Pasé una semana cenando productos afrodisíacos para ver si me ponía cachondo

El objetivo consistía en lograr percibir el mundo a través de las gafas del erotismo.

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14 febrero 2019, 5:00am

Cada vez es más difícil excitarse en un mundo lleno de violencia y desolación. ¿Cómo se me va a poner dura si ahora resulta que los putos polos se están deshaciendo más rápido de lo previsto? No se puede follar sabiendo que, ahí fuera, el mundo está muriendo. No sé, tenemos otras cosas más importantes en las que pensar antes que follar, como construir un cohete enorme y largarnos a vivir a Marte o yo qué sé, pensar en cosas que nos puedan mantener vivos. Lo que está claro es que no voy a perder el tiempo masturbándome o haciendo el amor, por Dios. Todo eso del carpe diem está muy bien pero joder, quiero vivir más tiempo, quiero soluciones.

En fin, todo este panorama ha hecho que la sexualidad en mi vida haya pasado a un segundo plano o, siendo más concretos, a un centésimo plano. Puede que el hecho de llevar cinco años de soltería (creo que son cinco, joder, ya ni lo recuerdo; la memoria de un soltero acostumbra a jugar malas pasadas, básicamente, para no dar con la cifra real y que se pegue un tiro en la cabeza ante tan fatal revelación) haya atrofiado también mi cerebro para que mi necesidad inconsciente de procrear —y hacer que mi genes me sobrevivan— desaparezca. ¿Y qué puedo hacer para recuperar un poco de follar?


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Bueno, consultando internet di con una web de mierda que ya ni recuerdo en la que hacían un listado de comida afrodisíaca. Esta podía ser una buena solución. Dicen que esta mierda funciona, que pone a la gente cachonda. Leyendo el almanaque me encontré con unos productos que no me resultaron demasiado alentadores a nivel sexual, pero que habría que probar. Alimentos tales como la miel, las fresas (bien, ahora era temporada), el chocolate, los higos, el mango, los espárragos, las almendras, el plátano, el aguacate, la albahaca, la canela, las ostras y los mariscos en general (esto ya me sonaba más), las frambuesas negras, el jengibre, la vainilla, el ajo, los dátiles, las mostaza, el vino o el cuerno de rinoceronte.

Aparte de los mariscos, no tenía ni idea de que los otros productos podían excitarnos; ¿la albahaca, en serio? Decidí adquirir algunos de ellos fiándome completamente de la página esa, creyendo ciegamente en sus axiomas. Como vi que el cuerno de rinoceronte en polvo era muy caro, complicado de conseguir y terriblemente ilegal, me decanté por viandas menos exclusivas y más populares.

El problema era que la mayoría de estos manjares no parecían comida de verdad (o sea, carne, pescado y bollería industrial), por lo que necesitaría complementar estos ingredientes con otros que no pusieran la polla dura y, en muchos casos, solamente funcionarían a modo de primer plato. En fin, la idea era intentarlo. ¿Me excitarían todas estas mierdas? ¿Me convertiría en una máquina sexual? ¿Estar tremendamente excitado incrementaría mis posibilidades de coito?

comida afrodisíaca

PRIMER DÍA: ENSALADA DE AGUACATE CON VINAGRETA DE MOSTAZA

Bueno, debo reconocer que al principio tampoco me la jugué demasiado. No quería poner en peligro mi organismo con cosas raras (dátiles, jengibre o miel, menuda locura de productos) y me decanté por un clásico moderno, el aguacate, aliñado con otro supuesto afrodisíaco, la mostaza. Esta fruta forma parte de mi dieta habitual y os garantizo que normalmente no me pongo cachondo después de comer, mientras estoy lavando platos. Hay que lavar platos justo después de comer, porque si no luego se acumulan y la pereza que da hacerlo justo al terminar de comer crece de forma exponencial y desmedida como si fuera Tetsuo en ese jodido estadio.

Quizás, aparte de confiar en la magia sexual de los alimentos, debería cambiar mis hábitos y relajarme un poco después de comer para ver cómo la dopamina y la testosterona me convierten en una bestia erótica. Dejarle tiempo al milagro, quitarme de encima tareas y obligaciones, cambiar, básicamente, de estilo de vida. Quizás por eso este primer banquete no me hizo sentir absolutamente nada.

También es verdad que soy una persona a la que normalmente no le afectan las cosas (me refiero a los efectos de los alimentos, aunque a veces los sentimientos de las otras personas tampoco me importan demasiado), nunca he notado en mi cuerpo las reacciones que muchas personas comentan después de tomar una Coca-Cola o mucha azúcar. Simplemente me quedo igual y puedo tomarme una antes de dormir y quedarme completamente muerto. Eso sí, con el alcohol sí que me emborracho. Bastante.

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SEGUNDO DÍA: ESPÁRRAGOS

Aunque no sean específicamente afrodisíacos, hay ciertos manjares que ciertas culturas relacionan con la sexualidad, sobre todo si su apariencia se puede vincular con la estética genital, es decir, si parecen coños o pollas.

