Réquiem para un álbum de futbol incompleto
Foto: GABRIELA PÉREZ MONTIEL /CUARTOSCURO.COM
Mundial 2018

Réquiem para un álbum de futbol incompleto

La entrega final de "Correspondencia Mundial", un cruce de correos literarios para comentar los pormenores del encuentro en Rusia 2018. Hoy, desde Uruguay, Agustín Acevedo Kanopa

Artículo publicado por VICE México

Escritores de Latinoamérica sostuvieron en VICE la serie “Correspondencia Mundial”, un cruce de correos literarios para comentar los pormenores del encuentro en Rusia 2018.


¿Han visto alguna vez a una tortuga desnutrida? Debe ser de los espectáculos más tristes del mundo. A mí me tocó una vez verla: un primo mío creyó que la tortuga había escapado, y la encontró como un mes después. A diferencia de lo que todos creíamos, nunca había hecho su peregrinaje al jardín, viviendo en la intemperie, comiendo pasto, como buena tortuga emancipada: se quedó atrapada en un rincón entre la puerta del living y la biblioteca, alimentándose de pelusas y pedazos de moquette. La tortuga estaba flaquísima, y de su cuello colgaban unos colgajos de piel calcárea. Tenía tan poca carne entre su piel y su esqueleto que uno podía imaginársela deslizándose por un agujero de su caparazón, salir disparada cuando le salta arriba Super Mario.

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Ordenando mi cuarto me topé con el álbum Panini de Rusia 2018, y al verlo así, tan delgado y despojado, me vino la culpa ajena que me provocó aquella sensación de ingravidad cuando cacé a aquella tortuga desde su caparazón.

Me había comprado el álbum con todo el entusiasmo, pero la realidad pronto me pegó una cachetada: el sobre salía 25 pesos uruguayos, y un almuerzo me salía –muy frugalmente, es cierto– cuatro de esos. Por lo que en varias circunstancias, aún teniendo recursos, la elección fue o figuritas o comida, y casi siempre ganó la segunda.

No sé cuántas figuritas habré comprado, pero en las hojas de todos los equipos hay gigantescos lamparones. Las reviso ahora y me gusta imaginar el equipo que me podría armar con las pocas que llegué a pegar: Essam El Hadary compartiendo sus cuarenta y pico años de experiencia desde los tres palos, Vincent Kompany ordenando desde atrás, Kylian Mbappé desbordando a toda velocidad, Luis Suárez esperando el pase filtrado y Yerry Mina subiendo para los corners, en caso de ir perdiendo a pocos minutos de terminar el partido. Tan mal no me habría ido.

A veces, incluso, la presencia de uno u otro jugador redoblaba el peso de augurio antes de un partido. Recuerdo cuando me tocó la de Sergio Romero, el arquero de Argentina que no llegó al Mundial. Fue el mismo día del partido contra Croacia y lo sentí como la profecía de que algo malo iba a pasar con el golero suplente. Después pasó lo que todos conocemos, la pifiada de Caballero y el infierno desatado en tierra por los hinchas y periodistas argentinos. Por supuesto, los augurios son efectivos porque uno recuerda sólo los que emboca. Con esto, me estoy olvidando meticulosamente de la impresión de que a Polonia le iba a ir bien en base a todas los cromos de polacos que me tocaron las primeras semanas, y tampoco fue el Mundial de Yuto Nagatomo, el primer jugador que mis dedos encontraron al abrir un sobre de este Mundial.

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Hubo otros años donde el acopio de figuritas fue sensiblemente mayor. En Francia 98 llegué a llenar varias selecciones hasta que mi perro destrozara el álbum, un día de fuegos artificiales. En Sudáfrica 2010 el entusiasmo por el rendimientos uruguayo me hizo comprar mucho más figuritas de las que permitía mi presupuesto, y mentiría si dijera que no pensé que llenando la escuadra uruguaya algo mágico iba a hacernos campeones.

Sin embargo, mi relación con las figuritas Panini es un poco más extraña que para la mayoría de los uruguayos. Mi primera experiencia con álbumes de cromos no fueron los Garbage Pail Kids (Basuritas, en Uruguay), las Tortugas Ninja, o Dinosaur in my Pocket. La primera figurita que tuve fue la de mi padre con la camiseta celeste, uno de los que estampaba el álbum Panini de México 86’. La figurita estaba en varios lados: en el álbum completo en un cajón del living (me cuentan que toda mi familia paterna –10 hermanos– se dispuso como meta comprar todas las figuritas que pudieran), en la billetera de mi madre y pegada en la ventana de mi cuarto (dando una extraña sensación de mi padre siendo capaz de verme desde todos los ángulos).

Es natural que un niño idolatre a su padre, pero el mío estaba en figuritas, algo que no pasaba con los padres escribanos, administrativos, doctores, comerciantes, abogados, o empleados públicos de mis compañeros de liceo. El pasaje de Uruguay por México 86’ siempre dejó una extraña estela de sabores dentro de mi familia. Por un lado, la alegría de poder decir que uno estuvo ahí, las camisetas de Olarticoechea, de un búlgaro sin nombre que mi viejo conoció en el hotel y de Rudy Völler aún en mi armario y aquel partido que casi se lo sacábamos a Alemania; pero por otro el 6 a 1 contra la Dinamarca de los Laudrup y una infortunada jugada en octavos de final contra Argentina por la que nos molestan hasta el día de hoy.

