Mundial 2018

De Moscú a Samara: treinta y cuatro horas para noventa minutos

El periodista Adolfo Zableh, al igual que muchos en Rusia 2018, se metió el viaje para ver a la selección Colombia ganarle a la de Senegal. Una crónica.
Los trenes no es que vayan especialmente rápido, pero permiten ver los kilómetros de naturaleza y las pequeñas poblaciones donde el tiempo se ha detenido. | Ilustración: Camilo Castro. 

Artículo publicado por VICE Colombia.

Es fácil pegarse un viaje de treinta y cuatro horas en tren cuando sabes que tu equipo va a ganar, pero cuando decidí hacerlo para ver Colombia – Senegal, tenía más dudas que certezas. Lo fácil habría sido ver Brasil – Serbia en Moscú un día antes, pero en vez de eso preferí empacarme las quince horas a Samara y las diecinueve de regreso a la capital rusa, sin tener garantizado que el equipo pasaría de ronda.

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Para términos de la historia habría sido mejor que Colombia hubiese quedado por fuera: el seguidor que no solo tiene que lidiar con el peso de la derrota, sino con la incomodidad del regreso. En este mundial la mayoría de los aficionados se mueven en tren: es gratis. Los aviones, en cambio, pueden alcanzar precios de leyenda. Un Moscú-Samara para el día del partido superaba los dos millones de pesos; para el 1 de julio, el mismo viaje se redujo a menos de $500.000.

Igual, ganando o perdiendo, el tren es el mismo: todos vamos en segunda clase en compartimentos de cuatro camarotes, dos arriba, dos abajo. Son quince vagones por viaje, nueve compartimentos por vagón, haga la cuenta. Cada uno de ellos tiene un empleado que poco o nada sabe de inglés, así que te da las instrucciones en ruso y poco le importa que les digas que no entiendes nada. Te entregan ropa de cama y toalla, ponen el aire a toda, te ofrecen agua, café y picadas y si tienes hambre te mandan al comedor, siempre ubicado entre el séptimo y el octavo vagón.

Un vistazo a las literas. | Foto: Adolfo Zableh.

A Samara llegamos a las diez de la mañana luego de haber salido a las seis de la tarde del día anterior y de haber cambiado de huso horario; Moscú está ocho horas por delante de Colombia, la capital del Distrito Federal del Volga nos lleva nueve. ¿Qué se hace 15 horas metido en un tren? Todo y nada. Dormir, más que todo, no por nada los viajes suelen salir tarde en la noche. Las literas son angostas pero cómodas y puede uno tirarse siete horas de un tirón sin problema. Adentro de los compartimentos los olores se concentran independientemente de la nacionalidad. Y aunque los trenes tienen duchas que se pueden usar por 150 rublos, menos de diez mil pesos, y que son perfectas después del largo viaje para sobrevivir con algo de dignidad e higiene al día del partido, son pocos los que deciden usarlas. A Kazán coincidí con dos polacos muy amigables que olían como si llevaran varios días sin bañarse, mientras que rumbo a Samara me tocaron senegaleses con los que entre chistes y comentarios serios hablamos del partido por venir. Curiosamente, los que mejor olían eran los colombianos con los que compartí compartimento camino a Saransk, y podría jurar que el que emanaba mal olor era yo por culpa de mis pies. Igual, entre el encierro y la duración del viaje, los olores por exceso de comida y licor, y por falta de baño, terminan siendo parte del ambiente natural.

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Andar por Rusia es entender su magnitud, y no hablo solo de su tamaño, diecisiete veces mayor que el de Colombia. Los trenes no es que vayan especialmente rápido, pero permiten ver los kilómetros de naturaleza y las pequeñas poblaciones donde el tiempo se ha detenido: casas de madera vieja y sin pintar, autos de fabricación nacional que parecen de la época comunista. Se puede entonces viajar no solo a la sede del partido, sino al pasado, aunque los hinchas no es que se asomen mucho a verlo. Adentro del tren prefieren tomar, hablar, comer y dormir mientras el paisaje se escapa por la ventana.


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Si la ida fue incertidumbre, el regreso fue un cansancio feliz. No importó el trajín ni el trasnocho porque ir a un mundial no es solo un privilegio, más si tu equipo gana, sino uno de esos planes-tortura a los que la gente se somete voluntariamente. El tren de vuelta salió a las cuatro de la mañana, hora de Samara, y fue arrancar y quedarme dormido. Cuando abrí el ojo, a la una de la tarde, había tres senegaleses a los que no sentí entrar, pero que en las nueve horas que pasé dormido llegaron, se acomodaron, durmieron también y encima les dio el tiempo para despertarse, acicalarse y ponerse a hablar entre ellos. Al despertar me uní brevemente a su conversación y hablamos parte en inglés, parte en español, idioma que algunos entienden y balbucean. Les hice saber que lamentaba su derrota, y aunque se les veía algo bajoneados, estaban de buen humor y con el correr de las horas el ánimo les dio hasta para armar fiesta poniendo música de su país en un parlante portátil que llevaban. ¿Qué tal que hubieran ganado?

La recompensa final. Noventa minutos de fútbol. | Foto: Adolfo Zableh.

El 29 de junio fue día descanso para los equipos con vida en el mundial, no así para los pasajeros del tren Samara-Moscú. Viajamos todo el día y pisamos la estación a las diez de la noche. Lo complicado de los trenes nocturnos no es dormir por fuera de tu cama ni la incomodidad de compartir espacios pequeños con extraños, no es ni siquiera las dificultades para asearse, sino las horas muertas. Una cosa es vivirlas de madrugada y llegar a tu destino temprano en la mañana, con todo el día por delante, y otra, tener que aguantarlas a pleno sol, sabiendo que podrías estar haciendo algo mejor que estar encerrado en un tren.

Al vencer a Senegal, Colombia clasificó primera de su grupo y le tocó verse con Inglaterra en el estadio del Spartak, en Moscú, lugar que queda a apenas quince minutos del apartamento que alquilamos para el Mundial. No tengo cómo agradecerle a Yerry Mina por su gol, no por habernos metido a octavos de final, sino porque nos ahorró las cuarenta y dos horas de viaje de ida y vuelta en tren a Rostov.