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Sus madres fueron desaparecidas durante la última dictadura argentina y ellos recuperaron sus identidades

Tatiana fue la primera y Pablo el número 106 de 128 hijos y nietos recuperados hasta el momento
Tatiana y Pablo

Artículo publicado por VICE Argentina

Tatiana recuerda perfectamente el día que conoció a Pablo. Y Pablo recuerda perfectamente lo importante que fue Tatiana para él durante gran parte de su vida. Contado así pareciera que Tatiana fuera la hermana mayor de Pablo o que fueran amigos históricos. Hay algo de verdad en ambas suposiciones, porque ella es la primera nieta recuperada por Abuelas de Plaza de Mayo en el año 1981 y él, el 106, en el año 2012. Treinta años de diferencia entre la restitución de ambos que fueron robados y apropiados por la dictadura cívico-militar más sangrienta de la historia Argentina. Ellos forman parte de esa familia que hoy cumple 41 años desde su existencia. Desde que en 1977 un grupo de mujeres con pañuelo blanco que buscaban a los nietos robados del vientre de sus hijas desaparecidas se conformaron como una de las instituciones más emblemáticas de Derechos Humanos en Argentina.

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Pablo y Tatiana caminan por la sede de Abuelas como si caminaran por su casa, porque la sienten así. Es la que los cobijó desde que recuperaron su identidad hace tanto y hace tan poco. Es en donde sienten los mimos de sus Abuelas en mayúscula, porque las Abuelas de Plaza de Mayo son las abuelas de un país y es donde también encuentran ese refugio en momentos en el que el cuerpo y la mente hacen un cataclismo. Porque creer ser alguien toda tu vida y de repente, ser otro, solo lo saben Tatiana, Pablo y los otros nietos que ya son 128.


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Tatiana Sfiligoy-Ruarte-Britos no tuvo tanto tiempo para ser otra. Su caso fue emblemático porque fue el primero. Tenía cuatro años en 1977 cuando junto a su hermanita bebé y su mamá estaban en una plaza y 10 personas uniformadas que bajaron de un micro escolar encapucharon a su madre Mirta Britos, y se la llevaron. Su padre, Oscar Ruarte, ya estaba desaparecido. Ella y su hermanita fueron a parar a un orfanato y anotadas como NN. Una pareja (los Sfiligoy) decidió adoptarlas de manera legal. A través de una denuncia de la incipiente agrupación de Derechos Humanos, descubrieron que efectivamente las nenas eran hijas de desaparecidos y en el año 1980, con 7 años, Tatiana se reencontró con su familia biológica. Aunque por haberla adoptado de manera legal, siguió bajo la tutela de los Sfiligoy.

En al año 1986, con la incipiente democracia, la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, fue a la escuela de Tatiana, que tenía 10 años, a charlar con ella y sus compañeros. Ese episodio quedó grabado en un documental titulado “¿Quién soy yo?”, donde está registrado cuando Tatiana le contó a sus compañeros que era hija de desaparecidos. Las imágenes son conmovedoras. Casi al final, mirando a cámara, Tatiana se quiebra:

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—No sabía muy bien como decírselos, pero cuando se los dije, sentí algo como que…me liberé un poco de lo que tenía acá adentro. Y eso es todo lo que tengo para decir.

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Cuando en el año 2003 Pablo Javier Gaona Miranda todavía era Leandro Girbone y estaba estudiando para ser militar, pero sospechaba que podía ser hijo de desaparecidos, miraba una y otra vez ese documental. En su rústica búsqueda todavía con reticencia —faltaban casi 10 años para que se animara a presentarse en Abuelas— observaba de una manera especial a esa nenita que lloraba, a una Estela Carlotto joven que explicaba cual maestra quiénes eran las Abuelas de Plaza de Mayo y qué estaban buscando. La imagen de Tatiana al entonces Leandro le ponía la piel de gallina, pero todavía no sabía bien qué.


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A los 18 años, a principio de los años 90, Tatiana también fue la primera nieta que entró a trabajar ad honorem en Abuelas de Plaza de Mayo. Había empezado a estudiar biología —no casualmente, la disciplina que le permitió saber que era hija de desaparecidos— e ingresó al área de genética. La tarea era ardua. Tenía que armar mapas familiares de manera manual, llamar a familiares para que donaran sangre para el incipiente Banco Genético. Por los avatares de la vida, Tatiana se cambió a Psicología y dejó de militar tan activamente en Abuelas por la situación económica de crisis durante la década de los 90. En 2001 cuando todo estalló, sin trabajo y con un embarazo a cuestas, Tatiana recibió el llamado de Abuelas, nuevamente. Su familia llegaba para rescatarla otra vez y le ofrecían entrar a trabajar como psicóloga al área de “presentación espontánea” recibiendo a los jóvenes que llegaban a la sede alegando tener dudas sobre su identidad. Al ser nieta restituída, Tatiana además de su formación profesional tenía una sensibilidad distinta.

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Doce años después, en 2012, Leandro Girbone ya no tenía casi ninguna duda, o en realidad todas. La historia que le habían contado sus supuestos padres, que lo habían adoptado en Misiones, no le cerraba por ningún lado. El primo de su padre, el militar Héctor Girbone, también era un personaje clave en la historia que Pablo estaba construyendo. En el año 2008 había tenido una discusión muy fuerte con su madre. Ella terminó llorando y le pidió por favor que no se hiciera el ADN en Abuelas de Plaza de Mayo. Tres años después, a los 34 años, Leandro tomó coraje y se acercó al área de presentación espontánea de Abuelas. Tatiana ya no trabajaba más en esa área. A los pocos días, el examen de ADN le cambiaría su vida para siempre. El nombre que habían elegido sus padres —Ricardo Gaona Paiva y María Rosa Miranda— era Pablo.


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En la conferencia de prensa de Abuelas de Plaza de Mayo para anunciar la restitución del nieto 106, o sea Pablo, Tatiana llegó temprano, como a cada una. Ella siempre está presente junto a sus Abuelas cada vez que aparece un nieto. En general, los nuevos nietos, todavía muy abrumados, no suelen participar de esos eventos. Pero en este caso, Pablo estaba en la sede junto a su tío biológico en una de las salas, aunque no se expuso ante los medios. Ambos recuerdan aquella bienvenida, el abrazo cálido, el brindis.

Por eso, cuando pasó un poco la primera ola del shock, Pablo contó su historia en primera persona ante los medios y no lo dudó: Sabía que se venía una etapa difícil, sobre todo con sus apropiadores —que en el año 2014 recibieron penas de seis y ocho años por crímenes de lesa humanidad—, pero como Tatiana, tenía la necesidad de participar en Abuelas, las viejas del pañuelo blanco que lo encontraron. Así como para él ver la historia de su antecesora fue clave y determinante para tomar la decisión, necesitaba él también ser útil para que se encuentren a los otros 400 que faltan. Desde el 2012 entonces, Pablo también participa activamente y está cada vez que aparece un nieto, como cuando en 2014 apareció Ignacio Montoya Carloto, el nieto de Estela. Ahora es asesor de una diputada de la ciudad, Victoria Montenegro, también nieta recuperada.

Pablo y Tatiana se sienten hermanados: son parte de los 128 nietos recuperados por Abuelas de Plaza de Mayo. Son parte de esa gran familia que convive hace más de cuatro décadas cuando una dictadura cívico-militar les arrebató su identidad. Pero Tatiana y Pablo supieron convertir ese dolor en tres palabras claves que aprendieron de sus Abuelas: Memoria, Verdad y Justicia.

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