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Reseñas del pack Todos los Tarzán de Lex Barker, La piel suave y La conquista del espacio.
15.11.11

TODOS LOS TARZÁN DE LEX BARKER
Varios directores
L’Atelier 13 La noción de Tarzán como un hombre de pelo en pecho que a todo bicho pone firme al grito de “¡Ungawa!” se viene abajo ante la visión de las películas de la MGM—y posteriormente de la RKO–, en las que el salvaje hombre mono de las novelas de Burroughs deviene medioburgués lampiño y repeinado que se balancea por la jungla como el que controla las hortensias de su jardín y luego se vuelve a su casita adosada en la copa de un árbol, donde espera su mujercita con la comida recién hecha. Tanto da la mixtificación, las películas eran divertidas. Lo eran las de Weissmuller y lo eran las de su sucesor, Lex Barker, un ex jugador de fútbol americano en cuyo currículo encontramos posterior presencia en westerns alemanes, fugaz participación en La dolce vita de Fellini, protagonismo en Aoom, de Gonzalo Suárez (¿Tarzán en Bocaccio?) y cinco matrimonios como el rosario de la aurora, el último de ellos con la actual baronesa Thyssen, Tita Cervera. ¡Ungawa, Tita! Lex fue Tarzán en cinco films de baratillo, poca cosa pero entretenidos, dirigidos con el pragmatismo del que de algo tiene que comer por amanuenses como Lee Sholem, Byron Haskin, Cy Endfield y Kurt Neumann. La función se la lleva en todos la mona Chita, una de las grandes robaescenas de la historia, pero Barker se revela como un Tarzán bastante apañado, a la estela del creado por Weissmuller porque así lo exigían los productores, y sus películas recuperan el poso fantástico (civilizaciones perdidas, fuentes de la vida y tal) de las novelas originales, lo cual es de agradecer porque ver al hombre mono trajeado en Nueva York fue traumático: lo siguiente hubiera sido enviarlo al espacio, no lo duden. El pack se completa con un Tarzán de factura turca, que a pesar de su procedencia no es ni mejor ni peor que las americanas, y un abultado libreto donde se explica todo. ¡Ungawa! LA PIEL SUAVE
François Truffaut
Avalon La cuarta película de Truffaut es un melodrama en el mismo sentido en que algunas de las de Carpenter son westerns; los códigos que maneja son reconocibles, son los del melodrama de toda la vida, pero Truffaut, cinéfilo de pro con más films en sus retinas que esporas hay en una seta, los transfigura en La piel suave en carne de nouvelle vague para crear lo que no es tanto una historia de amor y desamor o una mirada sobre la crisis de la mediana edad, ese tema tan caro a la cinematografía gabacha de la época, como una sutil, pero punzante, crítica a la doble moral, la carencia de imaginación y el egocentrismo de la media burguesía. Encarna a ésta Lachenay, un escritor y conferenciante especializado nada menos que en Balzac; un tipo de costumbres regulares, casado, aburrido, tan gris que probablemente contemple lo tedioso de su existencia como el estado natural de las cosas. Durante un viaje a Portugal se encapricha de una joven azafata, a quien contra todo pronóstico se camela, y con quien prosigue idilio una vez regresan a Francia. La liaison funciona, al menos por un tiempo, pero dadas las diferencias entre ambos—de edad e intelectuales, pero también de carácter; el escritor es en el fondo un pobre hombre, y ella posee un temple que al principio no se sospecha–, aquello no puede sino terminar en desastre. Planea sobre toda la película una ominosa sensación de fatalidad, una atmósfera que François Truffaut era un maestro creando con los materiales más banales: idear, planificar y hacer que funcione una secuencia como la del teléfono público y las fichas está al alcance de muy pocos. Avalon ha editado también Jules et Jim, dentro de una colección en blu-ray que promete placeres nada culpables. Festival, pues. LA CONQUISTA DEL ESPACIO
Byron Haskin
L’Atelier 13 De los barrios pobres de Hollywood surgió en los años 50 una respetable cantidad de seres del espacio exterior con cabeza de pepino y de melón, diecisiete ojos, escamas, poderes mentales, un robot como mascota y piel en blanco y negro; algunos traían buenas intenciones, y así les iba, y la mayoría malas pulgas, y así les iba también porque con los americanos no había quien pudiera. La conquista del espacio no iba por ahí. Estrenada en 1955, aquella fue una intentona de ciencia-ficción, digamos, “realista”, en la que la tripulación de una estación en órbita geoestacionaria (la Rueda, por su forma diríase que precursora de la de Kubrick) sufre fatiga espacial, ve llegar a la luna como una gesta prácticamente homérica, aún menos claro tienen lo de llegar a Marte, se les deforma el rostro por la aceleración, se mueven lentos y torpes en ingravidez y finalmente se encuentran en un planeta rojo más inhóspito que Marina d’Or en invierno. No carece La conquista del espacio de su cuota de patochadas (¿típico personaje graciosete? pues sí; ¿discursito absurdo? también; ¿nevada en Marte el día de Navidad? hala, ya puestos…), pero también presenta aciertos: el comandante de la nave padece una neurosis cristiana galopante a media misión, el cuerpo de un cosmonauta muerto se queda enganchado al fuselaje provocándoles a todos gran mal rollo, un brusco acelerón de la nave provoca hemorragias a sus tripulantes… Detalles bien puestos. Y como al frente del percal están el director Byron Haskin, un profesional sin alardes pero sólido como una roca, y el productor y mago de los efectos especiales George Pal, la cosa puntúa medio/alto. JESÚS BROTONS