Fotos por Yelena Cvejic y Nei Albertí.

Este artista se rajó el vientre representando su propio nacimiento

Francesc Oui quiso representar el acto del nacimiento y la lactancia. Casi muere en el intento.

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abr. 19 2017, 9:45am

Fotos por Yelena Cvejic y Nei Albertí.

Advertimos de que algunas imágenes pueden herir la sensibilidad de los lectores.

Francesc Oui se encontraba solo en su casa de Torralba de Ribota, Zaragoza, la noche del 2 de enero de 2017. Es una vivienda antigua que en su día perteneció a un herrero, y que conserva aún algunos de los enseres que utilizaba su propietario. Se tomó unas cuantas copas de vino, pocas porque "me sube enseguida", dice, pero las suficientes para anestesiar ligeramente cuerpo y mente sin dejar de ser plenamente consciente de sus actos. Estaba a punto de dar vida a la obra que hacía tiempo que preparaba, El nacimiento de Francesc Oui, y sin embargo tampoco le apetecía dotar de excesiva solemnidad a un momento que, al fin, no era más que arte.

Se quitó los pantalones y los calzoncillos, cogió uno de los hierros de punta afilada que había colgados en la pared y se lo clavó con contundencia justo debajo del ombligo. Lo hizo sin dudarlo, con convencimiento y firmeza. No fue una decisión improvisada, nada parecido a un arranque, sino un acto artístico sobre el que había reflexionado durante meses y, de alguna manera, también durante muchos años, probablemente durante toda su vida. Oui quería parirse, ni más ni menos. Parirse para poder después ser adoptado y amamantado, para volver a salir al mundo de otra manera y reconectar con su cuerpo, al tiempo que, de alguna manera lo ofrecía también a los demás. "El cuerpo como instrumento de transformación social", asegura el artista portugués que vive a caballo entre Cataluña y Aragón, un ámbito que, de hecho, ya vienen explorando numerosos performers y artistas desde principios de la década de los 60.

Francesc Oui quiso representar el acto del nacimiento

Una de las precursoras de este estilo de performance y sin duda su mayor exponente a nivel internacional es la serbia Marina Abrahamovic, que, por poner solo un ejemplo, en su obra Ritmo 5 (1974), se quedó insconsciente tras saltar a una hoguera prendida con petróleo. O el estadounidense Chris Burden, en cuya obra más conocida, Shoot (1971), una ayudante le disparó en su brazo izquierdo a una distancia de unos cinco metros. También a partir de los 70 y hasta la actualidad, los llamados Perversionistas, un movimiento cuestionado, minoritario y controvertido, llevó al extremo el uso del cuerpo, propio y ajeno, con fines artísticos, llegando a realizar incluso obras de arte con cadáveres.

Este esfuerzo por transformar el cuerpo humano en superficie de su propio arte, y hacerlo en muchas ocasiones a través del dolor, se hizo relativamente popular en la Viena de los años 60, donde un grupo que no llegó a existir como tal (y que solo ha cobrado sentido a posteriori) realizaba sacrificios a animales, rituales orgiásticos o prácticas sexuales aparentemente sangrientas, como simulaciones de mutilaciones genitales o violaciones. Eran los llamados accionistas vieneses, padres de una parte de la performance contemporánea, esa en la que tienen cabida artistas como Oui.

Se quitó los pantalones y los calzoncillos, cogió uno de los hierros de punta afilada que había colgados en la pared y se lo clavó con contundencia justo debajo del ombligo

Una vez dentro de su vientre, Oui apretó con fuerza el hierro, sin inmutarse, lo "encajó" en su interior, y continuó rajando hacia abajo hasta llegar prácticamente a los genitales, momento en el que se dio cuenta de que, por algún motivo desconocido relacionado con la disposición de los órganos de su aparato digestivo, reproductor o excretor (aún no lo tiene claro), no era capaz de extraerlo. "Se quedó enganchado en algún órgano", asegura Oui, que meses después sigue sin tener el más mínimo interés en saber qué ocurrió exactamente con el instrumento que había utilizado para, literalmente, "parirse", el nacimiento como símbolo, la autolesión "como reivindicación de la dignidad de mi trabajo artístico". Y como consecuencia, sin duda, de la influencia del psicoanálisis en toda la obra de este artista que, al verse en su casa, con la sangre brotando a borbotones y un hierro clavado en su bajo vientre, solo pudo pensar una cosa: "he nacido para esto".

