NME creó una escena indie de la nada en 2002 y la volvió todo un éxito

NME creó una escena indie de la nada en 2002 y la volvió todo un éxito

Exmiembros del Staff de NME nos cuentan cómo hicieron para que tantas personas se interesaran por The Strokes, The Libertines, y "las otras bandas".
29.11.17

Este artículo apareció originalmente en Noisey UK como parte de la celebración de quince años de Vice en el Reino Unido.


The Osbournes lograban las notas más jugosas cada semana. Una gráfica semanal de ringtones era el mejor indicador de la música más popular del momento. La portada era básicamente una cinta transportadora de dudes con cabello largo y botas puntiagudas (excepto en esa ocasión que Kylie apareció en ella) y el encabezado preguntaba con toda sinceridad, “¿Qué es el emo?” Eso era NME en 2002.

Hace 15 años, NME se encontraba en un período de transición. A finales de lo que Peter Robinson —editor de Popjustice y colaborador de NME en aquel entonces— llamó “el final del culo del Britpop”, y mientras el cambio de milenio humedecía el amor del Reino Unido por la música dance, el semanario tenía que encontrar algo nuevo con lo cual emocionarse. Por fortuna encontraron a The Strokes y a The Libertines y, de acuerdo con el entonces editor, Conor McNicholas, “crearon una escena de la nada”. Para cualquiera que siguiera la música que sí emocionaba, NME estuvo al centro de dicha escena y se convirtió en una voz definitiva de la cultura que estaban reporteando. En el contexto de recordar al año que vio nacer a VICE UK, le preguntamos a algunos personajes clave de NME cómo era trabajar en la revista —desde ir a comer con Oasis hasta encontrarse de frente con The Libertines en un bar—, y por qué la revista tuvo tanto significado.

Conor McNicholas – Editor

En 2002, nos adueñamos de la escena por completo. Si miras las gráficas de venta de NME, existe una ligera curva de disminución desde 1964. Pero hay dos picos donde incrementaron —de 1977 a 1978, cuando NME se sumó al tren del punk, y de 2002 a 2005. Nos pasó de una forma que no sucedió con el indie en los 80 o el Britpop en los 90, y la diferencia estuvo en que éramos dueños de la escena. El Britpop fue propiedad tanto de los tabloides como de NME —todo el rollo Blur vs Oasis— mientras que nosotros éramos dueños de una escena a la que nadie más tenía acceso. De la nada surgieron bandas como Kasabian, Bloc Party, Kaiser Chiefs, Kings of Leon, The Killers, una explosión de música increíblemente genial, y nadie más podía entender lo que sucedía porque estaba basada en la experiencia en vivo. La gente me dice, “qué suerte tuviste, porque tuviste una escena monumental con bandas magníficas”. Nosotros construimos esa puta escena. No apareció solita.

La dirigí como un diario visual. Básicamente me dije, “no estoy interesado en poner en la revista a nadie que no tenga buen peinado ni buenos zapatos”. No importa qué tan buena sea la música, no puedo emocionarme con un grupo que no se ve bien. Cuando Franz Ferdinand surgió a finales de 2002, sus integrantes tenían peinados increíbles y zapatos extraordinarios. Gracias a la conversación que tuvimos con la industria discográfica y las señales que estábamos mandando, los sellos discográficos sabían de antemano que si querían entrar a NME tenían que verse muy cabrón. Colocar ese filtro provocó que repentinamente grupos como Kasabian cambiaran su look. No importaba si significaba algo: de la nada tenías algo de qué escribir.

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La idea de empezar a trabajar a las 10 de la mañana es una locura en esta época, pero era lo que teníamos que hacer porque la mayoría salía la noche anterior. Mirabas las listas de lugares donde iban a tocar las bandas, mandabas mails a los encargados de relaciones públicas con minutos de anticipación y te metían en las listas de invitados. Nos montábamos en taxis de un evento a otro, y después todos terminábamos en el Marathon Bar de Camden. Era como vivir en una especie de parque temático del rock. Y la oficina llegaba a ser un ambiente brutal. Llevé a brillantes periodistas y editores que de plano no aguantaron, porque te podían rechazar a la primera. A algunas personas se les permitía entrar al círculo, a otras no. Es extremadamente intimidante caminar hacia el estéreo de la oficina y poner algo que todo mundo va a escuchar. En eso consiste el trabajo. De entrada, si no puedes hacer eso, no deberías estar en la revista.

Sylvia Patterson – Escritora freelance

En 2002 freelanceaba totalmente y lo hacía de una forma muy precaria porque había "renunciado" por un disgusto de proporciones mayúsculas en 2001 [a causa de una portada de revista con la palabra "Miami" deletreada sobre los senos desmembrados de una mujer]. Mi papel era simplemente el de "acatar órdenes" cuando me lo pedían. Yo era de la vieja guardia en ese entonces y había una vibra muy clara de nueva generación en NME para ese momento. El equipo editorial tenía una obsesión enfermiza, hasta cierto punto entendible, con The Strokes, The White Stripes, y The Libertines, a quienes estaban determinados a convertir en el corazón de NME. Pero me parecía todo un tanto desesperado, este hablar y hablar de las bandas que veían ahora como "cool". Me pidieron entrevistar a John Lydon y me dieron una lista de preguntas de parte de Los Poderes Que Reinaban, específicamente sobre lo que pensaba de The Strokes y The White Stripes, "porque sería de mucha utilidad para nosotros". ¡Estamos hablando de Johnny Rotten, quien tal vez tenía algo interesante que decir sobre, no sé, la puta humanidad! Me sentí avergonzada de pies a cabeza y me volví a disgustar.

