Cultura

Historias de gente que creía que iba a morir en un avión

"Mi primer pensamiento fue 'tengo que salir de aquí', pero sonreí ante mi estupidez".
20.7.16

Llegan las vacaciones y con ellas las ganas de viajar y conocer otros países. Muchas veces el método de locomoción ideal para transportar nuestros cuerpos hacia esos sitios nuevos y maravillosos es el avión. Los aviones, esos viejos cabrones.

No sabemos muy bien cómo funcionan pero cada día siguen elevándose como si nada, como si el milagro de volar —perseguido durante siglos por el hombre— fuera algo puramente rutinario (lo es).

Un avión pasándola de la chingada. Imagen vía Flickr lorenterey.

Pero dentro de esos tubos de metal uno no tiene ningún tipo de control, realmente estamos haciendo un acto de fe porque cuando las cosas se ponen jodidas —turbulencias infernales, caídas en picado, fuego en el motor— solamente podemos ESPERAR, no podemos ayudar ni hacer absolutamente nada además de abrazar la muerte, mandar algún mensaje de WhatsApp a las personas que más queremos y desear con todas nuestras fuerzas que salgan las palomitas azules.

Los aviones son maravillas tecnológicas y la mayoría de sustos terminan en esto, en anécdotas de terror. Es justamente su naturaleza fugaz lo que hace que estas situaciones sean interesantes, esos momentos en los que crees que todo se va a terminar pero al final no. En fin, cuando se trata de turismo metafísico.

Rosa, en el mar, no en un avión.

Rosa, 39 años

El avión volvía de Grecia y yo viajaba sola porque volvía un día antes que mis compañeros de viaje, me apunté tarde, pero entonces no me daba miedo volar.

A mitad del vuelo, el avión hizo dos descensos bruscos y se iluminaron las señales de abrocharse el cinturón. Las azafatas corrieron por el pasillo para asegurar el carrito de las bebidas, aunque no parecía tarea fácil controlarlo. Desde ahí, saltos y más descensos bruscos. Volábamos con la selección griega de algún deporte, y era estremecedor ver a güeyes altos como castillos llorando como niñas. Mi primer pensamiento fue "tengo que salir de aquí", pero sonreí ante mi estupidez. Me apreté más el cinturón y pensé "no quiero morir". Al darme cuenta de que no estaba en mis manos, me relajé, cosa que aun hoy me sorprende. Dejé de tener miedo.


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Mi compañera de asiento me preguntó si le podía dar la mano, ya que su marido estaba vomitando. El resto de pasajeros lloraba, gritaba ocasionalmente o vomitaba sin parar, y se oía una cantinela como si alguien rezara en griego. Cuando aterrizamos en Barcelona, al salir del avión, el piloto salía de la cabina cuando yo pasaba por delante y le dije "gracias por traernos" y contestó, resoplando "no ha sido fácil".

Ya en casa vi en las noticias que había habido pequeños huracanes veraniegos y mangas de mar en el mediterráneo, sin importancia, a no ser que vayas en avión, claro. En aquel vuelo dejé de tener miedo, pero desde entonces tengo que obligarme a subir a los aviones, aunque en aquel momento me prometí que no volvería a subirme a uno.

Mario, 39 años

En los once años que pasé como auxiliar de vuelo, he vivido unos cuantos episodios de turbulencias. La mayoría de las veces todo quedaba en una simple anécdota o en alguna caída en medio del pasillo, para satisfacción de los pasajeros. Pero sí recuerdo un vuelo en que las turbulencias fueron especialmente intensas. Tanto que creo que todos los que íbamos en el avión aquel día, yo incluido, pensábamos que no podríamos contarlo.

Hay aeropuertos que son famosos por el desafío que presentan a los pilotos a la hora de aterrizar en ellos. Algunos tiene la pista de aterrizaje muy corta, o están en una zona en la que suelen instalarse bancos de niebla que dificultan la maniobra o en la que soplan fuertes vientos. El aeropuerto de Arrecife, en Lanzarote, es uno de ellos y era el destino al que volábamos ese día.

El comandante ya me había advertido de que el vuelo sería movidito. Esto es un poco como pasa con los médicos: muchas veces prefieren darte el peor pronóstico, pero luego resulta que no era tan exagerado. Así que pensé que esta sería una de esas veces. Qué equivocado estaba. Las turbulencias nos acompañaron durante todo el santo vuelo, y parecía que estábamos yendo a Lanzarote por un camino de cabras en lugar de volando a 11 km de altura. Muchos pasajeros empezaron a sentirse mal y las bolsas de mareo corrían por la cabina como la pólvora. Cuando faltaban más o menos 45 minutos para aterrizar, el comandante me llamó y me dijo algo muy tranquilizador:

"Ok, siéntense YA, porque esto va a ser muy fuerte". Así que lo recogimos todo, dimos un anuncio a los pasajeros para recordarles que se abrocharan el cinturón y los tripulantes nos sentamos también. A partir de ahí, empezó el infierno. Yo iba sentado en la parte de delante del avión y mirando a todo el pasaje, y el espectáculo era increíble. Por encima del rugir de los motores se oía el ruido de varias, muchas personas vomitando como si no hubiera un mañana. Otros gritaban, los niños berreaban y empezaron a caer las cosas sueltas que había por la cabina. Yo empecé a asustarme también, porque veía que estábamos cerca del suelo y el avión no dejaba de dar bandazos de izquierda a derecha. Los gritos en la cabina se intensificaron y vi que los pasajeros que tenía más cerca me miraban con lágrimas en los ojos y los nudillos totalmente blancos de la fuerza con la que se agarraban a los reposabrazos.


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Me empezó a entrar el pánico y miré por primera vez a mi compañera, sentada justo a mi lado. Ella también estaba llorando. Buscó mi mano, la apretó fuerte y me dijo, "Tengo mucho miedo, Mario". No supe qué decirle.

Las alas del avión siguieron oscilando violentamente hasta segundos antes de tomar tierra. Aterrizamos muy a lo bestia, pero sanos y salvos, aunque, eso sí, con las tripas del revés.

Raúl es el de la camiseta de Suede.

Raúl Muniente, 32 años

Mi amiga me esperaba ya en Dublín.

Yo había parado a tener un romance en el Santander Weekend Festival y salía desde Cantabria. Estaba tan de buen humor por la buena marcha del finde (incluyendo una divertida paella con una parejita de viejos amigos del pueblo en el restaurante pesquero del padre de Iván de La Peña) que ya llegando a Dublín, por primera vez en mi vida, se me ocurrió pedir un café a bordo. Era de esos de dos litros de Starbucks. Apenas me lo había servido la azafata irish de turno, cuando se apagaron las luces y empezamos a caer en picada como si de las prácticas de un caza ruso Sukhoi se tratara. En ese momento, crucial como siempre es la memoria, recordé que la selección española, tras haber sido eliminada días antes en el Mundial de Brasil, había pasado por lo mismo cruzando el Atlántico. Por lo visto muchas veces les pegan rayos a los aviones y estos caen en picada unos interminables segundos hasta que se estabilizan.

El caso es que ya divisábamos Dublín, y no sé cuántos metros caeríamos, pero el agua no parecía muy lejana. La gente, claro está, gritaba como poseída. La muchacha de al lado hasta se agarró a mí. Yo miraba a todo el mundo poniendo cara de "tranquilidad chicos, esto le pasó a la selección la semana pasada y no fue nada" pero absolutamente seguro de que me iba a morir. Nada de pasárseme mi vida por delante, solo pensaba en sembrar la tranquilidad en el pasaje; con un éxito lamentable. El café, como no, mi primer y último café en vuelo, voló hasta el techo y me cayó encima para dejarme empapado.

Milagrosamente salimos vivos y la chica le pidió a su novio, un DJ irlandés que la estaba esperando en el aeropuerto, que me llevara a la casa en la que me quedaba, para enojo mayúsculo del DJ, dado que mi casa estaba en la otra punta. Pero me lo merecía, además llovía a cántaros.

Este es Martín con los pelos de su novia, cortesía de una de esas aplicaciones divertidas para móviles.

Martín Gutiérrez, 34 años

Recuerdo que en esa ocasión mis padres me dejaron el coche por primera vez.

Terminaba de pasar el verano echándoles una mano en su bar y mis testículos ardían inflamados de tantas frases repetidas una y otra vez. Sesenta días, diez horas al día bajando la cabeza y pensando en todo lo chingón que estaba por llegar.

Empezaba septiembre y con mis amigos de la universidad grabábamos nuestro primer disco como banda de rock. Si todo iba como parecía (sacar disco y tocar por todas partes) a partir de ahora iba a cansarme de comer latas de atún en gasolineras, conducir una media de diez horas a las semana y oler los mismos pedos cada buen domingo de furgoneta.

Pero antes de esta maravilla, justo al terminar la grabación y la mezcla, tenía que salir en chinga al aeropuerto de Barcelona porque tenía un vuelo para irme a estudiar unos meses a Cuba. Otro planazo. Era feliz.


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Y aquí, amigos, empieza la historia de mi viaje a la muerte.

Paso por mi casa, hago la maleta y hago un recuento exhaustivo de todas las cosas que necesito. Exhaustivo. Reviso el mail y salgo para el aeropuerto.

Cola infernal a primera hora. Llego tarde por culpa de esos hijos de puta que decidieron llegar puntuales a su trabajo.

