Hacía beats para Saddam Hussein
Foto - Sebastian Castelier para Noisey.

Hacía beats para Saddam Hussein

En 2003, Nasrat Al-Bader fue reclutado por el dictador iraquí para componer himnos de guerra. Después de una serie de eventos perturbadores, se convirtió en el rapero y productor más influyente del país.
SC
fotografías de Sebastian Castelier
Elia Alovisi
traducido por Elia Alovisi
IT
NR
traducido por Nicola Rose

Una versión de este artículo apareció originalmente en Noisey France.

En la pantalla vemos a unas mujeres voluptuosas bailando en la cubierta de un yate, sosteniendo una copa de champán en sus manos. En medio de ellas, un hombre sacude una botella medio vacía. Viste una camisa con los botones abiertos, pantalones blancos, cadena de oro, y la expresión de su rostro es de confianza. El parecido es sorprendente: Nasrat Al-Bader es el vivo retrato del rapero francés Lacrim en su video musical para " A.W.A.". Enciende un cigarro, frunce el ceño y reconoce con franqueza: "The guy looks like me, but in front of a camera I’m always more handsome than he is" [El tipo se parece a mí, pero frente a una cámara siempre soy más guapo que él]. La cara de Al-Bader está marcada con arrugas, sus rasgos se hunden, tiene unas bolsas pronunciadas bajo los ojos, y su voz se distorsiona. Tiene treinta y siete años y ni uno solo lo pasó en la cárcel, a diferencia de su doppelg¨nger Lacrim. Y, sin embargo, el gran jefe de la música iraquí ha tenido un camino bastante más difícil que su doble francófono.

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El beatmaker de Saddam

Situado al noreste de Bagdad, se puede acceder al estudio de Al-Bader desde una calle oscura, con la entrada custodiada por oficiales armados. "El gobierno quiere darme guardaespaldas, pero a mí eso no me interesa, no los necesito. Todos en este país me quieren", afirma. Sin embargo, a lo largo de toda su vida, Nasrat Al-Bader nunca ha dejado de flirtear con la muerte, conviviendo con ella, tratándola como una amiga, sin sucumbir nunca ante ella. Cuando tenía 23 años y Bagdad estaba siendo bombardeada por los EE. UU., el Partido Ba'ath Árabe Socialista lo reclutó con un arma en la sien. En ese momento, era un joven beatmaker recién salido de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Bagdad. "Desde principios de la década de los 2000, muchos músicos huyeron de Iraq por temor a la guerra", recuerda. En los primeros bombardeos, las calles se vaciaron debido a que los iraquíes huyeron de la capital. "El problema era que Saddam Hussein necesitaba clips de propaganda e himnos [de guerra] para alentar al ejército nacional y al pueblo a luchar contra los estadounidenses. Pero sus servicios de inteligencia no pudieron encontrar a un ingeniero de sonido, un compositor o un beatmaker calificado”. Así fue como el Studio Hikmet se convirtió en su jaula de oro.

Nasrat Al-Bader, hace 15 años, cuando fue reclutado por Saddam Hussein para trabajar en Studio Himket. Foto de Sebastian Castelier/Noisey

Al igual que un puñado de cantantes reclutados sobre la marcha, el objetivo de Al-Bader era componer 100 piezas, que luego serían reproducidas en la televisión y la radio nacionales. Bajo la creciente vigilancia de los miembros armados del Partido Ba'ath, todos tenían que componer a pesar del ruido incesante de los bombardeos. "Dado que el estudio estaba frente a uno de los palacios de Saddam Hussein, escuchábamos las bombas caer día y noche". Bajo las órdenes del líder iraquí, Al-Bader y sus desafortunados colegas estaban encerrados en el estudio. "Todos dormíamos ahí. Saddam Hussein se aseguró de que permaneciéramos ahí hasta nuevo aviso", recuerda sentado con los paneles acústicos de su estudio a su espalda.

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Whisky y galletas

Fue en el Studio Himket que Al-Bader desarrolló su adicción al alcohol. Justo al otro lado del estudio había una cabina que ofrecía botellas de whisky, las cuales compró por montones. El joven beatmaker estaba borracho por la mañana, la tarde y la noche, lo cual era una necesidad en lo que a él concernía. "Disolvía mis vasos de whisky con agua y los bebía uno tras otro para olvidar el sonido de los bombardeos. A veces estaba cerca de caer en coma", recuerda, mirando una botella vacía de vodka en forma de Kalachnikov. En un mes, el pequeño grupo de prisioneros logró terminar las 100 piezas que les exigieron. Ninguna bomba cayó en el Studio Hikmet.