Fue entonces, de esta guisa, cuando comenzó un periodo de reflexión posparto que duró aproximadamente una hora y que consistió en un debate interno, con la serenidad que aporta el hecho de estar desangrándote lentamente, sobre si valía la pena desde el punto de vista artístico, "y solo artístico" asegura, dejarse morir. La sangre emanaba y Oui reflexionaba sobre el valor que aportaría la muerte a su obra, algo que se han cuestionado numerosos artistas a lo largo de la Historia y muchos creadores contemporáneos que trabajan en el ámbito de la performance.

Francesc Oui quiso representar el acto del nacimiento

Uno de ellos es Abel Azcona, uno de nuestros artistas más reputados internacionalmente, el cual en su última performance, La Guerra, ponía su cuerpo drogado e inconsciente a disposición de los asistentes, que podían intervenir a su antojo en la obra mientras cuatro hombres paseaban desnudos por el escenario, drogándose, practicando sexo, interactuando entre ellos. "Es impensable negar que la muerte es una parte del proceso artístico", afirma Azcona. "Si un día me pegan un tiro será parte de ese proceso". Paradójicamente, para Azcona, que basa gran parte de su obra en lo que él denomina "el empoderamiento del cuerpo", éste es caduco, muere, "lo que supone un fundamento interesantísimo a la hora de crear, porque le resta cualquier importancia tanto al cuerpo como a su extinción".

La sangre emanaba y Oui reflexionaba sobre el valor que aportaría la muerte a su obra

En la misma línea se manifiesta Abrahamovic, cuyo método, "el método Abrahamovic", ha servido de inspiración a artistas mainstream de la talla de Lady Gaga. De hecho, en La muerte misma, creada junto al también performer Umelec Vymyslel, ambos artistas unían sus labios e inspiraban el aire expelido por el otro hasta agotar todo el oxígeno disponible. Diecisiete minutos más tarde ambos caían al suelo inconscientes, con los pulmones llenos de dióxido de carbono.

Mientras, la sangre brotaba y Oui dudaba si morir por El nacimiento de Francesc Oui y renunciar a continuar una obra que no había hecho, en realidad, nada más que empezar: aún faltaban su lactancia y adopción. "Si el cuerpo es parte de la obra, también debe serlo su extinción", pensaba Oui, que llegó a la performance de la mano del psicoanálisis, tras cinco años trabajando como psicoanalista y después de haber realizado un doctorado sobre mística. "El psicoanálisis ignora el cuerpo, lo mismo que la mística", explica el artista. "Tenemos por un lado el cuerpo teológico y por el otro el académico, y eso no era suficiente para mí. Empecé a hacer performances porque sentía la necesidad de integrar el cuerpo en el hecho artístico", afirma.

Una integración que, en el caso de Azcona, por ejemplo, "no puede partir de la felicidad", un estado que impide llegar, al fin, al mismo lugar que desea alcanzar Oui, Velázquez, Beyoncé o cualquiera que haya experimentado una pulsión artística haciendo un boñigo con el papel de aluminio que le ha sobrado de la merienda: provocar una reacción en el otro. O, en palabras de Oui, "generar reacciones ante situaciones extremas y crear una conciencia colectiva". Azcona lo lleva más allá, y lo ha manifestado en diversas ocasiones: "a mí cada día me contactan unas cincuenta veces a través de mail o redes sociales. Unos diez me felicitan y cuarenta me vejan y me insultan. Mi fracaso son los diez y mi gran victoria, desde luego, los otros: he removido sus conciencias. Mi obra es una crítica a todo, a haber nacido incluso, y que la gente se sienta atacada por ello es lo que al final me sube el ego".

Tras una hora de reflexión, Oui —que en realidad ni se llama Francesc ni se apellida Oui, o al menos eso no es lo que pone en su partida de nacimiento, ya que la identidad, como el cuerpo, como la muerte, es algo para él tan complejo y mutable como carente de valor— llegó a la conclusión de que morir no iba a hacer ningún favor a El nacimiento de Francesc Oui, de manera que decidió llamar a una ambulancia.

