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¿Cuál es la meta real de un "te amo"?

Acudimos a los sabios y preguntamos por la naturaleza del glitch en la racionalidad humana.
24.11.17

when my love comes to see me it’s

just a little like music,

a little more like curving colour (say orange)

against silence, or darkness…

E.E. Cummings, “When My Love Comes To See Me It’s”

Para P.

Decían los griegos que al tercer día de nacido un ser humano, las Moiras se aparecían y determinaban el curso de su existencia; Cloto tejía la vida, Láquesis medía el tiempo que pasaría en la tierra y Átropos -llegada la hora- decidía cómo moriría, cortando la hebra con un tijeretazo rápido e inclemente. Es posible decir que el mundo contemporáneo ha perdido su sentido de finitud. Pienso que es, en parte, porque hemos perdido su personificación: no sentimos nuestra vida vigilada por tres mujeres amenazadoras. Sin embargo, y luego de escribir un repertorio de historias amorosas trágicas, estoy segura de que el amor coloca la mortalidad en el centro del día.

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No estoy diciendo que sea un suceso enteramente angustiante. Lo que afirmo es que la experiencia amatoria es de una fuerza tal, que nos remite a lo trascendente, simultáneamente que a lo inmediato. Preguntarse por la naturaleza del amor es definir algo más grande que el que lo cuestiona, pero en un momento particular, inserto en una historia con nombre y apellido. En momentos así, cuando la madrugada despierta con una interrogación subrayada, es mejor acudir a los expertos. Advierto que pedir consejo a aquellos que saben, o dicen saber, no necesariamente implica que las respuestas se revelan a manera de manual. Más bien trae consuelo. Por tanto, léase este texto como una ofrenda de paz después de relatarles tanta tragedia.

Del amor hay dos interpelaciones fundamentales: qué es y si se está sintiendo. No hay un orden cronológico específico para formularlas, pero sí se implican necesariamente. Cuestionarse si se está verdaderamente enamorado lleva a intentar definir el fenómeno; resultaría extraño afirmarse o no como amante si no se sabe qué es el amor. A su vez, la oración el amor es… trae al cerebro el asunto de si se ha amado alguna vez.

Una de las definiciones más comunes del amor es que carece de definición, afirmación que no carece de profundidad a pesar de estar tan sencillamente formulada. Que algo carezca de definición significa que está fuera de la capacidad de conocimiento humana; lo único que sabemos es que no podemos saber algo certero de él. Judith Butler piensa que “aquellos que creen que el amor destruye la idea del amor son los que verdaderamente saben qué es el amor, quienes tienen amor, quienes lo han hecho, lo han experimentado, lo han pasado.” Lo que perturba a Butler es dudar del amor y si esa duda lo confirma o lo destruye. Tiene sentido la cuestión si nos remitimos al hecho de que no podemos saber si estamos en algo que no sabemos qué es. Y el sosiego que da resignarse a la indefinición dura poco.

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La descripción que da la autora del vaivén amoroso muestra cómo somos incompetentes ante nuestro afán de categorizar. Escribe que “usualmente, somos engañados por el amor, nos volvemos a viejos comportamientos luego de arrebatos extáticos de amor, o uno llega a pensar el éxtasis de modos nuevos, preguntándose si esto es éxtasis, si es amor, dudando, dudando.” Estas líneas son cotidianas en una relación: después del mejor día de nuestras vidas, llegamos a casa a ponernos la ropa de cama y volver a la tranquilidad de la rutina, casi como si el momento eufórico fuese más elucubración que realidad. Sobreviene, entonces, la angustia: ¿cómo puedo volver a la normalidad después de eso? ¿No el amor es una experiencia que te cambia por completo? Me cepillé los dientes igual que ayer. Por eso Butler dice que “encontramos que el amor no es un estado, sentimiento, disposición, pero un intercambio irregular, cargado con historia, con fantasmas y anhelos que son más o menos legibles para aquellos que intentan ver al otro con una visión imperfecta.”

