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Cultură

Un homeless metido a librero me recomendó leer a Henry Miller

Este ex-celador leía un libro cada noche cuando trabajaba en el hospital. Se quedó sin trabajo y decidió 'montar' una librería al aire libre en el centro de Madrid. Su gusto literario es exquisito.
26.1.15

El cielo de Madrid está negro, plomizo, si abres la boca puedes paladearlo. Sabe a ceniza y a derrota. Este hombre lo sabe bien. Se llama Claudio y vive en una de las calles más amplias de Madrid (Princesa), lleva un gorro para protegerse del frío y está resfriado desde hace semanas. Trabajaba de celador en un hospital hasta que se acabó su contrato, y de eso hace más de tres años. No le renovaron, ¿a quién le renovaban en el momento más jodido de esta puta crisis? De hecho, ¿a quién le renuevan ahora?

Claudio logró vivir del paro durante dos años y 6 meses, y cuando se le acabó el dinero desembocó en las calles grises de una ciudad cada vez más gris. A Claudio nunca se le ocurrió pedir limosna. En el hospital leía un libro por noche, algo que ninguno de nosotros puede decir. Ahora lee, sigue leyendo, y duerme y come en la calle. Y vende libros para sobrevivir.

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"Empecé con seis o siete libros, no más, y he ido creciendo hasta los más de 80 que tengo ahora". Claudio no exagera. Sobre varios muebles que ha encontrado en la calle están colocadas unas cuentas docenas de títulos, bien dispuestos y tan bien elegidos como el Orlando de Virginia Woolf, las tragedias de Esquilo, los cuentos de Yasunari Kawabata, El buen soldado de Ford Madox Ford o El péndulo de Foucault de Umberto Eco.

¿Cómo crea su particular mesa de novedades? "Voy a librerías de segunda mano y elijo los títulos uno por uno. No me gusta comprar al peso pero de vez en cuando no me queda más remedio." Editoriales míticas de nuestro país como Anagrama, Tusquets, Seix Barral y Acantilado comparten palé con sellos de nuevo cuño como Libros del Asteroide, Nórdica e Impedimenta. "También recibo donaciones de gente. Me traen libros viejos pero también alguna novedad. El otro día unos chicos me trajeron un libro que habían editado ellos, unos cuentos sobre Asia. Es el que me estoy leyendo ahora."

Este antiguo celador convertido en librero ha actuado como nos obligan a hacer a cualquiera que quiera encontrar trabajo en este momento de mierda. Reorienta tu carrera. Diversifica, crece, amplía el número de posibilidades. No te cierres a nada, sigue una formación continua, hay que estar preparado para todo. Y recuerda que el esfuerzo tiene sus recompensas. Por desgracia, las puertas giratorias no funcionan para todos por igual. Claudio no podía saber que la suya pasaba por dormir al raso bajo unas mantas grises, cada vez más grises.

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"He tenido algún problema con la policía, sí. Un día pasaron dos secretas, cogieron cinco o seis libros que les gustaban y se los llevaron sin darme nada a cambio". No sé por qué no me sorprende esa actitud, a buen seguro eran los mismos policías que me incautaron 25 gramos de hachís cuando tenía 19 años (sí, madre, lo reconozco, no eran de un amigo como te dije) y luego me denunciaron por estar en posesión de tres míseros gramos. "La policía también me echó de la Gran Vía, ahí empecé a vender libros hasta que los libreros de la zona se quejaron". Hace muchos años que no compro libros en los expendedores semiautomáticos de varias plantas que siguen llamándose librerías, y sabiendo esto me temo que seguiré sin hacerlo.

"Si te quieres llevar uno ahora te recomiendo la trilogía de Henry Miller compuesta por Sexus, Plexus y Nexus. Aquí sólo tengo la primera parte, dividida en dos volúmenes, pero te puedo conseguir las demás." ¿Hace cuánto que un "librero" de los que nos atienden diligentemente en los expositores de best sellers de varias plantas como si estuviéramos en un Zara, repito, hace cuánto que no os saben recomendar un libro que no sea el último novelón de Isabel Allende o la saga fantástica de moda?

Algunas noches tristes y demasiado largas he vuelto a casa con una sensación de impotencia terrible ante lo que el futuro me deparará. ¿De qué voy a vivir? ¿Qué puedo ofrecerle al mundo para que a cambio me dé unos cuantos cientos de euros? En Berlín, en París y en Roma había visto ya a varios libreros callejeros que, mal que bien, sobrevivían con la venta de libros de segunda mano.

Pasaba la resaca imaginándome a mí mismo a la intemperie, constantemente resfriado, con la piel curtida, con gorro hasta en verano, pensando que, bueno, no estaría tan mal, al fin y cabo sería un eslabón más en la cadena trófica literaria. "Un día me robaron tres maletas llenas de libros y tuve que empezar de cero", comenta Claudio sin rabia mientras unta Nocilla en unas galletas y se prepara para tomar la merienda de los campeones.

Antes de marcharme le compro un libro al azar, le doy la mano, le veo sonreír con una pompa en la nariz que sube y baja, como en los dibujos manga cuando alguien está durmiendo, y me despido con la sensación de deberle algo. Ingenuo o maníaco, me da miedo que por culpa de este artículo le pueda pasar cualquier cosa, que la policía quiera confiscar su "negocio", que le vuelvan a robar. Me da vergüenza que mi dinero pueda estar sirviendo para alimentar a quienes le llevaron, a quienes nos llevaron a todos hasta aquí. Me da miedo que la pena por la situación de Claudio dé paso a la indiferencia.

No se trata de falsa compasión ni de afecto simulado. Es peor: es puro egoísmo. Un sentimiento malsano del que parece carecer este hombre que se repone ante las adversidades y sobrevive en esta ciudad de mierda gracias a su coraje y a la literatura. El cielo de Madrid está negro y sabe a derrota, es cierto, pero no a la derrota de Claudio ni de todos los que están verdaderamente jodidos. Es la derrota de quienes no pudimos, no supimos o no quisimos hacer nada para salvarlos.