ella no quería ni cenar.

Andando incómodos por las calles de París el 31 de diciembre, pensé "pues yo sí que quiero cenar, joder". Como ya estaba todo perdido le dije que, ya que no quería cenar, me apetecía ir a un KFC. Llega un punto en el que alguien está tan decepcionado por otra persona que ya ni siquiera se esfuerza en discutir. Pues bien, estábamos en ese punto.

Os garantizo que esa noche cené pollo rebozado —original, no crujiente— acompañado de mi parienta, en silencio. No estábamos solos, allí había otra gente consumiendo pollo por Nochevieja, en una especie de gran delirio colectivo. La demostración empírica de que la humanidad estaba yéndose a la mierda. Todos los "comensales" parecían hechos polvo y supongo que nuestro aspecto no sería mucho mejor. Al fin y al cabo, ¿qué clase de persona va a un KFC en Nochevieja?

Con los huesos del pollo roídos y desprovistos de toda carne, decidimos seguir con la idea del concierto. Ya, total, estaba todo perdido. Vimos a The Fatals y a las doce decidimos salir y tomar algo en un bar y hacer algo parecido a una celebración de año nuevo. Nos sentamos en un bar donde el dueño estaba celebrando la Nochevieja con su familia y sus amigos. El tipo nos sacó una botella de champán y nos invitó a sentarnos y brindar con ellos. Al final, pese a todos los inconvenientes, el día 31 se largó sin importarle una mierda nuestros problemas. Seguíamos estando en París, por lo que —qué coño— seguía siendo todo un poco romántico. ¿No?

Regresamos un poco borrachos a nuestro pequeño apartamento y pareció que todo había salido más o menos bien. Supongo que esa noche fue una especie de ultimátum de la relación, algo que evidenció dos formas distintas de entender la vida o algo, ya que a los pocos meses nuestra relación terminó, no sé si por culpa de París o por culpa de todo un poco.