ansiedad

Cómo hablar con alguien a quien odias estas Navidades

Durante las fiestas estas indicaciones os pueden ser muy útiles.
Cena de navidad con la famlia
Foto del usuario de Flickr Jarrod Doll

Fue odio a primera vista. El tío estaba sentado en un restaurante del aeropuerto, comiendo unos huevos rancheros (comida que posteriormente dijo que era “de espaldas mojadas”) cuando entramos mi amiga Heather y yo. Resulta que el tío era el cuñado de Heather y se suponía que teníamos que desayunar con él.

Lo llamaremos Buff. Tenía aspecto de haber jugado a fútbol cuando iba a la universidad y que había ganado unos cuantos kilos desde entonces. Llevaba un traje caro, un Rolex y una chapa de apoyo a un candidato presidencial al que yo no soportaba.

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Nos sentamos y le pregunté a qué se dedicaba. Resulta que Buff es ejecutivo en una empresa privada de prisiones que ha obtenido grandes ingresos del Gobierno por encerrar a gente que se cuela por la frontera. Durante el desayuno, Buff soltó un chiste machista haciendo alusión a su propia mujer. Eso fue antes de empezar a darme lecciones de política y de cómo haber tenido un presidente negro había dividido Estados Unidos.

Matarlo no era una opción. Era más corpulento que yo y a Heather no le habría hecho gracia que lo asfixiara con su propio Rolex. Así que apliqué una serie de técnicas que llevo años enseñando a gente más agradable. Son técnicas basadas en la retórica, en el arte de la persuasión. Si las suficientes personas aprendieran este arte, no se nos llenaría tanto la boca y se tomarían mejores decisiones. Por no hablar de que las comidas con familiares imbéciles serían mucho más llevaderas.

He desglosado las técnicas para ocasiones como esta en cinco categorías: objetivo, público, interés agresivo, empatía y amor. Sí, amor. No os preocupéis, esta la usaremos como venganza.

1. Objetivo: márcate uno
El peor error que cometemos con cualquier discrepancia es empezar a discutir sin tener un plan. Lo primero que tienes que hacer cuando estás cara a cara con un gilipollas es preguntarte qué quieres conseguir. ¿Quieres humillarle? ¡Buena idea! Aunque puede que no a largo plazo. No quieres que acabe convirtiéndose en un asesino en serie. Además, en mi caso, no quería estropear el matrimonio de mi amiga. Las discusiones acaloradas con gilipollas pueden acarrear daños colaterales. Entonces, ¿qué tipo de objetivo puedes ponerte?

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Uno de ellos puede ser tener una mejor relación, si no con el tío estúpido, con otra persona: en mi caso, con mi amiga Heather.

Otro podría ser aprender algo. Buff conocía una parte de la vida que, aunque asquerosa y posiblemente corrupta, para mí es bastante desconocida. Mientras desayunábamos le hice muchas preguntas sobre cómo eran esas cárceles y quién estaba en ellas. Me contó cosas que nunca le habría dicho a un periodista.

Otro objetivo podría ser intentar encontrar algo, cualquier cosa, que podáis tener en común. Conviértelo en un juego, un poco como “Veo, veo una cosita buena en este tío”. Resultó que Buff adoraba a sus hijos. Menos es nada. Pero Buff no era mi verdadero objetivo. Ese era…

2. Audiencia: los testigos
Piensa en Abraham Lincoln. No es que me venga a la cabeza cuando tengo ganas de estrangular a un imbécil. Pero a eso voy. Hacia el final de su mandato, la gente decía que no solo ganó la guerra, ganó el debate. No te centres en vencer a tu oponente, ni físicamente ni de otra forma. Piensa en ganarte a la gente que os está escuchando.

¿Cómo? Siendo mejor persona. Si alguien es un imbécil de verdad, es muy probable que no seas el único que se ha dado cuenta. Mantén la compostura. Cuando Buff presumió del dinero que ganaba encerrando “ilegales”, yo no salté. Fingí estar interesado y le hice preguntas. Cuando se quejó de su mujer delante de su hermana, yo dije: “Mi mujer tiene mucho de lo que quejarse. Pero es una santa”. Heather empezó a hablarle a Buff de mi bendita mujer mientras me lanzaba una mirada de agradecimiento.