En su estudio en Baghdad, Nasrat Al-Bader nos muestra un video de hace 15 años que editó el mismo mientras producía videos de propaganda, semanas amntes de la caída de Saddam Hussein el 9 de abril de 2003. Foto de Sebastian Castelier/Noisey

Pero en el exterior, la situación empeoró. El ejército iraquí estaba por desarticularse; los bombardeos se intensificaron. El infame Mohammed Saïd al-Sahhaf, el brutal Ministro de Información de Saddam, se refugió en el estudio con su docena de guardaespaldas. En Iraq, fue uno de los últimos miembros fieles de la guardia de Saddam Hussein en inundar la radio y la televisión nacional con sus mentiras propagandísticas. Nasrat Al-Bader fue reclutado nuevamente, esta vez para acompañar los anuncios de Sahhaf con música. En el Studio Hikmat, el tan temido ministro perdería toda su credibilidad: como rapero, Sahhaf insultó a los soldados estadounidenses llamándolos "animales del desierto, estafadores, lacayos, colonialistas, racistas". Dijo que su ejército estaba luchando contra los estadounidenses, que habían derribado aviones y tanques estadounidenses, mientras que, de hecho, nadie —o casi nadie— sabía que él era un recluso junto conmigo, y que ni siquiera asomaba la nariz al exterior", Al-Bader sonríe.

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El tiempo pasó, y los hombres fueron obligados a permanecer en el estudio. Todos los guardaespaldas del ministro terminaron yéndose del lugar, y el suministro de alimentos disminuyó rápidamente. Al final, sólo unos cuantos paquetes de galletas mantenían su esperanza de supervivencia. "No podíamos salir. Los estadounidenses, las multitudes o las bombas nos habrían matado", recuerda Al-Bader. "Un día tenía mucha hambre. ¡Fui a buscar comida en la reserva y el tipo a cargo me dijo que ese hijo de puta de Sahhaf se había encerrado adentro para poder terminarse él solo las galletas!", se ríe.

Nasrat Al-Bader en su estudio en Baghdad. Foto de Sebastian Castelier/Noisey

Afuera, la guerra finalmente terminó. Un enorme grupo de personas llegó al Studio Hikmat para exigir la cabeza del Ministro de Información. Al-Bader les entregó materiales de la radio nacional y las máquinas. Pero no entregó al hombre que lo había mantenido prisionero durante más de un mes. "¿Qué pasó con Sahhaf después de eso? Bueno, sigue con vida. Se reunió con su familia que había huido a los Emiratos Árabes Unidos", dijo, con una sonrisa y sin resentimientos.

"Los odiaba y tenía miedo"

El cantante finalmente pudo salir por primera vez en más de un mes. Bagdad estaba en ruinas. Su familia había logrado refugiarse en el norte del país cerca de Mosul, pero no pudo reunirse con ellos. Los automóviles y otros medios de transporte que podían llevarlo hasta ahí eran escasos. Se vio obligado una vez más a refugiarse en el Studio Hikmat. Esta vez, otros hombres lo esperaban, tan peligrosos como sus predecesores. "Antes, bajo el régimen de Saddam Hussein, los cantantes tenían un vestuario específico, una corbata y un peinado impecable. Pero después del régimen, aparecieron cantantes de otro tipo: religiosos. Querían interferir con la música iraquí y crear otra forma de propaganda. Los hombres que estaban ahí ese día eran parte del Ejército Mahdi [milicia chiíta islamista] y eran aliados del fundador de la milicia, Moqtada al-Sadr. Me pidieron que compusiera dos melodías islámicas".

Una vez más, Nasrat Al-Bader realmente no tenía opción. Cuando alguien le traía nuevas letras, se enderezaba, saltaba de su silla y se ponía a trabajar. Las letras que le dieron insultaban fuertemente a Saddam Hussein y enaltecían al ayatolá Jomeini, el exenemigo del régimen. "Durante un mes completo compuse música que alababa a Saddam. Y 15 días después, tuve que componer música para letras que decían que Saddam se fuera al diablo. Le pregunté al manager del estudio si era razonable hacer esto, ya que sus partidarios todavía estaban en Bagdad y podrían habernos matado. Habían pasado sólo 15 días desde que él había dejado de ser el líder de Iraq, así que obviamente yo estaba asustado".

