Ediciones VICE

Tener novia en ‘World of Warcraft’ casi acaba conmigo

Viví una relación tóxica que me hacía fuerte en el juego pero que solo me traía problemas en mi vida real.
25.8.16

Mi personaje en plena acción. Fotografías por el autor

Ciertos elementos tienen una carga emocional tan grande que obligan a escoger entre acarrear ese peso para siempre o a dejarlo de lado. En World of Warcraft, estos objetos se dice que están ligados al alma, y una vez te equipas con ellos, el vínculo es de por vida. No hay elección. El propio juego es uno de esos elementos ligados al alma, una experiencia verdaderamente única que polariza los sentimientos de sus exjugadores. Pese a que mi relación con WoW fue tóxica, no me arrepiento de la experiencia porque me ha hecho quien soy en la actualidad.

Este mes llega World of Warcraft: Legion, y reconozco que se me ha pasado por la cabeza volver a jugar. Para luchar contra ese deseo irrefrenable, me ponía la banda sonora del juego y escribía un diario en el que anotaba todas las anécdotas vividas en mis partidas. Sin embargo, tras varios días rememorando mi glorioso pasado digital, el hechizo cautivador del juego se intensificó peligrosamente. Hasta ahora, los otros los títulos que he probado me han sabido a poco y no han satisfecho mi deseo de vivir una experiencia inmersiva. Sin PS4, No Man's Sky no era una opción, por lo que parecía que WoW volvía a estar en el menú. Pero entonces recordé por qué había dejado de jugar.

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Porque era adicto. World of Warcraft me había dado tantas experiencias, capacidades interpersonales y seguridad que no podía deshacerme de él así como así. En aquel mundo era un campeón, pero en la vida real había dejado de ducharme y de comer bien y me consumía el autodesprecio. Jugaba trece horas diarias. Toda mi vida he sido un imbécil, así que no es difícil imaginar lo que pasó. Con el tiempo, me embarqué en una relación en línea que supuso el culmen de mi adicción al juego.

Trabajábamos juntos. Su nombre era Rho* y era mayor que yo. Empezamos a salir casi de inmediato y celebramos nuestra unión creando juntos nuevos personajes de WoW. Pasamos incontables noches enganchados al ordenador.

Yo era un estudiante de Historia de 20 años con sobrepeso, un ermitaño de piel pálida al que le encantaba tumbarse en el sofá a comer Doritos. Estaba tan acomplejado de mi cuerpo que casi nunca salía de casa

Nuestros personajes eran seres majestuosos llamados Draenei. Yo era Artoodee, el cazador, un vagabundo de piel violácea que en combate se quedaba en la retaguardia atacando al enemigo con su ballesta. Iba siempre acompañado de su fiel familiar, el gato Threepeeoh. Rho era una paladín sagrada, especializada en armas pesadas y con poderes curativos, una guerrera implacable. Ambos formaban un equipo increíble.

No pasaba lo mismo con Rho y Zac. Yo era un estudiante de Historia de 20 años con sobrepeso, un ermitaño de piel pálida al que le encantaba tumbarse en el sofá a comer Doritos. Estaba tan acomplejado de mi cuerpo que casi nunca salía de casa. Rho era una estudiante de Química de carácter áspero e impulsivo. Siempre tenía la sensación de que nos manipulaba a mí y a los demás.

Mis inseguridades y mi aversión al conflicto me incapacitaban para enfrentarme a esa situación

Todo fue muy rápido. Pasábamos noches enteras recolectando Murlocs en Isla Bruma Azur en lugar de salir con gente de verdad. Era tan increíble como suena, y perderme en el juego era mucho más sencillo cuando mi chica estaba conmigo. Era un ejercicio terapéutico, en cierto modo, y me ayudaba a hacer amigos. El juego me ayudó a socializarme y a olvidarme de mis imperfecciones. Mi avatar era la versión idealizada de mí mismo y me sentía tremendamente empoderado sabiendo que podía contar con una amiga.

Aquí se obraba la magia

Los años que pasé jugando sin Rho fueron una experiencia muy solitaria. Deambulaba solo por los extensos territorios de WoW sin amigos en el servidor, porque, al igual que en la vida real, evitaba el contacto con otros personajes. Pero Rho me llevó a salir de mi zona de confort. Gracias a ella comencé a hacer amigos de verdad e incluso me erigí en líder del grupo. Aquellas nuevas relaciones me dieron seguridad para aventurarme en nuevas experiencias y hacer cosas que ni siquiera me había planteado en el mundo real. Y no estoy hablando de follar.

Aunque no hubo sexo entre nuestros avatares, sí nos regocijábamos con preámbulos textuales. A veces ella decía, "Tengo calor", se quitaba toda la armadura y se ponía a bailar en ropa interior.

