Cultură

Reservado el derecho de admisión: por qué los seguratas no te dejan pasar

La mayoría de clubes siguen queriendo mantener la exclusividad y la intransigencia como un símbolo de prestigio.
9.5.16

Moneda de entrada para Lineage. Mi tessssoro

La primera vez queme denegaron la entrada a una fiesta, tenía 14 años. Una compañera de clase, Kayleigh, iba a celebrar su cumpleaños por todo lo alto y había repartido una invitación muy llamativa a casi todos los alumnos de mi clase de ciencias.

Después de que Matthew Dawson se encargara de hacer saber a todos que a mí no me habían invitado, Kayleigh se tomó la molestia de informarme de que su padrastro "también estaría y fliparía si aparece más gente".

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La última vez que me denegaron la entrada a una fiesta fue a las puertas de un club de Berlín, un domingo gris y lluvioso. Pese a la perspectiva que dan quince años de experiencia y un corte de pelo algo más currado, cuando me dijeron "Lo siento, pero hoy no vas a seguir la fiesta aquí", me sentí igual de mal que cuando Kayleigh me excluyó de su fiesta de cumpleaños aquel día en clase de ciencia.

Estoy seguro de que no soy el único capaz de recordar con todo lujo de detalle todas las veces que no me han dejado entrar a un sitio. Es una forma de rechazo social que suele calar hondo. Pero cuando te das cuenta de que por cada noche que has tenido que volverte a casa antes de lo planeado, ha habido otras veinte en las que has disfrutado como nadie, empiezas a entender la lógica de todo.

Cuando un local funciona, los hilos que lo mantienen en pie pasan casi totalmente desapercibidos. Además de la música, la iluminación y los servicios, el elemento principal de una buena fiesta lo constituye la actitud de los que la organizan, aunque también suele ser el más difícil de perfeccionar.

Ámsterdam tiene un amplio bagaje en la cultura de las pistas de baile, avalado por instituciones como Rush Hour, festivales como DGTL y Deckmantel y el gran éxito de Trouw, que cerró sus puertas el año pasado y cuya fama se dice que ya ha sido igualada con un nuevo local de los mismos dueños y que lleva por nombre De School.

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Como ya ocurría en Trouw, De School posee una política de admisión que puede consultar quien quiera (prohibidos los móviles en la pista de baile, nada de despedidas de soltero, drogas, pistolas, acoso sexual o transfobia, entre otros muchos decretos de lo más sensato).

Estas "normas de la casa" existen, en parte, debido a la enorme popularidad del club, aunque también contribuyen a perpetuar su espíritu y credibilidad. Así, lo más probable es que no te dejen entrar si una noche te presentas con tus doce amigos, todos manchados de cerveza y cantando el himno de vuestro equipo de fútbol.

Pese a la atrevida selección de DJ consagrados, como Ben UFO y Lena Willikens, ambos habituales de Trouw y De School, la escena de clubs de Ámsterdam sigue siendo de lo mejorcito cuando si nos ceñimos al house y el techno. Una situación que, según el promotor Axm3d, menoscaba la también poderosa influencia del hip-hop y el rap en la ciudad. Esto ha llevado a Axm3d, con la colaboración de Daniel Maciejewski y Jack Nolan, a lanzar un nuevo evento experimental, Lineage, con sus propias normas sobre quién puede y quién no puede entrar.

Musicalmente, Lineage sigue la línea tradicional de los clubes de baile, pero dispone de un segundo sistema de sonido en el que recuperan temas comerciales de rap. Pero lo verdaderamente innovador es el sistema de admisión que utilizan.

Antes de la celebración de su primer evento en el Amsterdam Radion, a principios de abril, los organizadores distribuyeron un total de 1.500 monedas a 300 personas, entre amigos y completos desconocidos a los que habían visto bailar con especial entusiasmo desde el backstage de algún festival. No hubo anuncios en Facebook, Twitter o Instagram. Estaba estrictamente prohibido hacer fotos en el interior del local, cuyo acceso solo tenías garantizado si eras uno afortunado poseedor de una de esas monedas-entrada.