En la pantalla digital del mostrador de la compañía aparece la magnífica frase last call sobre nuestras cabezas. Me hago el tranquilo y sonrío porque llego justo a tiempo. La señora, muy simpática, mira mi pasaporte y me pide el visado especial necesario. La miro como si fuera una broma y se pone muy seria. Al parecer es un visado que muchas veces viene facturado con el mismo vuelo. En esta ocasión yo no lo había pagado y tenía como unos cinco minutos para encontrar la oficina y hacerlo.

Corro por el aeropuerto como un loco hasta que consigo hacerlo y montarme en el avión con el corazón en la garganta y un chorro de sudor que desciende desde mi nuca hasta los pelos de mi culo.

Me siento. Y me embriaga una felicidad increíble. Estoy montado en un avión que me llevará a mí y a otros cien campeones hasta Madrid. Es una avión de enlace y está lleno de gente que viaja a diferentes países del Caribe: Jamaica, Haití, Cuba. Cuando la gente de España decidimos viajar ahí es porque queremos vivir la vida a tope. Soy de pueblo y poco viajado, voy solo y estoy muy lejos de mi zona de confort, no puedo evitar la emoción y me siento el puto amo del universo.

Despegamos. Todo normal. Me bajan las pulsaciones y decido dormir. Cubanas con abanico vienen a mi mente.

Me despierta un ruido fuerte y un movimiento brusco. El avión empieza a descender a bastante velocidad.

Todos nos miramos con sorpresa pero con buenas vibras. Como si fuera una de las primeras atracciones que viene con una de esas pulseras all in.

El avión sigue descendiendo a buen ritmo cuando por megafonía entra en escena "el Gran Capitán". Nos dice que ha habido un fallo muy importante en uno de los motores del avión y que tenemos que regresar con urgencia. La cosa se complica, no tanto por la información que nos acaba de transmitir el capitán sino por el miedo evidente que le está paralizando la mandíbula y le hace hablar como si fuéramos todos a morir y él fuera el responsable.

Empieza el silencio.

Vuelve el capitán. Nos dice que no nos preocupemos, que todo saldrá bien. De nuevo su nerviosismo hace que sus palabras salgan por su boca como si fueran onomatopeyas. El señor capitán está muy asustado y evidentemente esto hace que los pasajeros se asusten de verdad.

A estas alturas el señor que tengo a mi izquierda se presenta. Es ingeniero naval y tiene tres hijos. Va a Jamaica y al parecer no le viene nada bien tener un accidente ahora.

Curiosamente, mantengo el temple y le hago una de mis bromas que tan poca gracia hacen habitualmente pero que en el aquel momento funciona por lo arriesgado. Le caigo bien.

Otra vez el capitán con uno de sus mensajes. Controla el tembleque maxilofacial para soltarnos que coloquemos nuestra cabeza entre las rodillas y los antebrazos sobre nuestra cabezas en posición de seguridad. ¿Vamos a tener un aterrizaje forzoso? Antes de poder responderme, el avión empieza a descender en chinga.

No me jodas, es de los mejores momentos de mi vida. La paradoja de morir en el momento en el que más vivo te sientes. Paradoja, oxímoron. Soy una figura literaria y no me hace nada de gracia.

Me concentro y pienso en que el tipo que balbucea va a saber aterrizar.

"Noooooo, ¡no quiero morir, vamos a morir!". No son mis pensamientos, es una señora que grita siete filas más allá.

Ahora sí, se desata todo lo malo y una desesperación generalizadas que te cagas. Llantos, gritos, abrazos entre gente cercana. Mal plan, vamos a morir.

Vuelve el silencio y esta vez se hace verdaderamente eterno. Durante el último minuto, sinceramente, pienso que muero. Los aviones están hechos de materiales muy frágiles y a semejante velocidad no vamos a salir con vida aterrizando sobre el duro suelo de El Prat. Pienso en mi gente.

El tipo que viaja a Jamaica me agarra con toda su fuerza de la muñeca, muy nervioso y repite la frase "¡vamos a morir!".

Aterrizamos.

Durante unos segundos el frenazo es más fuerte de los normal y nuestras cabezas se hacen un poco de daño contra los respaldos de los asientos. Es un dolor que sabe a gloria.

Nos hubieran podido meter un kilo de langostas por el culo y lo hubiéramos vivido con verdadera felicidad. Un dolor placentero. Un auténtico fin que justifica los medios.

Levantamos la cabeza y vemos a los bomberos y a la Guardia Civil esperando nuestra llegada. Todo muy oficial.

En unos pocos segundos, aquella certeza casi pura que todos sentíamos, desaparece. Nos acostumbramos a otra nueva.

Empezamos a mirarnos como después de una atracción de feria. Ahora solo nos tocamos como si fuéramos familia lejana.

Nos bajan a todos del avión. Nos dan comida, bebida y algunas personas se dan la vuelta por ahí por si alguien se ha pasado de rosca.

La espera en un sitio seguro y la ilusión por llegar finalmente a cada destino nos devuelven a nuestros puntos de partida.

Media hora después ya nadie se saluda.

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