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Nasrat Al-Bader en su estudio en Baghdad. Foto de Sebastian Castelier/Noisey

El líder iraquí de hecho se perdió en acción, dejando al pueblo con miedo, preguntándose si podría regresar. Pero, a pesar de todo, Al-Bader estaba decidido a componer las canciones que le exigía el Partido Chiíta Islamista Dawa. Mientras tanto, había un problema: ya no tenía acceso a alcohol. El pequeño vendedor de whisky había sido asesinado justo después de la llegada de los religiosos. "Los odiaba y tenía miedo. Necesitaba alcohol, y era obvio. Se dieron cuenta de que estaba sufriendo del síndrome de abstinencia. Así que les dije sin rodeos que no podría trabajar sin él. Como [me necesitaban], me permitieron beber, recuerda, mientras fuma sus cigarrillos. Esta experiencia continuó durante siete meses, después de los cuales el músico se dirigiría a Damasco, la capital de Siria. Ahí volvería a aprender a dormir y a vivir sin beber.

Cuatro millones de dólares

En Damasco, Al-Bader continuó haciendo su música y produjo canciones famosas, tanto para cantar como para rapear. Su música arremetió duro contra los estadounidenses, convocando, a través de su música, a una resistencia contra el invasor. "Una resistencia pacífica, por supuesto. Pero ¿sabes?, en ese momento, no podíamos acercarnos a los Marines; no podíamos hablar con ellos por temor a ser asesinados", suspira. El gobierno iraquí de Nouri al-Maliki, un líder chiíta impulsado al poder por los estadounidenses después de haber separado a los sunitas, puso al cantante en una lista negra de terroristas a eliminar. "Llamaron a mi familia para decirles que si no me detenía, los enviarían a todos a la cárcel". Desde su exilio en Siria, el joven cantante ganó popularidad. El compromiso de sus palabras sobre la guerra tuvo efecto instantáneo en la diáspora iraquí. "Un día, Nouri al-Maliki me llamó personalmente y me pidió que volviera. Prometió eliminarme de la lista negra y darme cuatro millones de dólares. A cambio, tenía que escribir una canción para pedirle a los exiliados iraquíes que volvieran”. Esto fue en 2008, justo antes de las elecciones provinciales. Iraq necesitaba unirse. El cantante se arriesgó a volver, a pesar de la posibilidad de que fuera una trampa. Afortunadamente, su regreso a Bagdad fue triunfal. Fue visitado constantemente por diferentes miembros de los partidos políticos que querían que participara en sus campañas. Al-Bader se negó a alinearse con cualquier partido. Hizo, como había prometido, un video solemne en el que aparecía ante importantes políticos iraquíes vistiendo un traje de tres piezas, y con el pelo muy bien peinado. Pidió que se pusiera fin al terrorismo y que se creara un gobierno a la altura de la belleza de Iraq.

Nasrat Al-Bader y su equipo en el estudio de Baghdad. Foto de Sebastian Castelier/Noisey

Diez años después, las sangrientas guerras civiles son sólo un recuerdo, y los ataques a Bagdad se han vuelto más escasos. Hoy en día, los problemas del cantante se han vuelto un poco más insignificantes. Al-Bader lanza las carreras de los jóvenes talentos de hoy en día, y algunos de sus alumnos anhelan superar al maestro, llegando incluso a intentar desafiarlo. "Algunos de los cantantes jóvenes a quienes puse en el escenario e hice famosos, han querido atacarme y superarme, a pesar de que fui yo quien les enseñó todo lo que saben; yo fui su maestro. Son unos niños, para el caso… lo único que les interesa son las chicas y el dinero fácil", suspira. Uno de sus amigos empuja la puerta del estudio, con la mano llena de contratos y cheques con ceros múltiples para que el jefe los firme. "También tuve problemas con una generación de mayor edad. Pero hoy vienen a verme porque tengo el dinero y produzco los mejores sonidos del país. Soy la joya de Iraq y finalmente lo entendieron. Nadie puede causarme problemas o decir cosas malas sobre mí". El cantante es parte de una enorme y antigua tribu llamada Al-Saidi. Dice que a veces logra resolver las disputas con sus competidores a través de la tribu y sus jeques. ¿Hay disputas competitivas entre los raperos de alto perfil? Eso es impensable en Iraq. "[Los raperos] necesitan crear esa tensión y agitar a los fans para vender sus CDs. Pero aquí, ese tipo de historias mediáticas no funcionarían porque en Bagdad ya hay tensión 24/7", se ríe.

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