Subí a Monserrate con franciscanos que vinieron a pie desde Buenaventura
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Identidad

Subí a Monserrate con franciscanos que vinieron a pie desde Buenaventura

Cuatro hermanos de la Primera Orden de San Francisco vinieron a Bogotá a ver al Señor Caído y al papa Francisco.
7.9.17

I

No pueden subir descalzos porque les duelen los pies. Han caminado mucho y, dicen, ya tienen suficientes ampollas. No van a subir a pie, tampoco. Los pies les duelen. Vienen de lejos, comieron poco y el día va a ser largo. Se santiguan mientras esperan en la fila de la taquilla. Levantan la cabeza. El sol quema los ojos y no deja ver la cima. Intentan ver, sin éxito, el Santuario del Señor Caído. "No veo nada", dice el más joven. No puede verse, el sol no deja. No deja distinguir, ni siquiera, el implacable verde de la montaña. "No se desespere, hermano, que ya vamos pa' arriba", le responden. "Ya, por fin, vamos pa' arriba". Llevan siete días de viaje. Casi todos caminando.

II

Después de consagrar su vida a Dios bajo los votos de castidad, obediencia y pobreza, Francisco de Asís peregrinó con otros once hombres hacia Roma. Quería fundar una Orden. Quería garantizar, junto a sus hermanos, un modo de vida estricto, simple, austero. En 1209, el papa Inocencio III dio la aprobación para que la fundara. Fue su Primera Orden, la Orden de los Frailes Menores. Unos pordioseros, pensaban muchos monjes y obispos de la época. Un extraño grupo de mendicantes descalzos en túnicas marrones, amarradas con una cuerda en la cintura.

Hoy, ocho siglos después, la Orden de Frailes Franciscanos Menores supera los 700.000 hombres. Están regados por todo el mundo y, de las ramas franciscanas de la Iglesia Católica, solo los jesuitas los superan en número e influencia. Los que están pagando sus tiquetes de funicular a los pies de Monserrate son cuatro de ellos. Vienen de Buenaventura. Bajo sus túnicas se ve que llevan jeans, uno carga con una mochila. "Llevábamos mucho tiempo planeando esta peregrinación. No todos los días ve uno a un sumo pontífice pisando la tierra por la que uno ha dado tanto", dice Fray Rodrigo, de 40 años, después de pagar los tiquetes de ida y vuelta de todos sus hermanos. "Había que entregarse, caminar, orar, vivir esa entrega a la pobreza que Francisco representa. Así incomode y duela".

III

No quieren salir en las fotos, porque lo que importa es el silencio y el camino. Miran hacia Bogotá, con una sonrisa amplia, mientras sube el funicular y la ciudad se vuelve una retícula indistinta de vías y puntos cobrizos. Seis días atrás estuvieron, a pie, sirviendo en Cali. Luego en Buga, donde hicieron penitencia en la Basílica del Señor de los Milagros. El camino siguió por Armenia e Ibagué. Compartieron con otros hermanos franciscanos, caminaron —en sandalias, sin medias— y encomendaron su camino a San Francisco, su patrono. Y a Francisco, el papa. "Quisimos seguir el ejemplo de San Francisco, que hizo el Camino de Santiago a pie y con fuerza de espíritu, se dedicó a los pobres y vivió en minoridad", recuerda Fray Lorenzo, el menor, tomando una foto del paisaje con su smartphone. "Lo que pasa es que acá es jodido y toca coger flota cada tanto. Igual patoneamos como locos".

Su ruta es una peregrinación. Una peregrinación es el viaje a un santuario, el camino esforzado a un lugar sagrado. Peregrinatio, en latín, significa viaje al extranjero. Estos cuatro frailes franciscanos son, entonces, doblemente peregrinos. Fray Rodrigo es cartagenero; Fray Lorenzo, panameño. Fray Tomás y Fray Luis, amigos de infancia, nacieron en Santander y empezaron al tiempo su vida monacal. Todos viven desde hace cinco años en Buenaventura y, por la visita papal, terminaron en Bogotá. Es la primera vez de Fray Rodrigo, Fray Tomás y Fray Lorenzo en la capital. Por eso no paran de tomar fotos, de mirar extasiados cada detalle previo al Viacrucis del cerro.

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"Toda la vida me hablaron del Señor Caído y, vea, lo voy a conocer el mismo día que al papa. Es un día muy pleno", dice, con alegría contenida, Fray Tomás. Los demás se ríen, con algo de ternura, y le dan un abrazo. Se abren las puertas del funicular, sale un grupo de turistas australianas y, después, salimos nosotros. Los frailes caminan lento, se desplazan sin prisa, como arrastrando las plantas de sus pies llagados. Y no solo los pies, sino las rodillas, los músculos del muslo, los dedos. Suben los primeros escalones y se detienen en la primera estación del viacrucis: cuando Jesucristo es condenado a muerte. Se persignan, cierran los ojos y rezan en voz baja. La multitud de turistas es lo único que se interpone entre ellos y el silencio que persiguen. Eso y el sonido del viento.

IV

Que por humildad no quieren que se sepa mucho de sus vidas antes de ser frailes. Que sintieron el llamado de Dios, el llamado de la pobreza. Fray Rodrigo, el único que cuenta algo de sus años laicos, dice que se enamoró a los dieciocho y luego se metió de monje. Una morena en Manga, a quien nunca volvió a ver. Tampoco volvió a ver a sus padres desde que empezó en la Orden. "Igual los llamo a ver cómo andan, les mando mensajes y fotos. Se van a poner contentos con la de Su Santidad, ellos adoran a Francisco. Espero poder tomarme una, así sea de lejitos". Según cuenta, después solo vino el servicio, la entrega y la pobreza. Y que, una vez eligieron a Bergoglio como papa, corroboró su vocación misionera.

