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guerras y conflictos

Sobre cómo el trigo se ha convertido en un arma de guerra en Siria

El régimen de Bashar al-Assad, los rebeldes de la oposición, los yihadistas de Estado Islámico, y organizaciones no gubernamentales luchan por el control de uno de los recursos más poderosos del país.
29.6.16
Imagen por David Hagerman

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Este artículo fue originalmente publicado en Munchies.

A día de hoy todavía se debate intensamente sobre cuáles habrían sido los detonantes de la guerra civil siria, y sobre qué papel habrían jugado las materias primas en su génesis. Claro que de lo que no cabe ninguna duda es de que las semillas, el trigo y el pan han formado parte del corazón del conflicto desde sus más tempranos estertores. Aquellos que responsabilizan al precio y a la influencia del petróleo del estallido de la guerra se olvidan de la importancia del suministro de comida, y del poder ejercido por quienquiera que lo controla.

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"Hay escasez de comida", afirma Abu Wael, un residente de la rural provincia de Homs, una de las primeras en sublevarse contra el régimen del dictador sirio Bashar al-Assad en 2011. "Ha sido así durante los últimos 4 años y las cosas están empeorando. El pan solo llega cada tres o cuatro días. Antes se podía obtener a diario.

"No hay un suministro regular ni de trigo ni de pan", a pesar de las múltiples resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre el acceso humanitario a los alimentos y sobre los miles de millones de dólares que se han destinado globalmente para socorrer al país. Lo cierto es que el gobierno sirio sigue controlando ampliamente el acceso de los vecinos a la comida, y hasta el de algunas ONG internacionales.

'Siria se ha convertido en el escenario de la intervención humanitaria más complicada de la historia'.

Sucede que en Siria el acceso a la comida es un arma de guerra. Assad ha empleado repetidamente estrategias de asedio para desatar hambrunas en zonas controladas por rebeldes, una ofensiva que ha contemplado, igualmente, el bombardeo aéreo tanto de panaderías como de las colas del pan que se forman en los lugares de mayor escasez.

Y conforme ha escalado la violencia, la falta de acceso a los frutos de la agricultura y a las cadenas de producción de comida ha provocado que el que fuera antaño un país autosuficiente se haya visto obligado a importar trigo y otros alimentos — a menudo provistos por Rusia, Irán y por sus aliados — para seguir alimentando a la población en algunas de las zonas controladas por el gobierno. Las ayudas recibidas no son ni de lejos tan efectivas como el apoyo militar que reciben los países que apoyan al régimen de Assad.

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Pese a todo, en las zonas cercadas y en el norte de Siria, grandes ONG internacionales están colaborando con las ONG locales para recuperar el control de la cadena alimenticia. El pulso de las ONG se ha propuesto arrebatar al régimen la gestión centralizada de los alimentos, para devolver así a los civiles el control sobre sus vidas.

"Yo creo que Siria se ha convertido en el escenario de la intervención humanitaria más complicada de la historia", opina Daniele Donati, subdirector de la división de Emergencia y Restitución de la Organización de Naciones Unidas para la Comida y la Agricultura (FAO en sus siglas inglesas). "Estamos hablando de una crisis de comida. Y estamos hablando de una crisis de la supervivencia. Nosotros estamos intentando ayudar a la gente para que deje de tener todavía más motivos para abandonar sus tierras".

La Fundación para las Libertades y los Derechos y la Ayuda Humanitaria (IHH en sus siglas inglesas) es una ONG de Reyhanli, en Turquía, que suministra pan a los sirios. Varias organizaciones trabajan para alimentar a la población desplazada y para reconstruir las infraestructuras agrícolas de Siria. (Todas las imágenes por David Hagerman)

"La razón principal por la que la gente está huyendo son los bombardeos aéreos", relata Rami Alkatib, un trabajador en infraestructuras sirio radicado al sur de Turquía. "Pero si apoyamos a la agricultura, es muy probable que consigamos que la gente no se mueva de esas zonas. La gran mayoría de zonas controladas por los rebeldes son zonas agrícolas. Y en esos lugares te encuentras con un cielo plagado de aviones y con un suelo desprovisto de alimentos; es decir, con lugares en los que es imposible que nadie se quede". Donati está convencido que reparar los problemas de la agricultura siria va más allá de alimentar a los que pasan más hambre; es un vehículo para la paz.

