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La pura puntita

La pura puntita: Óptica sanguínea

Este libro ideal para los cabecitas retorcidas, personalidades limítrofes y gloriosos paranoides que somos.
9.6.15

Daniela Bojórquez Vértiz nació en la ciudad de México en 1980. Ha publicado los libros de cuento Lágrimas de Newton y Modelo vivo. Además de ser escritora es fotógrafa, por lo que en Óptica sanguínea, recientemente publicado en Tumbona Ediciones, los textos se van narrando también con fotografías que hizo la autora.

Ficción del paranoico

Quizás haya cierta exageración de mi parte o así podría parecer a quien lea estas notas. La realidad ha comenzado a ser cada vez más parecida a la que pienso: allá afuera ocurre algo de lo que soy testigo y a la vez protagonista. Pretendo demostrarlo. Sólo aclaro esto para dejar registro de mi autocrítica y de que estoy dispuesto a dejar un resquicio de duda… Escribo sobre la situación también en mis diarios. En el apartado postal #387 dejo

Leía que uno no muere por estar enfermo, uno muere por estar vivo. Pensando en ello llegué a la conclusión de que lo realmente extraordinario es seguir vivo: que no me caiga un muro en la cabeza, que no me resbale y rompa el cóccix. En mi diario hay notas más específicas sobre esto.

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Al principio no me importaban demasiado. Fuera de algunos ruidos desagradables, como el sonido de un par de tijeras cortando o pasitos apresurados de tacones a media noche, eran sólo personas haciendo su trabajo. Sin embargo noté, con el paso del tiempo, que sus actividades tenían ciertas constantes. No me refiero a rutinas necesarias (como cortar el pasto antes de regarlo), sino a movimientos gratuitos que inquietaban mi naturaleza observadora. Me dediqué esos días a registrarlos con sumo cuidado de que ellos no lo notaran: escondido tras las persianas o los árboles, tomé fotografías e hice notas sueltas y entradas en mis diarios para registrar sus movimientos. Semanas adelante y anotado cada movimiento por persona y por día, advertí las constantes sospechosas: la mujer que trae y lleva papeles lo hace indefectiblemente los martes, a las doce y a las tres. El hombre del impermeable aparece sólo cuando soy el único habitante de la casa. Todos se cubren de alguna manera el rostro para permanecer fuera de mi vista.

Hay mañanas en que lo que realmente quisiera es estar tranquilo, quizá frente al estanque mirando los peces flotar. El agua me parece más segura que este jardín poblado de árboles frutales. Me siento atrapado en esta habitación, tras las persianas frente al jardín que de tan verde ya es sospechoso: oculta a los demás, oculta los vehículos, el estanque. Aquí el verde es mejor que el del jardín vecino. Justamente ese exceso de orden es el que da pie al ocultamiento de ciertas conductas inaceptables.

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O a la aparición de ciertos objetos sin lógica aparente. He comenzado a dibujar esos objetos en mis diarios. Una especie de costal rígido, tirado junto al nogal. Una bolsa negra sobre el pasto, perfectamente sellada y sin expeler ningún tipo de aroma o vaho (apareció un miércoles, como resultado de algún movimiento del día anterior). No supe si la dejó el hombre vestido de overol de mezclilla o la mujer de suéteres permanentes. La mañana era luminosa y ese objeto pesado y negro ni siquiera permitía colocarlo en una posición decente para su registro (no pretendo hacer fotos artísticas). La bolsa estuvo ahí inquietándome, se acercaron dos perros, se fueron, me descuidé y desapareció. Pero le tomé una foto. Temí que fuera una de las bolsas negras que he llenado de papeles con direcciones y otros datos incómodos confiando en que los empleados de esta casa (¿debería llamarlos de otra manera?; no sé siquiera sus nombres propios) las juntaran con la basura orgánica. De este modo los restos de información se mancharían de salsa u otras sustancias, lo suficiente para desaparecer algunas huellas, pero siempre queda el indicio de algo.

Todo lo que hay son indicios.

Los martes es el día en que mis labores administrativas me mantienen (más) ocupado. No creo que sea gratuito ese traer y llevar papeles al mismo tiempo que genero información confidencial. Debo revisar mis archivos para asegurarme. Quizá encuentre movimientos bancarios no autorizados, hechos en martes. En cuanto al hombre del impermeable, ha sido muy astuto en cubrirse con el pretexto del clima. Si me hiciera daño, no habría testigos, y si fuera visto por alguien sin que lo notara, ese alguien no podría dar su descripción para hacer un retrato hablado del asesino.

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Los hombres de azul me preocupan menos, pero no por eso dejo de vigilarlos. Su comportamiento es menos ordenado: la única constante son sus reuniones a la hora de la comida. A veces toman su almuerzo muy cerca de mi ventana. Entonces los escucho con claridad, aunque no puedo relacionar qué voz corresponde a cuál rostro.

Hablan del clima y del trabajo. Creo que son mensajes cifrados para referirse a la conspiración de la que también son parte y que tiene como objetivo mi muerte o mi destierro. Si después de esos hechos alguien encuentra estas líneas, por lo menos sabrá que todo el tiempo fui consciente de lo que pasaba allá afuera. Por si quedaran dudas, en esta misma carpeta se encuentra una serie de fotografías que espero comprueben

Debo quemar o esconder mis diarios.

También te invitamos a la presentación sin presentación pero con música y mezcales el próximo sábado 13 de junio: