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Cultura

Lo que aprendí del debate entre Jordan Peterson y Slavoj Žižek

Žižek, un iconoclasta patológico lejos de ser un pensador consciente. Peterson, un emo a muerte y todo un poeta para la élite ultraderechista.

por Jordan Foisy; traducido por Laia Pedregosa
26 Abril 2019, 3:30am

Capturas de pantalla de YouTube

Eran las ocho de la tarde cuando estaba en el centro de Sony de Toronto esperando el comienzo de lo que iba a ser “el debate del siglo” entre Slavoj “he encontrado esta camisa” Žižek y Jordan “cómo voy a dejar una buena propina si el servicio no ha sido bueno” Peterson, cuando escuché de fondo unas noticias terribles.

“Perdone”, le pregunté a un acomodador que parecía simpático, “¿acabas de decir que el debate va a durar dos horas y 40 minutos?”, y asintió.

Intentando tranquilizarme al ver mi cara de horror me dijo, “como va a empezar tarde, puede que omitan algunas partes, así que terminará sobre las 22:15, aunque esté previsto que dure dos horas y 40 minutos”.

¡Dos horas y cuarenta minutos! ¿Qué es esto, un documental sobre cómo arruinar fiestas? Había gente entre la audiencia que, si sumaba la cantidad de minutos que habían durado todas sus relaciones sexuales, resultaba inferior al que iba a durar esta charla. Me refiero sobre todo al tipo que estaba unas filas por detrás de mí con una gorra en la que se podía leer Make America Great Again y una camiseta de Joy Division que decía a gritos “me echaron de Reddit”.

Joder, yo tenía un plan. Mi idea del debate entre Žižek y Peterson, (oficialmente titulado “Felicidad: Capitalismo vs. Marxismo”) era acabar viendo al fandom de Peterson en su salsa. ¿Quién es esta gente? ¿Qué consigue escuchando divagaciones prejuiciosas del oscuro príncipe de YouTube? ¿Son sus patillas salvajes e incontrolables o secas y eficaces? Al mismo tiempo, mi hermano estaba en el pueblo viendo a mis queridos Raptors, cuyo desempate en los playoffs era mi mayor problema emocional en ese momento. Pensaba que la charla duraría más o menos una hora. Incluso podría entrometerme, hacer un breve sketch sobre alguien que se pasa los días jugando a Axis & Allies, reírme de la dejadez de Žižek y reincorporarme al final del partido de los Raptors con mi hermano, mejorando así los vínculos familiares mientras les gritamos a millonarios larguiruchos.

El hecho de descubrir que esa charla iba a ser más larga que Infinity War (pero, gracias a Dios, más corta que Endgame) no fue mi primera decepción de la tarde. Esperaba ver a frikis entre el público, raritos con ojos de ardilla y camisetas decoradas con manifiestos ultraderechistas e ingenuos solitarios con desordenadas barbillas y collares que daban vergüenza ajena. Y ciertamente, había unos cuantos que lucían unos pantalones cargo divinos y gente con pintas de mago amateur, pero lo más preocupante del público es que parecían completamente normales.

Rápidamente mi mente describió la situación: “toda la gente que hay aquí se parece a nosotros”. Podía ser cualquier grupo de jóvenes a la moda preparados para salir una noche de fiesta cualquiera. Gafas relucientes, bonitos peinados y zapatos impecables que me resultaban familiares: podría ser perfectamente un concierto de The War On Drugs. Había también un gran número de parejas. Mientras esperaba en la cola, un chico le suplicaba a su chica que al menos mantuviese una mente abierta. Había parejas mayores sofisticadas, vampiros adinerados recargándose de caché cultural. No se trataba de una reunión de rojillos cutres o trastornados ultraderechistas, sino que estábamos ante la élite de Toronto: los guapos, los educados, los privilegiados.


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Esto no significa que no hubiese algo siniestro en el ambiente. Mientras entraba, un grupo de tipos cachas se preguntaba si habría algún agitador. Uno de ellos no paraba de echar vistazos rápidos para ver qué estaba escribiendo en mi cuaderno. Mientras, entre una parte imparcial de la audiencia que se encontraba ahí ya fuese por interés intelectual o por curiosidad irónica, los fans de Peterson empezaron a destacar. Un amigo señaló algo importante, su postura: totalmente recta como si acabase de ser azotado por una malhumorada monja. Es raro el hecho de que muchos vistieran como él: corbata y chaqueta, pantalones de vestir ajustados, vaqueros oscuros que acaban en bonitos zapatos, zapatos puntiagudos. Peterson y su horda vestían como lo hice la primera vez que fui a una boda después de ganar un poco de pasta, en plan, “miradme, ahora me puedo permitir vestir bien, mira mis zapatos puntiagudos”.

Mientras que mucha gente se reía y se lo pasaba bien, otros seguidores de Peterson tenían un aspecto serio y perturbador. Estaba en sus ojos, eran débiles y vulnerables. Una anticipación vacía que estaba lista para llenarse de objetivos y acción. Quizá me desconcertaban porque era la primera vez que presenciaba cómo era un creyente.

Me coloqué en mi asiento. Tuve que preguntarle a una pareja de señores, que era el público predominante y a la vez la más educada que había esa noche, para que me dejaran pasar. Delante de mí había una pareja: él tenía su brazo alrededor de ella de una forma un poco violenta, como si tratase de absorberla. De repente, se escuchó un anuncio a través del altavoz informando de que echarían de manera inmediata a cualquier agitador. El mensaje fue recibido con un rugido de aprobación de la audiencia, con el educado dúo de delante acompañándoles. Solo podía imaginarme a los tipos cachas de antes crujiéndose los nudillos con la fantasía de echar a cualquiera que molestase.