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El alimento principal de Siria es el pan. Los sirios de alimentan a base de barras redondas y planas que se venden por docenas, en casi cada una de sus comidas. Y lo cierto es que, históricamente, el país ha contado con un sistema de producción centralizado para abastecer a la población de su principal alimento. Hasta antes de la guerra, el gobierno se dedicaba a repartir semillas y a subvencionar la producción de trigo, a comprar las cosechas y a regular la producción de harina, además de participar en el horneado y en la venta del pan.

Las inversiones promovidas en su día por Assad y por algunos socios comerciales internacionales como Nestlé, convirtieron a Siria en un país donde, a finales del siglo XX, el sistema alimenticio era seguro. Entonces el estado producía trigo suficiente como para alimentar a su población sin depender de las importaciones, lo cual era un motivo para la esperanza en una zona proverbialmente árida e inestable.

Sin embargo, entre 2007 y 2011, Siria fue golpeada por un desastre medioambiental que sembró el caos en el país: entonces las sequías golpearon duramente a la agricultura. La producción de trigo cayó en un 50 por ciento y los precios de los alimentos se triplicaron en menos de un año.

Después de una efímera recuperación tras una cosecha especialmente nefasta, la combinación de una producción pobre, del aumento de los costes y de las políticas públicas, concentradas en la liberalización del mercado, provocaron que cientos de campesinos se quedaran sin trabajo. La situación desembocaría en la sublevación popular de 2011, cuando la gente se echó a las calles para protestar. Es posible que el descontento campesino no fuese la causa de la revolución, pero de lo que no cabe duda es de que las consecuencias de la sequía espolearon el apoyo a las manifestaciones en contra del régimen.

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Poco después de la sublevación, Assad promulgó algunas reformas en el sector de la agricultura: orquestó una regreso paulatino hacia la privatización, aumentó las subvenciones, condonó las deudas de muchos campesinos y creó unos fondos de emergencia para apoyar a los campesinos más pobres. Y además, para mantener a los consumidores felices y satisfacer la demanda, el régimen empezó a importar trigo del este de Europa. Claro que ninguna de las medidas fue suficiente.

Poco a poco las protestas populares se propagaron por todo el país. Siria se vio repentinamente sumida en una revolución y obligada a adaptarse a la alteración de su vida diaria. El régimen de Assad decidió diseñar entonces una estrategia devastadora para combatir a las fuerzas rebeldes: el dictador ordenó que el ejército empezara a bombardear las colas de pan que la escasez había propagado por muchas zonas del país.

Y lo cierto es que aquellos tempranos bombardeos no han dejado de producirse a lo largo de más de un lustro de guerra. En uno de los últimos ataques registrados, los bombardeos de los cazas rusos habrían destruido una panadería que suministraba pan para más de 45.000 personas.

Los voluntarios distribuyen pan fresco entre los refugiados sirios en una aldea de las afueras de Reyhanli. Algunos trabajadores se han visto obligados a tener que pagar a los soldados para que estos les permitan entrar en las zonas cercadas

La batalla territorial emprendida por el régimen y los rebeldes se ha centrado en la lucha por los almacenes de grano y por las panaderías. Así ha sucedido en el noreste del país, una situación que los yihadistas siguieron muy de cerca y de la que aprovecharían para hacerse con el control de los preciados recursos. Los archivos obtenidos por el periódico alemán Der Spiegel sobre Haji Bakr, uno de los cerebros de Estado Islámico, indican que la organización terrorista había trazado un plan milimétrico para hacerse con el control del molino harinero más grande del norte de Siria.

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Una vez consiguieron su objetivo, los yihadistas pasaron a la segunda fase de su plan y orquestaron su proverbial y disciplinada gestión de la producción. Esta consistió en generar cantidades de pan suficientes como para alimentar a la población de las zonas que controlaban y ganarse así el favor de sus desesperados habitantes.

Los vídeos propagandistas de Estado Islámico no se cansan de exaltar las virtudes de su maquinaria agrícola. Las estilizadas imágenes muestran planos en los que se ven almacenes de grano llenos hasta los topes de semillas, a campesinos labrando sin descanso sus campos excelentemente irrigados, y a trabajadores rellenando sacos enteros de grano con el que hacer pan.

