México, Alemania y el león arrodillado
Foto de SERGEI ILNITSKY vía EPA.
Mundial 2018

México, Alemania y el león arrodillado

Es la victoria mundialista de más alto perfil y (se podría argumentar) la más importante por lo glamurosa y el nivel futbolístico de la misma.
17.6.18

Una gran parte de la espiritualidad del futbol mexicano pasa por la derrota ineludible y obligada. Tener en la punta de la nariz la cal de la victoria, sintiéndola tan cerca y al final, termina escapándose, evaporándose como las gotas de líquido en la parte interna de la tapa de una cacerola cuando estamos cocinando. La selección mexicana ha sido el sinónimo más exacto del odioso "jugamos como nunca y perdimos como siempre"; del estar ahí, bien cerquita. El casi casi, el "Ya merito".

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Alemania tiene cuatro Mundiales y tres Eurocopas. Toni Kroos lleva tres Champions League seguidas. Cuando hablamos de centrales en el futbol lo primero que nos viene a la cabeza es Lothar Matthäus o Franz Beckenbauer. Y Gary Lineker hizo famosa una frase sobre los alemanes que ya nos cansó a todos hasta llorar. Alemania es un cliché futbolístico, una selección históricamente casi imposible de mejorar física, táctica y técnicamente. Unos robots con el pecho bastante ejercitado en el gimnasio.

El Mundial de futbol nos pone en una situación patriótica casi ridícula y nos convence de que los jugadores que están dentro de la cancha con palpitaciones por encima de los 100 BPM somos nosotros y que tenemos todo el derecho posible y real de reclamarle y mentarle su madre a Chicharito cuando en vez de pegarle con el empeine prefiere dar un pase en corto y asesinar la jugada. Ni a los políticos los tratamos así. A Enrique Peña Nieto o a Donald Trump no le exigimos tanto como a Rafa Márquez contra Holanda circa 2014.

ELIZABETH RUIZ /CUARTOSCURO.COM

Pensar en Alemania y su selección hace que me venga a la mente un león. Uno hermoso: lleno de cabellos dorados y resplandecientes, como si el sol se pusiera de acuerdo para regalar los más calientes de sus rayos a él, y la sombra que cae sobre la acera completara un ángulo de noventa grados haciendo juego con la seguridad que se nota en su cara. Un león que da miedo. E impone un respeto que desborda en la atracción común que siente todo ser humano por la autoridad.

México llegó al partido de la peor manera posible: sin convencer en amistosos (según Memo Ochoa "para no mostrar armas"), con un escándalo extra deportivo criticándolos, y casi ningún pronóstico o quiniela de bar de mala muerte dándoles una ligera oportunidad ante los cuatro veces campeones del mundo. Hasta Kevin De Bruyne creía más en México que el propio México: "México se mostró superior tácticamente [luego del partido contra Bélgica]. Su sistema hizo que tuviéramos que bajar cinco, hundiendo nuestro mediocampo". Juan Carlos Osorio, DT con la mejor racha de partidos en una eliminatoria de CONCACAF, era cuestionado en toda conversación de sobremesa desde Cancún a Iztapalapa.

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Alemania no venía bien. Hay que decirlo. Sus resultados pre Mundial, la inexistencia de un killer entre sus 23 seleccionados (¡ay, Miroslav!), la locura de no convocar a la zurda de Leroy Sané –niño de oro de Pep Guardiola en el City y llamado a ser uno de los más brillantes en Rusia– y el bajo nivel de Õzil, se suman al obvio cuchillo entre los dientes que todo seleccionado nacional de México iba a tener bien mordido para correr y dejarse los músculos tironeados frente a los alemanes. Esto hacía ilusionar, aunque suene a novela de ficción, que este partido no iba a ser nada parecido a la goleada de la Copa Confederaciones frente a una Alemania sub 23.

