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Cultura

Este tipo graba a gente por la calle

Y por eso quieren partirle la cara.

por Pol Rodellar
05 Mayo 2014, 1:03pm

Este tipo graba a gente. Vive en Seattle y se dedica a pasear por la calle con una cámara grabando a la gente de su alrededor. Se acerca a ellos o se sienta a su lado y se queda callado, enfocándolos y grabándolos. Normalmente le preguntan “¿Qué coño estás haciendo?” a lo que él responde “Estoy grabando un vídeo” para luego quedarse en silencio durante un buen rato. Es un tipo arriesgado, se hace llamar Surveillant Camera Man y sus vídeos cada vez son más raros y mejores. Aquí tenéis una muestra:

Se supone que detrás de todos estos vídeos existe una crítica feroz hacia las políticas de vigilancia de los gobiernos. El tipo quiere advertirnos de que siempre nos están grabando – ya sea con las cámaras de seguridad de los ayuntamientos o las de vigilancia privada de los supermercados- y ridiculiza el hecho de que nos ofendamos y pongamos violentos cuando un desconocido sitúa una cámara delante nuestro pero que toleremos que haya una cámara en la esquina de una calle, grabándonos las 24 horas del día.

De algún modo deduzco que su discurso va mucho más allá. Supongo que pretende evidenciar el estado de permanente vigilancia en el que nos encontramos. El control eterno del ciudadano a través de todos nuestros movimientos bancarios, las huellas digitales que dejamos en la red,  la necesidad intrínseca que tenemos de contar nuestra vida en las redes sociales -donde exponemos qué nos gusta, dónde estamos y qué estamos haciendo-, el control de nuestros movimientos a través de los localizadores de nuestros teléfonos móviles y todo eso que a veces parece flirtear con las teorías conspirativas.

Aún así hay un aspecto aún más interesante si analizamos los vídeos desde un punto de vista de crítica cinematográfica. Desconozco si el tipo es estudiante de cine o de alguna otra rama audiovisual pero los encuadres, puntos de vista y toda la búsqueda general de la puesta en escena es maravillosa. De hecho en muchos casos los planos secuencia  recuerdan a esos planos de Gus Van Sant en los que la cámara flota por el espacio persiguiendo a los personajes o incluso pueden recordar a Larry Clark e incluso a Gaspar Noé. El uso de la cámara es similar al propuesto por el Cinéma Vérité, donde se pretende grabar una realidad a la que se le permite reaccionar ante la presencia de una cámara o de un equipo de filmación. En los vídeos de Surveillance Camera Man se evidencia la presencia de la cámara –de hecho el objetivo es que el sujeto se sienta observado y grabado- para capturar las reacciones ante esta situación, ante una supuesta invasión de la privacidad. La propia cámara es un personaje y ésta está viva –puede abrir puertas, hablar, recibir golpes,…- e interacciona con los sujetos filmados.

Pero lo más bello de todo esto es cuando este ente que graba desaparece y se convierte en una cámara invisible. Hay una secuencia en concreto que me fascina, esa en que la cámara se introduce en la cocina de un Taco Bell. Aquí me viene a la cabeza ese telefilm de Alan Clarke llamado Elephant donde la cámara persigue a unos personajes a través de distintos espacios, filmando sus acciones de la forma más cruda posible, sin entrometerse ni espectacularizar las acciones ni pretender juzgarlas. En esos momentos es donde se logra el equilibrio perfecto entre ficción y realidad, consiguiendo una grandeza inabarcable. Momentos en los que la realidad extrema es tan bella y palpable que incluso parece impostada -como si realmente no nos encontrásemos delante de una película documental- pues de ellos emergen mecanismos más propios de la ficción. Los sujetos, incomprensiblemente, no reaccionan ante la cámara y siguen “interpretando su papel”, totalmente ajenos a la presencia de una cámara. Es como si existiera un trato entre la cámara y el objeto filmado, como en este momento, donde ambos entes se entienden, se respetan y bailan la misma canción. Esta realidad filtrada por la ficción brilla como las escamas más preciosas de un salmón salvaje de 50 kilos. Momentos como ese en los que dos hombres hablan en la puerta de un autobús, o en los que la cámara se mete en medio de una orquestra sinfónica o ese en que otros dos hombres hablan de sus cosas mientras fuman un cigarrillo en un parking de coches. Momentos en los que esa intención de denuncia del “cineasta” aumenta exponencialmente al obligarnos a presenciar la intimidad extrema de alguien que desconoce estar siendo filmado.

Si bien es cierto que el humor se genera en las reacciones de los personajes y en la eterna repetición del operador diciendo “solo estoy grabando un vídeo”, la grandeza de esta propuesta se encuentra en la contención y la calma de algunas escenas, en esos momentos donde la cámara se convierte en esa mosca en la pared que tanto busca el Direct Cinema, en ese intento de capturar la realidad, que es, en definitiva, lo que pretenden también las cámaras de vigilancia.

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