Interior de un club que parece tener una política de admisión bastante laxa. Foto por Jake Lewis

Maciejewski, que aterrizó en la escena de los clubes desde el mundo de los negocios, afirma con rotundidad que las políticas de admisión no solo son una forma de jorobarle la noche a tanta gente como sea posible: "Las monedas son un método muy eficaz de hacer criba", explica. "El público es muy diverso, y no se trata tanto de exclusividad como de llegar a la flor y nata, a lo mejor de las pistas de baile. Queríamos a gente de subculturas distintas, del colectivo gay, queríamos a DJ, expatriados, leyendas locales… Personas de todas partes en las que confiamos y a las que consideramos nuestros amigos. Sabemos que cuando invitas a esta o esta otra persona, la fiesta está asegurada".

Desde luego, el acceso a un club mediante invitación no es nada nuevo. Durante los años dorados del Paradise Garage de Nueva York, una de las personas más influyentes de la ciudad era un tipo que conocía a Larry Levan y su grupo y que repartía invitaciones, depositando en sus destinatarios la responsabilidad de seleccionar a cuatro personas para acudir a las fiestas de los fines de semana. Sin embargo, Lineage quizá sea el primer club de la historia en el que el público funcione como una pequeña democracia. Probablemente también sea el primero en disponer de un cuarto oscuro tolerante para el público gay y desde el que se puede escuchar rap al más puro estilo de la costa oeste.

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En el resto de Europa, la cosa es distinta. En el Reino Unido, donde se cierran clubes a un ritmo alarmante, no hay muchos sitios que hayan desarrollado una política de admisión con la que busquen alcanzar unos ideales de "espacio seguro". Algunos garitos los que suelen tener una lista VIP con botella de cava incluida siguen con su política de exclusividad con el fin de mantener esa imagen ilusoria de prestigio; otros, en cambio, no se pueden permitir excluir a nadie excepto a los alborotadores más evidentes.

Debido al atractivo de Berlín para ravers de todos los rincones que llegan en vuelos baratos de easyJet, la selección se hace casi necesaria en la capital alemana. La célebre y enigmática política de admisión de uno de los templos mundiales de la música y el hedonismo, Berghain, quizá sea la que ha dejado a las puertas del club a más personas y de la que más se ha hablado en los medios, fama que no ha hecho más que aumentar el atractivo del club durante la última década. Los seguratas del Berghain posiblemente no apliquen unas normas muy "justas" a la hora de admitir al público, pero son unas medidas necesarias para evitar que el club se convierta en un caos.

Berghain es el sucesor espiritual de Ostgut, un club gay enorme y radical situado al otro lado de las vías donde hoy hacen cola miles de personas todos los fines de semana por la mañana. Si bien no se conoce ningún documento escrito en el que conste la política de admisión de Berghain, podría decirse que con ella pretenden mantener ese espíritu de libertad sexual y tolerancia que lo definen. "Pero también interesa que haya fricción", advirtió el portero Sven Marquardt en una entrevista para GQ el año pasado. "Es el secreto de cualquier club: diversidad y fricción".

Cuando tienes la fortuna de ser testigo y receptor de la euforia que es capaz de generar Mardquart con total sutileza, solo un loco sería capaz de cuestionar su fórmula. En cualquier caso, ya fuera en los días gloriosos de la música disco, los creativos noventa del techno de Berlín o la época dorada del acid house, el mensaje de la música de baile ha sido siempre uno de unidad. Pero ¿realmente es posible lograr eso sin dejar a nadie a las puertas de un club?

"No queremos ser excluyentes, sino incluyentes", aclara el promotor de Lineage, Maciejewski. "Queremos ser selectivos, que la gente vuelva a hablar entre sí en persona… Es un valor que vendemos a la gente: el concepto de conectar a la gente". Mientras que gran cantidad de clubes siguen queriendo destacar por la longitud de las colas que se forman a sus puertas, será interesante ver cómo funciona esta "tercera vía" por la que ha optado Lineage, dejando en manos del propio público la decisión de quién entra y quién no.

Traducción por Mario Abad.