A Jack White y Julian Casablancas ya les importa una madre todo

El nuevo álbum de The Voidz 'Virtue' y el álbum #1 de White 'Boarding House Reach' son experimentos genéricos que nos hacen cuestionar la mera autocomplacencia.
Foto de Jack White por Yui Mok/PA Images vía Getty Images / Foto de Julian Casablancas por Daniel Zuchnik/WireImage

Si alguna vez dudaste de las muchas posturas que ha adoptado a lo largo de su carrera, Julian Casablancas nunca se ha preocupado demasiado por todo el asunto de "ser famoso". Nunca ha visto mucha correlación entre el arte que realmente importa y el grado en que resuena en el mundo en general. Es posible que alguna vez haya cantado que no quería ser “olvidado”, pero en los años transcurridos desde que alcanzó la aclamación internacional, ha dicho más o menos, con un suspiro, que realmente le importa una mierda.

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Según explicó en una entrevista reciente con Vulture, todas las grandes personalidades de la historia, como Jimi Hendrix o Ariel Pink, nunca recibieron la aclamación que merecían (sin importar la lista de éxitos de Hendrix y sus apariciones cambiantes en festivales culturales). "En este momento, estamos atrapados en la publicidad de quien sea que tenga la propaganda más escandalosa" conjeturó. En su canción "Permanent High School" del nuevo disco de su banda The Voidz, expresa directamente esta idea, cuando canta sin rodeos: "No porque algo sea popular, significa que es bueno".

Lo bueno de este momento en particular en el que ha decidido que no le importa un carajo, es que no está solo. Por no hablar de los nativos del Internet que experimentan y tratan toda la historia de la música occidental como materia prima para hacer un montón de basura con relación a los dioses del pop, el álbum número uno de esta semana, lanzado por Jack White, el viejo amigo de Casablancas, también es el producto de que no le importe un carajo. White dijo muy abiertamente en las entrevistas: "Este álbum es la culminación de que 'No me importa'", le dijo a la Rolling Stone hace un par de semanas.

Puede sonar como una postura infantil y especialmente ridícula, debido al grado en que definieron lo que significaba ser popular en la música rock a principios de la década de 2000 (con una mentalidad nostálgica, significativamente rica, modestamente atractiva y totalmente deslumbrante). Sin embargo, su postura se vuelve interesante a medida que se acercan a la edad media artística. En lugar de conformarse con los sonidos exitosos que los hicieron famosos, se confrontan con todas las estructuras que defienden el status quo de la música pop y están dispuestos a darles la vuelta a como dé lugar.

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Un poco del estado mental actual de Casablancas podría ser atribuido a la respuesta de su primer álbum con The Voidz, Tyranny, un álbum progresivo lleno de rabia, de solos brillantes y abstracciones épicas que destrozaron la melodía que los fans habían esperado de su trabajo fuera de los Strokes. A pesar de que ser bien recibido, la respuesta crítica se encontraba entre muda y desconcertada: una ceja alzada en dirección a las canciones de 11 minutos sobre el terror existencial.

Casablancas y compañía al parecer lo tomaron como un reto con Virtue, que le apuesta todo a las contorsiones de la composición y los trucos estilísticos para despistar. Tan sólo en las primeras canciones, la banda se sumerge tanto en el new wave ("Leave It in My Dreams") como en la surrealista exotica EBM ("QYURRYUS") con algunas interrupciones hardcore en "Pyramid of Bones". El mandato de su nombre, según Casablancas en una entrevista reciente, es "explorar lo inexplorado", e incluso si se percibe más como si estuvieran viajando en diferentes épocas de la historia del pop, hay algo que sí se está llevando al límite.

Virtue te puede provocar una lesión en el cuello, no apto para los que tienen una columna vertebral débil, pero también tiene un peso real, dada la fascinación de Casablancas por la manipulación de los medios de comunicación propagandistas y el estado abrumador de la política mundial. El estilo evoca la sobrecarga de vida moderna, el sonido de todas las playlists de Spotify, tanto las patrocinadas por Nike como las temáticas, se derriten y sangran juntas en un escurrimiento pop. Es alternativamente molesto y eufórico, el tipo de genialidad al límite e incoherente que solo puedes alcanzar cuando te acercas a tu arte sin expectativas. Cuando no te importa nada en absoluto.

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Después de años de atarse a sí mismo con restricciones en las composiciones y de fetichizar a la vieja tecnología, el nuevo álbum de Jack White, Boarding House Reach, también se hizo con más libertad: la capacidad de recortar tomas y transformarlas en nuevas formas, aprovechando el legado de ritmos de rap y música house que también reside en su Detroit natal. Debe haber sido difícil para alguien tan dedicado a hacer las cosas en el momento que te pide bloquear tu celular en sus shows (seguro) para relajar estas restricciones, pero terminó con un disco mucho más lleno de vida que cualquier otro de su trabajo en la última década.

Hay espacios tenues de piano-funk con títulos como "Ice Station Zebra", experimentos con sintetizadores, breakbeats fragmentados que se acercan mucho más al drum and bass de lo que jamás esperarías que llegara un predicador del garage rock. Hay una canción, llamada "Get in the Mind Shaft" que hace uso de un cuadro de diálogo y un coro de gospel. Existe una sensación en general de él corriendo por el estudio, recogiendo cualquier juguete que tenga en sus manos y poniéndolos en cinta antes de que se aburra y los tire. ¿Qué si son buenas canciones? Ese no es el punto en realidad, para mis oídos, se trata más bien de introducir un poco de energía en la carrera de un chico que una vez dijo que no estaba seguro ni siquiera de que hacer música fuera divertido.

Si todo esto hace que estos discos suenen absurdamente autoindulgentes, pues, sí, lo son. Obviamente. Hay momentos muy desagradables y decisiones líricas dudosas, pero es hermoso a su manera. Tal vez soy el único que piensa que se acerca a un gran disco de rock, pero incluso con eso en mente, estos discos se sienten únicos como reflejos de la personalidad desenfrenada de sus creadores. Son ambiciosos, emocionantes, un poco feos, lo único que puede pasar cuando dejas de preocuparte. Y si mucha gente lo compra, eso no lo hace bueno, pero no le hace daño a nadie.

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