No me cuenta más. Solo insinúa, con mucha reserva, el horror que ha debido ver en Buenaventura: la violencia, los muertos, el abandono. Me deja caminar a su lado, pero sin hablar mucho. Sereno. Que ellos no son importantes, insiste, que la clave son sus obras, sus misiones, su fe. Que vienen apenas a ver al vicario de Cristo, que llega a las 4:30 de la tarde al aeropuerto, pero primero a Cristo mismo: el Señor Caído de Monserrate. Que hacer este pequeño Viacrucis los llena de energía para soportar el hambre y el dolor.

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Caminamos sin afán, viendo las esculturas que vigilan el camino pedregoso. Nos detenemos en la sexta estación, frente a la imagen de Verónica sosteniendo el paño con el que limpió el sudor de Jesús, en el que quedó grabado el Santo Rostro. Los frailes miran, Fray Luis se limpia su propia frente con la manga de la túnica. "Qué solazo, ¿no? Píntese a usted en este clima y con una cruz encima. Muy arrecho eso". Saca una botella de agua y la ofrece a sus hermanos. Toman todos un sorbo rápido, minúsculo. Se inclinan en señal de agradecimiento. El cansancio se les ve en los ojos, como los del Cristo desplomado a su derecha.

V

—Hermano, toca apurarle, no vaya a ser que se nos haga tarde —le escucho susurrar a Fray Rodrigo.
—Yo sé, pero tengo como hambre y me duele el tobillo —responde Fray Lorenzo—. Me toca suavecito.
—Póngase una gasa o lo que sea, pero tenemos que llegar ya. No le llegamos tarde a Francisco ni por el carajo.

VI

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es día, y por el cual nos alumbras.

Al llegar a la cima, a las puertas de la Basílica del Señor de Monserrate, Fray Tomás recita ese fragmento del Cántico al hermano sol de San Francisco de Asís. Compra una almojábana y la comparte con la fraternidad. "Esta vaina sí es cara aquí", se queja. Toman fotos de la ciudad y de la fachada del templo. "Desplazarnos desde Buenaventura hasta aquí es nuestra manera de ser cristianos. Desplazarnos y peregrinar es caminar detrás del pastor universal. Ahora que oremos frente a Cristo vamos a tener todas las energías para la llegada de Su Santidad", dice Fray Rodrigo. "Porque no es a cualquiera al que recibimos: es el vicario de Cristo que, además, es Jefe de Estado del Vaticano".

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Les pregunto que por qué se someten a una peregrinación tan intensa, tan estricta. Les pregunto que por qué no se ponen unos zapatos más cómodos que esas sandalias, que si vale la pena el esfuerzo. "Dios ampara al peregrino, lo bendice. Este dolor y este cansancio que tenemos no son nada comparado con el favor espiritual que recibimos", contesta Fray Luis. Y Fray Lorenzo complementa: "Uno debe hacer sacrificios y nosotros decidimos vivir en la pobreza franciscana, para servir. Digamos, entonces, que la llegada del Santo Padre Francisco hace que valga la pena cierto grado de incomodidad; porque él es un servidor de Cristo, humilde como pocos, que se ha entregado a la gente. Eso queremos nosotros, eso nos mueve".

VII

En la tarde, cuando escribo esto, llega el papa. Francisco, el que eligió el nombre por Francisco de Asís, su patrono. El que también predica la pobreza y la humildad, como ellos. El que declaró a la prensa que quería "una Iglesia pobre y para los pobres", como el otro Francisco, el fundador de la Orden. Suenan las campanas, el anuncio del mediodía. Va a haber misa. "Uy, hermanos, vamos bien tarde, no podemos quedarnos", grita uno. Van a seguir con el camino, hacia el aeropuerto, peregrinando. No quieren tomar un taxi, ni un bus. Lo del funicular fue una excepción. "Ya me llamaron para que nos apuremos", dice Fray Luis. Un quinto fraile los está esperando en la 26, uno que estaba ayudando con preparativos del recibimiento de Francisco, el papa. "Entremos de una vez, entonces".

Cruzan los portones de la Basílica Santuario del Señor Caído de Monserrate. Toman un poco del agua bendita, se santiguan y fijan la mirada en la figura de Cristo. Estarán quietos por lo menos cinco minutos, hasta que el celular vuelva a vibrar y tengan que irse. Francisco no demora.

VIII

Irán a la misa del papa en el Parque Simón Bolívar y, además de Monserrate, el fin de semana visitarán los tres pilares religiosos restantes que soportan el catolicismo bogotano: Guadalupe, la Iglesia del Divino Niño y la Catedral Primada. A pie, como dicta la Regla.

XIX

Ocho siglos después de fundada la Primera Orden de San Francisco, un grupo de cuatro frailes colombianos baja, apresurado, las escaleras que llevan del Santuario a la boca del funicular de Monserrate. Duraron siete días viajando. Caminaron tanto que les duelen los pies. Pasan el tiquete de regreso al asistente del transporte y se despiden, corriendo, con un "Dios lo bendiga". Van tarde para recibir a Francisco, el otro peregrino, el máximo jerarca de la Iglesia Católica, que aterriza esa tarde en Bogotá. Francisco, el papa que profesa su misma devoción. Se le escucha decir a uno, antes de que cierren las puertas: "Seguimos, que el camino del Señor es largo".


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