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No creía necesario esta autorreferencialidad, pero ayer, día de la final de la Copa del Mundo, también fue día del padre en Uruguay, y uno no puede evitar caer en introspecciones, hacer balances.

También, es el primer Mundial que no vi un sólo partido con mi viejo. La coberturas de los partidos de la selección nos obligó a mirarlo desde otros lados, tener la extraña sensación de disociar mi simple emotividad y la escritura mientras el mismo partido se daba. Recuerdo un momento en especial, unos minutos antes del gol que se comiera Muslera contra Francia, en el que me di cuenta de que no íbamos a ganar. Me di cuenta que aquello no iba a suceder porque mi cabeza ya estaba recopilando detalles hermosos sobre nuestra derrota. Me fastidió tener esa maquinaria ya instalada, no poder disfrutar o sufrir el partido de forma pura, sin estar escribiéndole arriba, pero ese es un poco el drama de los escritores, a veces más que vivir la emoción, nos emociona la anticipación de cómo va a ser escribir sobre ella.

Varios amigos vinieron a casa y preparamos pico de gallo, tostadas, papas chip con limón y Salsa Valentina y otros elementos que ampliaban el carácter latinoamericanista de la mesa, por más que todos fuéramos uruguayos. Mi novia y yo nos pusimos las camiseta de Tecos (heredadas de mi viejo en el tiempo que supo ser director técnico en Guadalajara) que si bien no eran las de Croacia, mantenían el estilo de mantel de picnic rojiblanco que ha tenido la indumentaria balcánica desde su creación como nación. Casi todos hinchamos por Croacia, por sentirnos identificados con un país con sólo un millón de habitantes más que nosotros, por no querer que Francia iguale la cantidad de copas de Uruguay y por Modric, sobre todo por Modric.

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Modric fue el jugador del Mundial, mucho antes de que se diera el puntapié inicial de este último partido. El tipo diminuto, sobreviviente de la guerra, con un montón historias cruentas a cuesta, fue aquel enganche que parece una especie en extinción en tiempos de volantes velocistas y falsos nueves. Quizás lo que faltó para elevarlo a nivel de ícono fue terminar ganando este último partido, pero si juntáramos todos los tiempos extras que se habían cargado en el historial croata, casi que figuraba como un juego entero más que los disputados por Francia. Entre esto, y esa forma tan francesa de administrar el partido para su propio bien, la pólvora Luka quedó un poco mojada.

Sólo un eclipsamiento como este pudieron hacerme pensar, por un momento, que el balón de oro podía ir para Griezmann, y no para él, un tipo que hizo todo bien, todo el tiempo, haciéndolo ver tan sencillo que a veces nos olvidábamos lo bueno que era. Para los uruguayos nos resulta difícil hablar de Griezmann. Por un lado fue nuestro verdugo, pero aquel no festejo, la imagen casi desconsolada por hacerle daño a amigos suyos de escuadra (juega en el Atlético Madrid con Diego Godín y Josema Giménez) y a un país que asumió casi como segunda nacionalidad sin haber vivido ni tener familiares ahí, es uno de los momentos más particulares y conmovedores que haya visto en una disciplina deportiva. Demoré tiempo en procesarlo, pero vuelvo a ver las imágenes, de Griezmann anonadado por su genialidad -y por el infortunio del golero uruguayo-, petrificado, mientras sus compañeros lo abrazan, y de golpe todas las nociones sobre lo que es una nación y sobre la importancia de la victoria como medida de todas las cosas se me hace añicos. Es mi figurita del Mundial, la imagen que más recordaré y por las que vale la pena seguir viendo fútbol.

Quizás es por eso que el 4 a 2, aún hinchando por Croacia, no duele tanto. Ahí, en la conferencia de prensa, vemos a Griezmann con la bandera de Uruguay en sus hombros: después del Conde Lautreamont, el más uruguayo de todos los franceses que hayan existido.

Pienso en él y en que probablemente vaya al vestuario y se mande algunas cumbias o plenas por Whatsapp con Carlos Bueno, baluarte de Peñarol que fuera responsable de su introducción al uruguayismo (de todos los uruguayos posibles, uno de los más impensables como maestro o introductor de algo), y de sólo detenerme en eso me pongo un poco de buen humor.

Un álbum de figuritas redobla la sensación de fin de un Mundial. Su misma materialidad es la que marca que ya no habrá más figuritas, que por más que las sigan vendiendo, no vale la pena comprar más. El cierre del álbum nos deja la certeza de que tendremos que ir coleccionando otras cosas, salir de esta extraña nube en la que estuvimos flotando. Despertarnos, comer, ir a trabajar, volver a casa, dormir. Hacer nuestro propio álbum con otras figuritas, con la certeza de que nunca vamos a llenarlo. Cuatro años así y ahí empezar de nuevo.