Cuando te mueras esto es lo que encontrarán de ti en Google

Y ya no podrás alzar la mano y decir “Ei, perdónenme, pero es que yo realmente era una buena persona”.

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02 Noviembre 2018, 5:00am

Imagen vía usuario de Flickr Marco Gomes/ CC by 2.0

Nuestra vida da igual, lo que realmente importa serán esas tristes migajas que habremos dejado tiradas por el mundo a lo largo de nuestra existencia, esas huellas que demostrarán que en algún momento de la historia de la humanidad hemos estado ahí. Nosotros pereceremos pero estas marcas no, ellas conjugarán la pintura que conformará nuestro retrato (casi) inmortal a lo largo de los siglos que se extenderán tras nuestra muerte.

Una fotografía en una caja de galletas, una lista de la compra colgada en el frigorífico, la anécdota esa que siempre recordarán tus amigos y los hijos de estos de cuando te emborrachaste y entraste a un supermercado a por cerveza y te entraron ganas de potar y decidiste entrar a un almacén a por un cubo donde vomitar pero te quedaste ahí dormido y cerraron el supermercado y te encontraron el lunes por la mañana ahí dentro comiendo unas Oreo bañadas con chocolate blanco. Somos semillas que nos quedamos ocupando la memoria de la gente en forma de anécdotas o de objetos concretos, no aspiramos a una inmortalidad portentosa como los grandes pensadores, artistas o estrategas de la historia, nos conformamos con una inmortalidad tímida, humilde, pequeña, sencilla.

Ahora apliquemos estas semillitas en un mundo en que casi la totalidad de nuestra experiencia en él se hace a través de canales digitales, ¿qué rastro dejaremos?


MIRA:


Cuando hayamos muerto alguien buscará nuestro nombre en Google, algún amigo moribundo, una hija con la que no hablamos demasiado o un desconocido que encontró nuestro nombre en la lista de agradecimientos de un disco de unos colegas nuestros. Entonces ahí aparecerá nuestra cuenta de Twitter con trescientos penosos seguidores, con esa foto de perfil de mierda en la que aparecemos con 30 años y una lata de cerveza aguantándose milagrosamente en la cabeza. “Vaya, este tipo era un borrachuzo”, pensará quien lo vea.

Una cuenta de Flickr con las fotos de ese viaje a Grecia que hicimos con esa pareja que tuvimos en 2011 y con la que tampoco sentimos unas ganas reales de llorar cuando cortamos pero aun así lloramos falsamente para que no se sintiera más mal de lo que ya se sentía. Fotos de perfil de LinkedIn en las que parecemos un oficinista sin ningún tipo de vida interior, y un currículum totalmente lamentable, una lista de trabajos de mierda y sueños rotos. Una cuenta de Instagram en la que al principio se ve que íbamos a conciertos de garaje, luego a conciertos de trap y luego a los conciertos de mierda que hacía nuestro hijo de 12 años en el cole.

Buscarán el nombre entre comillas en Google y encontrarán una página en la que firmamos una petición para echar a Suso de Gran Hermano VIP por sus comentarios machistas. O siendo entrevistados en VICE en un artículo en el que se habla con gente que no puede cagar fuera de casa. Para la gente que viva después de nuestra muerte seremos esa persona que comentaba en los artículos de El País sobre manifestaciones feministas y decías cosas como “Y van con pancartas con vaginas y úteros excluyendo a las mujeres con genitales masculinos”.

Seremos esa tipa que colgaba fotos de borrachos durmiendo en Tumblr y no tenía ni un like. Un informático de una empresa en la que trabajamos hace 20 años encontrará unas conversaciones de Hangouts en las que comentábamos cosas como “La Carlota es una hija de puta” o “Amigos, siempre tendríamos que llevar un bolígrafo en el bolsillo por si tuviéramos que clavárnoslo en la yugular”.

Alguien de un sello decidirá mandarnos un mail por si nos sigue interesando ese triple LP de Grim que pedimos hace cinco años y nos maldecirá por no contestarle porque no sabrá que estamos muertos. Cuando alguien encuentre nuestro perfil de Facebook verá esa ristra de publicaciones públicas en las que anunciábamos que "busco piso en Barcelona, si os enteráis de algo decidme" o que vendíamos una entrada para el concierto del sábado de Sean Nicholas Savage. Y nuestra foto de perfil esa rara, otra vez, con una lata de cerveza en la cabeza. Y esa foto de portada con un poema de Brautigan. Joder, pero qué imagen de cretinos y pretenciosos habremos dejado para la posteridad.

En fin, id con cuidado, toda la mierda que estéis ahora soltando por internet será lo que os definirá una vez hayáis muerto, una vez ya no podáis defenderos ni alzar la mano para decir, “Ey, perdónenme ustedes, pero es que yo realmente era una buena persona”.