Sin embargo, los vídeos filmados por un grupo de la oposición rebelde parecen contradecir la propaganda yihadista. En las imágenes, que todavía no han sido contrastadas, se sugiere que, en realidad, Estado Islámico se dedica a vender su grano al régimen de manera precipitada. Y lo cierto es que se trata de una teoría menos descabellada de lo que parece.

En 2013, poco antes de que Estado Islámico decidiera autoproclamarse como tal en Siria, los rebeldes y las fuerzas del régimen desplegadas en la provincia de Idlib, consiguieron suscribir una tregua momentánea. Los rebeldes decidieron entonces mandar sus existencias de trigo al régimen, para que sus secuaces lo procesaran y se lo devolvieran prácticamente convertido en harina. El régimen se quedaba, a cambio, con parte de la producción para su propio consumo.

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A día de hoy las ONG trabajan por romper la necesidad de semejantes treguas e incómodos acuerdos entre las facciones enfrentadas. Su intención no es otra que reemplazar el sistema de producción centralizado que había instaurado el régimen de Assad inicialmente. A fin de cuentas, el sistema destinado a la autosuficiencia de la producción se ha derrumbado.

Hoy el Estado posee menos de la mitad de las panaderías que poseía antes de la guerra, las fábricas que suministraban el fertilizante y la levadura a los agricultores han sido cerradas o destruidas, y la distribución de semillas se ha venido abajo — tan solo una tercera parte de las instalaciones destinadas a este trabajo antes de la guerra siguen operando a día de hoy.

El régimen de Assad sigue sin producir cantidades significativas de trigo desde 2012, una circunstancia achacable a la pérdida de tierras de cultivo, muchas de las cuales han pasado a manos de los rebeldes, y a su incapacidad de transportar el grano hasta los almacenes igualmente controlados por los rebeldes.

'El régimen viene manipulando desde hace meses el acceso a la comida'.

Debido a todo ello, el régimen sigue dependiendo de la ayuda humanitaria y de las líneas de crédito tendidas desde Irán y, más recientemente, desde Rusia. Así, solo en 2014 Irán habría enviado 30.000 toneladas de comida a Siria. Lo que explica, de hecho, que Irán y Rusia conseguirán hacerse con los contratos para reconstruir las infraestructuras agrícolas en Siria, algo que obtendrán muy fácilmente debido a las sanciones que Occidente ha impuesto sobre sus finanzas y sobre sus bancos. Si bien la economía siria ha establecido vínculos proverbiales con Irán y Rusia, lo cierto es que a partir de 2013 los vínculos se han concentrado casi exclusivamente en preservar la seguridad alimenticia.

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Este apoyo, además de la temprana alteración de los programas de ayuda humanitaria de Naciones Unidas, han probado ser fundamentales para que el régimen siga manteniendo el control sobre algunas áreas del interior del país. Hasta que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no aprobó sus resoluciones de 2014 para consentir el movimiento entre las fronteras del país sin el permiso del régimen, los programas de ayuda a la agricultura solo podían llevarse a cabo en el más absoluto secretismo.

Y pese a todo, a día de hoy, el gobierno sigue denegando el acceso a zonas que necesitan ayuda de manera desesperada. Este pasado mes de mayo, las fuerzas del régimen apostadas en el último puesto de control bloquearon la llegada de un cargamento de ayuda humanitaria para la ciudad de Daraya. Era el primero desde noviembre de 2012.

El régimen viene manipulando desde hace meses el acceso a la comida. De tal forma, la intervención humanitaria, cuyo propósito no es otro que preservar la cadena alimenticia, es crucial.

Hoy una bolsa de pan cuesta entre dos y cuatro veces más cara que al principio de la guerra. El precio depende de si la panadería es pública o privada. Al menos así lo concluyen las estadísticas recabadas por el Programa Mundial de Alimentos. Los activistas han denunciado que, en determinados lugares, el pan puede costar decenas o cientos de libras sirias más de lo que costaba.

La inflación se explica por la escasez y por lo costoso que es poner el pan en el mercado. A menudo el régimen exige sobornos o impuestos revolucionarios en los puestos de control de las carreteras. Y cuando sus exigencias no son satisfechas se dedica a confiscar el producto, una situación que repercute en el precio del mismo, que entonces ya se dispara de manera inapelable.

