No todo puede ser Bogotá o Medellín: la música tiene que ser itinerante

EDITORIAL NOISEY | "En la trocha está la autoestima que muchas veces nos falta"

Ayer 15 de junio publicamos una noticia titulada "Iconofest: Un festival de metal para la zona veredal de Icononso". Básicamente, esta es una iniciativa que busca acercar la escena metalera al proceso de paz y, de paso, compartir algo de rock con los guerrilleros. Mejor dicho, un diálogo. La cultura es uno de los caminos para tenerlo.

Es por esto que, siguiendo la línea del Iconofest, desde NOISEY creemos que la música y los músicos deben ser itinerantes, nómadas, móviles de un lugar a otro por todo el país.

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Esto que proponemos no es nada nuevo. En otros circuitos, como el del vallenato o el de la música popular, esto de coger carro, rodar por todas partes (y llevar la música a todas ellas) es una práctica común. Sin embargo, es algo que no sucede tanto en eso que concebimos como "escena independiente", lo que sea que esto signifique. Bogotá es un crisol de culturas, y eso está bien, pero la trocha por recorrer es ancha.

Compartir metal en una zona veredal como lo va a hacer el Iconofest es también compartir historias, visiones, estéticas y lenguajes entre un país que tiene en su interior muchos otros países, muy distantes el uno del otro. Mostrarle a una región un estilo de música que prolifera en otra es también vernos a la cara.

Tres ejemplos.

"Sonidos enraizados" es un proyecto que desde 2012 viene investigando, documentando y divulgando proyectos de cultura de paz y memoria alrededor de las músicas tradicionales. Ha trabajado directamente con comunidades en el Caribe, el Urabá antioqueño, el Pacífico, los Llanos o el Putumayo. Gracias a ellos, y al puente de comunicación que han formado para traernos eso a la ciudad, hemos oído sonidos como el del Paito y la Gaita Negra, el bullerengue de Emilsen Pacheco, la chirimía del río Napi o Pampé y su arco de boca.

Otro caso: el del Oh'LaVille y Telebit, dos grupos bogotanos, que nacieron bajo referentes musicales de la ciudad y que en mayo de este año hicieron una gira por Santa Marta, Barranquilla, Cartagena, Manizales, Medellín, Bucaramanga, Tunja, Villavicencio y Bogotá. Todo el viaje lo hicieron por tierra. Fueron a confrontar su música, a dejarse permear por los encuentros del camino y, claro, a pasarla bien y fortalecer sus proyectos musicales. A ganar público.

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Y un tercero: en el 2013 Diego Maldonado fue junto a Mauricio Álvarez (Cero39) a presentar De Juepuchas! en Valledupar. El proyecto capitalino, durante su show, tuvo un espacio para improvisar. Juntaron sus máquinas con la caja vallenata, el acordeón y las voces de unas jóvenes cantaoras. El resultado fue diametralmente diferente al sonido que De Juepuchas! había ido construyendo. Tampoco era ese vallenato electrónico estilizado que sonó un tiempo en los aviones de Avianca, fue una conjunción orgánica entre dos estéticas. Esto hizo que todos se juntaran y lo materializaranen en un proyecto que se llamó Armadillo. Las barreras de esos múltiples países se habían roto para crear música.

Son tres maneras diferentes de asumirlo, pues no hay una sola forma de hacerlo. Y la tarea no solo les corresponde a los músicos. El público también puede recorrer el país. Colombia está plagada de fiestas todo el año: el Petronio Álvarez en Cali, el Festival de Ovejas en Sucre, el San Pacho en Quibdó.

Además del placer por el placer, en esta dinámica nos reconocemos como habitantes de estas tierras y, como efecto colateral, podríamos fortalecer en el proceso nuestra identidad y de paso dinamizar eso que denominamos como industrias culturales. El objetivo no debe ser solo tocar en Bogotá y de ahí salir del país, en la trocha está la autoestima que muchas veces nos falta.