El nacimiento de Francesc Oui performance
El nacimiento de Francesc Oui abel azcona
Este artista se rajó el vientre representando su propio nacimiento

Después vino la UCI, la transfusión, la recuperación, muy rápida para sorpresa de unos doctores que le daban prácticamente por perdido. Las molestias de las grapas. Y la lactancia, claro. Para ello se instaló en casa de varias familias sucesivamente, todas ellas formadas por artistas, a las que pidió que le procurasen todos los cuidados necesarios para un lactante. "Que cuidasen de mí, fundamentalmente. Que me diese el pecho cualquier persona de cualquier género. Que me dejasen expresar mi independencia, en ese caso como recién nacido, de la única manera que se puede hacer: escogiendo mis dependencias".

"Quiero que todos hablen de mí como el Kardashian del arte conceptual. Quiero ir a 'Sálvame' a enseñar mis grapas"

Durante el período de adopción, Oui yacía ocioso mientras expresaba su necesidad de afecto y corroboraba "la evidente dificultad que tenemos de hacer visibles nuestras afectividades". Afectos que pueden tomar cualquier forma y manifestarse en cualquier situación más allá de las aprendidas. "Como una vez que hice una performance en la que me encerraba seis horas con un pulpo. Ambos yacíamos juntos en un espacio delimitado por una redonda dibujada con cinta en el suelo, a la que los asistentes podían entrar si querían. Nadie lo hizo. La relación que se había creado entre el pulpo y yo era tan fuerte que lo trascendía todo", asegura.

Este artista se rajó el vientre representando su propio nacimiento y lactancia
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Es en este momento cuando llega la pregunta obligada, que hacemos a sabiendas de estar aplicando la brocha gorda a un término que merece toda la sutileza: ¿cuántas veces te han preguntado si estás loco? "No es locura. Mi arte hace ver cosas que son invisibles en el sentido espiritual pero también problemas tangibles que suelen pasar desapercibidos. Y mi vida es eso: exponerme. Al peligro, a la crítica, al fanatismo, al morbo. Y mi obra es también una reacción a la lógica del sistema capitalista: quiero que todos hablen de mí como el Kardashian del arte conceptual. Quiero ir a 'Sálvame' a enseñar mis grapas".

La periodista especializada en artes escénicas Aida Pallarés considera, en la misma línea, que el uso del dolor como medio de expresión dista mucho de la locura y cita a la performer Angélica Liddell: "el cuerpo es lo único que es verdad, cuando hablamos mentimos". En este sentido, la performance, y más concretamente la autolesión, es un arte que expresa probablemente mejor que ninguna otra el conflicto metafísico por excelencia: la dualidad entre el alma y la materia. "En realidad gran parte del arte que consumimos parte del dolor, es algo innegable. Sin comprender que el dolor ha sido siempre una fuente de inspiración no podríamos entender la obra de Van Gogh, sin ir más lejos", asegura. ¿Cómo distinguir, entonces, la genialidad de la provocación? Para Pallarès es complicado. "Si te quedas únicamente con la imagen visual de la autolesión, si no te conduce a ningún tipo de reflexión, estamos ante un acto de sadismo sin más. Cuando el ejercicio te lleva a cuestionarte cosas es cuando hablamos de arte", asegura la periodista, para quien el performer cumple una función definitiva: nos habla del control y conocimiento del propio cuerpo, del que por numerosos motivos vivimos demasiado alejados en las sociedades capitalistas contemporáneas.

Azcona, sin embargo, no lo ve así. Cuando le preguntamos por el uso extremo de su cuerpo en una obra que va más allá, pues él se define como un "artista total", responde de inmediato. "En mi caso sí estoy loco. Tengo una enfermedad mental diagnosticada y no tengo ningún problema con ello. Pero soy un loco genial, ¿por qué nos empeñamos en decir que la locura es mala si se puede utilizar como un arma de crítica y empoderamiento, de subversión?", afirma un artista para quien el valor de su obra es directamente proporcional al malestar que genera. Porque, al fin, para Azcona, "si mi locura consigue horrorizar a la gente racional es que algo estoy haciendo bien".

Fotos por Yelena Cvejic y Nei Albertí

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