¿Hay un lugar en este país donde no estallen el volumen de la música?
Ilustración por Dani Senior

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¿Hay un lugar en este país donde no estallen el volumen de la música?

Opinión// "El ruido anula el diálogo, así como la violencia evita el debate".

Me gustaría encontrar un lugar en el que en vez de poner letreros que enuncian " Este es un espacio libre de humo, respire tranquilo" digan " Este es un espacio libre de ruido, escuche tranquilo". Un espacio en el que la música suene con el volumen indicado. Donde me pueda sentar y oír la canción. Donde pueda brindar y oír lo que dicen mis amigos. Un espacio en el que el silencio sea, como debe ser, el cómplice del sonido. Sin embargo, lo que usualmente encuentro son espacios ruidosos donde la corrección política no es más que bullicio. La música revienta sin que se respete la cuidadosa mezcla que hizo algún ingeniero. Las carcajadas de chistes simplones irrumpen algún comentario fino y el sarcasmo es una vez más derrotado por la burla. Y al llegar a casa no queda sino el insoportable zumbido en los oídos, un guayabo auditivo.

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La manera en la que lidiamos con el volumen de la música en este país describe bien diversos aspectos de esta sociedad que aún patalea para acabar con la guerra. Subir el volumen, como subir la voz, parece ser un acto de dominio, de autoridad, de negación del otro. No se trata de que la calidad de la música (el argumento) atraiga la atención de los demás, sino se trata de imponerles lo que tienen que oír a través de la fuerza. El ruido anula el diálogo, así como la violencia evita el debate. Pero la reacción opuesta es igualmente ilustradora de nuestra realidad guerrerista. No hay diálogo para que se llegue al volumen adecuado, se busca entonces callar al ruidoso sin que medie el respeto. Se imposibilita el consenso bajo la amenaza: "O apaga la música, o le mando a la policía".

Subir el volumen, como subir la voz, parece ser un acto de dominio, de autoridad, de negación del otro

El volumen exagerado también da cuenta de la imposibilidad de imaginar otros espacios, como quienes entienden la violencia como la única solución. En la mayoría de lugares en donde uno puede tomarse unos tragos, este volumen pareciera negar la posibilidad de que los encuentros sociales sean algo distinto a la algarabía de la fiesta en su sentido plano y masificado. No se crea un espacio para que el baile se dé a través de los movimientos de las manos que sostienen la conversación. Se niega que la tristeza sea motivo de encuentro y celebración. Pareciera que se nos impusiera la alegría por la fuerza. Así, el volumen exagerado niega la diversidad e impide que otras voces, otros sonidos u otras vidas sean posibles.

Habrá quienes relacionen ese volumen con la idea de la cultura latina y lo defiendan con argumentos sobre la identidad. Quizás algo de razón tengan. Sin embargo, temo que la costumbre de reventar el equipo de sonido en cualquier lugar independientemente de las circunstancias es un síntoma más de la cultura narcotraficante y corrupta que se impuso en el país. De esa idea de que el poder se manifiesta en lo ostentoso y lo grandilocuente. En la camioneta blindada, en las tetas operadas, en la cadena de oro y en el volumen que todo lo controla. De esa idea de que solo hay fiesta donde hay ruido.

Ese volumen demuestra la imposibilidad de comprender la música y de contemplar la vida

Así, la manera en la que generalmente se maneja el volumen de la música se presenta como una metáfora de esta guerra infame. No en vano, los paramilitares cometieron masacres al son del vallenato, aniquilando la vida de las personas junto con la belleza del género. Ese volumen demuestra la imposibilidad de comprender la música y de contemplar la vida. No se trata de disfrutar el arte sino de instrumentalizarlo para esconder la violencia. No se trata de disfrutar y experimentar la fiesta sino de imponerla como símbolo de la indiferencia y la desesperanza. Y ese acto trae consigo un zumbido insoportable, como el que queda del estruendo de la bomba o del disparo de la escopeta. Un zumbido que anula la posibilidad de encontrar ese lugar tranquilo en el que, como decía el escritor Cioran, "elevemos lo que se ve al rango de alucinación, lo que se oye, al nivel de la música".