Este es el caso de nuestros amigos los espárragos, mi manjar del segundo día. Su carismática forma fálica, con glande incluido, puede excitar a ciertos mamíferos, pues básicamente tenemos que meternos una especie de pene en la boca para degustarlos. El aspecto del plato era terriblemente deprimente y poco apetecible, digna de comedor de colegio. Ya me disculparéis por no saber dotar de un carisma especial los platos sencillos.

Si bien no estoy muy acostumbrado a meterme pollas en la boca, la comida con forma fálica sí que está muy presente a lo largo de mi día a día —plátanos, setas, pepinos y pepinillos, calabacines, frankfurts, zanahorias, helados, etcétera— por lo que el “genitalia effect” no me afectó en absoluto. Además, supongo que a alguien a quien le gusten las pollas tampoco le atraerá una colección de penes blancos, largos y flácidos con la punta extremadamente delicada, es más, puede llegar a generar cierto rechazo.

El combo de fresas con miel de postre (doble combo afrodisíaco) me resultó empalagoso e incómodo. Siempre que tomo miel no puedo evitar pensar que es algo que sale de la boca de unos insectos diminutos que en su vida se han lavado los dientes con dentífrico o las manos con jabón. Asco de gente.

Nada, seguía sin sentirme excitado por estos manjares.

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TERCER DÍA: CÓCTEL DE GAMBAS

Fue entonces cuando decidí apostar fuerte. El tercer día, el día que resucitó Jesús en Cristo, llegó a mí el concepto de “cóctel de gambas”, ese elixir sólido que pretende emanar cierto lujo gastronómico pese a ser la clásica comida que engullen los abuelos cuando tiene que celebrar el nacimiento de un bebé o la apertura de un nuevo salón de juegos en la residencia.

Esta fue la primera vez que fabricaba este tipo de manjar y la verdad es que me lo pasé bien. Le puse un mango en el medio para darle color, sumar afrodisiaquismo y, qué coño, dotar al plato de un savoir faire digno de chef. El cóctel de gambas es un plato agradecido y luminoso, cutre en esencia pero también excéntrico y excepcional. No logré generar un nivel incontrolable de empalme ni me apeteció, más de lo normal, masturbarme un rato viendo vídeos eróticos con el móvil con el estómago lleno.

La verdad es que toda mezcla —real o ficcionada— entre la comida y el sexo me parece repugnante, una cosa es alimentar los sentidos con estímulos nutrientes y otra muy distinta alimentarlos con tributaciones eróticas. La mezcla de ambas hace que el cuerpo se confunda y termine generando alteraciones fisiológicas que podrían conllevar a trastornos graves, incluso la muerte. O eso me animo a pensar.

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CUARTO DÍA: ENSALADA CON DÁTILES, ALMENDRAS, MOSTAZA Y MIEL

Decidí juntar en un solo platos varios productos afrodisíacos: dátiles, almendras y una vinagreta hecha con miel y mostaza. Joder, este cóctel TENÍA que funcionar, sobre todo si estaba acompañado de un postre que seguía exactamente la misma estrategia (mango con canela espolvoreada por encima).

Pero no.

Además, la mezcla de sabores era bastante insoportable. A veces apostar todas las fichas a un solo número no ofrece un buen resultado. La unión de varios conceptos positivos y funcionales no tiene por qué dar buenos resultados, sino mirad la democracia o el matrimonio.

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QUINTO DÍA: OSTRAS Y ALMEJAS GALLEGAS A LA MARINERA

Bien, este era el jodido día. Claudiqué de la idea de cocinarme mis propios manjares, me pillé la chaqueta y me largué a una maldita marisquería a zamparme unas buenas ostras y unas almejas. Estos alimentos vinculados fuertemente con el sexo y, más concretamente, con los genitales femeninos, tenían que despertar en mí corrientes imparables de ganas de follar. Hacía como décadas que no comía una ostra y la verdad es que tampoco me pareció un manjar exquisito, más bien mediocre, como cuando un tipo rico se calza un reloj de esos enormes y caros que realmente dan pena.

En fin, estuve deambulando un rato por la calle, con el estómago lleno de marisco, observando el mundo desde una óptica sexual. Mirando culos y pechos de mujeres, formas genitales esculpidas en fachadas de edificios, revistas pornográficas en quioscos y el erótico vaivén del mar otoñal. Me excité un poco, claro (quién puede decirle que no al mar), pero no más de lo normal, más bien era la excitación habitual de cuando se percibe el mundo a través de la polla.

En los cinco días que duró este experimento no noté ningún tipo de incremento en mi tensión sexual, ni puntual ni acumulado al concatenar varios días seguidos. Con todo esto podría llegar a afirmar que todo este tema de los afrodisíacos es una gran farsa, un juego erótico aceptado colectivamente en una especie de delirio colectivo.

Aunque sí que hubo algo, a lo largo de estos días, que me puso un poco cerdo: el vino. Considerado también un afrodisíaco, cuando me lo tomaba tumbado en el sofá después de lavar los platos, me sumía en una estado de paz y bienestar que me animaba a extraer todo el esperma posible de mi genitales, pero esto ya lo sabía. El vino es muchas veces la solución a todos los problemas de un hombre, aunque a menudo es también el que los genera.

Sigue a Pol Rodellar en @rodellaroficial.

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