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Pase y llore

¿Los ricos empiezan a querernos?

¿Qué se traen los multimillonarios que a últimas fechas se dicen preocupados por la desigualdad y por qué chingados los magnates mexicanos se quedan tan calladitos?
24.7.14

Gates, Buffet y Adelson. Están hartos de que no los dejen importar mano de obra barata sin complicarles la vida.

Todos sabemos que los multimillonarios no tienen un concepto muy favorable de las masas de jodidos que trabajan para enriquecerlos. Desde siempre, pero con mayor fuerza durante las últimas tres décadas, han impulsado leyes para desmontar el apoyo del Estado a las amplias mayorías (por regla general bastante menos ricas que ellos) y más de una vez incluso se han dado el gusto de hablar acerca de su desprecio por ellas públicamente. Pero algo aparenta estar cambiando (la palabra clave es "aparenta") en la más reciente temporada de la larga, larguísima serie llamada "Libre Mercado".

De vez en cuando, miembros aislados de los marranamente ricos (el ejemplo obvio es George Soros, aunque no ha sido el único) se han vestido de altruistas para una entrevista por aquí, una relajada charla con gente igual de rica que ellos, o poco menos (aunque ni de cerca pobre) por allá. La diferencia es que de unas semanas para acá, otros integrantes de esa banda se han probado prendas de ese estilo en público y han decidido que les quedas a todas vergas. Gracias a esto, hemos llegado a contemplar el momento en que personajes como Christine Lagarde (directora del FMI) o el príncipe Carlos, de quienes nunca habríamos esperado algo remotamente parecido a una sensibilidad social, se han deshecho en frases grandilocuentes sobre evitar que la economía de mercado siga dañando a las mayorías, y que el dinero sirva a la gente. La moda ha resultado tan persuasiva, que incluso representantes de McDonald's han dejado adivinar que no se enojarían si se decide incrementar los salarios mínimos en Estados Unidos.

George Soros: pionero en decir que los pobres también importan.

Ya sabíamos que Soros es fan de sí mismo cuando se trata de posar como enemigo de los ricos (aunque no ha logrado dejar de ser rico, a pesar de todo lo que se esfuerza), pero viniendo del resto, palabras como ésas no dejan de resultar disonantes. La ventaja es hay personajes (pocos, pero en fin) con capacidad de incidencia en políticas sociales que han decidido empujar las cosas sobre ese riel. Uno de ellos es el alcalde de San Diego, que impulsó y, junto con los representantes locales (de mayoría demócrata, ofcors; el cambio aún no es tan a fondo), logró concretar una reforma que elevará el salario mínimo por hora gradualmente, hasta llegar a 11.50 dólares para 2017. El discurso con que se difundió la propuesta funcionaba de manera parecida al de los multimillonarios recién convertidos en luchadores sociales: protección social, reducir la brecha de ingresos, igualdad de oportunidades, etcétera.

Por supuesto, incluso instituciones tan deformes como el FMI o la corona británica saben que hay un límite para la hipocresía que podemos tolerar, así que entre sus razones han incluido las que probablemente sean sus motivaciones auténticas: que los ricos no podrán seguir haciéndose ricos si el resto de la población (casi toda, pues) sigue estando tan abismalmente jodida. Por un lado, está el hecho de que una economía basada en el consumo puede llegar a tener problemas si las mayorías no tienen dinero para, pues, consumir. Del otro lado está el riesgo, bastante cercano para muchos, de que comiencen a multiplicarse conflictos sociales y rebeliones a partir de la inconformidad, no tanto con la desigualdad en sí, sino con unas posibilidades de vida que sencillamente resultan indignas.

Nick Hanauer: '¡Ahí viene la revolución!'.

Un ejemplo de esto último lo dio Nick Hanauer con un texto en el que invita a sus colegas cagalana a replantear su postura ante las leyes orientadas a paliar las carencias de las clases descapitalizadas. Hanauer, un inversionista, asesor financiero y fundador de varias compañías de internet (fue uno de los primeros socios de Bezos en Amazon) se asume como parte del .01%, no del 1%. Es decir, estamos hablando de alguien que, en caso de desabasto alimentario, podría empezar a comerse sus billetes y tardaría muchos años en morir de hambre. Para él, todos los indicios históricos apuntan a que cualquier situación de inequidad acentuada, como la que vive el mundo capitalista y en concreto Estados Unidos en estos años, termina por resolverse con alzamientos sociales si las cúpulas políticas no le ponen freno. Plantea el asunto de manera pragmática, casi cínica: si el Estado, alentado por los multimillonarios, trabaja a favor del restablecimiento del poder adquisitivo de la clase media, los más ricos podrán seguir haciendo negocios con toda comodidad. Y volviéndose más ricos.