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En la vida real, mi vida se desmoronaba. Rho y yo estábamos siempre juntos y no sabía cómo decirle que necesitaba tiempo para estar solo. Mis inseguridades y mi aversión al conflicto me incapacitaban para enfrentarme a esa situación. Ese estado de tensión a menudo se reflejaba en la ingesta compulsiva de cuatro litros de Pepsi y varias bolsas de Doritos.

Después de un mes juntos, Rho me pidió que me fuera a vivir con ella. Le dije que no. Tenía miedo y todavía estaba lidiando con mi inseguridad. Además, yo pensaba que ya pasábamos mucho tiempo juntos. En ese punto, mi concepto de la relación empezó a distanciarse del suyo. Yo eludía el problema comiendo más guarradas y haciendo el vago todas las noches, mientras seguía fingiendo para hacerla sentir cómoda.

El deterioro vertiginoso de mi cuerpo físico contrastaba con el auge de mi cuerpo digital. Pasaba los días correteando por llanuras de hierba púrpura cazando monstruos, buceando en las profundidades de océanos verdes, explorando cuevas misteriosas y enfrentándome a bestias inconcebibles. Imagíname haciendo todo eso sentado en una silla en calzoncillos y escuchando a Bon Jovi. Una escena majestuosa, joder.

Mis amigos empezaron a planificar un viaje por Europa, una idea que ya había sugerido antes de conocer a Rho. Me preguntaron si quería apuntarme. Me abstuve y me volqué en el juego. Tenía demasiado miedo como para comprometerme a irme de viaje con ellos. Por una parte, no quería decepcionarlos, pero Rho me convenció para que me quedara. No quería que viajara y en aquel entonces yo era demasiado ingenuo para darme cuenta de que eso era precisamente lo que necesitaba. Salir de aquello me resultaba más difícil cada día que pasaba.

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Poco después de la propuesta del viaje, se publicó la expansión Wrath of The Lich King. El nuevo contenido añadía más territorios, aventuras y objetos que descubrir y avivó la llama de mi adicción a extremos preocupantes. Rho y yo liderábamos un grupo de 20 jugadores con los que llevábamos a cabo incursiones en distintos escenarios. Hablábamos más con ellos que con cualquier otra persona en la vida real.

Decidió seguir jugando sin mí. Subía de nivel rápidamente y jugaba en zonas a las que yo no tenía acceso. Empezó a verse con otros personajes

Durante meses, llegué a sentirme responsable de todos ellos, lo que agudizó todavía más mi adicción. Me di cuenta de que tenía que apartarme del juego una temporada cuando empecé a suspender asignaturas en la universidad.

Rho decidió seguir jugando sin mí. Subía de nivel rápidamente y jugaba en zonas a las que yo no tenía acceso. Empezó a verse con otros personajes. Mientras, yo asistía a clase de Mitología Griega preguntándome qué estaría haciendo Rho en esos momentos. Me asaltaban pensamientos paranoicos propios de una persona que ha sufrido un brote esquizofrénico.

Me obsesionaba con estos pensamientos y sentía el impulso de conectarme y echárselo en cara. Tenía el clásico comportamiento del que luego uno se arrepiente, lo más parecido al acoso que he hecho en mi vida. Me conectaba al juego y rastreaba su ubicación, tratando de llegar adonde estuviera a toda prisa. Por el camino ella no paraba de susurrarme por el chat, pero yo quería hablar con ella, de personaje a personaje. Interpretábamos nuestros personajes hasta en esos momentos. Ella me presionaba muchísimo para que llevara su mismo estilo de vida, pero yo ya no estaba cómodo en el juego.

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Me marché a Europa con mis amigos, bajo la constante presión de tener que llamar a Rho todos los días que durara el viaje. Como no tenía un itinerario marcado, resultaba difícil cumplir el compromiso, y al final dejé de llamarla. Preferí enfrentarme al problema cuando regresara del viaje.

Cuando volví, no era el mismo y ya no tenía ganas de seguir jugando a WoW. Me apresuré a hablar en persona con Rho, quien no se tomó nada bien mi decisión. Poniendo fin a la conversación, intentó darme un puñetazo en la cara. Semanas después, se calmó y aceptó mi decisión de no volver al juego y de romper la relación.

Antes de salir de viaje, llevaba casi un año sin relacionarme con nadie y me aterrorizaba la idea de hacerlo. Viajar implica confiar en desconocidos, ser amable y trabajar en equipo. Aquella experiencia me sirvió para darme cuenta de que no era el ermitaño antisocial que pensaba que era en la vida real. Superé mi miedo gracias a la seguridad y la capacidad de liderazgo que desarrollé en el juego. Toda esa toxicidad quedó atrás con Rho.

Acabar con mi adicción al juego me propició un crecimiento físico y emocional. Me dio fuerzas para abandonar aquella relación nociva, viajar por el mundo y entenderme mejor a mí mismo.

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*Se ha cambiado el nombre para preservar el anonimato de la protagonista.

Traducción por Mario Abad.