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Pero ese momento de calma no duró mucho. Buff parecía aburrirse y cambió de tema a las elecciones, diciendo cosas racistas de Obama y venerando a Trump por cosas de las que incluso el mismo Trump se había retractado. ¿Discutí con él? No. Esto puede sonar cobarde, pero la retórica es un arma mucho más poderosa…

3. Interés agresivo
Empecé a hacer preguntas, centrándome en definiciones, detalles y datos. Cuando Buff dijo que los mexicanos nunca llegan a ser estadounidenses de verdad, lo miré fascinado y le pregunté a qué se refería con “mexicanos”. ¿Gente que ha nacido en México? ¿Segunda generación de estadounidenses de ascendencia mexicana? ¿Tercera? ¿Cuarta? Le conté que la familia de mi madre vino de Cuba en algún momento del siglo XIX. ¿Pueden los cubanos llegar a ser estadounidenses? Cuando Buff me hizo saber que las mujeres siempre están pidiendo que les suban la asignación, le pregunté a qué se refería con “asignación” y si su mujer trabajaba.

¿Para qué esforzarse tanto? Porque cuando le pides a la gente que defina el significado de las palabras que usa, suele acabar utilizando términos menos extremos. Buff acabó admitiendo que la segunda generación de mexicanos suele adaptarse bien y cambió “asignación” por “presupuesto familiar”.

Los detalles funcionan de la misma manera. Buff habló del muro del que Trump tanto habló durante su campaña. Le pregunté cómo pensaba que iba a ser el muro, dónde se construiría, con qué materiales y quién lo pagaría exactamente. Al igual que Trump, Buff transformó el muro en una valla y admitió que los mexicanos nunca pagarían.

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Por último, los datos. Buff, al igual que Trump, aseguraba que los mexicanos estaban llegando en masa a la frontera. Le pregunté cuántos y si la cifra iba en aumento. “Todo esto me resulta confuso”, dije. Aunque Buff no llegó a admitir que ha habido flujo negativo de mexicanos en Estados Unidos, sí que comentó que cada vez ingresaban menos mexicanos en las cárceles que él gestionaba.

En resumen, cuantas más definiciones, detalles e informaciones le pedía, más iba cambiando su discurso. Pero esa no es la única razón para utilizar esta estrategia. Mis preguntas le hartaron tanto que no aguantó a terminarse el desayuno. Y pagó mi cuenta. Un poco más y empiezo a sentir algo por él…

4. Simpatía
La retórica no se centra en ti. Si quieres persuadir a alguien, tienes que trabajar con las creencias y expectativas de tu público. Esto no quiere decir que tengas que sentir todo lo que sienten ellos. A eso se le llama empatía, un rasgo que está muy bien, pero que no resulta retóricamente útil. La simpatía consiste en entender lo que siente el público. En mi caso, el público era Heather, pero a medida que iba avanzando el desayuno, fui notando que Buff se iba acercando a mi posición. No iba a echarse a llorar y a afiliarse al partido ecologista, pero mis preguntas demostraron que él quería lo mejor para Estados Unidos y que, dejando a un lado su actitud de machito, no tenía muy claro qué era lo mejor de verdad. Eso hizo que fuera más fácil fingir…

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5. Amor
En mi consulta enseño a mis clientes a dar charlas TED o a hacer presentaciones para su empresa. Uno de los mejores consejos es que antes de empezar a hablar, te digas a ti mismo lo mucho que quieres a tu público. Esto también funciona con un oponente hostil. Imagínate al gilipollas acariciando a un gatito o llorando por la muerte de Leonard Cohen. Piensa en el amor puro. Lanza flechas de Cupido con los ojos.

Esto no quiere decir que tengas que intentar querer de verdad a ese imbécil. Estamos hablando de retórica, no de religión. Tienes que fingir que lo quieres. Los testigos pensarán que eres un tipo noble. O puede que piensen que estás de acuerdo con el tío… hasta que empieces a hacer preguntas.

Además, fingir amor puede funcionar igual que hacer preguntas: genera una especie de fuerza que atrae al oponente hacia tu terreno. Al combinar la simpatía retórica con el conocimiento de tu público, la situación es menos fría y menos incómoda.

Podrías incluso llegar a parecer tan bueno como mi mujer, que es una santa de verdad.

Foto: Burke/Triolo Productions/Getty Images