Un argumento en parte similar es el que plantearon los tres ultrapinchemultimillonarios que pidieron al congreso estadunidense ponerse de acuerdo de una vez para lograr una reforma migratoria. Warren Buffet, Bill Gates y Sheldon Adelson escribieron en el NYT sobre el tema, invocando cosas como el humanismo y la justicia, pero sobre todo, la disponibilidad de mano de obra barata. Según ellos, también, bajarle dos rayitas al capitalismo salvaje puede ser no sólo un asunto estratégico para incrementar sus fortunas, sino que, de paso, resultaría que estarían de hecho ayudando a un montón de jodidos.

Puede que haya unos jirones de sinceridad en estas muestras de pragmatismo y que el mensaje que tanto Soros, como Hanauer, Gates, Buffett y Adelson quieren pasar al resto de los ocupantes del primer eslabón de la cadena alimenticia (la mayoría de ellos sigue plantado en el dogma del libre mercado como única directriz para la política social, no lo olvidemos) es en esencia un consejo financiero en el que tienen plena confianza. Aunque también es muy probable la opción contraria: que la estrategia no sea llevar a la práctica ese discurso, sino el efecto mediático de difundirlo, sin esperar que tenga ningún resultado en términos de legislación. Digo, toda esta gente que hemos mencionado está en el ramo empresarial de hacer dinero. No les viene mal presentarse como caudillos de la justicia frente a un gobierno paralizado (al menos en materia económica), que ha visto crecer en los últimos años la desigualdad en Estados Unidos hasta los mayores niveles desde la Gran Depresión.

Más allá de sus motivaciones (que por otro lado, no deben importarnos gran cosa, sobre todo comparadas con el resultado factual de sus actos; sobra decirlo), el hecho es que cualquier incidencia que esta moda, o lo que sea, tenga en términos de leyes orientadas a paliar la injusticia social, no puede ser del todo mala. Lo más frustrante del asunto, y en general, lo que debería importarnos más, es por qué los ricos de México no parecen darse por aludidos. Aquí se siguen apretando las tuercas de las graznadas "reformas estructurales" (¿soy la única a la que le da gastritis cada que lee esas palabras juntas?), para consolidar un modelo que los industriales gringos cada vez cuestionan más en su propio país. Y los ricos de nuestro país jalan parejo en el tema.

Es cierto que muchas de las modas del "primer mundo" tardan en ser localizadas, interpretadas y adaptadas a nuestro entorno. En una de ésas, podemos aplicar la recomendación del gobierno federal: rentar una silla y sentarnos unas cuantas décadas a ver los resultados de las reformas. En caso (remoto, claro) de que éstas no traigan prosperidad a las masas, ahí estarán los millonarios mexicanos para llamar la atención sobre la desigualdad y proponer un cambio de enfoque.

Christine Lagarde. 'Alguien piense en los pobres gringos y europeos. Un saludo también para los mexicanos'.

Lo extraño es que, incluso las personas que ya han tomado parte de una moda, tratándose de México retroceden al ciclo anterior. Lo digo por Christine Lagarde, quien alerta de los efectos dañinos que el mercado libre llevado a su extremo ha tenido en Europa y Estados Unidos, pero no en México. Y así, le parece digna de elogiarse la serie de reformas recientes que el gobierno de Peña Nieto ha logrado imponer en el congreso. Entre otras cosas, se dijo admirada y llamó a México "una inspiración".

Sería muy bonito creer que la mente de Lagarde está llena de paradojas fascinantes, que su pensamiento contradictorio la hace candidata a un análisis clínico y que alguien debería refundirle un puño de antipsicóticos. La explicación es otra, más simple y más triste: cuando el FMI alerta sobre la desaparición de la clase media, el ensanchamiento de la brecha económica y el cálculo de posibilidades del colapso de la economía, se refiere a la parte del mundo que importa (evidentemente, hasta teclear para aclararlo es un gasto inútil de energía): Estados Unidos y Europa Occidental. Cuando los ricos estadunidenses llaman a frenar el despojo a las clases madreadas, se refieren a las clases madreadas de allá. Después de todo, el riesgo mayor es que las economías occidentales se debiliten al punto de que se vuelvan vulnerables ante el ascenso de nuevas potencias comerciales. Uno de los medios para impedirlo es que los países subordinados de quienes dictan las leyes en los organismos económicos internacionales, como México, se mantengan como tales. Por eso nadie que se encuentre dentro del .01% piensa hablar de que la miseria aquí resulte un problema grave, aunque sea mucho mayor que en el gabacho.

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