El banquete del funeral de Juan Gabriel

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El banquete del funeral de Juan Gabriel

Trescientas raciones de comida casi gratuita para las más de 700 mil personas que acudieron a ver las cenizas de Juan Gabriel en la Ciudad de México. Las penas, dicen, con pan son menos.

Comer durante los velorios es una costumbre mexicana. Tan común en los pueblos como en las ciudades. La escena puede ser curiosa: al frente el ataúd con el cuerpo, en el resto del espacio hay banquete y barullo. La comida —tamales, pan dulce, galletas, sándwiches de huevo o jamón— despierta interés y plática para recordar anécdotas graciosas del difunto. Mientras haya qué comer, las sonrisas sustituyen a las lágrimas.

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El homenaje a las cenizas del querido cantautor mexicano, Juan Gabriel, quien murió el 28 de agosto, me recordó el funeral típico mexicano. El día que llegaron sus cenizas al Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México, apenas el lunes 5 de septiembre, una valla humana flanqueó las dos aceras del Eje Central, una de las principales vialidades de la ciudad, desde Izazaga hasta la avenida Hidalgo, en la parte trasera del edificio.

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El homenaje a Juan Gabriel en la Ciudad de México.

Una chica, Elizabeth, miraba desde lejos. Ella quería ver a Juanga, o lo que quedaba de él, por última vez. Sus canciones la acompañaron en diversos momentos de su vida. No es que fueran significativos, pero el "Divo de Juárez" estaba ahí: la animaba con un Buenos días señor sol cuando ella madrugaba para vestir a sus hijos y le hacía recordar a su mamá cada vez que escuchaba Amor eterno; por eso desde las 10 de la mañana estaba en la Alameda Central, formada en una fila serpenteante para ser de las primeras en ver a Juan Gabriel. Sólo que miles de personas pensaron lo mismo que ella y una noche antes llegaron a las inmediaciones de Bellas Artes.

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Sándwich triple. Churritos de harina con salsa valentina.

Pasadas las cuatro de la tarde, hora en que llegaron los restos del cantante al recinto, Elizabeth —igual que la mayoría de las personas que esperaban— moría de hambre; pero previsora, llevaba un sándwich triple para calmar la tripa, de jamón de pavo, mucho jitomate y queso crema. La mujer sacó su sándwich de su bolso y lo comió con ganas. Sería su único alimento hasta que pudiera ver la urna de su ídolo. Cuando la dejé no tenía idea de cuánto tiempo tardaría en entrar al vestíbulo de Bellas Artes, pero ella estaba segura de que faltaban pocas horas.

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Para mitigar el hambre, una chica, su mamá y su tía, comían unos churritos de harina con salsa Valentina. Otro par de jóvenes consiguieron en un local frente a la Alameda un par de tortas de carne al pastor. Dos mujeres, madre e hija, prefirieron las tortas de milanesa y el litro de agua de piña de los puestos callejeros afuera del metro Hidalgo. Un hombre comía mango de un vaso, otro le entraba con ganas a los cacahuates que consiguió en una tienda. Los que no tenían más opción entraban al Seven-Eleven a comprar alguna botana, un bollo frío y un refresco.

El hambre apremiaba pero nadie quería perder su lugar. Se come todos los días pero no siempre uno puede ver las cenizas de un ídolo popular. La plática con las anécdotas alrededor de las canciones del artista ayudaba a guardar las lágrimas y a mitigar los reclamos del estómago. Lo mismo hacían los temas que la gente cantaba a coro, interpretados por Fernando de la Mora o Aída Cuevas, cuando dio inicio el homenaje. Las bocinas y pantallas instaladas en el parque no permitían que se escuchara el error de algún distraído que olvidaba la letra.

De pronto, al fondo de la Alameda, en la calle de Doctor Mora, las carpas que muchos suponían eran para auxilio médico, levantaron sus paredes de lona. La gente no lo podía creer. Había comida. Mucha comida. Elizabeth ya no pudo enterarse ni percibir el olor que despedía el arroz cocido, las milanesas de cerdo, las tortas de pollo con salsa verde, las flautas rellenas de papa, el pollo con mole, la costilla en chile morita, el bistec con nopales, el jamón con papas. Detrás de unas mesas, a manera de estaciones, las encargadas y ayudantes de unos 46 comedores comunitarios, uno de los programas sociales del gobierno de la Ciudad de México, estaban sirviendo comida. El banquete del funeral había empezado desde las siete de la mañana pero pocos se habían dado cuenta.

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Arroz rojo y tortas de pollo, en las carpas de los comedores comunitarios.

Los que iban acompañados se turnaban para ir a comer, los menos dejaban apartado el lugar, y los que apenas llegaban por la avenida Hidalgo de inmediato se acercaban por un plato de arroz con guisado y un par de tortillas, a cambio de diez pesos.

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Los comedores comunitarios sirvieron comida a casi 700 mil personas durante el homenaje. Elementos policiales del operativo de seguridad se fueron por los mixiotes.

"¿Me va a servir o no?", reclamaba una mujer enojada. "Sí, señora", contestó firme la cocinera sin dejar de servir tostadas de picadillo. "Pero primero fórmese, así como todos". La señora da la vuelta y se va refunfuñando. La fila para las tostadas tiene a más de 100 personas. Se para en otra de las mesas. En menos de un minuto le sirven atún a la vizcaína. No es lo que ella quería comer pero hay menos gente en la otra estación. Trescientas raciones por comedor parecen suficientes para las más de 700 mil personas que durante dos días acudieron a ver las cenizas de Juan Gabriel. Sí, suficientes para la multitud, pero no para el antojo.

Al banquete también llegan algunos de los elementos policiales del operativo de seguridad. A pesar que el mixiote de pollo no tiene tanto sabor o que la ensalada sólo sea lechuga con queso de ese que parece plástico, siempre será mejor comida que el "box lunch" que ofrece la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México, con un pequeño hot-dog, un plátano o una barra de amaranto, una galleta y un refresco.

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Box Lunch para el personal de seguridad.

A las siete de la noche, para mi sorpresa, me vuelvo a encontrar a Elizabeth. Su paciencia de todo un día fue recompensada con cinco segundos delante de la urna de Juan Gabriel. Se persignó, depositó una rosa que alguien le regaló en la fila, tomó una foto y lloró. Tenía los ojos hinchados.

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La comida que sirvieron los comedores comunitarios.

"Dicen que lo bueno se va pronto", me comenta mientras toma rumbo hacia el metro Hidalgo. Se va del funeral satisfecha. Hizo un sacrificio de hambre con tal de ver a su ídolo por última vez. En poco tiempo llegará a casa, cenará y se sentirá mejor. Me queda en la mente esa frase mexicana: "Las penas con pan son menos".

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