Para ganar a un equipo tan monstruoso como Alemania en un torneo de este tamaño tienen que alinearse todas las estrellas posibles. Veintidós piernas más las seis de cambio, y el músculo más importante del cuerpo (el cerebro) tiene que estar afinadísimo. México comenzó en el Luzhniki Stadium como si ellos fuesen los que lucieran cuatro estrellitas sobre el escudo tejido en el uniforme. Héctor Herrera jugó probablemente el mejor partido de su carrera; Carlos Vela fue el jugador que todos pensamos cuando lo vimos debutar que sería y parecía ser la sombra de Toni Kroos cuando Alemania atacaba, también se posicionó inteligentemente por detrás de él y Khedira cuando México tenía la pelota para así recibir solo e incomodar a los centrales alemanes. Las transiciones para lograr las contras sucedieron a una rapidez diabólica made in Real Madrid, por momentos parecía que Chicharito e Hirving Lozano tenían una o dos velocidades más que Hummels y Boateng.

Foto de SERGEI ILNITSKY vía EPA

El miedo no existió en la cara de ningún mexicano, y cada vez que enfocaban a Özil parecía la definición precisa de "pecho frío". Memo Ochoa fue el mejor Memo Ochoa y atajó nueve veces la pelota de nueve disparos alemanes. Nueve. Ya luego de esta actuación y la de Brasil hay que pensar en poner alguna parte de su cabello dentro de Los Pinos. Juan Carlos Osorio le dio una clase táctica a Joachim Löw. Y aún así demostrándolo, cuando quitó a Vela a los 58 minutos del primer tiempo porque se notaba fundido físicamente, tuve que escuchar por la televisión que "cómo se le ocurría hacer esto". Y sí, sacar a tu mejor jugador faltando más de treinta minutos ganándole al campeón del mundo es porque tienes los cojones de acero. Y al parecer es del inoxidable. Del caro.

Foto de ZURAB KURTSIKIDZE vía EPA.

México aún no ha ganado nada, sí. Ni siquiera está en octavos de final. Pero en la historia de todos los Mundiales hay pruebas de que se necesitan partidos como este para poder tener una mínima esperanza de lograr algo. También hay que tener suerte. Mucha.

Según la RAE, la suerte es un "encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual". Si le hacemos caso a ese librito estamos hablando de un fenómeno del que no tenemos responsabilidad ni podemos controlar, como ir al casino y apostar toda la quincena al seis rojo. Voltaire decía que la suerte era "cuando preparación y oportunidad se encuentran y fusionan". Por mi parte, me voy más con Voltaire que con la RAE. El poste faltando minutos para terminar, la tapada de Memo en el tiro libre, el enganche (cuando todos pedíamos que pateara) de Lozano y la insoportable lentitud de Özil levantando sus manitas como si estuviese bailando ballet en vez de representar a su país (otra vez el ridículo patriotismo), son ingredientes obligados en todo suceso exitoso en el futbol. La mano de Maradona en 1986… el cabezazo de Ramos en el noventa y dale contra el Atlético, el tiempo de descuento para el United en el Camp Nou circa 1999 que dejó a Kuffour llorando a cántaros… es necesaria.

No hay nada que quitarle a estos 93 minutos de victoria histórica de México contra el campeón del mundo. Ni una sola gota de sudor fue malgastada en el Luzhniki Stadium. Tener a Manuel Neuer dentro del área buscando un cabezazo maldito que hubiese logrado que todo el planeta lo odiara sin pudor para, segundos después, verlo arrodillado mientras Chicharito lloraba lágrimas de alivio, orgullo y felicidad, es lo más parecido a tener al león imbatible arrodillado. Algo bien novelesco. Es la victoria mundialista de más alto perfil y (se podría argumentar) la más importante por lo glamurosa y el nivel futbolístico de la misma. Reescribieron la historia entre rumores de escorts, memes y burlas sobre su "pobre" juego. O como leí en un hermoso tuit: "En el Día del padre les dimos en la madre". Hermoso. Tan tonto que es hermoso.

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