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La forma de las heces puede revelar mucho acerca de tu salud

Unos científicos desarrollaron una escala de siete puntos llamada la escala de heces de Bristol

por Trevor Lockett
25 Junio 2018, 3:15am

Cactus Blai Baules/Stocksy

Las aguas mayores son un tema delicado. No solo las hacemos todos, sino que son fundamentales para seguir viviendo. Sin embargo, esta sociedad es tan políticamente correcta y amante de poner etiquetas que no somos lo suficientemente valientes como para hablar de ellas.

Las heces o excrementos que producimos pueden darnos muchas pistas a tiempo real sobre la salud de nuestro intestino grueso (o colon) o nuestro tracto digestivo, así que vamos a olvidarnos de las etiquetas.

Los científicos investigan muchas cosas raras y el estudio de la forma de las heces no es una excepción. Stephen Lewis y Ken Heaten, de la Universidad de Bristol, desarrollaron en 1998 una escala de siete puntos que va del estreñimiento (tipo 1) a la diarrea (tipo 7).

Actualmente, la escala de heces de Bristol permite a la gente con síntomas de problemas gastrointestinales describir con precisión a su médico lo que descubren en el retrete sin necesidad de recoger pruebas.

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Para la mayoría de la gente, la forma de nuestras heces puede variar, en parte, dependiendo de lo que hayamos estado haciendo. Las heces más secas de lo normal pueden ser causadas por un período de deshidratación, quizás asociado con un día de ejercicio continuo, o por un retraso en la evacuación. En cambio, las heces más líquidas pueden ser causadas por comidas más picantes de lo habitual.

¿Cómo deberían ser tus heces?

Lo ideal sería que las heces fueran fáciles de expulsar sin realizar esfuerzos de ningún tipo y sin tener la sensación de necesidad urgente.

En la Escala de Heces de Bristol, esto se representa en el tipo 3 (con forma de morcilla con grietas en la superficie y hasta 2-3 cm de diámetro), el tipo 4 (como una salchicha o serpiente, lisa y blanda, que es similar a la pasta de dientes y tiene un diámetro de 1-2 cm) y el tipo 5 (trozos de masa pastosa con bordes definidos).

No está claro que la formas más secas (tipos 1 y 2) sean más fáciles de limpiar, pero es verdad que tienden a comprimirse en una hez más grande que puede aumentar la presión a largo plazo y erosionar el intestino grueso. Durante la evacuación, las heces secas pueden dilatar el canal anal más allá de su apertura habitual, lo que se puede traducir en un esfuerzo extra y dolor.

Como norma general, las mejores heces son más blandas, pero no líquidas

Al hacer un sobreesfuerzo en la evacuación de las heces secas, se incrementa el riesgo de que el ano sufra laceración, hemorroides, prolapso y diverticulosis (la formación de bolsas en el intestino grueso debido a un exceso de distensión), enfermedades que pueden dar lugar a infecciones o inflamaciones.

Las heces más líquidas pueden estar asociadas a infecciones intestinales, como el caso del parásito Giardia, o a enfermedades inflamatorias, como la enfermedad de Crohn. Como norma general, las mejores heces son más blandas, pero no líquidas. Se recomienda acudir al médico al observar algún cambio en el comportamiento del intestino que implique una producción de heces más secas y una sensación de no estar vaciando por completo.

¿Qué relación hay entre el agua y las heces?

Incluso para los observadores de la taza del váter como nosotros, el factor diferenciador más evidente entre las formas de las heces es la cantidad de agua que hay en su contenido.

Para el cuerpo, el intestino grueso es un órgano muy importante para la reutilización, especialmente la reutilización del agua, una de sus funciones vitales. Cada día, nuestro cuerpo invierte unos nueve litros de fluidos en la digestión de los alimentos, entre los que se incluyen 1,5 litros de saliva, 2,5 litros de jugo gástrico y 0,8 litros de bilis, pero está claro que no podemos defecar una cantidad ni siquiera cercana a estas cifras.

Cuando más tarda la digestión de los alimentos en pasar por el intestino grueso, más agua se tiene que reutilizar y, por tanto, más secas se vuelven las heces, así que los factores que afectan al tránsito de la comida a través de nuestro tracto gastrointestinal influyen en la forma de las heces.

