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Lo que dejaremos a nuestros hijos

De los libros y vinilos llenos de polvo de nuestros padres a los discos duros repletos de mierda que dejaremos a nuestros hijos.
25.8.14

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Está bien no tener cosas. Todos conocemos eso de “lo que realmente necesitas tiene que caber en una maleta” y todas esas chorradas que dice la gente que no terminó los estudios obligatorios y se puso a “recorrer el mundo” AKA trabajar de operador de prensa en una fábrica de planchas de metal en la Verneda. El caso es que siempre he tenido esa duda eterna entre sucumbir o no ante el materialismo. Está bien ser libre y tener la suficiente fuerza de voluntad como para no poseer nada pero joder, tener una Expedit llena de discos es cojonudo y te permite ignorar la realidad durante varios días seguidos. Al final escogí el camino de lo material al preguntarme “Vale, bien, ¿pero qué coño le voy a dejar a mis hijos?”

Está claro que lo que tienen que heredar nuestros vástagos son un buen puñado de ideas positivas como “llegar a ser buenas personas”, “aprender a valerse por sí mismos” o “saber respetar a los demás” pero joder, a mí me hubiera encantado tener una primera edición del “Damaged” de Black Flag de propina. Y así es como justifico mi materialismo; quiero dejarles en herencia las buenas piezas que he ido cazando a lo largo de mi existencia. Y es que en el fondo esta es la gracia; uno debe heredar las mierdas que les gustaban a sus padres y, a partir de ellas, conocerlos un poco mejor. Espero que algún día mis descendientes sepan apreciar todos los kilos de buena mierda que recibirán cuando un servidor muera. Es probable que les importe todo bien poco (siempre existe esta fase de negación hacia los gustos de los progenitores) pero joder, alguna buena joya supongo que encontrarán, y, entonces, minutos antes de ponerla en venta en Ebay, quizá se les caiga una lagrimita de amor hacia su irresponsable padre que se gastaba en putos discos y cómics  todo ese dinero que podría haber invertido en mejores productos alimenticios y una educación decente.

Ahora centrémonos en el momento presente, el siglo XXI, ¿verdad? Estamos inmersos en la era digital y existe la posibilidad de consumir cultura —que feo suena esto de “consumir cultura”— a través de la red. Hemos pasado de un medio físico a un medio intangible. MP3 y streaming en vez de discos de vinilo; Kindle en vez de libros, etcétera. Lo que está claro es que si centramos nuestras vidas en el etéreo y cada vez más real mundo del dios Interneto estaremos también convirtiendo esta dimensión en el almacén de todos nuestros placeres.

Nuestros padres nos dejaron —en mayor o menor cantidad— ciertas pistas sobre sus gustos a base de libros y discos que ocupaban las estanterías de nuestra infancia (esta frase se merece un jodido aplauso). Algunos de nosotros intentamos hacer lo mismo y en nuestra vivienda tenemos “cosas” con las que se puede hacer “algo” con ellas. No me refiero a jarrones o manteles, me refiero a películas, libros y todo esto. Pero también existe mucha gente que en casa no tiene una mierda —no por falta de dinero, sino por falta de interés. Puede que tengan cuatro CD’s de recopilatorios de “jazz” o de “Los sonidos de los sesenta”  y un par de libros —como La conjura de los necios y el Ulysses de Joyce con el punto situado en una de las primeras 30 páginas— para cumplir con el cupo de “propiedad cultural” pero todo lo demás lo consumen de forma digital. Su cultura se traduce en bytes y no en centímetros o kilos y, pese a que es cojonudo debido a que permite almacenar una cantidad insultante de material, la relación que nuestros futuros descendientes tendrán con esos archivos se alejará bastante de la que hemos tenido nosotros con los discos de nuestros padres. Los objetos son como esas maquinitas de música que tienen un cilindro con bultitos y varias láminas de metal de distinta longitud que reproducen notas, en fin, [esto](http:// http://i39.tinypic.com/hw0gat.jpg). Al escuchar la canción, cada golpe erosiona el material, cada reproducción es importante y hace envejecer el producto. Lo digital siempre es igual, es perenne, el tiempo no le corrompe y esto, cuando uno está inmerso en la nostalgia, no ayuda a generar un clima favorable. Nosotros, tanto como nuestros padres, tenemos que dejar huella en esos artefactos. La eterna pulcritud no permite viajar al pasado.

Y es que lo que la gran mayoría de nosotros dejaremos a nuestros hijos será un buen montón de discos duros llenos de mierda. Una cantidad terrible de "datos” que seguramente no se atreverán a consultar nunca. Miles de carpetas, de carpetas dentro de carpetas que están dentro de carpetas con nombres como “Escritorio anterior”, “Descargas_2012” o “Fotos móvil” que, si en algún momento de sus vidas consiguen sacarse un fin de semana de 360 horas, podrán consultar. Entonces harán un viaje muy loco a través de tu VIDA entera. Porque si algo tiene de bueno todo esto de lo digital es la extrema documentación. Podrán ver nuestra evolución vital (tendrán fechas exactas) y conocerán los rincones más excepcionales de nuestras vidas pero también los más vergonzosos e intrascendentes, como el contenido de la carpeta “download”, esas páginas guardadas en “favoritos” cuyos links resultarán inoperativos y, por supuesto, millones de canciones, películas, series y libros descargados. Será una cantidad tan exagerada de información que parecerá que no haya tenido ningún tipo de filtro, como si sus padres (nosotros) hubieran decidido descargarse todo lo que estuviera a mano sin ningún tipo de coherencia. Y de hecho esto es exactamente lo que estamos haciendo, esta descarga infernal solo hará que nuestra herencia no tenga nada de personal, contará, de hecho, muy poco de nosotros mismos.

La forma en que nosotros estamos experimentando el pasado de nuestros padres es absolutamente distinta a la que se encontrarán nuestros pobres vástagos. Cuando vuelvan a casa de nuestro funeral, en vez de encontrarse un piso lleno de estanterías repletas de libros y discos se encontrarán con un triste laptop y un par de discos duros externos. Eso, amigos míos, seremos nosotros.