Pero también recuerdo que me la pasé muy bien con Oasis ese año. Estábamos en Aberdeen con Liam y Noel para una historia de portada, en el lounge de un hotel escocés con paredes de tartán. Liam había cambiado el ugali que servían en el hotel por una bolsa de papas con gravy que compró a la vuelta, argumentando que había sido "agredido" por niños locales quienes "probablemente creyeron que era Gareth Gates". Noel era muy irritante, diezmando la cultura del 2002 —las fuerzas dominantes del momento eran los reality shows, la revista Heat, la cultura de las celebridades en general y en especial los programas televisivos de talento—. Todo ello redefinió el mercado popular que Oasis y los chiflados del rock 'n' roll de los 90 dejaron de ocupar. "Idiotas ordinarios de Tesco sin puto talento que cecean o pendejos famosos en la jungla", recriminaba.

Personalmente, el 2002 fue el final de una era. Posiblemente el final del espíritu de NME como lo conocí en los 70, 80, y 90. Era tiempo de una nueva era, de una nueva generación, una nueva voz. Llamémosla la era VICE.

Alex Needham – Editor asociado

Mi comienzo en NME coincidió más o menos con el lanzamiento del primer sencillo de The Strokes, así que le sacamos jugo. Parecía algo que estaba dentro del nicho de NME, pero también era muy evidente que eran una bandota desde el principio. Es difícil basar una revista alrededor de una sola agrupación, y por lo mismo buscamos otras cosas que también pudiéramos cubrir. Las personas en la oficina tenían diferentes gustos musicales, y nosotros éramos un poco más experimentales en nuestro alcance. Kylie aparecía en la portada porque "Can't Get You Out of My Head" había sido un éxito tremendo, y porque cada género tiene un álbum que a todos nos gusta. Pero no todos lograron aparecer en la portada. Casey Spooner de Fischerspooner me llamó un día y me dijo, "¿A quién se la tengo que chupar para salir en la portada?" Nunca lo lograron; saquen sus propias conclusiones.

Recuerdo que fui a tomar con James Endeacott el último día de trabajo en la Navidad de 2002, y Pete Doherty y Carl Barat de The Libertines llegaron después de firmar con Rough Trade ese mismo día; en un estado eufórico, como habría de esperarse. Fue en un bar de Gray's Inn Road. Honestamente no recuerdo mucho qué pasó, seguramente estaba en un estado igual de deplorable que ellos.

Peter Robinson – Editor adjunto

Más o menos en 2002, Conor McNicholas habló de un relanzamiento y mencionó la idea de tener una cuartilla semanal de entrevistas. Eso finalmente se convirtió en Peter Robinson Vs, sección que funcionó durante casi una década y en la que básicamente yo tenía que ser grosero con los músicos; la dinámica era más chistosa en ese momento que ahora. Creo que el hecho de encontraran a alguien cada semana dispuesto a aguantar mis estupideces dice mucho de la importancia que tenía NME en esos días; valía la pena el riesgo con tal de tener una cuartilla en la revista.

Es extraño pensar en la actualidad que en 2002 todavía podías tomar una revista y que fuera el primer lugar donde leerías sobre una banda nueva, o te enterarías si alguien estaba por sacar nueva música. En 2002, aún era posible tener la noticia de último minuto y sorprender a las personas con una revista semanal. Obviamente en 2017 ni siquiera es posible hacerlo con una publicación que sale todos los días.

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Por más que no me haya interesado un carajo The White Stripes o The Libertines o quien haya sido, esa época en NME es un gran ejemplo de una revista que estaba en el corazón de una escena súper emocionante. Supongo que había más espacio y tiempo para salir, emborracharse y lidiar con las resacas.

Anthony Thornton – NME.com editor

Nos inventábamos las cosas a medida que avanzábamos. Había esta sensación de que estábamos montándonos en el espíritu de los 70, donde no había reglas y podíamos hacer lo que quisiéramos. Salíamos todas las noches y trabajábamos 15 horas diarias, pero fue el momento correcto para estar ahí. Estábamos obsesionados, y cuando pasaba algo grande lo seguíamos de principio a fin.

Salía cuatro o cinco noches a la semana, y veía tocar entre tres y cuatro grupos por noche en dos o tres recintos. En ese entonces había muchos conciertos secretos. Pero de cualquier forma nos esperaban en la oficina al día siguiente. Mi rutina consistía en dormir a la una, dos, tres de la mañana y presentarme a trabajar al día siguiente. Supongo que sólo seguíamos con la inercia.

En 2002, The Libertines fueron mis paladines. Los vi en Camden Barfly como teloneros de The Vines como parte de la gira del 50 aniversario de NME. Me gustaron tanto que me tomé el día libre para verlos de nuevo en Bristol un par de días después. Aparecieron bailando entre el público, y lo único que pude pensar es que iban a ser especiales. Así comenzó para mí y para The Libertines. Comencé a salir con ellos mucho más.

Había esta idea de que NME era un consenso y que todos estábamos de acuerdo, pero era todo lo contrario. Cuando surgió The Streets, la mitad de la oficina dijo "Esto es lo mejor que ha pasado", y la otra mitad dijo "No entiendo, ¿es broma?". A todos les importaba un montón y estaban dispuesto a pelear por lo que creían que estaba bien. Había guerras de música en el estéreo de la oficina en las que la gente se paraba y ponía a todo volumen lo que sea que estuviera sonando en ese momento. Era un lugar increíble para trabajar. Había música todo el tiempo, tenías música gratuita, boletos para ir a conciertos, salías todas las noches, y pasabas todo el día hablando y discutiendo sobre música. Hubiera sido muy difícil no pasarla bien.

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