Nada ayuda el retrato del amor que hace Hannah Arendt. Hasta ahora, Butler no dijo otra cosa más que no podemos saber mucho del amor; Arendt dice cómo se muere. Esta filósofa también alude a una definición vacía: el amor no puede ser puesto en palabras. Pero tampoco puede estar dispuesto al público. A diferencia de la amistad, escribe Arendt, el amor se extingue en el momento en el que es dispuesto al público. No se está hablando aquí de una demostración amorosa en la acera, sino de aquellos que piensan que su amor puede cambiar o salvar al mundo; todos los propósitos políticos chocan con el amor porque éste implica un mundo propio de los amantes que no da cabida para alguien más. Adiós, entonces, a toda intención de una gran historia que termine con el hambre. Suena obvio y bien puede argumentarse que el amor erótico no tiene esa función, pero es innegable que estar ahí motiva a “ser mejor persona”, que puede implicar el deseo de cambiar al mundo, tal vez juntos. No es por ahí y seguimos en blanco.

Las Moiras están acosando mi topología; Cloto está tejiendo un amor cuyo diseño no se alcanza a ver, Láquesis mide el tiempo amoroso a escondidas y Átropos juguetea con las tijeras. Sólo han pasado tres días.

"Orfeo ed Euridice", Tiziano (1508).

“El objetivo del amor es darse cuenta de lo inmortal en lo mortal entre los amantes”, dice Luce Irigaray y pienso que es buen elemento para darle batalla a las Moiras. Esta descripción del amor está centrada en el cuerpo, pero no como un trozo de carne simple y llano. El intercambio corporal se reviste de inmortalidad porque es creativo; dos cuerpos radicalmente distintos llegan a una unión en la que la diferencia no puede ser erradicada. En la experiencia, el sexo es capaz de crear un nuevo espacio, irreductible a la cama o la sala, sino la instauración de una atmósfera única que se descubre cuando nos despojamos del cinismo contemporáneo de no-sentir-más-de-la-cuenta. Aquí está una vía de descubrimiento: el cuerpo siempre está experimentando algo nuevo, algo lleno de sorpresa. Caer en esta conciencia es un indicio para saberse irrevocablemente enamorado.

Según Irigaray, comprender al otro no es la meta cuando decimos te amo. En otras palabras, amándote reconozco que no eres mío y que no puedo absorber tu identidad, pues “en cuanto estoy segura de conocerte, que sé que harás después, ya no tengo una relación contigo, en su lugar, tengo una relación conmigo misma, con mi propia proyección sobre ti.” Amar a alguien implica respetar absolutamente su libertad y su subjetividad. Así dicho, puede responder alguien, el amor está condenado a un desconocimiento brutal que no permite confiar. Por el contrario, el desconocimiento empuja a la atracción y a la sorpresa; si nadie puede conocerse enteramente a sí mismo, es ridículo pensar que se puede hacer con alguien más. Pero sí podemos asombrarnos constantemente de la persona que es el otro.

El encanto de la filosofía de Irigaray es que impide que convirtamos a aquel que amamos en una lista de cualidades. A saber, si la pregunta ¿por qué te amo? se responde con porque eres tal o cual, entonces se está perdiendo de vista que el individuo tiene una profundidad imposible de explorar completamente: se lo reduce a cómo lo percibo y eso lleva a cómo lo quiero percibir. El amor no es idealización. Irigaray lo expresa como misterio; aquello que no puedo someter ni a mis leyes ni a mi mundo y que amo porque es verdaderamente esa persona. El misterio es el nacimiento de otra persona, su revelación. Es aquello que Orfeo vio en Eurídice; que Jasón falló con Medea. Y la caricia, en cualquier modalidad, descubre y redescubre con invariable sorpresa.

Entonces, ¿qué es el amor? Lo que tenemos son atisbos y definiciones negativas: no es y se parece a. Termina Butler diciendo que “el amor siempre nos regresa a lo que hacemos y no sabemos. No tenemos otra opción que ser sacudidos por la duda, y persistir con lo que podemos saber, cuando podemos saberlo.”

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Pero yo termino con una carta de Martin Heidegger a Hannah Arendt:

“Lo demoniaco ha dado en mí. El quieto orar de tus manos queridas y tu frente luminosa lo guardaron en femenina transfiguración.

Nunca me había ocurrido algo así.”

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