Reseñamos los carteles de “Cerrado por vacaciones” de Madrid

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Reseñamos los carteles de “Cerrado por vacaciones” de Madrid

Como todos los años, la ciudad se vacía. Pero este mes, además, las tiendas han sacado todo su arte a la calle para anunciar que descansaban un mes.
25.8.15

Calles y avenidas vacías. Metros con tiempos de espera de más de ocho minutos. Un sol criminal. Turistas que caminan como zombis por la Puerta del Sol. Cada año más, como dicen las estadísticas que maneja el Ayuntamiento. Colas a la puerta de los museos, ese transporte en el que una docena de valientes (animados por la cerveza) recorren el trayecto entre Atocha y Alcalá dando pedales, los carteristas… Vamos, un agosto como cualquier otro en Madrid. ¿O no? Este año hemos detectado algunas interesantes novedades.

A todo esto hay que sumar los fuertes controles policiales en las entradas de la M-30, estaciones e intercambiadores. La presencia policial impone y, a veces, asusta. La colonización por parte de los forzudos atletas de parques y jardines para convertirlos en su gimnasio al aire abierto: desde El Retiro hasta el Parque de Juan Carlos I. Y también el cierre masivo de pequeñas tiendas, bares y sitios de copas (nunca de grandes cadenas, claro está). Este año se ha notado especialmente y el comentario de que por primera vez en años -o décadas- la tienda de los ciudadanos chinos de debajo de una casa aparece cerrada ha sido habitual en redes sociales.

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Hemos recorrido las calles para comprobar el cierre masivo de locales, que anuncian su apertura para septiembre, y también cómo han utilizado el arte del cartelismo para anunciar sus vacaciones. Nos hemos encontrado con verdaderas joyas, de creatividad ilimitada, que desafían sin pudor las leyes clásicas del diseño. Pura vanguardia. Abajo con el academicismo, muerte a los carteles sin personalidad propia. Es el principio de una nueva era.

Perdido en la traducción. El cierre de los ultramarinos clásicos del centro de Madrid, los que abren sin descanso los siete días de la semana, ha causado pánico entre sus clientes habituales. Ellos han decidido internacionalizar su anuncio en dos idiomas. Por si no había quedado claro.

El clásico handmade. No pasa de moda. Es recurrir a la tradición para convertirla en tendencia. En este caso nos encontramos con un homenaje al ganchillo que practicaban nuestras abuelas (y ahora ha recuperado alguna amiga). La única objeción que se le puede poner a esta maravilla es el uso de subrayadores de distintos colores. Le resta uniformidad y es una pena.

Sin ganas. Un clásico del 'aquí te pillo, aquí te mato'. Cojo el rotulador de punta gorda con el que pongo los precios y escribo un cartel en 30 segundos. Como no me ha quedado muy allá, decido dibujar unas gaviotas que evocan la playa en la que estaré (o me gustaría estar) durante el próximo mes. Ensoñador.

Transporte público en obras. Lo hemos visto año tras año y nos sabemos de memoria la cantinela que anuncia por megafonía que hay autobuses que hacen el mismo trayecto que la línea que nos han cortado. Sabemos que no es lo mismo y pillarlos es un lío. En este caso, la apuesta es por una pegatina, un formato que trabajan bien las entidades públicas.

Sin unidad. Aquí se trata de buscarle las vueltas a la ortografía y rematar con una pirueta tipográfica, por lo menos, audaz. El uso indiscriminado de mayúsculas y minúsculas se ve coronado por la utilización de un punto redondito sobre la 'i' de vacaciones. La obra se completa con un contorneo de las letras en amarillo que reclama la atención sobre la primera parte del mensaje.

Nuevos modelos creativos. En la misma línea del anterior. Parece obra de los mismo autores o, al menos, de algún discípulo aventajado del mismo taller. Aquí el cartelista ha decidido sumar ciertos motivos veraniegos que transmiten su alegría por cerrar el negocio en agosto. Puro arte pop.

No sin mi impresora. Los mensajes a mano son más personales, pero el uso de un programa informático permite maniobras como aumentar el cuerpo de las letras o jugar con mayúsculas y minúsculas de forma aleatoria. El 1 de septiembre vamos a preguntar si el de la fotografía es el dueño del restaurante, porque queremos saber dónde se ha hecho esa foto.

Posmodernidad. Hemos encontrado el crossover definitivo entre el arte de escribir a mano y la impresión mecánica. Aquí descubrimos que son dos mundos que pueden convivir fácilmente hasta dar como resultado una obra barroca. Pero que muy barroca y recargada al extremo. No es fácil de leer, por ponerle algún pero.

Reciclaje modo extremo. Parece que nos es el primer año que lo cuelgan, por lo ajado del documento y ese doble plastificado que luce. Estamos ante un establecimiento de costumbres, que, pase lo que pase, se toma las vacaciones los mismo días cada año. Si no es así, directamente, es que lo han colgado sucio.

Sin miedo al riesgo. El cartel es correcto, sin alardes, más bien tirando a esquemático y minimalista. En su caso, lo que nos sedujo es la colocación. Es un desafío al ángulo natural de visión del ser humano ante una obra de arte. Requiere esfuerzo contemplarlo, pero merece la pena. Como sucede con toda gran obra.