Un hombre llamado Stephen Blackwood, un filósofo, defensor del sector privado, aristócrata potencial y hombre lobo, salió para presentar a la pareja. Después de referirse a ellos como “personajes públicos imponentes”, Blackwood nos prometió un “pensamiento crítico sobre preguntas complicadas”, y eso es exactamente lo que obtuvimos, si por “pensamiento crítico” se entiende “divagaciones ególatras”, y por “preguntas complicadas” entendemos el desconocimiento de Peterson ante los libros de los que hablaba Žižek. A lo largo del debate, Peterson parecía el típico hombre que compra volúmenes impactantes y se inventa que los ha leído, pero que en realidad se dedica a releer Juego de Tronos.

El contraste entre ambos no podría ser más crudo. Vestido como un cosplayer de John Wick, Jordan Peterson se sentaba delante de un portátil abierto y un manto de botellas de San Pellegrino, con las piernas cruzadas y los dedos en la barbilla, en una postura que parecía decir “estoy pensando mucho ahora mismo”. Cuando hablaba, regido y atado a su podio, se mantenía encorvado y con los dedos clavados constantemente en el aire. El retrato de tormento que mostraba su cara nos decía que sus maravillosas ideas eran demasiado para un hombre.

Mientras, Žižek tenía la gracia y el estilo de un padre de sitcom de los noventa. Malhumorado y encorvado, lució algo que color blanco pálido en los pantalones durante toda la noche, que me apuesto lo que sea a que era una mancha de pasta de dientes. También se mantenía innegablemente carismático y encantador a unos niveles a los que Peterson no podía llegar (el mismo Peterson lo admitió, hubo un momento en el que le dijo, “eres un personaje, y eso es lo que te hace tan atractivo” con una risilla nerviosa de la audiencia que me rodeaba).

Con su lengua moviéndose a toda leche como una especie de hurón loco, Žižek se ganó a la audiencia gracias a su combinación astuta de bromas de padre esloveno, autodesprecio e irreverencia. Cada vez que el aplauso más largo terminaba, las risas le acompañaban a lo largo de toda la noche.

No era realmente un debate, para eso tendría que haber preguntas. En su lugar teníamos a Žižek, con su total libertad y armado con ideas vagamente relacionadas: el modelo social chino como síntesis de tiranía y capitalismo, cómo la creencia en Dios o en otros proyectos mayores o la moral permiten que los hombres hagan cosas malvadas, las esporádicas citas a Himmler, cómo la felicidad nunca puede ser un objetivo, la llegada de la crisis ecológica que quizá no llegue porque ahora tenemos más bosques que nunca en Europa, la fustigación de la corrección política como signo de debilidad de la izquierda, la cobardía del optimismo y lo insuperablemente malvado que es el ser humano en su interior. Žižek, lejos de ser un pensador consciente, era más bien un iconoclasta patológico. Sus principales objetivos parecían ser provocar y crear pausas en los aplausos.

Pero al menos decía cosas interesantes, mientras que Peterson se mantenía completamente vacuo. Tocó sus mejores temazos: las jerarquías son normales, los valores judeocristianos y los mitos representan verdades fundamentales, el capitalismo hace que la vida de la gente pobre sea mejor, uno de los mayores obstáculos de Occidente son las grandes cantidades de divorcios. Era como estar en una clase de economía para dummies impartida por un hombre que solo había probado el peyote una vez en su vida. Hizo declaraciones absurdas alegando que nadie ha llegado al poder explotando a la gente (todo esto después de presumir del precio de las entradas del evento, que eran más caras que las de los Leafs).

Sin embargo, mi mayor descubrimiento sobre Peterson fue que este hombre es emo a muerte. Para Peterson, el sufrimiento humano no es producto de la sociedad o de la economía, no: es nuestro estado natural. Nacemos con ello, el hecho de ser humanos consiste en luchar constantemente con el demonio que llevamos dentro y todo el dolor que existe fuera. Una y otra vez volvía a sacar el tema del demonio que debemos vencer. Reiteraba continuamente una visión triste y miserable de la vida. Todo era muy My Chemical Romance, así que no me sorprendería que llevase un tatuaje con la frase “la vida es dolor” por algún lado.

A pesar de todo, creo que es este toque a lo Bert McCracken (el cantante de The Used)—lo que confirma que la vida es algo que atrae la atención de Peterson—lo que le ha convertido en el poeta de la élite ultraderechista. Si eres uno de los privilegiados, Peterson estará aquí para proteger tu glorioso sufrimiento de los agitadores que lo intenten cuestionar. Para él es importante tu dolor, que es tan válido como el de cualquier otra persona. Para Peterson, la única lucha política que existe es la de tu propio demonio personal. Esta visión de la vida lo arrasa todo y limpia la injusticia.

Opresores y oprimidos, pobres y ricos: esas son categorías sin importancia. Lo único que importa es calcular tu bello y místico sufrimiento. Es lo más importante, más que preguntarte si eres parte del problema.

Supongo que eso es todo lo que tengo que decir, quizá debería haber ido a divertirme y a gritar al partido con mi hermano. Si voy a sufrir, por lo menos quiero pasármelo bien a lo largo del camino.

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