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Juan Gabriel y las rancheras "para putos"

¿No son las rancheras tonadas hechas para que los machos se muestren vulnerables a lo largo de tres minutos?

"Esas son rancheras para putos". Así me dijeron, acusadoramente, en cierta cantina cuando me atreví a poner “La diferencia” en la rockola del lugar. Supongo que el tipo que me soltó aquellas palabras no podía soportar que Juan Gabriel, el autor del tema de marras, se hubiese inspirado en un hombre para escribir algo así. De lo contrario, ¿por qué alguien habría de molestarse tanto por una simple canción? Además, ¿que no todas las rancheras son para putos?

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Es decir, ¿no las rancheras se refieren a sujetos que muestran, por una vez en su vida, sus sentimientos más hondos? ¿No son las rancheras tonadas hechas para que los machos se muestren vulnerables a lo largo de tres minutos? Ahora que Juan Gabriel ha muerto —olvídense de llamarlo el Divo de Juárez: es El de las Rancheras para Putos—, he tenido la oportunidad de leer toda clase de comentarios sobre su obra y figura, y uno de los discursos más solicitados es aquél que asegura que Juanga estuvo más allá de todos sus colegas por permitir que su homosexualidad aflorara a la hora de hablar, bailar y cantar. No estoy de acuerdo. Antes y después de eso, Juan Gabriel fue un compositor cuya inspiración podría equipararse con la de José Alfredo Jiménez. Tomando en cuenta eso, ¿qué importa que luciera amanerado cuando Raúl Velasco le cedía el micrófono?

Existe un deseo incontenible por darle al compositor michoacano una bandera que, hasta donde sé, él jamás se interesó en ondear. Respecto a su inclinación sexual, a lo mucho llegó a decir que lo que se veía no debería juzgarse; frase lapidaria, al igual que aquella donde dictó que el arte es femenino. En ese rol, alguna vez Diego Verdaguer me dijo que Juan Gabriel hizo algo muy especial para la historia de la música popular: “la idea de jotear con mariachi la impuso Juan Gabriel, él fue”, me contó el argentino. Y sí, eso pasó. Fue el autor de “Querida” quien decidió que el mariachi podía bailar sin pena al ridículo, fue él quien declaró que la otrora imagen brava y sobria de los charros que acompañaban a Pedro Infante en la briaga madrugada, podía irse a la basura. La era del mariachi loco, chabacano y desprejuiciado, había llegado (para bien y para mal). Dicen que Vicente Fernández no veía con buenos ojos a Juanga. Eso dicen.

Rancheras para putos. Insisto en recordar. Supongo que quien me dijo eso, también pensaba en los múltiples temas estilo tex—mex que el llamado divo manufacturó. Seguramente para él, quien me miró con desprecio mientras echaba mis monedas a la rockola, usar botas y sombrero al ritmo de “He venido a pedirte perdón” o “En la frontera” es demasiado marica. Tal vez. Y probablemente esta persona considera que las canciones que el del "Noa Noa" hizo con Rocío Dúrcal carecen del temple que los machos suelen presumir al momento de hablar de sus emociones. ¿Cuántos sementales valentones se ablandarían escuchando “Costumbres” a volumen considerable?, ¿o es que el temor a tragar arroz con popote les impide darle play a un tema de ese calibre?

Juanga, cierto es, se le adelantó a Pablito Ruiz, Fabiruchis y Locomía al momento de plantarse en el escenario sin temer que la muñeca se le dislocara. Pero puede declarársele libre de culpa de que Paulina Rubio, Thalía y Gloria Trevi se hayan erigido como las hacedoras del soundtrack de una buena parte de la llamada comunidad LGBT, al menos en México. De hecho, en ese sentido, habría que recalcar que Juan Gabriel está más cerca de David Bowie y Mick Jagger (sí, ya sé que más de diez están alzando las cejas). Finalmente, más allá de la facha, como intérprete y compositor, el de Parácuaro reventó las listas de hits, vendió discos como desquiciado y se ganó el gusto del público a punta de canciones, y con eso debería ser suficiente para recordarlo sonrientes. Porque Juanga nos ha entumecido el corazón con temas que atraviesan costillas de toda laya; desde las tiernitas de un adolescente confundido, hasta las carcomidas por la osteoporosis de un viejo acosado por la plaga de los recuerdos. Que algunos se empeñen en calificar su vasto repertorio con el apelativo de rancheras para putos, vaya, no habla más que de los prejuicios de un país que —ahí sí vale aplicar el término— sigue siendo bastante ranchero.