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Cultură

Ya estoy tratando de solucionar mi problema con el alcohol

Desde que escribí el artículo sobre mi problema con el alcohol, he intentado tomar menos. Lo odio. Odio intentar cosas.
13.10.14

Es a la 1AM del sábado y estoy sobria. De verdad no quiero estarlo, pero lo estoy. La sobriedad a esta hora es completamente desconocida para mí, tan extraña como la idea de estar ebria a las 8AM, algo que nunca he hecho —a pesar de que todo el mundo, incluyendo a mi madre, me ve como una alcohólica—.

Estoy sobria esta noche porque ayer no lo estuve. Anoche estaba pedísima. ¿Mi excusa? Era el cumpleaños de alguien más. Un gran número de amigos en la fiesta me felicitaron por el artículo que escribí hace poco en el que hablo sobre mi problema con el alcohol. Su felicitación consistió en levantar sus copas para chocarlas con la mía. Aceptaba sus amables palabras con mi cara de sueño y la única gracia que podía reunir en mi estado alterado.

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Hoy me desperté a las 3PM, totalmente destruida, como en los viejos tiempos. Me dejé llevar porque fue en una reunión social —mi nueva regla es no tomar sola—. No obstante, cuando estoy rodeada de otros mamíferos de sangre caliente, tengo permiso de terminarme una lata (u ocho) de cerveza de mala calidad. Decirme a mí misma que no puedo tomar sola quiere decir que me quedo despierta lo más tarde posible emborrachándome frente a otras personas. Mi nueva regla es un poco inútil.

Después de pasar una tarde mirando al vacío y portándome bien, anoche presenté mi monólogo y —a que no se lo esperan— no tomé durante todo el espectáculo. Pero no fue porque no hubiera alcohol. Tras bastidores había whiskey, mi favorito. Sin embargo, decidí ignorarlo a pesar de que mi cuerpo lo pedía a gritos. ¡Era gratis, carajo! ¿Acaso estoy loca? No sé si mi presentación, la cual normalmente “perfecciono” con licor, fue más ingeniosa o resultó más plana debido a la falta de alcohol. Pero siendo realista, sí fue mejor. Después de todo, la coherencia mejora la comunicación.

Después fui a otra fiesta de cumpleaños en un bar pretencioso ubicado en Hollywood. Cuidé muy bien mi vaso de agua mineral y me sentí orgullosa por no gastar ocho dólares (poco más de cien pesos) en un coctel. Aunque la satisfacción petulante que sentí al ahorrar dinero fue el único placer que experimenté. Me quedé sin tema de conversación gracias a que en mi sangre no había nada de alcohol. Ocho dólares es un precio barato que hay que pagar a cambio de sentirse socialmente cómodo. Me fui temprano.

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Desde que reduje mi consumo de alcohol —hace ocho pinches días o lo que sea— mi nivel de hidratación ha incrementado bastante. Ahora tomo agua con el mismo aplomo con el que solía tomar whiskey. Es decir, ¿necesito tomar algo, no? Mi vejiga pesa. Chapoteo cuando camino. Se está volviendo un problema.

Foto por Jamie "Lee Curtis" Taete.

Antes solía tomar para quedarme dormida, por lo que ahora mi ex me dejó un poco de mota como reemplazo del alcohol. No funciona. Después de fumar, me quedo despierta y hago las mismas estupideces que cuando estoy ebria (veo videos de Veruca Salt y episodios de True Life en MTV mientras fumo un cigarro tras otro). Me despierto mareada, igual que cuando tomo. ¿Cómo chingados funciona la gente que fuma esa mierda todo el tiempo? Sé que preguntar esto me vuelve una mala californiana, pero aún así.

Dormir definitivamente es un problema, pero siempre lo ha sido. Me quedo dormida, me despierto, me quedo dormida, me despierto y me levanto. El sonido incesante de mi máquina de ruido blanco es como el eco del sonido incesante de los pensamientos, miedos, arrepentimientos y pendientes que no me dejan dormir. Cuando mi mente no está alterada, se escuchan aún más fuerte.

