Petrona: la grandeza entre dos mundos y dos siglos
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Petrona: la grandeza entre dos mundos y dos siglos

Un justo homenaje y un llamado a vencer para doña Petrona Martínez, una de las más importantes intérpretes de ‘músicas tradicionales’ del mundo.
17 Mayo 2017, 9:30pm

1. Ese corredor por donde pasan los Montes de María y todo el conjunto de brazos y ciénagas que bañan la depresión momposina es, además de una veta de biodiversidad y suelos fértiles para la agricultura, el hervidero de una tradición sonora que modestamente ha sabio tomarse el mundo. Su herencia no es secreto y sus influencias en la diversidad contemporánea no son pocas. Unas veces recibiendo la espalda de su propio país, otras como objeto de exaltación y orgullo, varios siglos de música han florecido en esa región. En medio de tanta riqueza, quiso la casualidad que una humilde campesina se convirtiera ya mayor en un famoso referente del folclor colombiano: Petrona Martínez, una mujer cuya salud hoy nos angustia por lo que significa su obra.

Hace siglos, la execrable esclavitud arrojó a fugitivos africanos desde Cartagena hasta las tierras inhabitadas de la región, donde se encontraban a salvo de muchas de las exclusiones de la sociedad colonial. Entre muchas prácticas surgidas mientras buscaban la libertad, nació el bullerengue, una danza hecha por y para las mujeres de la comunidad. San Cayetano, Malagana o el mítico Palenque de San Basilio serían los epicentros de una tradición que las migraciones esparcirían por cada pueblo en el que un grupo de cantadoras pudiera reunirse, batir las palmas e improvisar versos.

Como en tantas historias de la música que el ser humano hacía antes de la industrialización y la cultura de masas, las bullerengueras no eran profesionales dedicadas a la música, más allá de su necesaria presencia en cada fiesta patronal que las requería. Se trataba de cabezas de familia que sobrevivían –y aún lo hacen– de los quehaceres propios del campo, de un trabajo diario y disciplinado que, eso sí, se ha sabido amenizar haciendo del canto un elemento esencial de la vida cotidiana y de los saberes necesarios para la vida, los cuales cada generación transmitía a la siguiente. En ese trabajo creativo, la cantadora no está sola, pues así como es parte vital de una comunidad, lo es también de un conjunto al que también se integran un tamborero y unos bailarines. Como reproduciendo ese involuntario matriarcado de los pueblos campesinos de Colombia, el bullerengue es una escenificación de su humilde pero profundamente rica cotidianidad.

2. Así se vivía y se cantaba en San Cayetano el 27 de enero de 1939, un antiguo palenque que en la modernidad hace parte del municipio de San Juan Nepomuceno, departamento de Bolívar. Ese día nació Petrona Martínez, en medio de una comunidad de agricultoras donde las mujeres se dedicaban a pilar el maíz, el cual luego era vendido por las más pequeñas. Todo lo que aprendió, unas veces por la tradición y otras por la pobreza, fue empírico: a leer, a negociar, a cultivar, a cantar, a caminar las calles y a recorrer el monte. En los días de fiesta, atravesaba la región cantando; en días hábiles, lo hacía vendiendo frutas y dulces.

Ya adulta y con las obligaciones que trae haber hecho una familia, Petrona se asentó en Palenquito, el caserío que inmortalizaría con su propia música. Cuando vine a Palenquito yo vi la vida en un hoyo, me dediqué con mis hijo' a sacá' arena del arroyo… Mientras recogía los sedimentos del arroyo de Ají Molido, levantaba una huerta y enseñaba el canto a sus hijas, un arte que, reiteramos, no solo se nutre de los golpes del tambor sino también del ritmo que dan las herramientas de trabajo, el canto de los animales y los ciclos de la naturaleza. Pero la proeza de levantar un hogar y una tierra, propia de esos bravos descendientes de los fundadores de palenques, es una cosa tan común, que quiso la vida que Petrona no se destacara por eso. Era su voz, tan natural como excepcional, la que le daría un lugar en el mundo, varios años después de su asentamiento en Palenquito.

Con su esposo, sus hijos y sus vecinos también recogía arena en el arroyo de Lata, donde la escuchó por accidente el músico Marcelino Orozco. Petrona tenía 35 años y se convirtió en una voz itinerante por los festivales folclóricos de la Costa Caribe. Por entonces, la fértil industria discográfica de Barranquilla ya había descubierto las voces y editado grabaciones de otras leyendas del canto campesino como La Niña Emilia o Irene Martínez , con quien compartiría voces en parte de la discografía de Los Soneros de Gamero. El turno de tener un material dedicado de lleno a la voz de Petrona tardaría cinco años, cuando vería la luz el no muy conocido álbum Petrona Martínez y los Tambores de Malagana (Felito Records; 1989), una joya que incluye temas en lengua palenquera, pitos y no pocas frases de doble sentido que también están ligadas a la tradición literaria del Caribe…

3. A Bogotá llegó su voz al finalizar el siglo, de la mano de un creciente interés que los músicos de la capital experimentaban por el folclor colombiano, enterándose un poco tarde del tesoro que por generaciones crecía a su lado. De paso, quiso la vida que lo suyo, antes un marginal canto campesino que tímidamente se asomaba entre la música popular de las ciudades, ahora se reconociera como patrimonio cultural y objeto de políticas públicas. A pesar del prolongado duelo por el asesinato de su hijo Luis Enrique en 1996, Petrona volvía a los escenarios y a los estudios. Del aprecio por su espontaneidad fue que surgiría el apoyo de Radio Francia Internacional y la documentalista Lizette Lemoine –quien más ha estudiado la vida de Petrona– para que fuera editado Colombie: Le Bullerengue (Ocora; 1998).

Lo que pasó luego, es historia más conocida: tres álbumes en este siglo, que cada vez que se estrenaban llamaban la atención de la prensa especializada en Colombia y el exterior; homenajes recurrentes en festivales y eventos identitarios, incluyendo un reconocimiento a su obra entregado en 2015 por el Ministerio de Cultura; su estatus de celebridad internacional gracias a la promoción de Las penas alegres (Independiente; 2010); la conmoción que hoy logra cualquier noticia sobre su salud…

No es poco el mérito que hay detrás de tanto reconocimiento para doña Petrona. Ya no su música, sino su propia existencia ha sido la evidencia de las resistencias y logros de un pueblo tantas veces excluído, negado y vejado; de una supervivencia llena de necesidades satisfechas, donde el arte nunca ha dejado de tener cabida; de una herencia cultural inimitable en las ciudades, pero que tantas lecciones tiene para darnos sobre lo realmente profundo y valioso; de un patrimonio que se resiste a desaparecer a pesar de la mezquina presión que le hemos hecho con las excusas del mercado, el conflicto y la modernidad.

La vida vale la pena, es por eso que desde acá enviamos nuestros mejores deseos para que Petrona se recupere y nos siga aleccionando.