La abundancia y el estilo de vida influyen en la velocidad del tránsito. Tanto los antibióticos y los analgésicos (los más comunes, que contienen codeína, pero sobre todo aquellos que contienen opiáceos, como la oxicodona) como la falta de actividad física reducen la contracción del intestino, provocando una desaceleración del paso de la comida a través del intestino grueso que puede dar lugar al estreñimiento.

¿Qué relación hay entre la dieta y las heces?

Nuestra dieta también juega un papel importante a la hora de determinar la forma y la salud de las heces.

Algunos estudios de observación llevados a cabo en los años 70 y 80 en el sur y el este de África comparaban la salud gastrointestinal de las personas de raza caucásica, que seguían una dieta típica occidental, y las personas nativas africanas, con un estilo de vida más tradicional. Los investigadores descubrieron que las heces con formas más secas y el estreñimiento eran más comunes entre los consumidores de dietas occidentales.

Esto estaba asociado con la creciente incidencia del cáncer de colon, enfermedades inflamatorias intestinales y otros problemas crónicos que estaban afectando a las sociedades occidentales. La conclusión es que los resultados se atribuyeron a los diferentes niveles de fibra de las dietas de ambas poblaciones y se han confirmado en numerosos estudios por el cáncer de colon.

Incrementar la fibra en nuestra dieta debería reducir la velocidad del tránsito, ablandar las heces, hacer más cómoda la evacuación y mejorar la salud intestinal

La fibra influye en la velocidad del tránsito, en la forma de las heces y la salud de dos maneras. En primer lugar, cuando una persona sana y bien hidratada come alimentos ricos en fibra, como el salvado de trigo, la comida absorbe el agua, aumenta, incrementa el volumen de las heces, las ablanda y acelera el tránsito. Además, se diluye y limpia más rápidamente las toxinas que puedan haber sido ingeridas junto con la comida.

También existen componentes en la fibra mucho más potentes: carbohidratos propensos a la fermentación, como el almidón resistente (que no se digiere en el intestino delgado), los betaglucanos y los fructooligosacáridos, que se suelen encontrar en granos integrales, legumbres, frutas y verduras. Estos alimentos conforman la fuente nutricional más importante para los billones de bacterias que habitan en el intestino grueso (la flora intestinal).

Los ácidos grasos volátiles, que son los principales deshechos corporales de esta orgía de bacterias, son primordiales para nuestro organismo. Uno de estos ácidos grasos volátiles, el butirato (el ácido que le da ese olor al queso parmesano), reduce la velocidad del tránsito al fortalecer la contracción de los músculos del intestino grueso.

Al mismo tiempo, estos ácidos también se fortalecen, crecen y reparan las capas celulares que bordean el intestino grueso. Destruyen las células cancerosas, reducen tanto la inflamación como los dolores intestinales e incrementan la sensación de saciedad. Son muy útiles, ¿no crees?

Sin embargo, la fibra ha sido una de las bajas gastronómicas debido a la “occidentalización” de nuestras dietas. Una persona occidental puede consumir solamente 12-15 gramos de fibra al día. A pesar de que no haya ningún límite en la ingesta diaria recomendada de fibra, los profesionales de la salud australianos recomiendan consumir al menos 30 gramos de fibra al día, de los cuales unos 15-20 han de ser almidón resistente.

Está claro que todavía nos queda mucho camino por recorrer. A modo de advertencia, si tienes síntomas de algún tipo de problema gastrointestinal (dolores de estómago, náuseas, vómitos, diarrea), la fibra no siempre va a ser la solución. Tendrás que consultar con tu médico el tipo de fibra que quieras consumir.

El componente fibroso de algunas fuentes puede agravar los síntomas de, por ejemplo, la diverticulosis, mientras que las fuentes ricas en FODMAP (olig osacáridos, disacáridos, monosacáridos y polioles fermentables) pueden agravar los síntomas del síndrome del colon irritable. Los alimentos que se incluyen en estas fuentes son: cebollas, ajos, manzanas, peras, leche, legumbres, algunos tipos de pan, determinados tipo de pasta y anacardos.

En cambio, para la mayoría, incrementar la fibra en nuestra dieta debería reducir la velocidad del tránsito, ablandar las heces, hacer más cómoda la evacuación y mejorar la salud intestinal.

Trevor Lockett es el líder del grupo de la salud personalizada del CSIRO (Organización de Investigación Científica e Industrial de la Commonwealth ) en Australia. El artículo original se publicó en The Conversation.

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