El viaje: Es el Estado
El viaje

El viaje: Es el Estado

El viaje es un espacio mensual para alterar nuestras propias conciencias en torno a las drogas y la política de drogas.
30.1.18

Alejandro Madrazo es Investigador del Programa de Política de Drogas del CIDE.

Las drogas son fascinantes. Desde el inicio, me han abierto ventanas para asomarme a observar cómo funcionamos los humanos. Las drogas nos divierten, angustian, enseñan, curan y enferman, dependiendo, claro, de la sustancia, el contexto, la persona y muchas otras variables. Las drogas pueden abrir o cerrar nuestros horizontes; estrechar o alienar nuestras relaciones con los demás. Nos permiten asomarnos a los distintos planos en los que existimos: fisiología, química, cognición, moral, costumbres, rituales, economías, prácticas sexuales, herencias culturales, historia, leyes, e incluso nuestros acuerdos políticos más elementales.

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Por supuesto, lo mismo podemos decir de muchas otras cosas, como de los alimentos, por ejemplo. Pero las drogas, aun cuando son casi igual de omnipresentes en nuestras vidas como la comida —incluso forman parte de la ésta, como el café— levantan más pasiones. No hemos suscrito tratados, militarizado regiones enteras, estigmatizado sistemáticamente a sus consumidores, separado familias, o violado la Constitución por inhibir o fomentar el consumo del taco.

Yo le entré en serio a las drogas desde dos problemas específicos y en momentos próximos en tiempo y espacio. Primero, me involucré en los esfuerzos por regular el tabaco, una droga lícita, sumamente adictiva y devastadora en términos de salud. Al poco tiempo, empecé a involucrarme en la regulación de la mariguana, justo cuando Felipe Calderón lanzaba su tristemente célebre “guerra contra las drogas”. Así que conozco, y sé hablar, sobre todo, del tabaco y las tabacaleras, la mariguana y la guerra contra las drogas.

Las drogas, bien entendidas, deben ser abordadas —como tema o como herramienta— para ampliar nuestra experiencia, no para limitarla. Así que quisiera hablar de otras cosas menos trilladas (al menos, para mi) que la regulación de la mariguana o el tabaco. Explorar el tema más allá de mis terruños va a tomar tiempo, y espero que este espacio sirva para que lo exploremos juntos. Estaré, pues, reportando lecturas, lanzando ideas, planteando problemas y a veces hasta proponiendo soluciones. Las más de las veces, las ideas y las propuestas estarán a medio cocer y los problemas y lecturas a medio entender. Así son las drogas: nos revelan los límites de nuestra imaginación. En todo caso, empezaré por los problemas más próximos y por mi país. Si tenemos suerte, terminaremos en terrenos y tierras ajenas. Espero sea el inicio de un viaje que nos lleve construir una mejor relación con las drogas y con nuestros pares, nuestras comunidades, nuestras leyes y nuestros gobiernos.

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Muchas drogas están hoy prohibidas. La justificación más frecuente para sostener la prohibición de las drogas es que consumirlas lleva a quienes lo hacen al delito y a la violencia. Hoy vivimos cotidianamente con niveles y formas de violencia que hasta hace poco parecían inimaginables. Es común escuchar que violencia, delito y drogas van de la mano. Lo cierto es que el vínculo entre drogas y violencia —si queremos entenderlo con seriedad— hay que buscarlo en los esfuerzos por hacer efectiva su prohibición antes que en su consumo.

La pregunta interesante es: ¿cuáles son los mecanismos mediante los cuales la prohibición genera violencia? Entre más estudio el fenómeno de las drogas, más encuentro, como origen de la crisis actual, decisiones concretas del Estado. Fue el Estado el que prohibió las drogas y, al hacerlo, generó la oportunidad para un muy redituable mercado ilícito que llevó a los consumidores a la clandestinidad —y los riesgos que conlleva— en los márgenes de la sociedad. Esa prohibición, con el tiempo y con las enormes utilidades que genera, financia en gran parte las actividades de la delincuencia organizada. La prohibición es la que se usa para justificar la represión estatal, con frecuencia violenta, de amplios sectores sociales, usualmente jóvenes y pobres.

Más allá esas consecuencias —resultado casi necesario de prohibir una mercancía taquillera—, cuando hablo de decisiones me refiero a las decisiones históricas que han engendrado las distintas violencias que hoy nos aquejan. ¿Quién transformó la goma de opio mexicana de un producto con un horizonte regional en una mercancía capaz de sostener emporios transnacionales? La historia oral en Sinaloa señala reiteradamente que fue el Estado (el vecino, al norte, en este caso, que necesitaba opio para sus soldados durante la segunda guerra mundial, y lo hizo con el visto bueno de nuestro gobierno). ¿Quién convirtió a México en la ruta principal para ingresar cocaína a EU? Fue el Estado (nuevamente, el vecino, al cerrar la ruta que aterrizaba en Florida, sin que nuestro gobierno objetara las consecuencias geopolíticas de esa decisión). ¿Quién formó a aquellos que innovaron formas de organizar la delincuencia, transformando a los pistoleros mexicanos en ejércitos privados que despliegan tácticas de terror para ejercer control territorial? Nuevamente, fue el Estado, reclutando y mandando a entrenar a EU —y más tarde asignando a tareas de policía judicial en Tamaulipas— a los militares que tiempo después fundarían a Los Zetas y, al hacerlo, revolucionarían la industria criminal en México y el mundo. ¿Quién dispersó la violencia a lo largo y ancho del territorio nacional al lanzarse en un “combate frontal” contra el narcotráfico? Fue el Estado. ¿Quién sumió a México en una crisis de derechos humanos sin precedentes? Fue el Estado.

Lo que busco subrayar aquí es que estamos como estamos por decisiones de política pública. El narcotráfico, la delincuencia organizada, la vorágine de homicidios, la crisis de derechos humanos, la profunda transformación política que implica la militarización que hoy vivimos, no son fenómenos climáticos que tengamos que simplemente sortear de la mejor manera posible. Son resultado de una serie de decisiones erradas, usualmente tomadas desde la ignorancia y el prejuicio sobre qué hacer con las drogas. No son fenómenos que estén fuera de nuestro control. (Sin duda también hay decisiones tomadas de mala fe, y —sobre todo— creo que la intención pasa a segundo plano cuando el resultado es así de catastrófico.) Lo importante es que son decisiones y no chaparrones. En consecuencia, está en nuestras manos revertirlas, cambiarlas y explorar alternativas. Para ello, lo primero es informarnos sobre las drogas y, sobre todo, creo yo, sobre las consecuencias de la política de drogas. Empecé a investigar estas políticas a partir de una preocupación por lo que está pasando en nuestro país desde que decidimos irnos a la guerra en contra de nosotros mismos, en nombre de un problema —el consumo problemático en gran escala— que no es nuestro, sino de nuestros vecinos.

Lo que busco con esta columna es la alteración de nuestras propias conciencias en torno a las drogas y la política de drogas. Porque sólo cuando hagamos conciencia del enorme daño que nos hemos hecho con la prohibición, y de las muchas oportunidades que dejamos pasar al desaprovechar las riquezas culturales, médicas, económicas y sociales que traería una regulación sensata de las drogas, estaremos en condiciones de empezar a transitar el camino necesario para que el Estado deje de ser una amenaza para sus ciudadanos.

La bitácora del viaje será mensual.