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Las agencias de ayuda humanitaria se han dedicado tradicionalmente a apoyar a las poblaciones desplazadas con el suministro de comida. Sin embargo, hoy los programas de asistencia son muchos y muy variados y van desde la irrigación de los campos al apoyo a la agricultura — a la que se asiste, por ejemplo, con la germinación de semillas — a la molienda de la harina, la reconstrucción de molinos destruidos y al suministro de harina en las panaderías. El problema ha pasado de consistir en hacer llegar los suministros, a intentar regular su precio y distribuirlo.

Este es un proceso complicado. Rami Alkatib cuenta su organización obtiene semillas en zonas controladas por el régimen y que luego las traslada clandestinamente rumbo a los territorios asediados. Alkatib lo ha hecho tal que así en muchos de los proyectos que ha emprendido desde el sur de Turquía.

Tanto Alkatib como Wael cuentan que se ven obligados a negociar con comerciantes corruptos y con soldados que les exigen que se les pague para facilitarles el acceso a según qué zonas. Además, ambos se quejan de que sus recursos son limitados y de que apenas cuentan son subvenciones.

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La FAO, sin ir más lejos, ha denunciado que sus programas de emergencia para la agricultura fueron precariamente financiados durante el año pasado, cuando apenas contaron con un 30 por ciento del presupuesto convenido. De tal manera, sus intervenciones de ayuda humanitaria distan mucho de ser perfectas. "Lo hacemos lo mejor que podemos", confiesa Donati. "Especialmente habida cuenta de lo inestable de las circunstancias bajo las que trabajamos".

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Y aún así los activistas humanitarios siguen creyendo que lo que hay que conseguir es generar trabajos en el sector de la agricultura para así contrarrestar la escasez de comida. Alkatib asegura que él ha visto a familias regresar de los campamentos para desplazados en la frontera de Turquía con Siria, donde la comida está disponible. "Empiezan a observarse las consecuencias", señala. "Nosotros hemos informado del regreso de entre 60 y 80 familias que han llegado en busca de la autosuficiencia".

Los proyectos de jardinería han permitido que algunos de los vecinos vuelvan a ser autosuficientes, aún cuando los suministros mínimos, como el trigo o la harina, escasean debido a los bloqueos. "Ahora mismo están haciendo pan con distintas semillas. Normalmente lo hacían con harina. Pero ahora han aprendido a hacerlo con otros cereales y hasta con hierbas".

En el interior de Homs, Wael ha puesto en funcionamiento un programa para estimular el crecimiento del trigo. Se trata de un programa que cuenta con las semillas y los molinos necesarios para ser desplegado. Sin embargo, la iniciativa todavía no consigue satisfacer las necesidades de la zona. Incluso una vez obtenidas las semillas y los molinos, el proyecto se ha visto frenado por los recortes de combustible. Sucede que la gasolina no solo es necesaria para facilitar el transporte de los materiales, sino también para alimentar los generadores encargados del suministro eléctrico de los molinos y de las panaderías.

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Más allá de las necesidades de consumo de los vecinos y de facilitar la subsistencia de los residentes, el mantenimiento de las cosechas es una parte integral para preservar las estructuras sociales. Las organizaciones de la sociedad civil, tales como los Comités de Coordinación Vecinal de Siria, creen que el suministro de trigo y de pan es la mejor manera para promulgar y recaudar los impuestos necesarios para ayudar a la población.

"En las zonas controladas por los rebeldes todos intentan ser autosuficientes durante 9 meses al año", cuenta Alkatib. "Los ayuntamientos locales están generando ingresos gracias a que disponen del trigo, a que lo pueden hornear y a que se lo pueden vender a la gente para poder costear el precio que han pagado a los campesinos locales para obtenerlo".

Es un secreto a voces que Wael y Alkatib y las ONG con las que trabajan han emulado la estrategia de los yihadistas consistente en meterse a la población en el bolsillo gracias a un control inteligente del trigo y del pan. Claro que aún más importante es que están trabajando para permitir que los sirios de a pie, los más castigados por este despiadado conflicto, vuelvan a hacerse con las riendas de su subsistencia.

Y a todo esto, la solución pacífica o política del conflicto sigue siendo improbable. Pese a todo, Wael cuenta que él se siente orgulloso "de devolver la vida y la actividad a los vecinos y de restaurar su equilibrio natural", por muy pequeña que sea su aportación. Cuando vives sitiado, la menor porción de normalidad es extremadamente bienvenida.

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