Haz ejercicio y medita. Eso fue lo que me recomendó mi amiga Merrill para silenciar los demonios que me inducen al maldito alcohol. Incluso me dio un mantra para repetir. Se parece al suyo pero no es igual, porque para conseguir un mantra propio hay que ir al Centro de Meditación Trascendental y pagarle una suma considerable a un chamán. Yo no le pagué a ningún chamán. El mantra que me dio es sólo una combinación de dos sílabas sin sentido (y con “sílabas sin sentido” me refiero a que es “una palabra llena de significado en un idioma más iluminado”). Decidí que necesitaba crear mi propio mantra —¡en mi propio idioma!—. Al final escogí las palabras “dentro" y "fuera”. Así se hacen los bebés; así se produce la maquinaria; así checas cuando llegas al trabajo y así funcionan los pulmones. Es el principio de la vida. Dentro, fuera. Dentro, fuera.

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Me acosté en la cama con las cobijas sobre mi cabeza y repetí mi mantra casero. Dentro, fuera. Merrill me dijo que es normal que pasen por mi cabeza ideas que no tienen nada que ver, pero que necesitaba ignorarlos tanto como pudiera. Hice mi mejor esfuerzo para dejar de pensar en quién se estaba cogiendo a mi ex, si mi madre se siente orgullosa de mí, etcétera. Lo estaba logrando, hasta que mi gato me atacó violentamente a través de las cobijas. No era un pensamiento, era un gato. Y a diferencia de los pensamientos, era imposible ignorarlo. Me rendí y no llegué ningún nivel de iluminación.

De hecho, utilicé la máquina de remo en la que suelo fumar para, ya saben, remar. Merrill me dijo que toma media hora de ejercicio para que las endorfinas, o lo que sea, me hagan sentir mejor. Para mí el ejercicio resulto demasiado tedioso, cada minuto se sentía como una eternidad. Me rendí a medio camino de llegar al nirvana.

Le pregunté a mi amiga Karen por qué había dejado de tomar. “Por las convulsiones”, me respondió. Me parece bien. Es una maravillosa razón para dejar de tomar. Nunca he tenido una convulsión por el alcohol, pero vi un episodio completo del programa Last Call with Carson Daly porque estaba demasiado ebria como para cambiar de canal, así que, ¿a quién le fue peor? (A ella. Definitivamente a ella).

La gente me pregunta por qué decidí limitar mi consumo. “Porque la forma en la que estaba viviendo”, les respondo, “era insoportable”. Cuando digo esto, muchos sólo se me quedan viendo y no dicen nada. También me han felicitado varias veces por lo bien que aguanto el alcohol, que es como si felicitaran a un adicto a la heroína por lo bien que esconde sus piquetes. En realidad nunca he hecho un espectáculo estilo Zelda Fitzgerald cuando me emborracho frente a otros (aunque debo aceptar que una vez me caí de las escaleras).

Desde que escribí el artículo sobre mi problema con el alcohol, he recibido decenas de correos más largos que La Iliada de personas que tienen el mismo problema. Sin embargo, sus problemas parecen ser mucho más severos que el mío, lo que me hace sentir como un fraude. No soy una experta, sólo soy una borracha. De todos modos, me gusta responderles —me hacen sentir que no estoy tan sola, a pesar del hecho de que estoy sola mientras les escribo una respuesta—.

El artículo que escribí no era un grito de ayuda, más bien era una declaración de los hechos. Tampoco trataba de expresar resignación, a pesar de que la resignación es mi estado natural. Era un mensaje en el que anunciaba que iba a dejar de rendirme. Que iba a obligarme a intentarlo.

En realidad, para mí, intentar es igual de extraño que no estar ebria. Lo odio. Odio intentar cosas. Pero estoy acostumbrada a odiar. Por eso lo estoy haciendo.

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